Siluetas parlamentarias: 19

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


LUCIO V. MANSILLA[editar]


No sé con qué fundamento algunos amigos hanme atribuido especial estudio de los caracteres humanos.

Lo grave del caso es que he llegado á creer exacto semejante despropósito.

Y la verdad es que, sea «por temperamento ó por convicción», carambola ó tanteo, algunas veces he dado con el valor mas adecuado en la ecuación indeterminada de tal ó cual personalidad política. Nada tiene de estraño, entonces, que, fiándome mas de mi suerte que de mi acierto, haya tomado á lo sério la inofensiva manía de borronear carillas en cuenta de perfiles parlamentarios.

Pero hé aquí que se destaca en mi lienzo la pronunciada silueta del conocido General Lucio V. Mansilla.

Cada vez que lo veo ó lo recuerdo, adquieren fosfórica lumbre las palabras de Bossuet que tengo estereotipadas en la mente:

«¿Es el hombre un prodigio?... Es una suma de incompatibilidades?... Es un resto de sí mismo? Una sombra de su ser? ó un edificio derrumbado que conserva, entre sus escombros, algo de la grandeza de su primitivo estado?

No es un carácter y, sin embargo, reviste su actividad rasgos esencialmente característicos.

Es un tipo, tanto en los círculos militares, como en los políticos y sociales.

Pero sus condiciones de militar, de político y de hombre culto, no salen del nivel común.

Esas peculiaridades del General Mansilla me ponen en serios aprietos.

Si fuese un carácter universal, habia yo menester un talento genial por el estilo de los de Cervantes, Rabelais, Goethe y Shakespeare. Si se tratase de una entidad típica, orientada en un solo sentido de la moralidad humana, me veria en el caso de seguir las borradas huellas del célebre Dickens.

Pero nó!... Mansilla es un hombre de carne y hueso; es un artículo de primera calidad para el comercio realista de la literatura contemporánea.

Como todos los hombres, tiene su triple faz: un lado bueno, otro malo y un tercero indefinible, producto de todos los factores de la vida práctica.

Aquí de la pluma de Eugenio Cambaceres, el Zola criollo que suele obtener tintas delicadas en la paleta de sus colores crudos.

O mas bien, dada mi natural benevolencia, quien me prestara la diestra péñola de Sansón Carrasco para adobar con sabrosos párrafos los matambres del costado flaco del General Mansilla!

La Tribuna y El Nacional han sido las mamaderas de mi destete escolar.

Los «Hechos Locales» de Barrabás, las «Cosas» de Orión, y los famosos artículos de fondo del decano de la prensa argentina, eran los caramelos de mi infancia en la lectura periodística.

Un buen día tuve ocasión de alternar esos plats du jour con la ración diaria de «Una escursión á los Ranqueles».

Me había aaostumbrado á la variedad periódica de los temas, y seguir una relación intermitente equivalía para mí á convertirme en cliente de Ponson du Terrail, prendiéndole á las «Aventuras de Rocambole» que, si mal no recuerdo, eran folletín de moda en aquellos felices tiempos del cólera y de la fiebre amarilla.

Sin embargo, me atreví á hincarle diente á la prosa de Mansilla, y á fé que no llegué á arrepentirme: aquella era vol-au-vent diario de la misma forma, pero con sabroso y distinto relleno.

Aquella literatura sencilla y cuya naturalidad no se alejaba sino «para volver al galope» hizo germinar mis primeras aficiones por el realismo de pluma.

Y Mansilla se me representó tal como lo conocí años mas tarde; el estilo habia confirmado una vez mas el dicho que se atribuye á Buffon.

Después, pude apreciar el mérito intrínseco de aquel chef d'leuvre de Mansilla; pero todavía no alcancé á esplicarme como un militar podía permitirle el pasatiempo de esplotar vetas literarias, y consagrarse á un oficio que yo creia incompatible con la carrera de la espada.

Supe, entonces, que Mansilla era un excéntrico. Sobresalia en los gustos mas refinados del diletanti, gastaba capa de seda, y era el consumidor único de todas las mas raras importaciones del tono parisiense.

Sí; pero ¿y los dedos para semejantes sonatas?

Era indudable que los tenia bien ejercitados.

Como escritor, sobresale en el género epistolar. Es su enfermedad contagiosa, como puede atestiguarlo Santiago Estrada.

En otro terreno, en el doctrinarismo político, por ejemplo, su estilo de periodista se resiente de falta de engarce en las ideas.

De ahí que su espresión sea cortada y breve, como la de don Federico de la Barra, solo que este es capaz de abordar el mas escabroso razonamiento, tiro el tiro, es decir, palabra por palabra.

Mientras que Mansilla divaga y se estravia, cada vez que pontifica, pluma en mano, desde la tribuna de la prensa.

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Que el estilo epistolar sea el predilecto de Mansilla, se esplica teniendo en cuenta que el elegante general es uno de los mas fecundos

«conversadores» de nuestro país.

Sarmiento es un gran causeur que solo no encanta á los necios.

Goyena, aun para estos suministra platos, en el inagotable menú de sus sabrosas pláticas......

Pero Mansilla no es de esa escuela. Pertenece mas bien á la de don Nabor Córdoba, el tucumano de grata memoria.

Tiene de menos la originalidad de la forma, y de más la salsa de divagaciones en que el general hace nadar los argumentos anecdóticos de su charla.

Y después, ese dejo de escepticismo frívolo pero risueño, no afectado como el del Ministro Wilde.

Para un hombre de semejantes condiciones, tiene que ser forzosamente un lecho de Procusto el desarrollo científico de cualquier tema, sobretodo cuando debe encarrilarlo sobre las reglas de la dialéctica oratoria.

Le pasa lo que á esos maquinistas habituados á las pequeñas y lustrosas locomotoras de los trenes de recreo. Se desconcierta anta la complicación de válvulas, tubos y resortes de la locomotora corpulenta de un tren de carga.

Por eso Mansilla no arrastrará jamas demasiado peso en sus discursos.

Le basta lo que pueda contener el furgón de equipajes.

En cambio, suele llevar su afición á las oportunidades hasta los límites de la indiscreción humana.

Y á veces, como un cañonazo en medio del fuego graneado de sus párrafos desplegados en guerrilla, el General Mansilla improvisa un golpe declamatorio de antigua escuela.

Expresión ¡eso sí! la tiene bien educada, siendo de lamentar que su voz, algo enronquecida, no pueda corresponder al brio que denuncian los gestos, los ademanes y la mirada de ese militar sui generis.

Las lecturas de nuestros militares suelen no ser copiosas en materias extrañas á su profesión habitual.

Y eso que no escasean los jefes y aún oficiales instruidos y eruditos.

Pero difícilmente se encontrará un militar que haya atornasolado su entendimiento con lecturas mas variadas y ligeras que las que constituyen la esfera de la competencia general de Mansilla.

De ahí que este pueda acometer con éxito el estudio de casi todas las cuestiones á discutir, en el Parlamento de que forma parte.

El único defecto de esa calidad es el espíritu de generalización que oscurece aún los mejores fallos del criterio de Mansilla.

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Es regla de escasas excepciones que los militares afectos á los conocimientos generales intervengan directamente en nuestras luchas políticas.

Claro está que no me refiero á los que, sin aquella condición, pero en virtud de otras á que deben algún prestigio, entran con buen pié en los azares de la política argentina.

Pues el general Mansilla ha pertenecido á la segunda categoría, y sigue pertaneciendo á la primera.

Es militar de coeficiente y esponente político, lo que le permite echar su cuarto á espadas en los comités, tan á son gré como en el vivac, en cabrionera y en los salones.

Por cierto que no carece de algunas aptitudes para dar con la espoleta del entusiasmo de las multitudes.

Y en las crisis políticas se enrola francamente entre los propagandistas de este credo: «al adversario se le convence, se lo compra ó se le mata.»

Pero, disipada la neblina del humo de la refriega, Mansilla se porta como el mas moderado de los combatientes.

Al verlo reaparecer tranquilo y afable, colmando con sus conversaciones el foso neutro de la víspera, creeríase que no ha mordido un solo cartucho........

Es que, apaciguada la tormenta de sus pasiones, vuelve á trasparentarse en el fondo sereno de su alma algo de ese escepticismo político que vá invadiendo todos los espíritus en vista del mal éxito de nuestras instituciones republicanas.

No está distanto de la creencia general que equipara nuestra política interna con el falso concepto que tenemos de la diplomacia europea.

Leyendo las Lettres de M. de Bismarck he admirado el criterio justiciero y honrado con que aprecia ese gran estadista los hombres y las cosas del continente europeo. Y tan errónea como la versión corriente sobre esa diplomacia, es el juicio vulgar, no sobre lo que es, sino sobre el verdadero carácter que debe revestir el político.

Es casi un concepto teatral de la vida institucional de nuestro pais el que poseemos, y que suminisira abundante combustible á la roilleria parlamentaria, social y periodística del General Mansilla.

Santo y bueno que este prodigue su sátira contra la preocupación, pero no contra los que tratan de suplantarla.

Una cosa es la regeneración, que también él ha pretendido, y otra cosa es el romanticismo político.

Basta que el General Mansilla considere esto: si ha llegado á figurar entre los inevitables, y á veces entre los indispensables de la política, débelo mas á su palabra que á su espada.

Así, corta ó incisiva, como la usa en el Parlamento aun para lo trivial del arma moral y no de la toledana procede su renombre....

«Todo lo grande que ha hecho la Inglaterra, —decía un notable estadista,— así su prosperidad y poderío, como el haber atravesado victoriosa —sine clade victrix— las profundas convulsiones de la Europa, lo debemos al gobierno de la palabra, que es gobierno de razón y de justicia, y no al de las brutalidades de la fuerza.»

No hago sino remover un recuerdo del encanecido General que, bajo la cubierta de su elegancia estravagante y de su ironía habitual, encierra los impulsos laudables de un entendimiento fácil de poner al servicio de la grandeza futura de la patria.

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