Sin rumbo: 10

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Sin rumbo de Eugenio Cambaceres


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A eso de las diez de la noche, Andrés se apeaba en un bajo y ataba su caballo a unos troncos de duraznillos.

Era cerca del rancho de Donata.

Gaucho había salido al trote, a recibirlo. Pero Gaucho no le ladraba ya; era su amigo ahora.

Medio arrastrándose por entre el pasto, agachando la cabeza y meneando la cola de alegría, le lamía las manos, lo olfateaba.

Un momento después, ambos se dirigían a la casa.

El muchacho dormía tirado en la ramada.

Donata, prudentemente, solo había dejado abierta la ventana que miraba al lado opuesto. Andrés pasó por esta y entró.

Un olor a claveles y mosquetas, con mezcla de malva y yerbabuena, zahumaba la habitación.

Bajo la imagen santa y entre los dos floreros adornados con las flores del jardín, ardía una vela de sebo:

-¿Por qué has dejado luz?

-Por tata -contestó ella acurrucada entre las sábanas-, siempre que se ausenta prendo una para que la virgen lo ampare.

-¿La virgen? Hombre no me parece mala la idea... Quiere decir que si le prendieras dos, te vendería su protección, por partida doble... A no ser que tu virgen sea una virgen tramposa, capaz de robarte la plata. Voy a ponerle otra más.

Y diciendo y haciendo, pasó a la pieza contigua, encendió un fósforo y volvió poco después acercando repentinamente al rostro de Donata la vela que traía en la mano.

-¡Apague eso D. Andrés, basta con una! -exclamó ella llena de vergüenza, tapándose hasta la cabeza y dando vuelta hacia el lado de la pared, mientras un ligero temblor, una emoción, alteraba el timbre puro y cristalino de su voz:

-No señor ¡han de ser dos!

Luz era lo que quería.

Luego, desde una silla, desnudándose:

-¿A que hora se fue tu padre?

-A la oración.

-¿Y se habrá ido de veras ché? -siguió en tono de broma, haciéndose el que no las tenía todas consigo- ¡no sea el diablo que se nos aparezca de pronto!

-Solamente -Dios lo libre y lo guarde- muerto lo traerían! ¡Tratándose de servir a su patrón chico cuándo sabe andar con mañas el viejo!...

Al oírla, algo como la sombra de un remordimiento cruzó la mente de Andrés, un instante inmóvil y pensativo.

Pero alzándose luego de hombros, con un gesto de forzada indiferencia, como queriendo sacudir pensamientos enojosos:

-Hazme lugar -dijo a Donata y bruscamente se metió en la cama.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Miró el reloj, eran las once y media:

-Mi hijita yo nunca duermo con luz. Creo que tu virgen puede darse ya por satisfecha. Con tu permiso, voy a apagar las dos velas esas que me están cargando.

A oscuras, quiso dormir; imposible.

Las sábanas, unas sábanas de hilo grueso y duro, impresionaban desagradablemente su piel habituada a la batista.

La atmósfera encerrada de la pieza, el aroma capitoso de las flores, alterado por un hedor penetrante a paveza, lo mareaba, le sublevaba en ansias el estómago.

Repentinos tufos de calor le abrazaban la cara, la cabeza. La vecindad de Donata, sus carnes frescas y mojadas de sudor, ya un brazo, el seno, una pierna, el pie que Andrés, en su desasosiego constante alcanzaba a rozarle por acaso, bruscamente lo hacían apartarse de ella como erizado al contacto de un bicho asqueroso y repugnante.

Sentía una picazón, un insoportable escozor en todo el cuerpo. Un instante llegó a creer que las chinches lo estaban devorando; encendió luz y miró: no encontró nada.

Excitado, sin embargo, inquieto, febriciente, se movía, sin cesar de un lado otro, se revolvía desesperado sin poder pegar los ojos, se acostaba de espaldas, sobre el flanco, se quitaba las sábanas de encima, sacaba las piernas fuera del colchón.

¡Ah! su casa, su cuarto, su cama, el aire puro de sus balcones abiertos!...

Bien merecido lo tenía; ¡qué demonios le había dado por meterse en un rancho miserable a dormir con una china!...

Al fin, no pudiendo aguantar más aquel infierno, de un salto se levantó, fue y abrió la ventana.

Junto con la luz pálida de la luna, entró la brisa fresca de la noche.

Como un sediento, abrió la boca y se puso a beberla a tragos.

Después, en la penumbra, miró a Donata. Las sábanas colgaban de la cama. Estaba desnuda toda; dormía profundamente, como un tronco.

¡¡Uff!! -hizo Andrés, y agarrando en montón el bulto de su ropa, huyó de allí, salió a vestirse fuera.


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