Sin rumbo: 12

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Sin rumbo de Eugenio Cambaceres


- XII -[editar]

El frío picaba ya; los días se acortaban.

Parecía ser hora de sol alto, cuando rápidamente oscurecía y la noche llegaba sola, triste, negra, eterna hasta la mañana siguiente.

En un último esfuerzo del calor, el pasto, regado por los aguaceros de otoño, empezaba a querer brotar. En vano; las primeras heladas lo mataban chiquito; el campo, cubierto por el manto de vidrio de la escarcha, como envuelto en un sudario amanecía blanqueando, mientras los árboles en la quinta perdían sus hojas una a una y mostraban el enredado laberinto de sus gajos secos, sobre el que las altas siluetas de los álamos se destacaban como esqueletos de gigantes.

Era a principios de Mayo.

Andrés había ordenado que le alistaran su carruaje para la mañana siguiente.

Se volvía.

Donata, a caballo, seguida de Gaucho, había llegado a la estancia.

Con pretexto de entregar la ropa de Andrés, que ella lavaba, subió al piso superior donde se encontraba aquel preparando su balija:

-¿Es cierto lo que me ha dicho Tata, D. Andrés? -preguntó desde el umbral, tímidamente, bajando la vista, mientras en un movimiento nervioso y maquinal, retorcía el pañuelo entre sus manos, un pañuelo blanco de algodón.

-¿Qué te ha dicho?

-Que vd. se va mañana.

-Es cierto.

-¿A la ciudad? -repuso ansiosa.

-Sí, a la ciudad, ¿y de ahí?

No obstante todo su empeño por disimular la pena que la embargaba, un estremecimiento agitaba sus labios, poco a poco los ojos se le preñaban de lágrimas.

Al fin, siéndole imposible dominarse silenciosamente se llevó el pañuelo a la cara.

Un gesto de contrariedad y de impaciencia asomó al rostro de Andrés:

-¿Esas tenemos? Mira, mi hijita, déjate de venir a fastidiarme, a mi no me gustan las mujeres lloronas -dijo duramente-. ¿Qué, te sorprende que me vaya, ignoras que los inviernos los paso en Buenos Aires, a qué vienen esos llantos, entonces? Sobre todo, si me voy, no es para no volver... ¡Sabe que le había dado fuerte a vd. mocita!... -siguió con gesto menos seco y como movido a lástima al contemplarla-. ¡Por qué no dice que quiere que me la lleve a vd. también!... Es lo único que le faltaba... -Y dirigiéndose a la mesa de luz a encender un cigarrillo-: vaya, amiga -agregó en tono alegre y juguetón-, nada de zonseras ni de historias, sea discreta y ayúdeme... A ver, ponga ahí encima esas camisas.

-¡Qué va a ser de mí, Virgen Santa! -murmuró Donata entre sollozos.

-¿Qué va a ser de ti? Nada, pues, hija; vas a quedarte aquí tranquilamente con tu padre hasta que vuelva yo.

-¡Ah! D. Andrés, pobre de mí, vd. me ha hecho desgraciada, ¡qué va a decir tatita!...

-Que yo te he hecho desgraciada, que qué va a decir tu padre... Francamente, no te comprendo Donata, veamos, explícate, ¿qué es lo que te pasa?

-¡Qué me ha de pasar, que estoy embarazada!...

-¡Zas! -soltó Andrés, medio queriendo inmutarse-. ¡Sería la primera vez! -agregó como hablando solo, mientras una ligera alteración en el eco de su voz parecía acusar la impresión extraña y nueva que le habían producido las palabras de Donata-. Mi hijita, te equivocas... no puede ser... o por lo menos, es muy difícil -siguió visiblemente preocupado, a pesar de la tranquila seguridad que afectaba-. De todos modos -acabó por exclamar resueltamente, después de un momento de silencio-, lo que sea será... ¡no te aflijas, aquí estoy yo!...

Y en un espontáneo y generoso arranque, acercándose a su querida, la atrajo y le dio un beso.

Ella, entonces, más conforme:

-¿Y cuándo piensa volver? -se aventuró a preguntar.

-Pronto, dentro de un mes, antes acaso. Entretanto, te lo repito, puedes estar tranquila, que yo no te he de dejar desamparada. Ahora, véte, retírate, no ha de faltar quien ande hablando, si ven que te quedas mucho tiempo aquí conmigo -pretextó, y, sintiendo la necesidad de quedarse solo, la despidió con dulzura acompañándola hasta la puerta.

-¡Bien podría el diablo haber metido la mano!... Pero... ¿y las otras, entonces, las mil otras?... ¡Bah!... otra cosa es con guitarra... -pensó-, ¡muy baqueteadas, las otras!...


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