Sin rumbo: 25

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Sin rumbo de Eugenio Cambaceres


- XXV -[editar]

Buscaba entretanto mil pretextos para poder alejarse de su lado, le rehuía, mintiendo ocupaciones y quehaceres, trataba de pasar sus días fuera del hotel.

Alegaba deberes, compromisos, enfermos de su familia, amigos que se ausentaban, negocios que no hacía, citas, entrevistas, asuntos en la Bolsa que no pisaba jamás.

Se encerraba en su casa; no leía.

Exclusivista intratable, nada admitía que no fuera de su escuela, para él, no había más Dios, ni más santos que los suyos.

Quería que se cortara por lo sano, en carne cruda, verdad, realidad, vida.

Lo demás, era como asistir a una función de títeres, espectáculo bueno para idiotas y muchachos.

Apenas, de tarde en tarde, le era dado saborear algún primor, la última novedad, el último rasgo de alguno de los maestros.

Maquinalmente, donde el movimiento automático de sus piernas lo llevaba, en su escritorio, en su sala, se dejaba estar.

¿Por qué se quedaba allí, qué hacía?

Nada, no se daba cuenta, no sabía.

Era como un abotagamiento, como un letargo intelectual, pero un letargo consciente, no dormía y, sin embargo, no pensaba, la vida animal solo persistía, semejante a una máquina en reposo que tuviera encendidas sus hogueras.

Una vaga y misteriosa melancolía parecía flotar, en la atmósfera de aquella casa inhabitada de soltero. Dominaba una impresión de soledad, de tumba, entre aquellos muros encerrados; los muebles severos, viejos, lóbregas, oscuras las alfombras, las colgaduras sombrías, las tapicerías antiguas de Beavais desvanecidas, sin color, como ostentando en sus tintas desteñidas las canas de su edad.

Andrés, de pronto, salía.

En un anhelo de movimiento, en un deseo, en una necesidad de ruido y de tumulto, vagaba por las calles más centrales.

Pasaba por el club; la fuerza de la costumbre lo hacía entrar.

Nadie había a esa hora, o a nadie hablaba.

Los altos de diarios, alineados sobre la larga mesa de la sala de lectura, solían tentarlo alguna vez. Los abría, trataba de recorrerlos; pero bruscamente los hacía luego a un lado arrugando el papel con un gesto de impaciencia; se ocupaban solo de política y la política -un mercado de conciencias en la plaza de la República- le había inspirado siempre la repugnancia más franca y más cordial.

Daba orden de atar; llegaba hasta Palermo.

Aquel ridículo etalaje, aquella rueda de gente en coche, yendo y viniendo, girando apeñuzcada entre polvo, impensadamente despertaba en él la idea de un remolino de hacienda resabiada.

Los cocheros de bigote eran su bestia negra, no los pasaba, no los podía sufrir...

¡Canallas y todos tenían bigote!...

Se volvía.

A duras penas se arrastraba así hasta la hora de comer y de ir al teatro.

Durante la función, por verse libre de tener que mirar a la Amorini y por no oírla, se metía en el escritorio de la Empresa; bebía cerveza y hasta fumaba negros con Solari.

Pero a Solari ahora, le había dado por burlarse de él, lo miraba con cara de risa y le palmeaba familiarmente las espaldas, diciéndole: mi primodonno.

Irritado, exacerbado, salía entonces a la calle, iba a otros teatros, estaba diez minutos y se mandaba mudar dado a los diablos, renegando contra las empresas, llamando perros a los artistas.

Caía al Club después de media noche, al baccara su gran recurso. Pasaba horas enteras sobre la carpeta viviendo la vida artificial del jugador, excitado, nervioso, febriciente, perdiendo lo que no podía perder, pagando un olvido momentáneo al precio loco de los últimos restos de su haber.

Se levantaba al fin, mareado, abrumada la cabeza, los ojos sumidos y vidriosos, seca la garganta, oprimido el pecho, sediento de aire.

Eran, entonces, las largas caminatas, sin plan ni rumbo, al través de la ciudad desenvolviendo el recto y monótono cordón de sus calles solitarias, la sucesión interminable de sus casas saliéndole al encuentro, como mirándolo pasar en la muda indiferencia de sus postigos cerrados.

Las mismas acerbas sugestiones de su mal, más negras, más dolorosas cada vez, como recrudece el dolor en las crisis de las enfermedades sin cura a medida que la muerte avanza.

Y al respirar el aire fresco y puro de la noche, las ráfagas del viento de tierra con olor a campo y con gusto a savia, se sentía de pronto poseído por un deseo apremiante y vivo: volverse. Una brusca nostalgia de la Pampa lo invadía, su estancia, su libertad, su vida soberana, fuera del ambiente corrompido de la ciudad, del contacto infectivo de los otros, lejos del putrílago social.

Pero el recuerdo de Donata encinta de él, la idea de que un hijo, un hijo suyo iba a ser el fruto de sus tratos con aquella desgraciada, penosamente entonces trabajaba su cabeza enferma, lo afectaba.

¡Engendro del azar, obra de un capricho fugaz, de un antojo brutal en una hora de extravío, por qué nacía, a qué venía trayendo en la frente la marca impura de su origen!

Y un sentimiento complejo lo agitaba, hecho de dolor, de vergüenza, de pesar, donde se mezclaba ese secreto orgullo de la generación, el grito de la naturaleza vencedora llenando implacable y fatalmente su tarea, donde la voz ciega del cariño, de un cariño inmenso, infinito, acababa por estallar en él venciendo la resistencia de humanas preocupaciones, acallando sus alarmas, conmoviendo extrañamente todas las ocultas fibras de su ser.

Hijo natural, hijo de china... ¡qué le importaba al fin, si era su sangre!

Se daría a él en cuerpo y alma, lo querría, lo adoraría, con la adoración predilecta de los padres por el hijo que nace desdichado, haría de él una fuerza, un carácter, todo un hombre, lo avezaría a la lucha, le daría la dureza del bronce y el temple del acero.

Sobre todo, era hijo suyo, él lo impondría... El mundo, soberbio y cruel con los de abajo, era servil y ruin con los de arriba.

Un nombre, una fortuna, oro, eso bastaba, eso abría de par en par todas las puertas, daba todo: honra, talento, probidad, reputación, fama, respeto, todo lo allanaba, todo lo brindaba, llevaba hasta la alcoba de la virgen.

Insensiblemente, absorbido, caviloso, se encontraba de pronto en algún extremo de la ciudad, el Retiro, el Once, las barrancas del Sud.

Daba vuelta y deshacía lo andado.

Su orgullo luego se abatía, un desaliento lo postraba. ¿Quién era él para lanzar el anatema de su desdén sobre los otros, de dónde sacaba su influencia, su prestigio?

¡Era, acaso, en el desperdicio de las fuerzas vivas de su naturaleza, en su pasado, en ese pasado vergonzoso de desenfreno y despilfarro, que hacía estribar su estúpida altivez!

¡Qué rumbos había seguido, qué rastros había dejado, qué cosa había hecho en toda su vida, buena, digna, noble, útil, sensata siquiera!...

Y hablaba de su hijo, de formarlo y educarlo... ¡Infeliz! el hecho solo de tener por padre a un bellaco como era él, bastaba para hacer la desesperación y la desgracia de cualquiera...

Su situación de fortuna, el estado más difícil cada vez de sus recursos, recargando el cuadro de sombras negras, aumentaba la amargura de esas tristes horas de abstracción.

Él que no se había preocupado jamás de esas miserias, él que había vivido habituado a ver en el dinero solo un dócil instrumento de placer, que lo había arrojado siempre a manos llenas, sin contar, se sublevaba ahora ante la idea de la pobreza, se la reprochaba como un crimen...

Pocos días antes, por llenar sus compromisos haciendo honor a su palabra, cantidades perdidas al juego, noche a noche, en el Club, se había visto en la necesidad de hipotecar su estancia, lo único que de su herencia le quedaba.

Sus gastos, sus carruajes, sus caballos, su querida regiamente mantenida por él, todo ese lujoso tren de vida, devoraba por otro lado fuertes sumas.

Un paso más, era la ruina, la miseria, ¡el fin!...

Y deshecho, destroncado, rendido de cansancio, agobiada el alma bajo el peso del remordimiento, perseguido por la obsesión del hijo que no tenía, con la conciencia de sus treinta años de vida miserablemente malgastada, cayendo sobre él como una maldición; de día claro, muchas veces, llegaba a la puerta del hotel y atado al carro de sus amores, tiraba de la campanilla como un buey tira del yugo.


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