Super flumina babilonis

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Super flumina babilonis
de Francisco Acuña de Figueroa



Sentados a la margen   
de babilonio río,    
allí, Sión, tu nombre    
recordamos llorosos y cautivos.    
 

Y las sonoras arpas,  
y címbalos festivos,    
tristes ya y destemplados,    
de los frondosos sauces suspendimos.    
 

Los que en vil servidumbre    
nos llevaban ¡oh, indignos!   
por escarnio intentaron    
oír nuestras canciones allí mismo.    
 

Ellos que nos trajeron    
con ignominia uncidos,    
«Entonad», nos decían,  
«de Sión los cantares y los himnos».    
 

¡Cantar! ¿Cómo es posible?    
¿Cómo infamar, impíos,    
el Señor los cantares    
en tierra ajena, y en ajenos grillos  
 

No, Sión; y primero    
que así te dé al olvido,    
y en tu ignominia cante,    
me olvide de mi diestra, y de mí mismo.    
 

Yerta mi lengua, y fija   
al paladar indigno;    
si de ti me olvidare    
pásmese inmóvil con letal deliquio.    
 

Sí no te antepusiere,    
o si indolente y tibio,  
Jerusalén no fuese    
de mi alegría el móvil y principio.    
 

Tu ira, Señor, se acuerde    
de esos infandos hijos    
de Edón, cuando disfrute   
Jerusalén su día apetecido.    
 

Ellos son los que dicen,    
sedientos de exterminio:    
«¡Hasta los fundamentos    
asolad, asolad sus edificios!».   
 

¡Oh, hija desventurada    
del pueblo aborrecido!    
¡Feliz quien te dé el pago    
del tratamiento vil que te debimos!    
 

¡Oh, bienaventurado   
el que a tus parvulillos    
logre alzar con sus manos,    
y en la piedra estrellarlos vengativo!