Trini

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Trini de Arturo Reyes



- I -[editar]

Trini se arrebujó en el mantón; una bocanada de aire frío habíale hecho estremecer, y sus dientes castañetearon; no obstante, no se atrevió a cerrar la ventana; podía rendirse al sueño, y si llegaba Antonio y la cogía dormida era muy capaz de coger el portante, como en la noche anterior, y marcharse a pasarla con aquella mala hembra que trabajaba por arrebatárselo y que empezaba a conseguirlo; apenas si ya Antonio tenía para ella una frase cariñosa, una de aquellas miradas enloquecedoras, una de aquellas sonrisas con que había conseguido hacerla abandonar su rincón, embellecido por todo cuanto puede hacer grato el vivir de las clases humildes, por aquella sala de tres metros en cuadro, combatida por la humedad y sin más mobiliario que el lecho, una mesa de pino, un baúl, cuatro sillas y cuatro cuadros, todo adquirido de lance en el baratillo de Curro, amueblador de los hogares miserables.

Trini comparaba aquel zaquizamí, mal alumbrado por un quinqué de tubo desboquillado, con la habitacioncita que ocupara en casa de sus tíos, con una ventana al patio, ventana en la que dábanle los buenos días los gorriones con su alegre piar a los primeros rayos del sol desde el frondoso ramaje del árbol que embellecía el patio de la casa; su cama de hierro con sábanas blanquísimas y mullido colchón de lana, que su tía había arreglado sangrando los dos suyos; una mesa de caoba con una Dolorosa, la cual empleábase ella en vestir con infantil alborozo; una cortina azul, que daba tonos tan suaves y poéticos a la estancia cuando la corría para defenderse de los rayos del sol estival; sus cuadros con molduras de pajarrosa, hechas y adornadas por ella con cintas de colores en los ángulos; la butaca de lona, en la que, una vez terminados los quehaceres de la casa, gustábale tanto reclinarse casi tendida, un pie sobre el otro, los brazos alrededor de la cabeza y, con los ojos entornados, dar suelta a su pensamiento, a la vez que oía de modo confuso el alegre gritar de los chiquillos que jugaban en el anchuroso patio.

Trini movió nerviosamente la cabeza para ahuyentar sus recuerdos; no quería pensar en sus tíos; cuando la imaginación la hacía ver sus rostros entristecidos, sus ojos llenos de lágrimas, sentía que el corazón se le partía; ella había pagado con la más negra ingratitud sus desvelos, sus ternuras, sus sacrificios; verdad que ella había huido engañada; a ella Antonio habíale dicho que en el instante en que ella huyera con él, ellos tendrían que dar su consentimiento, y en cuanto lo dieran... Ella no recordaba ya los pretextos que Antonio había buscado para no cumplir su juramento; primero, que necesitaba el consentimiento de unos parientes. ¡El consentimiento de unos parientes!, cuando el tío Pámpana, su vecino, habíale dicho que un hombre a los veintiséis años sólo necesitaba el permiso del sereno para casarse; luego fueron los gastos; mientras la cosa no se formalizara, él podía tenerla en aquel cuartucho, pero en cuanto se casara ya era distinto, tendría necesidad de presentarla como quien era y no como la tenía, casi al aire sus carnes de nácar... Sí, eso sí, palabras de miel no le faltaban a Antonio; aquello lo decía él como quien echa azúcar en un brebaje amargo y venenoso, y menos mal mientras duró el azúcar, pero ya..., ya no iban siendo más que hieles; cada vez que ella le preguntaba, con voz tímida y temblorosa, cuándo le iba a cumplir su promesa, él fruncía el entrecejo y, con una inflexión de voz hasta entonces para ella desconocida, respondíale bruscamente:

-Si tu quiées que yo agüeque el ala y no me güerva a parar en este caballete, no tiées más que seguir por ese camino.

Ella, la primera vez que oyó esto sintió como si el corazón se le subiese a la garganta para ahogarla; pero tuvo que tragarse sus lágrimas, porque no quería llorar; días antes habíale dicho Antonio al verla anegada en llanto:

-Mía, salero, que pierdes toíto er mérito en cuantito se te mojan los lagrimales y se te ponen los ojos que paecen dos azofaifas.

¡Qué diferencia! ¡Azofaifas los que fueron luceros matutinos y estrellas polares! ¡Los que fueron espejos donde bajaban a mirarse ángeles y serafines!

El viento seguía soplando cada vez más huracanado, y la lluvia empezó a arreciar, salpicando el rostro de Trini, que se defendía con el maltrecho mantón. La calle estaba solitaria; la luz de los reverberos refractaba, pálida y triste, en los charcos formados por la lluvia en el desigual empedrado; brilló en el extremo de la calle el farol del sereno, y su silbato dejó oír un a modo de silbido estridente y lastimero, y la campana de la vieja iglesia parroquial dejó oír su ronco tañido.

-¡Las dos! -musitó Trini, y sujetándose el mantón contra la boca se cubrió el juvenil semblante hasta los ojos, y poco a poco abatieron sus párpados de nácar el haz de sus largas pestañas, y...

-Pero, Trini, hija, ¿qué jaces ahí? ¿No ves que te vas a quear helaíta? -exclamó el señor Curro, el tabernero, un viejo de crecido abdomen, rubicundos mofletes y pelo blanquísimo, que asomaba por bajo la encasquetada gorra de lana, viendo al abrir la puerta de su establecimiento a la muchacha hecha un «cuco» en la reja.

Abrió sobresaltada los ojos Trini, contempló con expresión entristecida al tabernero; poco a poco fue recobrando la lucidez, y

-¡Ah, que es usté, señor Curro! -exclamó con voz dulce y musical, al par que se restregaba los grandes ojos con ambos puños cerrados.

-Pero ¿pa qué te has alevantao tan temprano? ¿O es que...?

Y los ojos del vicio pusieron fin a la interrogación.

Trini inclinó la cabeza y calló humillada; no quería confesar que habíase pasado la noche aguardando inútilmente a su Antonio..., su Antonio... ¿Dónde estaría su Antonio?... Al pensar esto, surgió en su imaginación el recuerdo de Filomena, de aquel trasto que había conseguido engatusar a su hombre.

-Conque no ha vinío y tú te has pasao la noche en la ventana, ¿verdá?

-No, es que me queé dormía.

-¡Es naturá, al calor de la lumbre!... ¡Charrán de mi ahijao! ¡Teniendo como tiene una flor que vale cien mil millones!... Aspérate, mujer, que acaba de jervir el café y te sentará de primera.

-No, muchas grasias, no tengo gana.

-Si es que estarás helaíta, mujer. Verás qué bien te sienta.

Trini no insistió en la negativa; sentía necesidad, imperiosa necesidad, de tomar algo caliente que la desentumeciera, y de no haberse brindado el señor Curro, seguramente no hubiera podido satisfacer aquella más necesidad que deseo, porque Antonio, al irse la noche anterior, había arramblado con los pocos cuartos que tenían para aquel día que empezaba a teñir el cielo con sus primeras claridades.


- II -[editar]

Antonio penetró en la sala, y sentándose en la mecedora, se echó el sombrero sobre la cara, montó una pierna sobre la otra, cruzó las manos sobre el pecho, y pareció entregarse al sueño.

Filomena le contempló en silencio, y

-Que Dios te los dé mil güenos -exclamó con voz de reproche.

-Perdona -dijo aquél secamente-, pero tengo un sueño que me troncha.

Filomena le miró con vaga expresión de desdén. ¿Qué bicho le habría picao? Siempre que entraba y la sorprendía como estaba en aquellos momentos, apenas velado el arrogante seno por la camisa llena de cintajos de colores vivos, al aire los recios brazos de piel cálida y suelto el cabello sobre las carnosas espaldas, siempre tenía para sus carnes duras y morenas, para su pecho de nodriza de la montaña, para su rostro de facciones duras y agitanadas, un borbotón de deseos en sus ojos garzos y pasionales y una frase acariciadora en los labios voluptuosos. Y aquel día...

Filomena volvió a mirarse con más atención en el espejo. No, pues aquel día no tenía ella nada menos que los otros; sin duda, algo le pasaba a aquel pícaro chavalete que tan de cabeza la traía, cuando ya ella había tenido necesidad de arrancarse algunas canas no prematuras, con su gallardo empaque, su rostro terso y brillante, su boca fresca, apenas sombreada en el labio superior por un bozo suave, con sus donosos decires, con su cuerpo elástico y grácil.

-Pero ¿es que estás malo? -preguntó Filomena a Antonio, al par que con la más pérfida intención alzaba los brazos para hundir el peine en la oscura cabellera.

-No; éjame, mujer, que es que tengo un pardillazo que no pueo con él -repúsole Antonio sin hacer un movimiento.

Si Filomena hubiera podido leer en el pensamiento de Antonio en aquel instante, hubiérase apresurado a ponerle velillos, si no a su corazón, a su vanidad y a sus deseos. El pensamiento de Antonio en aquellos instantes revoloteaba celoso y despechado en torno de Trini, de aquella chavalilla, capullo convertido en flor a sus caricias, un primor de mujer, de formas elegantes y sueltas que ondulaban suaves cual las del antílope, de carnes sonrosadas, de pie casi invisible y de rostro a los que los malos ratos y las pesadumbres no habían logrado arrebatar ni su tersura, ni su brillantez, ni los tonos suavísimos de rosa temprana que lucía perpetuamente en sus encarnadas mejillas; ni a sus grandes ojos aquella dulce expresión infantil, que fueron y volvían a ser a modo de luminosos acicates de los deseos del mozo.

Este había empezado a notar una extraña metamorfosis en Trini: ya ésta no le recibía con cara adusta, ya no le preguntaba cuándo iba a dar cumplimiento a su promesa, ya no se pasaba las noches esperándole en la ventana, y cuando él preguntábale, respondíale ella con voz dulce y acariciadora:

-Pero ¿pa qué quiées que pase tan malas noches, si apenitas pegas en la ventana, ya estoy abriéndote la puerta de la calle?

Esto era verdad, pero también lo era que ella empezaba a no ser la misma. Además, había él observado otros detalles: Trini parecía cuidarse más del personal adorno, y ya apenas si la sorprendía él alguna vez sin peinar y sin acicalar con los escasos medios con que contaba para embellecer su persona. Verdad que Trini no necesitaba, como Filomena, pasarse dos horas delante del espejo, ni encorselarse, ni cambiar tres veces al día de chaquetilla, ni buscar los colores que mejor le sentaban. Trini, con meter la cara en agua fresca, salía su cara del lavamanos como una flor en las mañanas de abril; a Trini bastábale con pasarse dos veces el peine por la blonda melena y recogerse la larga trenza sobre la nuca para que pareciera arrancada de un cromo.

Y respecto a vestidos, ¿qué le importaba a ella no tener más que dos faldas casi fuera de uso, si al ponérselas parecía que se abrazaban a las curvas de su cuerpo, como de ellas enamoradas, poniendo de relieve sus tentadores hechizos?

Antonio puso mentalmente en paralelo a Trini y a Filomena, y un mal disimulado gesto de desdén contrajo sus labios y sintió que empezaba a pesarle el vaho de aquella habitación de ambiente envenenado con el olor de los perfumes baratos.

-Qué, ¿te has peleao con Trini, por casolidá?

Esta pregunta irritó a Antonio; antojósele casi una profanación. Cuando en otras ocasiones había nombrado a Trini Filomena, habíale causado mal efecto, pero en aquel instante antojósele que por causa suya acababa de mancharse Trini saliendo su nombre de aquellos labios agostados por las más brutales caricias; antojósele que Filomena, al nombrarla, la ponía a su nivel, y esto le hizo exclamar:

-No me gusta que mientes a Trini. Tú, en tu casa, y Trini, en la suya.

Filomena enarcó las pobladísimas cejas... Sin comprenderlo, adivinó el porqué de aquella protesta, y lastimada en su orgullo:

-¿Es que con mentarle ofendo yo a esa señora?

Antonio se incorporó como un corcel al oír el clarín guerrero, y en los labios le brincó una rotunda afirmación, pero pudo contenerse, y

-No, no es que la ofendes, sino que no me gusta que me la mientes, asín como está por la primera vez que ella te haiga mentao a ti pa naíta. Yo te juro que nunca te ha mentao a ti mi Trini.

Filomena palideció de rabia. Antonio, sin piedad, acababa de pisotear su amor propio; sin querer, habíale dicho que era tanto el desprecio hacia ella de Trini, que ni siquiera se dignaba pronunciar su nombre, y al sentir el trallazo, todos sus treinta años de poderío y de dictadura entre los hombres de más cartel se le incorporaron en el corazón y exclamó, entre iracunda y desdeñosa:

-Pos cuando quieras te vas con tu Trini, que yo en mi casa miento a quien quiero, ¿sabes tú? ¡A quien a mí me da la repotentísima gana!

Antonio se incorporó, procurando ocultar su regocijo al ver desmoronarse uno de los muros de su prisión, dejándole el paso libre, y

-Está bien -dijo con voz que inútilmente se esforzó en que resonara dolorida-; está bien. No me esperaba yo que le dieras tú este pago al querer que te tenía.

Y echándose el «cordobés» sobre la frente, se ajustó bien la trincha de los pantalones, y

-¡Llama ar mengue! -musitaba momentos después alejándose rápido por el corredor, al sentir la voz suplicante de Filomena, que le gritaba arrepentida:

-¡Oye, Antonio..., ven acá, Antonio..., por tu salú, que no te vayas!


- III -[editar]

Antonio sintió que las lágrimas quemaban sus ojos y que los celos mordíanle en el corazón.

¡Ay del hombre que había penetrado en su nido! Él le haría pedazos para poder calmar el tremendo oleaje de su ira y su pena.

Cómo le dolía verse burlado por Trini, por aquella en quien había puesto todas sus ilusiones... Verdad era que él habíala tenido algo olvidada unos días a causa de aquel puñado de estiércol de Filomena, pero ¡qué hombre no tiene una malita racha! Todos sus amigos tenían sus belenes, y no por eso sus mujeres... Verdad que Trini no lo era suya todavía, pero lo hubiera sido muy pronto... Pero ya, ya aquello era imposible; aquella carta, de la que él no había conseguido arrancarle más que un pedazo, era de un hombre que, sin duda, enterado y valiéndose del abandono en que él la tenía, habíale desbancado en su corazón ofreciéndole oro y cariño, que éstas eran las palabras que contenía aquel pedazo de papel...

Oro... cariño..., las dos cosas que más vuelven locas a las mujeres. ¡Ah!, pero ni él ni ella se burlarían de él; no habían ellos contado con la huéspeda, con que a él le sobraban corazón y bríos para cobrarse aquella mala partida.

-Pero ¿qué te pasa, Antoñuelo? -le preguntó con voz afable el señor Curro.- ¿Qué te pasa a ti esta noche, que parece que te has propuesto beberte la cuarterola del seco?

Antonio miró con ojos conmovidos a su padrino; sabía muy bien que éste era uno de los pocos que le querían. Por esto, porque estuviera más que bajo su vigilancia, bajo su amparo, había tomado aquella habitación frente a su taberna y había aposentado en ella a Trini, pero sin duda los años habíanle quitado la vista al viejo, cuando nada había visto, porque de haber visto algo, él le hubiera evitado o le hubiese dado a tiempo la voz de alarma por lo menos.

-Pero ¿es que te has peleao con Trini?

-¿Peleao? No; no, señor. Yo no me pueo pelear con una mujer que a mí no me pertenece.

-Hombre, ¿que no te pertenece? Por vía e María Santísima, y qué purmón que tiées tú pa decir ciertas cosas.

-Yo pensaba que sí, que lo era -murmuró con voz sorda Antonio-; pero Trini me engañó. Trini está en relaciones con otro hombre.

-¿Que Trini...? Vamos, hombre, que tú no estás güeno del aguacate.

-¡Cuando yo se lo digo a usté!

-Pero si eso no puée ser, hombre. Por más que si eso hubiera pasao, mejor pa ti, porque tú, creo yo que por lo que andabas peleando era por eso.

-¿Yo pelear porque me engañara mi Trini?

-Hombre, si no es asín, yo no he visto cosa más parecía; porque cuando se trata a una mujer como tú lo has hecho con ello, teniéndola mal comía, mal vestía, en un mal chamizo, tratándola cuasi a puntapiés...

-¿Yo?

-Sí, tú. Pues qué, ¿no tengo yo ojos en la cara? Pos han sío pocas las veces que yo te he dicho: «Mía, Antoñuelo, que eso que tú estás jaciendo con esa rosa de Jericó es como tirarla al pozo». Y aluego, ¿por quién? Por un pendón como la Filomena, que ha sío toíta su vía un bebeero de palomos.

Antonio se mordió primero los labios; luego, un dedo, y

-Güeno, padrino, no me ajonde usté más el cuchillo. Conforme en que he sío yo el que me he matao..., porque es que esto a mí me mata, porque es que yo, antes de permitir que a Trini se la lleve otro hombre, mato a ese hombre, mato a Trini y mato...

-Menos matar, hombre, que no estás en la guerra, y si tú quieres yo iré a ver a Trini y...

-¿Y pa qué va usté a verla, si ya Trini quiere a otro; a otro que se cartea con ella, un señorito que le ofrece oro y cariño?

-¿Un señorito que le ofrece oro y cariño?

-Sí, señó. Esta mañana le cogí una carta; mejor dicho, un peazo, porque como ella se metió en el cuarto de la casera... Pero mire usté el peazo que le arranqué, vea usté lo que dice:

Y Antonio sacó con mano trémula un trozo de papel, que entregó al tabernero, diciéndole:

-Míe usté si no es verdá lo que yo digo.

El tabernero contempló el papel, y después de poner en él los ojos un instante:

-Vamos, hombre -repuso con voz grave-. Y si to esto resultara que no era naíta de lo que tú te figuras, ¿ejarías a la Filomena y cumplirías como debes cumplir con Trini la Maravilla?

-¿Y cómo va a poer ya ser eso, padrino?

-¿Tú harías lo que yo te he preguntao?

-¡Toma! Si eso fuera posible, por de juro que sí. ¡Digo!, mañanita mismo estaba yo despertando de madrugá al cura de la parroquia.

-¿Me lo juras por la memoria de tu padre?

-Por la memoria de mi padre.

-Pos entonces toma y junta ese cacho al resto de la carta y lee, alma mía.

Y diciendo esto, entregó a Antonio la carta amputada, y cuyas arrugas delataban la lucha que hubo de librar inútilmente aquella mañana Antonio para arrancarla de las manos de Trini.

Antonio contempló como aturdido a su padrino, y leyó:

«Mi querida Trini:

Ten resignación, que ya se le pasará eso a tu Antonio, porque tu Antonio te quiere, tu Antonio es bueno, tu Antonio es trabajador y tu Antonio arrematará por casarse contigo y por darte lo tuyo, y tú arrematarás por tener tú lo que tú te mereces, oro y cariño. Tu casi padrino, Curro Heredia».

Y al concluir de leer la carta se incorporó Antonio, contempló al viejo, que le miraba irónica y afectuosamente, y

-¡Camará, padrino, y cómo me ha llegao el espolazo a lo más rejondo der corazón! -le dijo con voz vibrante.

-Pos piensa en que lo que no ha sío puée ser, en que el que va a Sevilla pierde su silla y en que cuando se tiée una flor der mérito de la que tú tiées en tu cubril hay que cuidar mucho de que no la cojan las babosas. Y vámonos pa allá, que ya es justo que a la que tanto ha penao por ti, le brindes una alegría.


(EL IMPARCIAL, sección de los lunes. Madrid, 26-II-1912.)