Ulúa habla

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Ulúa habla
de Práxedis G. Guerrero



Echad un vil secreto en la más honda sima: sepultad una infamia bajo miriadas de montañas y apartaos del sitio en que pensáis dejarlos para siempre inmóviles y mudos: lavaos el rostro y las manos; cubríos de dorados, vestíos de adulaciones. Marchad; id tan lejos como podáis, y al fin de cada etapa y en todas partes, saldrán a saludaros el vil secreto que arrojasteis a la sima y la infamia que dejasteis debajo de miriadas de montañas.

No hay sima que oculte, ni montañas que cubran los secretos sucios y las infamias cobardes.

El alma doliente de los presidios deja escuchar de cuando en cuando, con disgusto de los sicarios, su rugido o su lamento. Ulúa, ese Vitelio de coralinas rocas emergido en la orilla del Atlántico, que devora vidas preciosas, sin más tregua que el tiempo que se toma para vomitar cadáveres, siente escaparse de su vientre ahíto de sacrificios el vaho de un martirio que latiguea las carnes mancilladas de una República (?) que todavía tiene en su frente sumisiones y en sus labios plegarias para la Bestia que lo estruja.

El horror que abrigan las trágicas humedades del implacable engullidor estalla como un grito esquilino y denuncia un poema entero de iniquidades.

En poco más de un año, cien prisioneros, revolucionarios, o simples sospechosos, han perecido en Ulúa, víctimas del régimen especial con que se les trata. Doscientos compañeros más, están siendo empujados rápidamente al mismo fin. Entre horribles penalidades pasan los días estos hermanos nuestros: baños inmundos, comidas podridas, envenenadas, incomunicaciones interminables, insultos, azotes y mil cosas más, indignas, canallescas, cobardes, se usan sobre ellos con un refinamiento que haría gozar a las torvas imaginaciones de un Felipe II y un Stambouloff.

Y la llamada prensa independiente, con rarísimas excepciones, calla, y los adalides de la redención pacífica, silencian estos crímenes, en tanto que titulan mártires de su amor a la libertad a los oficiales reyistas que fueron destinados a Yucatán por su ambición de formar parte del futuro pretorio del Caudillo de Galeana.

Pero más vale así, ¡que callen! ellos, los apocados, los dúctiles, los siervos por idiosincracia no pueden protestar. Sus cerebros son invernaderos de flores cortesanas que al extenderse sobre el lecho del Sibarita tienen cuidado de no formar ni un pliegue que moleste. Su silencio es mejor que su verbo glutinoso.

Escondiéndose dentro de ellos mismos, hacen honor al heroísmo que sucumbe en los potros dictatoriales.

Y nosotros, revolucionarios, no hagamos protestas que se borran y olvidan: ¡Venguemos a los hermanos!

Venganza es hoy día igual a justicia.

Seamos vengadores y seremos justos.

Ya es tiempo ...

Práxedis G. Guerrero

Punto Rojo, N° 4, del 16 de Septiembre de 1909. El Paso, Texas.