Un acreedor que da lástima

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Los milagros de la Argentina
Un acreedor que da lástima
 de Godofredo Daireaux


Allá por 1865 más o menos, José Leporelli, almacenero al menudeo, ganaba buenos pesos con su negocito, y como tenía muy desarrollada la virtud de la economía, iba amontonando despacio una regular fortuna.

Su crédito era bueno, por la sencilla razón de que nunca lo usaba, llegando a descontar todo lo que compraba en plaza, y también a colocar dinero a interés -a buen interés- cuando le sobraba.

Con Juan Musterini, su amigo íntimo, más de una vez se habían prestado mutua ayuda-, pero éste, mucho más vivo, le consideraba como un simple... almacenero, incapaz de comprender los grandes negocios, y más de una vez se había burlado de su falta de audacia, augurándole que nunca haría fortuna. Hubiese hecho mejor, le decía, de no haber venido a América. El especulaba; especulaba en tierras. No le parecía posible que el suelo de la Argentina pudiese por mucho tiempo valer tan poco como entonces valía; y compraba, vendía, ganando siempre, aunque poco -pues había poca plata entonces, y pocas ganas de moverla.

Lleno de fe en el porvenir del país, había comprado buenas áreas alrededor de la ciudad y las dividía en quintas, lo que le daba bastante buen resultado; pero se encontró, en cierto momento, un poco estrecho y apeló a su amigo Leporelli. Le ofreció sacar del Banco de la Provincia, con sus dos firmas, cuarenta mil pesos, que se repartirían o con los cuales podrían hacer juntos algún buen negocio. Leporelli prefirió no meterse, como decía, en camisa de once varas y se contentó con dar a Musterini su firma por los veinte mil que él necesitaba: 800 $ oro.

Y Musterini siguió comprando, vendiendo, entusiasmándose más y más. El primer trimestre, habiendo reservado del mismo préstamo lo necesario, pagó intereses y amortización, y Leporelli no tuvo más que seguir prestando la firma.

Los negocios en tierra, en un país nuevo como la Argentina, de naciente desarrollo, tienen forzosamente que dejar grandes utilidades; pero son negocios, en general, de muy lento resultado, y cuyo primordial elemento de éxito es el tiempo. Y si bien el tiempo, cuando uno trabaja únicamente con dinero propio, es relativamente de poco valor, cambia de aspecto la cosa cuando se tiene que pagar interés y que durante una larga serie de años, a veces, no se puede llegar a vender la tierra improductiva, comprada en un momento de arrebato.

El mejor negocio, entonces, se vuelve ruina; y así le pasó a Musterini. En aquellos tiempos, bastaba una baja en las lanas o en los cueros para que todo quedase perturbado en el pequeño mundo de los negocios argentinos, o alguna amenaza de disturbios políticos; y el crédito se restringía, las transacciones se hacían imposibles y para hacer frente a un vencimiento era todo un trabajo.

Cuando, al vencer el segundo trimestre, se le presentó su amigo Musterini, declarándole que no podía pagar, Leporelli quedó pasmado. Nunca había pensado que semejante caso pudiera acontecer. Entonces, ¡iba a tener que pagar por otro! ¡devolver un dinero que no había visto siquiera, y también pagar intereses por él! Pues, ¡señor!, primero, declaró que no pagaba. Pero Musterini le hizo comprender que no podía dejar de hacerlo; si no, iban a embargar todo y que sería peor.

-«¿Y tú eres -contestó indignado Leporelli,- quien me dice esto, así no más, muy sí señor? ¡Sabes que está fresco!»

-«Pero, Leporelli, no te enojes por tan poca cosa, hombre, no es más que por algunos días; va a mejorar la plaza y te devolveré todo. Tengo muy buenos terrenos, fáciles de vender. Ten paciencia, amigo».

Leporelli sacó, rezongando, su libro de cheques y no sin regatear, como si pudiera así conseguir alguna rebaja, acabó por entregar a Musterini el importe de los intereses y amortización.

Quedó triste el hombre. Ahora veía cuán peor es prestar su firma que regalar dinero. Antes de regalar dinero lo piensa uno dos veces... y tres; mientras que se da una firma, como si nada valiese, por cantidades que, ni en sueño, se hubiesen prestado a su mismo padre. ¡Lindo iba a quedar! ¡Veinte mil pesos! ¡Cuántos años había tenido que trabajar y privarse para ganarlos! y sin acordarse más que de los primeros pesos ahorrados a fuerza de trabajo y privaciones, se lamentaba como si fuese ya presa de la más espantosa miseria.

A su mujer le contó con voz lastimera a la vez que indignada lo que le pasaba con su amigo Musterini; y esa palabra «amigo» tomaba en su boca la entonación de un anatema.

«Ahora, sí -la dijo,- que vas a tener que cuidarte con el gasto. Adiós golosinas y pastas finas importadas, y para los chicos caramelos y botines nuevos a troche y moche. Pasaron los buenos tiempos. El «amigo» Musterini nos arregló tan bien que ahora todo lo que se economice será poco para pagar las letras de este señor, con intereses y todo».

Y tuvo Leporelli, cada tres meses, que ir al Banco -él mismo iba; pues ya por nada le hubiera confiado a su «amigo» un solo peso-, para renovar la letra y pagar los intereses y la amortización. Quizá lo más penoso era la forzosa entrevista que entonces tenían que tener ambos para firmar las letras. Leporelli ya no gritaba; se encerraba en un silencio lleno de desprecio; y cuando Musterini, arrepentido, acongojado, confesando que no había podido vender una vara de tierra para hacerse algunos pesos, ofrecía darle en pago alguna de sus propiedades, lo miraba de reojo, hacía con los labios un gesto de desdén y sacudía los hombros de tal modo que el pobre Musterini no insistía y consideraba, callado, la inmensidad de su ruina.

Tenía mucha tierra, pero no valía nada, y sus acreedores, ya cansados de esperar, lo empezaban a amenazar. Los solos intereses de lo que adeudaba bastaban para aplastarlo, acumulándose día por día y cuando vio venir la hora fatal de las ejecuciones, fue a ver a su «amigo» Leporelli y le suplicó de aceptar en pago la única propiedad que no hubiese hipotecado; cierto es que nadie le había querido dar un peso por ella. Leporelli no quería tierra; quería su plata, su buena plata, los diez y ocho mil pesos del capital y los intereses que había pagado y tendría que seguir pagando. Y así se lo cantó. Pero Musterini insistió; le prometió que si, algún día, mejoraba de fortuna, le volvería a comprar la quinta que le ofrecía.

La verdad es que la dichosa quinta no tenía mayor atractivo: eran unas cien cuadras, en parte, de bañado inservible, regadas, inundadas más bien dicho, a cada rato por el arroyo Maldonado; tierra malsana, incultivable ¡un clavo! un clavo bárbaro, remachado.

La insistencia de Musterini provocó en Leporelli una tempestad de enojo que se resolvió en bulliciosas maldiciones, retumbantes juramentos y sonoros insultos; pero, una vez apaciguado, dio por resultado que se resignase a aceptar.

-«Era preciso ser loco -decía-, para hacerse cargo de semejante bañado».

¡Y lo mejor es que tuvo todavía que pagar la escritura! «como para hacer reír a la gente» decía Leporelli; y quedaba tan avergonzado que ya no quiso ni acordarse del enojoso asunto; se fue al Banco y acabó de una vez de pagar el saldo que todavía se adeudaba.

Pasaron unos pocos años. Vino la fiebre amarilla y se acordó Leporelli del famoso terreno aquél. Había en él un casucho viejo; con los hijos lo limpió; mal que mal lo arreglaron y pasó en él el verano toda la familia, hasta que ya hubiese desaparecido el flagelo. Y tuvo mil ocasiones, mientras duró esa temporada de aburrido veraneo, en medio de zumbantes torbellinos de mosquitos hambrientos, sin más distracción que el desfile por la polvorienta calle Santa Fe, de las carretas de bueyes que llevaban con recelo a la ciudad moribunda verduras para el puchero, o la rápida disparada lejana, asustada y asustadora, de los carros llenos de difuntos, hacia el cementerio nuevo, recién habilitado y repleto ya, de la Chacarita, de maldecir a Musterini, el especulador loco, el «amigo» a quien debiera tantos males. Inconscientemente le achacaba lo inconfortable de la choza, los mosquitos, el calor y hasta algún poco también la fiebre amarilla, sin pensar ni por un momento, que, sin la quinta ésa, se hubiesen muerto quizá todos ellos en la ciudad apestada.

Musterini, él, no despreció la ocasión, y murió, en tres días, de la fiebre amarilla. Cuando lo supo Leporelli, sus viejos sentimientos de amistad le sacudieron el corazón y expresó el pesar de que, a veces, por cuestiones de interés, se distanciaran los hombres, sintiendo, decía, no haberle ofrecido durante la epidemia la hospitalidad en la quinta. Y la desgracia de Musterini y de tantas otras víctimas muertas por haberse tenido que quedar en la ciudad, borraron el último vestigio de su odio para el finado y le empezaron a hacer tomar cierto cariño a la vilipendiada quinta.

Ahora, cuando lo permitía el tiempo y el terreno no estaba inundado, toda la familia iba a pasar allá el domingo. El viaje, bastante penoso en los primeros tiempos, se había hecho fácil con el tranvía a Belgrano, por la calle de Santa Fe.

Por todos lados, en el horizonte, empezaban a aparecer ranchos, casitas. De la ciudad se aproximaban algunos edificios como centinelas avanzados; de Belgrano, uno que otro verdulero se le acercaba, cubriendo de verdes hortalizas algún retazo de terreno. Hablaban de ferrocarriles que debían cruzar la quinta. A Leporelli, más de una vez, más de veinte, le habían hecho ofertas para arrendarle el terreno, todo o en parte; y fuertes especuladores, en acecho siempre de las grandes áreas fáciles de repartir en lotes, se lo habían hecho denigrar por tantos corredores astutos, que no dejaban lugar a duda sus ganas de comprarlo.

Leporelli, cuyo almacén había prosperado, como prospera todo negocio sencillo, sencillamente manejado, empezaba a considerar como legítimo fruto de suprema habilidad suya la aceptación tan trabajosamente consentida por él en otros tiempos, de la quinta de Musterini, en pago de su obligación; y cuando alguno de los numerosos aduladores a quienes siempre junta el éxito, aludía a la fortuna enorme que, antes de pocos años, iba a representar esa propiedad para su feliz poseedor, con gesto de hombre acostumbrado a acertar en todos sus negocios, guiñaba el ojo, dejando entender que, al hacerse dueño de ella, bien sabía lo que hacía, y que el pobre Musterini no había podido con él. Y viendo que con sólo guardar improductivas esas cien cuadras le aseguraba un fortunón siempre creciente, resolvió seguir conservándolas improductivas, sin permitir siquiera que un hortelano cultivase en ellas repollos y zanahorias, como si tal cosa les hubiese podido quitar algo de su valor.

Gozaba el hombre orgulloso, tomando por admiración el asombro en que mantenía a la gente su capricho zonzo.

La edificación urbana, cada año, se venia acercando más y más, tanto que ya parecía la quinta extenso desierto.

Aumentaba el número de interesados en comprar lotes grandes o pequeños, para ubicar fábricas, o realizar su sueño constante los padres de familia, de edificar su modesta casa para librarse de una vez de esa pesadilla tan bonaerense: el alquiler. Sin que tuviese enemigos, la muerte del viejo Leporelli era deseo no siempre secreto de mucha gente. Pero la mera satisfacción de amor propio de sentirse dueño de esas cien cuadras de incalculable valor, bastaba a su felicidad y nunca consintió en vender de ellas una vara.

Cuando murió, por fin, en 1900, los hijos se repartieron la quinta, y como no le tenían ellos el mismo apego, la empezaron a despedazar, abriendo calles, vendiendo en pequeños lotes, llegando a sacar cien mil pesos oro de una sola de las cien cuadras que, juntas, le había cedido al viejo José Leporelli por ochocientos, su infeliz y tanto tiempo maldecido «amigo» y deudor Juan Musterini.


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