Un consejo provechoso

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Hermoso cielo el de Italia Más hermoso aún cuando es el de la patria. Pero el pobre labrador, agachado siempre sobre la tierra, ¿qué le importa a él el cielo? ni de noche lo mira, cuando en su esplendor centellean las estrellas; pues al hombre rendido por incesante y ardua labor sólo le seduce el sueño.

Giovanelli trabajaba de peón en Italia, en casa de un pequeño propietario, dueño de cuatro hectáreas. Trabajaba mucho y comía poco, lo mismo, por lo demás, que su patrón; pues éste, abrumado por los impuestos, aunque hiciera rendir a su campito por un cultivo primoroso todo lo posible, apenas alcanzaba a vivir y a mantener a su numerosa familia.

Un domingo que Giovanelli estaba mirando melancólicamente una partida de bochas, en la cual no podía tomar parte por no tener plata, se le acercó un antiguo compañero a quién no había visto desde hacia varios años y que con cara risueña y traza de hombre feliz lo saludó cariñosamente.

Giovanelli, admirado de verlo vestido casi como un señor cuando siempre lo había conocido tan pobre como él, le preguntó lo que había sido de su vida; y el otro, guiñando el ojo, golpeó con la palma de la mano en el bolsillo del chaleco haciendo sonar en alegre retintín las liras ávidas de libertad, y lo convidó a tomar con él un vaso de vino. Le contó que venía de América pero no de la América de los Ingleses, donde ya hay mucha gente y donde los italianos están medio mal mirados porque no los entienden, sino de otra América, de la Argentina, un país lindo, de cielo azul como la misma Italia, donde todos entienden el italiano y hablan un idioma medio parecido; donde hay, por lo demás, muchos italianos ya, todos ricos o en vías de serlo.

Le contó que allá había mucha tierra sin arar por falta de gente; que toda ella era fértil y tan barata que cualquier pobre llegaba a poder hacerse de una buena propiedad; que él ya tenía comprado en poco tiempo un lote de cien hectáreas y que había venido a buscar a la familia.

Giovanelli abría tamaños ojos; creía oír un cuento de hadas, y cuando el otro le aconsejó venirse con él allá, soltó un suspiro que por lo profundo parecía salir de sus bolsillos vacíos.

-«¿Y con qué -dijo-, si no tengo un centavo?»

-«Esto es lo de menos -afirmó el compañero-; pues con mi garantía te darán el pasaje a pagar allá después de la cosecha. Necesitan mucha gente en estos meses en la Argentina, para cosechar el trigo, y pagan muy buen sueldo. En tres meses, te ganas allá más que aquí en un año».

Giovanelli objetó la falta de ropa.

-«Te prestaré»-contestó el americano.

-«Que no podía dejar a la madre sin recursos».

-«Le adelantaré dinero por tres meses, y después, de allá le mandarás».

-«Que era feo dejar así a su patrón que siempre había sido para él tan bueno».

-«¡Bah! no le ha de faltar otro peón».

Por fin se convenció Giovanelli y consintió en embarcarse con su amigo. Lloró un poco la madre; pero se consuelan fácilmente de cualquier dolor los que están acostumbrados a sufrir; y la plata que le dejaban -un tesorito para la pobre, una bagatela para el americano -y la esperanza de ver mejorar pronto su suerte con la de su hijo acabaron de secar sus lágrimas.

El patrón, él, rezongó fuerte; Giovanelli era un gran trabajador, y poco exigente; le hacía mucha cuenta y como siempre le había sacado la chicha, haciéndolo trabajar hasta el abuso por un miserable sueldo, lo trató de ingrato, maldiciéndole casi y deseando que allá se desengañara y volviera ablandado por el hambre.

Giovanelli lo apaciguó con palabras de indulgente sumisión y con la promesa de decirle a la vuelta si era cierto todo lo que de la Argentina contaban.

La travesía le pareció algo larga, pero la novedad lo encantó. A más, eso de quedarse sin trabajar durante veinte días, comiendo bien, asimismo, le pareció como un oasis en su vida de penurias y de labor.

Buenos Aires lo dejó estupefacto, pues nunca hubiera creído que, fuera de Europa, hubiese una ciudad tan grande; pero tenía prisa de salir de ella; su gran movimiento lo aterrorizaba, y como estaba sin dinero y con deudas, anhelaba trabajar y ganar.

Algunos trataron de hacerlo quedar en la ciudad, ofreciéndole maravillas, pero su compañero no le permitió aceptar. Insistió en que al campo debía ir, él sobre todo, campesino desde siempre.

A los pocos días lo mandaron a la provincia de Santa Fe, a cosechar trigo; y pudo ver que su consejero no lo había engañado. Allí sí que había trigo y más trigo. Del tren, no se veía otra cosa que la sábana inmensa, interminable, de las mieses doradas por el sol, suavemente agitadas por el viento, undosas como las olas del mar.

Apenas hubieron llegado, él y sus compañeros, a la estación de la colonia de donde los habían pedido, que los transportaron en carros hasta el campo en que debían trabajar, y se empezó a segar; y se pudo dar cuenta Giovanelli de que en la Argentina debía de ser difícil morirse de hambre. ¡Qué de trigo, señor!, mucho más que en Italia, sobre todo en proporción al número de los habitantes. ¡Y una llanura tan grande, tan extensa, sin una piedra en ninguna parte! No era extraño que pudiese sembrar tan poca gente tan grandes áreas. Si las hubieran tenido que cortar con la hoz o con la guadaña como allá, no sé como habrían hecho. Pero tenían unas máquinas para ello, admirables, que trabajaban como si hubiesen sido personas inteligentes. Con un solo hombre que manejaba los caballos o los bueyes, iban cortando y engavillando que daba gusto.

Por cierto era duro el trabajo de alzar todo el día y amontonar gavillas, y cargarlas en los carros y ponerlas en parvas; el sol era fuerte, y se trabajaba casi sin descanso desde la madrugada hasta la noche; pero, en resumidas cuentas, era menos duro que guadañar agachado como en Italia; a más, y esto es capital, ¿no es cierto? se comía bien, pero bien, con mucha carne, lo que allá... ni en sueño.

¡Y la paga! ¡Ocho, diez, doce liras por día!

Giovanelli bendecía con todo su corazón al amigo generoso que no sólo le había dado el consejo de venir con él a la Argentina, un verdadero paraíso, sino que también, para convencerlo, le había facilitado los medios de seguirlo.

En pocos meses, había pagado en la agencia lo que debía por su pasaje, y abonado a su amigo lo que éste le había prestado para dejar en su casa, y para comprar ropa. Había mandado a la madre más plata de la que jamás había ella tenido, y le quedaba todavía un lindo montoncito que colocó a un buen interés en un Banco, antes de volver a Italia.

Allá, fue a visitar a su patrón y se lo contó todo; y, como éste dudaba, le enseñó los recibos del Banco; y el pobre patrón entonces calculó que un peón en la Argentina ganaba mucho más que el desgraciado dueño de cuatro hectáreas de tierra en Italia, lo que lo dejó perplejo.

Giovanelli hizo la cosecha en su tierra y volvió a embarcarse. Conocedor ya del país y de sus mañas, ganó más todavía que la primera vez; y los cálculos que su buen éxito hizo hacer, a su vuelta, a su desconsolado patrón, demostraron a éste que seguramente haría mejor en vender su tierrita y mandarse mudar él también para la Argentina. Pero era una resolución seria y había que pensarlo bien, antes. Así se lo aconsejó el mismo Giovanelli, prometiéndole darle, a su próximo viaje, datos bien completos. Mientras estaba él, por la tercera vez, juntando pesos en la Argentina, su ex patrón contó a sus amigos, parientes y vecinos lo bien que había hecho Giovanelli en irse allá; y los vecinos, parientes y amigos, todos pensaban que si a Giovanelli le había ido tan bien en ese país maravilloso, no había motivo para que a ellos les fuera peor si también se embarcaban.

Esta vez, Giovanelli no volvió antes de haberse asegurado la propiedad de cincuenta hectáreas de tierra rica que dejaba ya desmontadas. Venía de una disparada a buscar a la madre, porque tenía que volver allá a sembrar su campito y a trabajar suerte y parejo para acabar de pagarlo, pues esa compra lo había dejado algo empeñado; y no pudo hacer menos que dejar sospechar que también lo esperaba allá, en la nueva patria, una hermosa morocha quien lo había cautivado por su pelo rizado, y sus modales simpáticos. Se quedó pocos días, pero lo bastante para dejar a su ex patrón, lo mismo que a sus parientes, amigos y vecinos, con la resolución hecha de irse también todos a la Argentina, para la cosecha. El patrón y los que también tenían algún retacito de tierra lo vendieron o alquilaron, seguros ya, con los datos que les había dado Giovanelli, de hacerse dueños en la Argentina de cincuenta hectáreas por una, pues la tierra todavía no valía casi nada.

Fué todo un éxodo; y no quedaron más en la aldea que unas pocas familias que todavía vacilaban en cortar así de golpe tantos vínculos seculares.

Giovanelli con su campo mejorado, sembrado, y con la cosecha ya encima, tenía casi tanto capital como su ex patrón. Hizo sociedad con él para facilitarle los primeros pasos. Compraron más tierra y trabajando ambos como sabían trabajar, pero agregando los progresos modernos a sus esfuerzos personales, lograron grandes éxitos. Al cabo de pocos años eran dueños, entre los dos, de varios miles de hectáreas: criaban y engordaban animales, sembraban trigo y alfalfa, y su fortuna iba aumentando día a día de un modo que los dejaba pasmados a ellos mismos.

Una noche, después de cenar, reunidas en amplio salón las dos familias, hermosas y numerosas, prendiendo su cavur -legítimo -dijo a Giovanelli su socio:

-«¿Te acuerdas de la vida que llevábamos ambos en Italia, sudando juntos en mis cuatro hectáreas?»

-«¿Cómo no me voy a acordar?» -contestó Giovanelli.

-«¿Y no te parece que tan bien hice yo en seguir tu consejo de venir a la Argentina, como vos en hacer lo mismo con tu amigo?»

-«¡Ya lo creo!» -opinó de conformidad Giovanelli.

-«¿Y te parece que si alguien diese a nuestros antiguos vecinos el barón de Castellogrande, el conde de Vistabella, y hasta el mismo duque de Lagomaggiore el consejo de cambiar lo que puedan todavía tener de propiedades en Italia, libres de hipotecas, por alguna buena estancia en la Argentina, sería para ellos perjuicio el seguirlo?»

-«No me parece» -contestó Giovanelli con convicción.


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