Un embajador español

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Un embajador español
de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas



     I 
 En Merino y Terracina,   
 que dominios son del Papa,   
 entra aquel Carlos octavo,   
 rey orgulloso de Francia.   
     
 Los fuertes castillos toma,   
 los campos fértiles tala,   
 incendia los caseríos,   
 los templos santos profana.   
 
 Y en el furor se complace   
 con que sus hombres de armas   
 como furibundas fieras   
 roban, destruyen y matan.   

 Así cumple los tratados   
 que celebró con España,   
 de defender a la Iglesia   
 y de acatar la tiara.   

 Así el juramento cumple,   
 que de San Pedro en las aras   
 prestó sobre el Evangelio   
 en terminantes palabras.   

 Así el acto corresponde,   
 que con humildad tan falsa   
 hizo en público, besando   
 del Pontífice las plantas.   

 Así el nombre verifica,   
 que tomó para burlarla,   
 de fiel hijo de la Iglesia   
 y defensor de su causa.   
 

 Los vasallos infelices   
 del Padre Santo, que hallan   
 exterminio o servidumbre   
 en quien amparo esperaban,   

 y que en la paz adormidos,   
 y en la ciega confianza   
 que los tratados infunden   
 y da una regia palabra,   

 ni pueden hacer defensa   
 ni en ella salud hallaran,   
 que numerosas y fuertes   
 son las fuerzas de la Francia,   

 y a merced de sus guerreros   
 dejan haciendas y fama,   
 sin quedarles más recurso   
 que lágrimas y plegarias:   

 lágrimas que el duro pecho   
 de Carlos feroz no ablandan,   
 plegarias a que responden   
 insultantes carcajadas.   
 

 Del Pontífice un legado   
 (porque un legado acompaña   
 para más escarnio y burla   
 al rey que a la Iglesia ataca),   

 inerme, abatido, humilde,   
 a Carlos ruega y demanda   
 que a su ambición ponga freno,   
 que coto ponga a su audacia;   

 si no por respeto al pacto   
 celebrado con España,   
 si no por guardar solemnes   
 juramentos y palabras,   
 
 por cumplir como cristiano   
 y para salvar su alma,   
 y por temor, a lo menos,   
 de la divina venganza.   

 Pues Dios es juez de los reyes,   
 y su mano sacrosanta   
 rompe coronas y cetros,   
 solios e imperios allana.   
 

 Con risa infernal escucha   
 y burladora arrogancia,   
 las justas reconvenciones   
 el obcecado monarca,   

 cuando de Borbón el duque,   
 gran condestable de Francia,   
 del venerable legado   
 reproduce las demandas,   

 y con muy cristiano celo   
 y la autoridad y pausa   
 propia de su cuna ilustre,   
 propia de sus nobles canas,   

 mas con todo el miramiento   
 a la debida distancia,   
 que entre rey y entre vasallo   
 Dios mismo establece y marca,   

 le repite las razones   
 que de pronunciar acaba   
 el digno representante   
 de la ofendida tiara,   

 insistiendo en que recuerde   
 que los tratados quebranta,   
 que firmó solemnemente   
 en Perpiñán con España.   
 

 De tan noble personaje   
 tampoco consiguen nada,   
 con el orgulloso Carlos,   
 razones, ruegos, plegarias,   

 pues con desabrido gesto   
 y con burladora rabia,   
 que no recuerda, responde,   
 de cuanto le dicen nada.   
 
 

  
     II 
 Don Antonio de Fonseca,   
 caballero de alta ley,   
 de los Católicos Reyes   
 el noble embajador es,   

 que al rey de Francia acompaña   
 y le sigue por doquier,   
 y avisado por el duque   
 viene en el momento aquel.   

 Preséntase con modestia,   
 pero con el rostro que   
 cara de pocos amigos   
 llama el vulgo, y llama bien.   

 Al verle, con fatuo orgullo   
 el cristianísimo rey,   
 que da al vicario de Cristo   
 a gustar vinagre y hiel,   

 con miradas de desprecio   
 y con gesto de altivez,   
 «¡Oh caballero -le dice-,   
 llegáis en buen hora, pues   

 »el venerable legado   
 me habla, y el duque también,   
 de un tratado con España   
 que lo que encierra no sé.»   

 «Señor -responde Fonseca-:   
 ¿cómo ignorarlo podéis,   
 cuando en Perpiñán vos mismo   
 pusisteis la firma en él,   

 »y debajo el regio sello   
 puso vuestro canciller?...   
 Mas, puesto que lo olvidasteis,   
 escuchadme, os lo leeré.»   

 Y sacando de su seno   
 un abultado papel,   
 con respeto y con firmeza   
 Fonseca empezó a leer.   
 

 Cuando un artículo había   
 favorable al interés   
 de la corona de Francia,   
 exclamaba al punto el rey:   

 «Es muy válido, recuerdo   
 que en Perpiñán lo firmé.   
 Ese artículo, Fonseca,   
 os ofrezco mantener.»   

 Pero cuando otro escuchaba   
 interesante también   
 o al decoro de la Iglesia,   
 o de Castilla al poder:   

 «Dadme el tratado -decía-,   
 dádmelo, Fonseca, pues   
 si eso firmé lo desfirmo,   
 que enmendar un yerro es bien.»   

 Y las cláusulas borrando,   
 con menosprecio y desdén   
 el pliego le devolvía   
 diciendo: «Seguid, leed.»   
 

 Al fin, llena la medida   
 del sufrimiento cortés,   
 don Alonso de Fonseca   
 no se pudo contener,   

 y «Rey de Francia -prorrumpe-,   
 si mofaros pretendéis   
 de mí, que soy caballero,   
 de mi patria y de mi rey,   

 »vive Dios que a tolerarlo   
 no estoy yo dispuesto; y pues   
 borráis lo que no os conviene,   
 borro y anulo también   

 »lo que es a vos favorable,   
 rompiendo el tratado, ved.»   
 Y desgarrando valiente   
 el respetable papel,   

 tiró los rotos pedazos   
 del rey de Francia a los pies,   
 y calándose el sombrero   
 sin hacer venia se fue.   

 Y con la mano en la espada   
 atravesando un tropel   
 de alabardas y ballestas,   
 salió del campo francés.