Un episodio histórico (1516), Parte 1

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El Museo Universal (1857)
Un episodio histórico (1516), Parte 1
 de Manuel Fernández y González


UN EPISODIO HISTORICO.


I.

El martes 22 de enero del año de 1516, en Madrigalejo, villorrio de Estremadura, poco distante de la ciudad de Trujillo, en un desnudo y negro aposento de un mesón, se estinguía lentamente la vida de un hidrópico.

Servíale de lecho una cama de campaña, y junto á él, sentado en un viejo sillón, y contemplando profundamente al enfermo, que al parecer dormía, estaba un padre grave de la Orden de Predicadores.

Era la hora del crepúsculo de una lluviosa y nublada monótono zumbar de la lluvia, que un fuerte cierzo arrojaba silbando dentro de la habitacion a través de la desguarnecida ventana, en que, en vano, se había clavado por sus cuatro ángulos un lienzo, como para preservar al enfermo de la inclemencia de la atmósfera.

Aquel aposento daba frio; el hombre que dormitaba en el lecho daba una compasion profunda.


II.

Y había en el semblante de aquel hombre, que dormia acaso su último sueño, un no sé qué de escepcional, de grande, de terrible, bajo aquel semblante inmóvil y sudoroso, parecian trasparentarse, pasar, revolverse, las oscilaciones, los recuerdos de grandes destinos cumplidos, puestos en lucha con aspiraciones no logradas, como si lo que aquel hombre había hecho estuviese en completa discordancia, en ruda enemistad con lo que le quedaba que llevar á cabo: comprendíase, a la simple vista de aquel semblante, que con aquel hombre, moria algo mas que un hombre: algo que podríamos llamar una fatalidad.

En cuanto a la parte física, aquel semblante era rudo, enérgico, grave; parecian estar estereotipadas en él, mas que la magestad de los seres superiores, la espresion de dominio de los fuertes; mas que la reflexion de los prudentes, la suspicacia de los astutos; mas que la firmeza de la virtud, la inflexibilidad de la soberbia: eran sus cabellos entrecanos, espesos, cortados a manera de cerquillo en la frente, y largos en los costados y en la parte posterior de la cabeza: pobladas las cejas, salientes; nariz enérgica y los labios delgados y comprimidos, Aunque, en razon de la dolencia, tenia un tanto crecida la barba, se comprendia que acostumbraba llevarla afeitada, y que, aun no estando enfermo, debía ser el color de su semblante una palidez biliosa.

Parecia viejo, gastado por la continuidad de trabajos rudos y de gravísimos cuidados; figuráos por un momento una de esas estátuas góticas yacentes, en la que el cincel de un escultor de la edad media ha trasmitido al mármol la espresion formidable de uno de esos dominadores de pueblos que han sacrificado la sangre ajena y la conciencia propia en aras de su autoridad y de su ambicion; que han luchado contra la humanidad, con el pensamiento y con la espada, con el alma y con el cuerpo, aumentando su fuerza y su grandeza con la grandeza y la fuerza de un pueblo entero, y tendreis una idea aproximada de la fisonomía del enfermo, que dormia, soñaba y dejaba ver el reflejo de sus sueños en su semblante inmóvil y sudoroso.


III.

¿Quién sabe lo que soñaba aquel hombre?

Pero su sueño, ájuzgar por la espresion de su semblante, debia ser terrible.

Contemplándole, de tiempo en tiempo se estremecia: durante algun espacio permanecia tan inmóvil como el dormido, y tan grave, tan sombrío como él, aunque no con una espresion tan característica.

Acaso la gravedad y la fijeza del religioso provenian del estado en que el enfermo se encontraba; acaso de causas mas graves.

Aquel grupo, en aquel aposento, a la luz opaca de la tarde, cuando el viento silbaba, y el múltiple, sordo y monotono gotear de la lluvia continuaba con una insistencia tenaz, aquel grupo, repetimos, daba frio, ese doble frio que se siente en el cuerpo y en el alma, que nos envuelve en una atmósfera especial, a través de la cual vemos a los seres vivientes como espectros, y negro al cielo, al mundo como un vasto y silencioso cementerio donde solo se escucha el roer de los gusanos.


IV.

Levantóse silenciosamente el fraile.

Adelantó con recato hasta la puerta del aposento, la abrió y salió.

Atravesó otro aposento enteramente desamueblado, y abrió otra puerta: entonces se oyó el rumor de algunas voces contenidas, y se vió un hombre de armas por la parte esterior de la puerta, inmóvil como una estátua de punta descansaba en el pavimento.

Al fondo de aquel espacio agrupados en un ángulo había siete hombres: tres de ellos daban á conocer á primera vista por sus trajes y su aspecto, su noble alcurnia; de la época, y los otros tres lobas negras, largas, como las que usaban los licenciados.

Uno de estos adelantó hácia el fraile y le dijo sin disimular su ansiedad:

—¿Qué nuevas nos traeis, fray Tomás?

—Durmiendo dejo a su alteza, señor licenciado Zapata, contestó con voz opaca el fraile; pero, si Dios no provee en su infinita misericordia, témome que se nos vaya perdida ó dudosa el alma, dejando mas que a punto de perdidos estos reinos.

Y el fraile bajó la cabeza triste y pensativo.

—Reducirle es nuestra obligacion, dijo el mas anciano, de los tres que parecian magnates; que si su alteza muere inconfeso y sin revocar ciertos capítulos del testamento que otorgó en Burgos, no solo su salvacion pone en duda, sino que muchos han de perderse; que a quedar asi las cosas, bandos y desastres habrá dejado su alteza enherencia a sus reinos, y ocasion de poner á prueba a los mejores de ellos.

—Vuestra señoría se pone en lo justo, señor marqués de Denia, contestó el religioso; empero la misma fe del rey don Fernando, es el mas fuerte enemigo que pudiera darnos batalla; a confesar se niega, porque en vivir confia, y no ha dos horas que con voz entera y buen discurso, me dijo: padre Matienzo: ¿no creeis, por desdicha, que Dios suele hablará los reyes desde el cielo, por las palabras de sus elegidos en la tierra?

—Quemara la Inquisicion a los embaucadores que mienten la palabra de Dios, dijo otro de los caballeros, y la beata del Barco de Avila [1], no volvería el seso a su alteza, haciéndole creer en lo de que antes de morir ha de ganar á Jerusalem.

—Y tal ha creido su alteza los embelecos de esa traidora, que no hay poder humano para que me oiga cuando de confesion y de testamento le hablo.

—Resístese su alteza a morir, no dejando un hijo de la reina Germana, que venga a ser el cuchillo que separe a Aragon y á Sicilia de Castilla, dijo el marqués de Denia.

—Pues sús, caballeros, dijo el duque de Alba; lo que el rey enmarañado deje, lo soltaremos nosotros con las espadas, y si Dios quiere que estos reinos se despedecen en bandos civiles, que se cumpla la voluntad de Dios.

Oyóse en aquel punto, fuera, el galope de un caballo; poco despues el crugir en los corredores de las piezas de un arnés, y luego entró en el aposento donde el confesor del rey se encontraba con el prelado, los tres grandes y los tres licenciados, un hidalgo que esclamó con el acento de quien da una nueva importante:

—Siguiéndome la carrera viene su alteza la reina Germana.

¡Ah! trájola el diablo antes, y Dios la envia ahora, exclamó el duque de Alba; vamos, pues, padres y caballeros, a recibir a su alteza.

Y el duque de Alba, y el marqués de Denia, y el almirante de Castilla, y el obispo de Burgos, y el confesor, y los tres consejeros del rey don Fernando el Católico, se precipitaron a los corredores, bajaron las escaleras, atravesaron el zaguan del meson, que estaba lleno de hombres de armas, y a pesar de la lluvia que caía a torrentes, salieron al camino, a lo largo del cual se veía ya cercana, entre la niebla, una dama que adelantaba al galope de una mula, seguida por un resguardo de jinetes.


V.

¿Qué soñaba entre tanto Fernando V el Católico, muriendo en un miserable meson de una aldea, tan miserable, que él era su mejor aposentamiento?

Soñaba que un dia en Granada, su último hijo varon, el príncipe don Miguel, el heredero de todas las coronas de España, había muerto.

Veíale con las sangrientas señales de la caida del caballo que había ocasionado su muerte, sobre el campo, que, en conmemoracion de aquel suceso, se llama aun del príncipe.

Y sentia el rey en su sueño, ó en la reaccion de su conciencia, el estremecimiento frío, horrible, que le causó la vista de su hijo ensangrentado y yerto.

Y recordaba a su esposa, la noble reina doña Isabel, doblegada la cabeza, inmóvil, muda por el dolor, secos los ojos, porque lo intenso de aquel dolor de madre comprimia en su corazon las lágrimas.

Y dentro del dormido cuerpo del rey moribundo, su alma despierta, viva, sentia ante el recuerdo de aquel funesto suceso, una rabia concentrada y fria, la rabia de un rey que pierde a su heredero varon, no el dolor sin consuelo de un padre que pierde a su hijo; la desesperacion que solo pudo comprender Felipe II cuando mató al príncipe don Carlos; la conciencia, la certidumbre tremenda, de que con la muerte de su heredero varon, moria su dinastía, para dar vida a otra dinastía estranjera: a la dinastía austriaca.

Felipe II al cabo vió salvada, continuada, despues de él, aquella misma dinastía, gracias a la juventud de su última esposa Ana de Austria, que le dió un nuevo heredero en el príncipe don Felipe.

Don Fernando no podia alentar una esperanza semejante: la reina Isabel habia cumplido ya los cuarenta años... estaba enferma...

Al soñar esto el rey se estremecia.

Pasaron por el alma del rey en su sueño y en un punto cuatro años.

Y parecióle que se encontraba en Medina del Campo el fatal martes 17 de noviembre de 1504

Y que veia entre sus brazos muerta a la que solo habia vivido para la virtud y para la grandeza.

A la incomparable, a la grande Isabel de Castilla, que habia amado a la par de sus hijos a su esposo, a la par de a su esposo a sus vasallos.

A la sin mancilla, a la mártir, a la santa.

Y como no sabemos qué horrible despecho, qué desesperación de condenado, escuchó la voz del duque de Alba don Fadrique de Toledo, su primo, gritar al pueblo congregado en la plaza:

«¡Real real! ¡real Castilla! ¡Castilla! Castilla, por los muy altos y poderosos señores reyes, doña Juana y don Felipe!»

Castilla se le huia de entre las manos.

No era su rey, sino su gobernador.

Y esto gracias a la reina doña Isabel que le habia nombrado; gracias a la locura, a la nulidad de doña Juana, su hija, que hacian necesario un gobernante para el reino.

Quedábanle Aragon, Nápoles y Sicilia.

Pero a su muerte, doña Juana debía heredar los reinos patrimoniales, que pasarian a ser el patrimonio de la casa de Austria...

¡Y para dejar ese magnífico legado a una dinastía estranjera, él habia batallado durante treinta años, habia conquistado reinos, habia puesto el signo de la redencion en las torres de la Alhambra, y doña Isabel habia enviado a Cristóval Colon a través de los mares, para encontrar un tesoro inagotable en las entrañas de un nuevo mundo.

¡Y el gran capitan habia conquistado á Nápoles! ¡y la pobre Castilla de Enrique IV se había enriquecido y hechose prepotente!

Y para esto había reprimido la nobleza; habia desmantelado sus castillos; habia promulgado las Ordenanzas reales; habia incorporado a la corona los maestrazgos de las órdenes militares; habia creado la Inquisicion, y la Santa Hermandad; habia dado fuerza al trono y unidad a España; habia promulgado leyes; hecho una revolucion completa y preparado un renacimiento necesario, dando con su cetro de hierro el golpe de gracia a la edad media.

Fernando el Católico no comprendia, no queria comprender, que no había trabajado por cuenta propia sino por cuenta de la Providencia; que no habia sembrado para su familia sino para sus reinos, ó por mejor decir, Fernando el Católico no veia en sus pueblos, como debiera haberla visto, la familia que Dios le habia confiado, por cuyo engrandecimiento y prosperidad debia velar.

Veia solo que prepotente antes en Castilla, obedecido, respetado, temido por la nobleza y por el clero, el clero y la nobleza, tenian dificultad en reconocerle como gobernador del reino, a pasar del espreso mandato testamentario de la reina Isabel.

Cuando su sueño le recordaba aquellas córtes de Toro, en que, como por respeto a la reina doña Isabel, le concedía Castilla aquella autoridad transitoria, Fernando V abarcaba en una sombría mirada a aquellos prelados y aquellos proceres que constituyeron las córtes de Toro, y volvia a sentir, como la sintió entonces, la vehemente tentación de romper con todo, de envestir por las fronteras castellanas con su ballestería aragonesa.

Pero en su sueño, como once años antes, su política le hizo retroceder ante este pensamiento: él no podia deshonrarse, ni sobre todo empeñarse en una guerra de resultado dudoso en que se esponia a perderlo todo, probando la suerte de las armas para revindicar su orgullo ofendido.

(Se continuará...)

[Ver: Un episodio histórico (1516), Parte 2]


MANUEL FERNÁNDEZ y GONZÁLEZ

  1. Era esta una especie de pitomisa cristiana, tenida en gran los de santidad, a la que la supersticion de las gentes sencillas, y aun la de graves personas, suponía iluminada por Dios.