Un mago poderoso

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La Argentina lamentaba que sus hermosos y extensos dominios estuviesen desiertos. Comprendía que sus mayores enemigos no eran los lejanos vecinos que pudiese tener, más o menos ambiciosos y codiciosos de su magnífica herencia, sino la misma inmensidad de su territorio y el misterio de su soledad.

Sabía que sus pampas, desnudas y tristes, podrían mantener inumerables rebaños y producir trigo para la humanidad entera; que sus costas, sin mayores dificultades ofrecerían puertos excelentes, y muchos, como para abrigar las naves de todas las naciones del orbe; que sus ríos eran de los más caudalosos de la tierra, bañando tierras de los más variados climas; que sus montañas encerraban tesoros capaces, algún día, de hacer palidecer los de Aladino; que sus selvas eran la última reserva para las necesidades siempre crecientes del hombre, y que mil riquezas insospechadas aún dormían en su suelo, y dormirían, probablemente, hasta que las viniera a despertar algún mago con su vara.

Habían llegado a sus playas hombres ricos y hombres ilustrados, y también aventureros, a quienes había abierto de par en par sus hospitalarias puertas, esperanzada en que quizá alguno de ellos sería el deseado Mesías de su prosperidad, el revelador de su latente opulencia; pero ninguno había sabido, querido o podido acertar con el medio de ponerla verdaderamente en situación de sacar de sus bienes los debidos frutos. Unos, estrechamente ávidos, habían sacado de las haciendas que poblaban sus campos apenas algunas onzas de oro, desperdiciando tontamente tesoros de incalculable valor; otros se habían contentado con ponderar platónicamente en sus escritos la inmensidad de su territorio, la variedad de sus productos, la suavidad de su clima; aquéllos le habían prestado dinero a alto interés, sin enseñarle cómo lo debía aprovechar, y casi, por su usura, la habían arruinado. Y la Argentina, encerrada en el miserable rancho que soñaba convertir en palacio, desconsolada ya de tantas ilusiones perdidas, miró hacia el puerto y vio que se acercaba un barco. ¿Traería por fin al emisario milagroso de cuyos esfuerzos esperaba la grandeza de su nombre y el afianzamiento de su poderío? ¿O sería otro parásito inútil o nocivo?

Pronto se le presentó el pasajero; habían sido breves para él las formalidades de aduana, pues no traía más, por todo equipaje, que una bolsa llena de ropa remendada, que él mismo llevaba al hombro. Su aspecto era tosco, sus modales torpes, tenía las manos sucias; en el pelo y la barba, largos y sin peinar, habían quedado briznas de la paja en la cual, a bordo, había dormido durante un mes.

Despedía toda su persona un olor a tabaco y cebolla bastante repugnante, y su indumentaria, más que modesta, compuesta de un pantalón de gambrona y del saco que llevaba terciado, de una camisa de color, de un sombrero grasiento y deshecho y de broganes gruesos, demostraba una posición social de lo más humilde.

En un idioma difícil de entender, aunque algo parecido al castellano, explicó que traía de Europa civilización y riqueza; y si, en el primer momento, no había dejado de asustarse a su vista la Argentina, cuando le oyó hablar así, pensó que era loco de atar. Siempre había creído ella que la civilización usaba frac y que sólo las libras esterlinas eran señal de riqueza.

¿Cómo las iba a traer ese pobre, haraposo y sin lavar?

Iba a hacerlo echar de su presencia, cuando con un gesto la detuvo, diciendo:

-«Me llamo el Inmigrante; mi ciencia es nula, no traigo oro, pero tengo mucha hambre y vengo a pedir a tu suelo el medio de saciarla. En cambio enseñaré a tus hijos a remover la tierra».

-«¿Nada más?»

-«¿Te parece poco?»

Eso de remover la tierra para arrancarle el alimento que tan abundante daban las haciendas que en ella pacían, casi le parecía a la Argentina pena inútil y trabajo deprimente. ¿Para qué agachar el lomo en rudas tareas, cuando con el lazo, montados en rápido corcel, sus hijos hallaban cómo llenar con holgura todas sus necesidades?

Asimismo, hospitalitaria, inumerable y generosa como era, no podía negar al desgraciado lo que le pedía, aunque tuviese que ser como lo pensaba, sin provecho para él ni para ella de ninguna clase, y dejó que, alrededor de la ciudad, el Inmigrante cultivase la tierra, con herramientas primitivas. Este empezó su tarea y pronto, en la ciudad, donde hasta entonces sólo se había comido carne se supo lo que era verdura.

Agachado siempre, se internó el hombre, poco a poco, en el campo, removiendo el suelo y cultivándolo; sembró pastos, sembró trigo, sembró maíz; hubo carne gorda y caballos fuertes, hubo pan y frutas.

La libra esterlina, en busca de provechosa ocupación, consiguió de la Argentina permiso para construir ferrocarriles; pero no podía sola remover la tierra de los terraplenes y colocar rieles, y solicitó la ayuda del Inmigrante. Con su pala, éste hizo el trabajo, abriendo las grandes y numerosas, vías de comunicación que debían fomentar en todas las regiones de la Argentina el progreso y la riqueza. Pronto hubo que cavar puertos y edificar ciudades; y sin el esfuerzo del Inmigrante, ¿quién lo hubiese hecho? El lo hizo todo; cortó ladrillos y cavó los diques, edificó las casas, adoquinó las calles, construyó las cloacas, arregló los jardines. Para todo lo que le pedían ahí estaba siempre listo para cualquier trabajo que le mandaran, dispuesto siempre a agachar el lomo y a remover la tierra.

En todas partes estaba: de la Pampa hizo el granero mundial, fecundando hasta sus arenales; derribó los árboles seculares del Chaco, para entregarlos a la industria; cavó canales y acequias en la regiones áridas para fertilizarlas; arrancó de las rocas, en la cordillera, los minerales escondidos.

El esfuerzo de su brazo, continuo y múltiple, había transformado en pocos años el aspecto primitivo de los dominios de la Argentina. El desierto estaba vencido, divulgado el misterio de su soledad. Las pampas ya no eran desnudas y tristes; en ellas pacían inumerables rebaños y crecía el trigo; las costas del Atlántico ofrecían a las naves del orbe entero puertos excelentes y muchos; las selvas, las montañas y las llanuras entregaban al hombre, para sus necesidades siempre crecientes, las mil riquezas insospechadas, dormidas en su suelo durante siglos, y que con la vara milagrosa del trabajo humilde había despertado el Inmigrante, el gran Mago revelador de la opulencia argentina.

Enderezándose, descansó un rato el hombre. Después se vistió decentemente, se aderezó con relativo esmero y se volvió a presentar, hecho gente y con los bolsillos repletos de billetes de banco, ante la Argentina. Y para enseñarle hasta qué punto había cumplido con su promesa de traerle civilización y riqueza, se hizo acompañar por numerosos jóvenes, vigorosos y bien vestidos, que hablaban correctamente el castellano; de buenos modales, instruídos y bien educados, capaces asimismo de remover tierra y los presentó a la Argentina, diciendo:

-«Mis hijos... argentinos».

Y mutuamente se felicitaron, agradecidos ambos por lo que cada cual había echo a favor del otro.


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