Un programa nacionalista

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<< Autor: José Batlle y Ordóñez


Viernes 26 de junio de 1914, El DIA

Un programa nacionalista

Un representante nacionalista programo, en la ultima sesión en que la Cámara se ocupo del proyecto de contribución inmobiliaria para la capital, el pensamiento de la minoría en materia económica. –Hay que dejar las cosas como están; no hay que reformar nada; hay que dejar a los pobladores rurales entregados a las más primitivas infecundas despreocupaciones del interés nacional; hay que conservar la integridad del latifundio despoblado improductivo; no se puede suprimir la estancia de corte tradicional porque el país es ganadero, los ganados necesitan espacio para pastar y recrearse y no hay nada que pueda sustituir la delicia de ese estado de cosas; nuestra tierra es inapropiada para el cultivo, para la agricultura, para las plantaciones, a diferencia de la tierra argentina, feraz y rica en producción; la ganadería progresa y eso basta; no hay otro problema por resolver : cerremos las escuelas, el Instituto de Agronomía, las estaciones agronómicas, las oficinas de defensa agrícola, todo lo que puede representar un estimulo al estudio, al profesionalismo técnico aplicado a los medios de producción rural; no castiguemos con una distribución equitativa del impuesto a los que se cruzan de brazos esperando que la valorización automática les redondee fortunas caídas del cielo! –Disminuyamos los derechos aduaneros y los impuestos a los consumos – y dejemos de lado, por modernistas, el tributo al valor territorial que crea el esfuerzo común, no el esfuerzo de los propietarios, y habremos realizado el ideal de las finanzas con gran satisfacción de los latifundios, que se horripilan de las nuevas orientaciones económicas liberadoras y justicieras!

He ahí el programa nacionalista –La subdivisión de la propiedad viene sola; las fuentes de producción se ahondan y ensanchan en virtud de la propia iniciativa de los estancieros. –Esto se dice en el momento mismo en que el gobierno tiene que iniciar trabajos empeñosos para que el ganado criollo tenga mercados de consumo, porque el saladero se va y el frigorífico no faena sino animales de mestización y engorde. –No hay que estimular el cultivo, que vendrá cuando el estanciero lo necesite. –Sin embargo, dentro del criterio nacionalista, nunca lo necesitará porque dentro del latifundio los pastos naturales dan abasto para el entretenimiento de vacas y ovejas. –No se quiere entender que si nuestra primera industria, nuestra primera riqueza es la ganadería, esto no quiere decir que esa industria y esa riqueza necesiten las grandes extenciones baldías de campo para prosperar a la aventura de los elementos naturales. –Pero es necesario hacerles entender, a estos apóstoles del anacronismo o del “statu quo” , que la prosperidad de la industria ganadera está ligada al fomento de la industria agrícola y que ambas forman el verdadero desideratum de la riqueza agro-pecuaria! –No debemos renunciar a la ganadería; pero debemos transformarla en una industria intensiva, no en el simple pastoreo de animales lanzados a las eventualidades del tiempo, de la lluvia excesiva, de la sequía, de la degeneración o del empobrecimiento de las razas. –

Hoy no hay, ni puede haber, en países de cultura industrial, estados de producción exclusivamente ganaderos.- En todas partes se tiende a la refinación de la ganadería, para hacer más intensiva y remuneradora su producción; y como consecuencia, a la agricultura, al cultivo, como condición necesaria del mejoramiento de aquella y como complemento inapreciable de riqueza. Por lo demás: la ganadería, como se entiende generalmente entre nosotros, a base de universal cría de vacunos u ovinos para abastecer los mataderos, los saladeros o los frigoríficos, es una industria incompleta, a caso propiamente no es una industria, sino un simple negocio. –La verdadera industria ganadera se integra con una serie de derivaciones remuneradoras e intensivas, como la lechería, la cremería, etc., etc. -esto no se ha explotado en el País; y no se ha explotado porque el latifundio prevalece, el latifundio tolerado, en forma infecunda, por el Estado, que debe no obligar, que debe no estimular su desarrollo por el impuesto a la tierra. –Castigando el latifundio improductivo, sin forrajes, sin árboles, sin labranza y sin organización industrial –capaz de atraer brazos y de producir múltiples renglones de riqueza – podrá conservarse, si se le saca provecho en beneficio del locatario o del propietario y del País en general, para afrontar sin sacrificio el tributo; pero no podrá conservarse despoblado e improductivo, con unos cuantos animales sueltos; y entonces tendrá que pasar a otras manos más expertas o subdividirse para la colonización a base de industrias agropecuarias. He ahí porque los hombres dirigentes de la actualidad, en esto como en todas las cosas, parten de puntos de vista contradictorios con los que enfocan los nacionalistas, retardatarios e involutivos por temperamento y por atavismo. – He ahí por que el Estado, bajo la dirección de esos hombres, interviene para crear la educación industrial de la campaña, que hoy se menosprecia; para difundir los conocimientos útiles de previsión y de tratamiento de las enfermedades de las plantas y de los animales; para regular por el impuesto la utilización o la desaparición del latifundio que excluye el trabajo y aleja la probabilidad de nuestro crecimiento poblador; para alentar por todos los medios el perfeccionamiento y el ensanche de la producción rural; para fomentar la formación de las chacras dentro de las estancias; para abrir nuevos horizontes, en una palabra, a la actividad, a la cultura y al bienestar de los habitantes de la campaña. –Y es un error, que implica un desconocimiento inverosímil de nuestro medio, afirmar con toda soltura que en nuestro país no hay cultivos porque la tierra no se presta para ello! –Las tres cuartas partes del territorio de la República es apta para la agricultura, en una forma o en otra. –En medio de nuestras serranías más agrestes, si se planta maíz, o trigo, o alfalfa, se desarrolla regularmente. – No se planta porque el espíritu criollo es rehacio a la chacra, aún destinada al propio consumo domestico. –Recorriendo la campaña, uno se apercibe inmediatamente de la diferencia de aptitudes y vocaciones, entre los extranjeros y los nacionales. –El rancho de un criollo esta generalmente solitario, sin árboles, apenas con uno u otro ombú para sombra al costado, sin huerta y sin nada. – El rancho de un extranjero se distingue por la arbolada que la circunda y por la huerta inmediata. –En las estancias ordinariamente, a veces de hombres muy adinerados, no hay legumbres para el consumo; cuando las quieren las compran a algún puestero diligente o a algún vecino más previsor. –Se vive a carne y dulce de membrillo; pero no se plantan membrillos para el dulce, ni forrajes para los animales, ni lechugas o papas para la familia! –Esa es la verdad. -No porque la tierra no dé si se cultiva. -No da porque no se cultiva! – Y hay que hacerla cultivar, hay que hacerla producir, hay que completar con su producción el rendimiento de la ganadería y de sus industrias derivadas.

Este es el programa de los hombres dirigentes de la actualidad frente al programa anacrónico, de dejar hacer, mejor dicho, de no hacer nada, de los nacionalistas, que tienen aún valor para decir que vamos barranca abajo cuando hemos hecho avanzar a la República en diez años mucho más que cincuenta años anteriores, merced en gran parte de las iniciativas y estímulos de los Poderes Públicos!