Un triunfo más

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Un triunfo más
de Joaquín Dicenta



Fue una verdadera desgracia para la condesa el fallecimiento de su marido.

Eran tan felices, formaban tan encantadora pareja, el uno con su bigotillo negro vuelto hacia arriba, sus ojos pardos y asombrados, su talle elegante y su aristocrático monocle, y la otra con sus pupilas azules, sus cabellos rubios, su cutis blanco y fino, su impertinente de concha, que resultaba difícil tropezar con matrimonio más igual en su clase.

Uníales su origen, por línea directa, a familias de rancio y empingorotado abolengo, llevaban cinco o seis títulos nobiliarios a la cola de sus apellidos, y tenían un par de millones de renta entre los dos; a ella la trajeaba la modista más famosa de París; a él el sastre más caro de Londres; ella poseía las mejores joyas de la corte; él los mejores caballos, y ambos un palacio magnífico y dentro del palacio habitaciones separadas.

En punto a cultura, no hay que decir; había visitado las principales capitales y los balnearios más lujosos de Europa; la condesa sabía cuatro idiomas; el conde cinco; de castellano no andaban muy bien; pero ¿para qué lo querían ellos? En el Real, su teatro predilecto, se habla, o mejor dicho, se canta en italiano; sus conversaciones particulares eran un pisto lingüístico, en el cual pisto entraba el castellano de contrabando y vergonzosamente; cuando por casualidad o por compromiso veíanse obligados a asistir a los teatros serios donde se representa en español, sus nociones, aunque rudimentarias, eran suficientes a entender, ya que no comprender, lo que los cómicos decían. En punto a lecturas tampoco echaban de menos el lenguaje patrio, porque la condesa no ojeaba más que la «Mode de París» y alguna novelita, francesa también; y el conde con la revista hípica que le remitían de Inglaterra todas las semanas tenía más que sobrado pasto para su entendimiento; las facultades digestivas de sus cerebros no toleraban otro género de manjares.

Aquellos dos seres, pues, habían llegado a compenetrarse, a formar un todo armónico y perfecto, y eso que los sentimientos, según y como los hombres de corazón los entienden, fueron parte mínima en su casorio; aquel matrimonio estaba unido no como se unen las almas, por leyes de afecto, como están unidos los ángulos complementarios, por leyes geométricas.

Sin embargo de esto, ¿se amaban el conde y la condesa?... ¿Por qué no? Los hombres y las mujeres han empequeñecido el amor tanto, que éste se halla al alcance de cualquiera que tiene novia y se casa con ella, o de cualquiera que tiene novio y se casa con él.

No diré yo que este retrato sea la imagen de dos corazones que se confunden, pero acaso pudiera ser el enlace de dos vanidades que se entienden...

Decididamente el conde y la condesa se amaban.

Dicha completa la suya, sólo enturbiada por la marquesa de X, una muchacha muy rica, tan morena como rubia la condesa, idéntica a ella en gustos y en inclinaciones, y hecha a disputarle el cetro de la hermosura por todos los medios y todos los sistemas que son de uso y costumbre en estos duelos de amor propio.

Casó la condesa con un mozo joven y rico, noble y elegante, y la marquesa lo hizo al propio tiempo con otro que no le iba en zaga; dueñas de sus casas, hermosas y avarientas de goces, trocóse en odio la rivalidad que antes las dividiera; y la una por tener mejores trajes que la otra, la otra por dar más fastuosos bailes que la una, las dos, en fin, por ser reinas de la moda en la corte y fuera de la corte, gastaban sus rentas y empeñaban sus capitales con gran contentamiento de sus cónyuges que, rivales también, procedían sobre poco más o menos, lo mismo.

La marquesa había enviudado el año anterior. Por tal causa hallábase libre de competencias su contrincante y era sola en el dominio a que su belleza, sus títulos y su fortuna la habían hecho acreedora; tregua necesaria y providencial, porque los gastos iban en aumento con aquellas rivalidades, y apenas si dejaban al conde desahogo para mantener decorosamente a una muchacha a quien sostenía por lujo y por vanidad, más que por inclinaciones adúlteras y por instintos pecaminosos.

Entre sus caballos y su querida no establecía más que una diferencia: a los primeros los tenía en la cuadra para montarlos cuando lo estimaba oportuno; a la segunda le había puesto un piso en la calle del Almirante: variación de local que en nada influye al fondo de la cosa.

Pero la suerte es variable, como dijo un sabio hace muchos siglos y como han seguido diciendo después bastantes imbéciles; las pasiones y los conocimientos, hasta los hípicos son perjudiciales a la humanidad. El conde salió un día a paseo en el más fogoso de sus caballos, se desbocó éste, no pudo el jinete destribarse a tiempo, y se partió la cabeza contra el empedrado de la calle, ensuciándose la ropa de lodo, detalle que él hubiera sentido mucho saber. La Providencia le ahorró el disgusto dejándole muerto en el acto.

Tendido en un lecho, y lavada la sangre que minutos antes cubrió sus heridas por la mano experta de un médico, veíase al conde, pálido y correctamente vestido; sobre la pechera de su camisa descansaban los cordones de las Órdenes militares a que en vida perteneció; el ayuda de cámara había desempeñado por última vez sus funciones; y paraba tal de elegante el difunto, que si la danza de los muertos fuese un hecho real, hubiérale correspondido en ella de derecho, el puesto de honor.

Una lámpara de cuatro brazos alumbraba la lujosa habitación, proyectando sombras sobre este objeto, luz sobre el otro; reflejos sombríos en el cortinaje de terciopelo obscuro, resplandores siniestros sobre la cama y rayos amarillentos en la fisonomía del difunto...

¡Pobre muchacho! ¡Tan joven, tan rico y tan buen jinete! Hay que convenir en que era la suya una pérdida lamentable.

Entre tanto la pobre condesa, encerrada en su gabinete y mostrando en su rostro hermosísimo el estupor y la angustia que le causaba aquella desgracia, seguía con ojos húmedos todos los movimientos de su doncella, que registraba los armarios de roble buscando una bata negra, completamente lisa y propia a las necesidades del momento.

-¡No lo encontrarás -decía la pobre señora- no debe haber ninguna! Claro ¡quién iba a pensar en semejante cosa! Con estas muertes imprevistas no tiene una tiempo de preparar nada... nada absolutamente... ¡Pobre conde! Y prorrumpió en sollozos, en sollozos sinceros y francos, porque, no me cansaré de repetirlo, la condesa amaba a su marido todo lo que ella era susceptible de amar.

Por fin entre aquel maremágnum de rasos, terciopelos, encajes y sedas, apareció una bata negra, lisa, completamente lisa, algo pasada de moda,... ¡Qué remedio!... Era preciso conformarse por un par de días.

Quitóse la viuda el lujoso vestido que llevaba, arrojando sobre sus hombros el traje de luto, pasó inadvertidamente por delante del espejo de luna que adornaba la habitación; sus ojos, enturbiados por las lágrimas, se fijaron distraídos en el cristal, y rápidamente, sin dejar de pensar ni en su marido ni en su desventura, la condesa se dio cuenta, y experimentó al dársela un placer fugitivo, de que estaba muy hermosa y de que sus cabellos rubios formaban un contraste bello con los tonos sombríos y severos del traje.

-La señora -dijo la doncella- ¿ha dado órdenes al mayordomo para el entierro del señorito?

-¡Ay! -exclamó la viuda-. Sí; pero ese hombre no tiene gusto, y si se le deja a él, saldrá todo como Dios quiera. Eso no es posible -añadió inmediatamente-; yo necesito que el entierro de mi esposo sea el mejor que se ha hecho en Madrid, mejor que el que hizo su viuda al marqués.

El recuerdo de la rival había acudido a su memoria en aquellos instantes, y juntamente con éste, el del entierro hecho por aquélla a su marido, entierro fastuoso, del que se ocuparon, describiéndole en sus más mínimos detalles, todos los periódicos de la villa. Érale preciso a la condesa que las exequias de su aporreado consorte superasen a las otras; ella no podía dejarse vencer por aquella tonta, ni en los umbrales de la muerte.

Esta idea grabándose en la imaginación de la viuda, la hizo adquirir fuerzas para llamar a su mayordomo y a un primo de ella que estaba muy al corriente de todos los asuntos de la casa.

-Aún es tiempo -le dijo al uno-; telegrafía a Valencia para que manden en el primer tren y a escape las mejores flores que encuentren allí; un coche-estufa lleno, cueste lo que cueste; lo importante es que se encuentre aquí mañana. Usted -añadió dirigiéndose al mayordomo-, avise en la funeraria más de moda para que preparen el entierro más caro; que todos los coches de gala de la casa estén enlutados; que la servidumbre vista también los trajes de gala y se adorne con crespones negros. Tú -siguió volviéndose a su primo-, vete a los periódicos, que pongan una esquela mortuoria de las más grandes... el tamaño más grande, ¿comprendes? Usted -al mayordomo-, que avisen a la iglesia; entierro de primera clase... ¿Qué más? ¿Falta algo más? Decídmelo por Dios. ¡Que no falte nada!, porque si tras de la pena que tengo esto saliese mal, me moriría, les aseguro a ustedes que me moriría.

Y la condesa llorando mucho y retorciendo nerviosamente el cordón de la bata, animaba a su primo, al mayordomo, a la doncella, a todo el mundo, en fin, para que cumpliesen fielmente sus órdenes.

Durante veinticuatro horas estuvo toda la casa en movimiento; criados que bajaban precipitadamente por las escaleras de servicio, palafreneros y mozos de cuadra limpiando los caballos, lustrando los coches, colocando gasas y crespones en los faroles, guarniciones y portezuelas; dependientes de la funeraria llevando a hombros inmensos cortinones de terciopelo negro, robustos e innumerables cirios, la repisa de peluche sobre la cual había de descansar el ataúd, el ataúd mismo, el ataúd que inspiraba deseos de morirse sólo por el gusto de que le metieran a uno en él; por las otras escaleras subían los sirvientes a brazadas, flores y más flores, blancas unas, rojas otras, de vivos y penetrantes perfumes las más de ellas; rosas de té, rosas dobles, claveles, jacintos, un jardín de Valencia entero y verdadero que se desparramaba por los peldaños, por la antecámara, por los salones, hasta caer en montón sobre la esterilla de una estancia, donde varias mujeres y algunos hombres tejían coronas, ramos, guirnaldas, canastillos, cuantos caprichos e inventos les proporcionaban sus facultades naturales y los adelantos de su industria... Todo aquello no tenía más que un objeto: enterrar dignamente al señor conde.

Llegó, por fin, la hora de trasladar los restos del conde a la última morada. No he dicho restos mortales, porque no tengo noticias de que su excelencia pudiera dejarlos inmortales, y, por consiguiente, sobra el término diferencial; llegó la hora; el momento supremo; la salida del cadáver; los carruajes de los invitados no cabían en la espaciosa calle; a la mitad de ellos les había sido preciso colocarse en las inmediatas, formando grupos animados por el pataleo de los caballos, el jurar de los cocheros, las voces de los amos que los buscaban y el abrir y cerrar de las portezuelas. El coche fúnebre se hallaba a la puerta; un coche magnífico, de cuya arquitectura no podía darse cuenta porque estaba materialmente cubierto de flores, de coronas y de cintajos; ocho caballos, lujosamente enjaezados tiraban de él; al lado de cada caballo había un palafrenero, ostentando sobre su cuerpo la enlutada librea de la casa y la blanca y aristocrática peluca, que formaba un contraste grotesco con aquellas fisonomías innobles y rústicas; detrás del carro mortuorio iban las carrozas de gala de la casa, la servidumbre entera, y luego coches y más coches, todos los coches propios de Madrid a no dudarlo.

Bajaron el ataúd a hombros por la espaciosa escalera del palacio cubierta de flores, lo mismo que el portal y que las baldosas de la calle; lo depositaron en el carro con gran respeto, cogieron las cintas ocho enlutados y al parecer entristecidos señores, y el cortejo fúnebre se puso en marcha entre el vocerío de los chicuelos de la calle y la admiración respetuosa de todos los vecinos del barrio.

Al arrancar el coche mortuorio se alzó discretamente la cortina de uno de los balcones, mostrando un rostro pálido, adornado por una mata de cabellos rubios; era la condesa, que lloraba con toda su alma, despidiéndose de quien también y por tan cumplido modo había satisfecho sus gustos. Quería darle el último adiós y se lo daba entre lágrimas y sollozos; pero ante la magnificencia del entierro, por entre aquellas lágrimas y por entre aquellos sollozos, asomó una sonrisa de alegría y orgullo.

Su marido iba al cementerio mucho mejor que fue el marido de la otra.