Un vestido

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Un vestido de Fernán Caballero



Caridad quiere decir amor. Hay tres clases de amor incluidas en esta denominación: el amor a Dios, que es la adoración; el amor a nuestros iguales, que es la benevolencia, y el amor a los pobres y los que padecen, que conserva el nombre de este amor teologal: caridad.

Si, por desgracia, en nuestra acerba y descreída era están tibios y aminorados los dos primeros, no lo está por suerte el último, que permanece en el siglo como una cruz en la cúspide de un edificio que van invadiendo, al menos al exterior, las frías aguas del indiferentismo.

Mientras más cunda la miseria merced a causas que no es del caso ni de nuestra incumbencia examinar, pero entre las cuales, no obstante, citaremos el lujo, que, semejante a un despreciable afeite, pero siendo en realidad una mortífera lepra, se va extendiendo sobre toda la sociedad y la carestía de los artículos de primera necesidad, que oprime y ahoga a las clases menesterosas como un dogal, mientras más cunda, decimos, la miseria, más ostensiblemente corre a su auxilio la caridad. Desde los graves hermanos de San Vicente de Paúl, que edifican al público, hasta los alegres histriones que lo divierten, todos concurren al misino objeto. Centuplica la caridad sus recursos y después que las señoras, imitando el ejemplo de las santas, le han dedicado los primores de sus agujas, los hombres, a su vez, las imitan, dedicando al mismo fin los trabajos de sus plumas. No elogiaremos este buen propósito; las buenas obras, sinceras y puras, tienen su pudor, que rechaza el elogio como una recompensa, puesto que la dádiva que obtiene premio no es tan dádiva como la que nada recibe, y esta es la razón por la que tantas almas piadosas ocultan el bien que hacen, mortificadas que son por la alabanza que excita.

Estableciose en una populosa ciudad de Andalucía un caballero que había estado muchos años en América, y traía de ella muchos tesoros, como decía la voz pública, en su manera ponderativa. Pero era cierto, que uno traía superior a los de oro y plata que se le suponían, y era una mujer buena, honrada, modesta y caritativa, bien hallada entre las pacíficas y alegres cuatro paredes de su casa, feliz y contenta en su tranquilo interior doméstico.

En breve echó de ver el marido el desenfrenado lujo que ostentaban en el vestir las señoras de su nueva residencia, con el que contrastaba la modesta sencillez que de suyo gastaba su mujer. Y así fue que le dijo un día en que juntos iban a salir:

-Luisa, preciso es que te compres un vestido como el que veo gastar a otras señoras.

-Felipe -contestó su mujer-, esos vestidos que ves en otras, cuestan cuatro mil reales; el año que viene no se gastarán ya, y son cuatro mil reales tirados, lo que es un despilfarro y hasta una impropiedad en quien no tiene ni la posición ni el caudal de unos príncipes.

-Siendo más pudiente que otras que los llevan, deseo que no seas tú menos, lo que nos expondría a la crítica o a la burla -respondió el marido.

Luisa se sonrió y calló; pero en lo que menos pensó fue en comprarse el vestido.

Cada vez que juntos salían, le preguntaba don Felipe:

-Luisa, ¿no te has comprado todavía el vestido?

Y ella, con el fin de no contrariarlo, buscaba disculpas por no haberlo hecho.

-Luisa -observaba entonces su marido-, se sabe que tengo posibles; y como nadie podrá creer, si una señora no lleva, cual le corresponde, un vestido rico, que sea por su motu propio, creerán que es mi avaricia y no tu voluntad la causa de que no lo tengas.

Un día que les acompañaba a la mesa un amigo íntimo de don Felipe, le refirió éste, muy sentido, lo que llamaba la manía de su mujer, de no querer comprarse el vestido, y, levantándose, trajo cuatro mil reales en oro, que entregó a Luisa, con la expresa condición de que habían de ser invertidos en la compra del vestido.

Salieron en seguida los dos amigos a pasear, y Luisa entró en su gabinete y se sentó sobre una silla baja en su encierro de cristal a hacer labor.

Aguardaba allí una de las muchas personas necesitadas que esta señora socorría con sus dones y consolaba, escuchando con el mayor interés la relación de sus males y de sus desgracias.

La persona que le aguardaba conservaba un aspecto decente, en medio de la más completa miseria, gracias a Luisa, que la había provisto de las piezas de vestir necesarias para ello.

El marido de esta desgraciada había ejercido toda su vida un empleo subalterno; pero hacía algún tiempo que, sin causa ni pretexto, había sido privado de su cargo para favorecer a otro con él.

Anciano ya, sin conocimientos, fuerzas ni proporción de buscar otro modo de mantener a su familia, la angustia, el desconsuelo y la irritación que se apoderaron de su ánimo le postraron en cama.

En breve fue vendido su modesto ajuar y cuanto poseían para atender al sustento de la familia y a la asistencia del enfermo.

Entonces su hijo, joven a quien había dado su padre una buena educación, y que por entonces estudiaba en la Universidad, lo abandonó todo para trabajar y mantener a sus padres; pero como ningún oficio había aprendido, no le quedó más recurso que entrar en una obra de peón de albañil.

Empero, seis reales que ganaba a tan inusitadas y duras penas, que iban minando su salud, como no acostumbrado desde niño a tan rudo trabajo, los seis reales que ganaba, decimos, no con el sudor de su frente, sino agotando las fuentes de su vida, no alcanzaban al doble objeto de sustentar a su familia y costear los gastos de la enfermedad de su padre.

¡Cuán palpables son las disposiciones de Dios en las grandes crisis de la vida!

¿Quién no ha visto claramente al dedo de Dios señalar a la caridad el lugar y ocasión en que debe ejercer su santa misión? Y así lo hizo ahora, porque una prima noche oyó Luisa el dulce, triste y argentino son de la campanilla que anuncia a los fieles que viene Dios a la casa del hijo que, no pudiendo ir a la suya, implora su presencia.

Luisa iluminó su balcón y se arrodilló, adorando al Dios que da consuelo y fortaleza en esta vida pasajera, y la bienaventuranza en la eterna.

El santo Viático entró en un pobre corral cercano a su casa, y cuando de allí salió, después de dejar el socorro del alma, entró el de la vida, que en persona fue a llevarle Luisa.

Desde entonces venía diariamente la mujer del enfermo a recibir caldo y otros auxilios de aquella casa, como lo hacían otros menesterosos; y por eso no había querido Luisa tomar del dinero que le entregaba su marido para los gastos la crecida suma de cuatro mil reales, lo que le hubiese impedido atender con holgura a estas obras de caridad, que hacía sencillamente sin ruido y sin ostentación, como riega una suave nube de primavera la sedienta tierra, porque prefería los goces del corazón a los de la vanidad.

-Señora -exclamó Luisa al notar que la pobre mujer, que era la del referido cesante, lloraba amargamente- ¿Qué tiene usted? ¿No se hallaba aliviado su marido de usted?

-Sí, señora -contestó sollozando la interrogada-; pero el hijo de mi alma, que no puede con el trabajo que hace, ¡ayer cayó postrado, y está echando sangre por la boca!

Hubo un rato de silencio, pues el dolor en la una y la compasión en la otra eran tales, que no hallaban palabras que los expresasen.

Después de un rato, prosiguió la madre:

-Tenemos un primo en la Habana que nos ha escrito que, en vista de las cualidades, saber e inteligencia de mi hijo, tiene proporción para colocarlo allí ventajosamente, y que se lo enviemos; ¡pero no tiene presente que el que no tiene para comer, no tiene para costear un viaje a la Habana! Y, no obstante, dice el médico que un viaje de mar es lo único que podría salvar la vida a mi hijo ¡Si no le hubiesen quitado a mi marido el destino, habría hallado quien, con la fianza del sueldo, le hubiese adelantado el dinero; pero ahora es un imposible. Señora, ¡nos han perdido! Dios se lo perdone.

Luisa tenía los cuatro mil reales en la mano, era tímida, era sumisa a su marido, pero era aún más caritativa.

-Salvo la vida de este buen joven -pensó-; quizá haga su suerte y la de toda su familia; todo con privarme de un vestido de lujo..., y titubeo.,. Tome usted, señora -dijo poniendo el oro en la mano de la desconsolada madre-; que parta inmediatamente su hijo de usted, y que lo haga descuidado, pues mientras no escriba su llegada, no faltará a ustedes el pan de cada día.

La explosión de júbilo y de gratitud de la pobre madre pintarásela el que esto lea mejor su imaginación de lo que las palabras pudieran hacerlo.

Ocho días después navegaba el enfermo hacia la Habana, vigorizando sus pulmones los aires puros del mar, el descanso sus miembros y la esperanza su espíritu.

Entretanto, la cuestión del vestido seguía siendo el solo pero perenne altercado del matrimonio de que nos venimos ocupando. Y, no obstante, el marido no era vanidoso; pero cobarde respeto humano le indujo a persistir en aquella mezquina exigencia, con la que de continuo mortificaba a su excelente mujer.

-¿Y el vestido? -preguntaba de cuando en cuando don Felipe-, ¿te lo has comprado?

Está, que era tímida, no se atrevía a decir a su marido que había dispuesto del dinero, y trataba de salir del paso con evasivas. Unas veces decía que no le gustaban los que de venta se hallaban, y que le habían dicho en las tiendas mejor surtidas que estaban aguardando nuevas remesas; otras, que no había salido por causa del frío o falta de tiempo, y así fueron pasando días y meses.

Ya la paciencia de don Felipe estaba gastada.

-¿Quiere usted creer -dijo con irritación a su amigo un día que estaban sentados a la mesa- que haciendo, como usted recordará, dos meses que di el importe del vestido a mi mujer, con la condición de que en él lo invirtiese al momento, que aún no lo ha hecho? ¿Es esto leal? ¿No es, con su aire gazmoño, burlarse de mí?

Luisa, que, como hemos dicho, era tímida, y que oía por primera vez palabras desabridas y duras en boca de su marido, se turbó y afligió, y dijo para calmarlo:

-Está comprado.

-¡Por fin! Albricias -repuso satisfecho don Felipe-. ¿Dónde está?

-Lo tiene la modista -respondió su mujer, cada vez más turbada, como todo aquél a quien falta energía para seguir con paso firme la buena senda.

En este momento avisó un criado a media voz a Luisa que estaba allí una de las pobres que favorecía, que pedía hablarle con urgencia.

Luisa se levantó.

-¿Dónde vas, mujer? -preguntó don Felipe- ¡A que es una pobre! Dile que vuelva a otra hora.

-Es la modista -contestó Luisa.

-Entonces ve, no te detengas y haz traer el vestido, que lo veamos.

No habían pasado cinco minutos, cuando entró Luisa apresuradamente. Sus ojos negros brillaban, reflejándose en ellos una espléndida alegría, como brilla un puro cristal reflejando los radiantes rayos del sol; sus mejillas estaban encendidas como hogueras de regocijo; sus labios temblaban indecisos entre una gozosa sonrisa y un suave llanto. En la mano traía una carta doblada.

-Toma, Felipe, toma -exclamó alargándosela a su marido-; ¡ahí tienes el vestido!

Su marido, asombrado y sin atinar cuál sería el sentido de aquellas palabras, tomó la carta y leyó:

«Padres de mi corazón: Se han acabado vuestros sufrimientos y los míos. Dios nos ha hecho felices por mano de uno de aquellos ángeles que el cielo envía a la tierra para consuelo y bien de la humanidad.

Gracias a él y al inesperado socorro que nos prestó -que fue tal que debió costarle algún sacrificio, lo que aumenta su valor y mérito- embarqueme y llegué aquí, después de una feliz travesía, completamente restablecido; apenas desembarqué cuando me dieron la colocación que me tenía preparada mi tío en casa de sus antiguos amos, poderosos comerciantes que lo tienen en mucha estima; a los pocos días me demostró el señor estar tan satisfecho de mi celo e inteligencia, que me aumentó el sueldo; y esta mañana, preguntándome si estaba contento, y respondiéndole yo que no podía estarlo por la ausencia de mis padres, y verlos en tan infortunada posición, me dijo que escribiese a ustedes que se vinieran, en vista de que tiene en donde colocar a usted, padre. Mando adjunta para que costeen el viaje una letra, importe del sueldo de los dos meses, que no he gastado con objeto de enviárselo, habiéndome tenido el tío en su casa, etc.»

Cuando don Felipe hubo acabado la lectura de la carta, fijó los ojos en su mujer, con una mirada que expresaba toda la admiración, todo el cariño, todo el enternecimiento de que rebosaba su corazón, y sólo pudo decirle:

-Perdona, Luisa.

La suave y modesta mujer le contestó:

-Perdona tú, pues te engañaba.

-Mi culpa es, pues no supe inspirarte confianza -repuso el marido-; si me lo hubieras dicho, se habría hecho la buena obra sin que para eso tuvieses que privarte de un buen vestido; ahora me encargo yo de proporcionártelo, y por cierto que no habrá salido de las fábricas de Lyon otro mejor que el que recibas.

-No, no, Felipe; no -exclamó Luisa-; si acaso lo que he hecho es una buena acción y me la recompensaras, no sería yo, sino tú, el que de ella tendría el mérito y la satisfacción, y no te los cedo. Además, el bien que se hace sin que nos cueste un sacrificio o una privación pequeña o grande, no deja del todo satisfecho el corazón ni completamente alegre la conciencia.