Una cosa es predicar

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Una cosa es predicar ... de Arturo Reyes



El señor Paco el Biznaguero, llegado que hubo al rincón de la taberna, donde solía coger las enormes pítimas que habíanle colocado en el lugar de preferencia que ocupaba entre los más famosos curdones de Andalucía, sentóse lentamente, puso en libertad el imponente abdomen, desabotonándose el chaleco y parte de la pretina, dio un resoplido de satisfacción, colocó el sombrero sobre una silla, sobre otra el enorme acebuche que servíale de sostén en los momentos más críticos, limpióse el copioso sudor con un pañuelo de los de yerbas, y exclamó después, golpeando en la mesa con el puño cerrado:

-¡A ver tú, Cantinero, a ver si me das una miajita de orégano, que me duelen los ijares!

El Cantinero, un chaval morenucho, escuálido, de cara truhanesca y de rizados tufos que contemplaba indolentemente a los parroquianos recostado contra una de las cuarterolas, canturreó, al par que dirigíase al mostrador, sobre el cual la cristalería brillaba húmeda y limpísima alrededor de las doradas cafeteras:


Dale orégano a mi niña
que está mi niña mu mala,
a ver si con el orégano
recobra lo que le falta.


-Señó Paco, ¿sabe usté lo del Pucherete? -preguntóle al Biznaguero Julián el Pecoso, que, reclinado contra la pared en una silla, en un extremo del hondilón, con los brazos cruzados sobre el pecho, en mangas de camisa, contemplaba en perezosa actitud el gato que dormitaba muellemente sobre el barril del amontillado.

-¿Lo del Pucherete? ¿Qué le ha pasao al Pucherete? ¿Es que le han zurcío por fin los pantalones?

-¡Ca, eso nunca, antes morir! Lo que le ha pasao es que la mujer le ha dao un crujío que le ha convertío un ojo en un coco de La Habana.

-Pero ¿es de verdá eso? ¿Es posible eso, camará? Pero ¿es posible?

-Tan verdá como el bombardeo der Callao.

-¡Paece mentira, señor, paece mentira que haiga hombres de esas jechuras; cudiao que sa menester...! Mira tú, Cantinero, ¿no me traes eso que te he pedío?

-Ya está aquí, hombre, no hay que calar la bayoneta por tan poquilla cosa -repúsole el muchacho, colocándole delante una bandeja con doce cristales, capaces cada uno de ellos de hacer ver dobles los objetos al más miope de los nacidos.

-Pos cuidiao que sa menester tener vendía a retro la vergüenza pa premitir esas cosas -continuó el Biznaguero-. Lo que es si yo fuera el Pucherete otro gallo le cantara a Pepa la Tomisera.

-¡Naturalmente que sí! -exclamó Julián con tono irónico, al par que contemplaba al viejo con burlona expresión.

-Parece que eso lo dice usté tocando a quea, y ya sabe usté que yo no soy hombre que aguante esos repiques.

-¡Naturalmente que sí! -repitió el Pecoso en el mismo tono con que hubo de decirlo la vez primera.

El señor Paco lo contempló con mirada trágica durante algunos momentos, apuró sin pestañear después dos o tres cristales más, limpióse la boca con el dorso de la mano y dijo con tono en que la compasión y el desprecio vibraban al unísono:

-No me alevanto y no me voy pa usté, y no le saco a usté un riñón y no me lo como sarteao, porque con to usté no tengo ni pa empezar una merienda.

-Naturalmente que sí -tornó a repetir el Pecoso con el mismo acento de zumba, plácido y riente.

-No lo repita usté más -gritó el Biznaguero con acento iracundo, al par que se incorporaba en amenazadora actitud- ¡No lo repita usté u no le quea a usté peca aonde yo no le ponga un dátil, o un prescinto o una puñalá trapera!

Y al decir esto, centelleábanle al señor Paco los ojos con terrible expresión; en sus mejillas amenazaba saltar la sangre, y sus manos, crispadas y temblorosas, prometían lo que las garras de tigres encolerizados.

Julián el Pecoso púsose pálido, y se incorporó diciendo con tono que no hablaba nada bien de su bizarría:

-Pos no toma usté mu a pecho una broma, ¡camará! Pos diga usté que pa ser amigo de usté se necesita acorazarse como si fuera uno un crucero.

-Es que yo lo aguanto to menos que se me tome de lila -repúsole el señor Paco, a quien la explicación del Pecoso parecía haber servido de poderoso freno-. Y sobre to cuando lo que yo platico es el Evangelio; lo que yo digo lo mantengo siempre: el hombre que se deja sopapear por una mujer, eso no es hombre, sino dos varas de fulá o de muselina morena. Y se lo vuelvo a repetir a usté: ¡si yo estuviera encima de los tobillos de Pucherete, otro gallo le cantara a Pepa la Tomisera!


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Ya había transcurrido una hora; ya el señor Paco y el Pecoso, dando generosamente al olvido insignificantes quisquillas, e inspirados ambos por el néctar olorosísimo y, riente de las vides montillanas, hablábanse de tú, reconocíanse como las dos más altas personalidades de la provincia y no osaban incorporarse por temor a enterarse de modo contundentísimo de la mucha o poca resistencia de la solería, cuando:

-Ya la cogiste, so pendón, so jartico de roar, so Pijolín, so don Vergüenza Perdía -gritó la señora Pepa la Tabardillos, dignísima consorte del Biznaguero, penetrando en la taberna chancleteando, con el rugoso semblante lleno de indignación, y puestos en jarra los brazos escuálidos y renegridos.

-No, mujer... no..., si yo no he bebío más que una copa; si ha sío que éste me ha convidao -exclamó el señor Paco con voz temblorosa y asustada actitud.

-Sí, yo..., yo..., yo... lo he convidao -exclamó el Pecoso, golpeándose tres veces consecutivas en el robusto pecho-. Yo lo he conviao y él me ha conviao a mí, y dambos mos hemos conviao, y yo tengo pa usté...

-Anda pa casa, so charrán; anda pa casa -exclamó la señora Pepa, agarrando a su hombre por un brazo, no sin arrojar antes una mirada de cómico desprecio sobre Julián el Pecoso.

-Yo no voy a ninguna parte; yo me queo aquí con éste y con estas señoras... -balbució torpemente el señor Paco, señalando primero a su amigo y después las botellas que acababa de llenar por décima vez el Cantinero.

-¡Tú, tú quearte aquí!

Y de tal modo vibró el acento de su irascible compañera en los oídos del heroico Biznaguero, que olvidándose éste, como ocurríale siempre en casos tales, de sus alardes varoniles, inclinó humildemente la cabeza y murmuró con acento plañidero:

-Güeno..., me iré contigo...; pero no me jurgues con las uñas, que se me enconan.

-Pos anda ya pa casa o te lisio; anda, que vas a llegar a casa con el cuerpo dolorío.

Y mientras la señora Pepa tiraba el desesperadamente del señor Paco, que no osaba declararse en rebeldía, y el Pecoso lo miraba alejarse como con ojos de espanto más que de sorpresa, el Cantinero decíale a éste:

-Ya ve usté que una cosa es predicar y otra cosa es el dar trigo.

Y dicho esto, dirigióse el muchacho hacia la pizarra que era el libro de cuentas corrientes, donde llevaba la de todos o casi todos los curdones del barrio de la Goleta.