Una intención en bosquejo

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​Una intención en bosquejo​ de Romildo Risso

Vida Juerte - Luz y Distancias - Tierra Viva - Humo de Patria - Con las riendas sueltas - Leña Caída


Los títulos tienen un sentido, un significado que convendría explicar detenidamente.

Algunos responden, tanto a concepciones del pensamiento como a visiones cuasi panorámicas en que, quizá se funden, la emoción del paisaje físico y el sentir de una contemplación inteligente. Para esa visión lo espiritual resulta como una expresión de vida, con sus múltiples formas perceptibles, como detalles integrantes del conjunto de una naturaleza que constituye nuestra vida total colectiva, con su propio ambiente, también natural.

Los sujetos (actores) aún sin ninguna referencia, aparecen siempre (para la concepción y en la realización poética) ubicados en esa naturaleza, que no sería simple indicación de lugar, sino —integralmente— el medio ambiente que condiciona la existencia, la vida y, por cabal determinismo, forma y modo de toda manifestación de vida.

El ser, es obra de esa naturaleza: viene sellado. Aun el más diferenciado tendrá en la mente y el alma el signo que autentique su origen y substancia: en la acción ha de revelarse su calidad. De esta relación debe resultar (por impresión sentida, más que por análisis) un vínculo que se establece por simpatía espiritual y una vaga conciencia de parentesco en que. un amor común (complejo de patriotismo) es "la voz de la sangre". Todo eso y más, puede hacerse evidente —respecto de un autor— por su propia obra, si en ella aparece el signo de esa interioridad. Pero respecto de terceros, y como fin (¡o ideal!) de cultura, siquiera en parte conseguido, tal resultado no habrá de darse (salvo para unos pocos) sin alguna advertencia o informe que sitúe al lector en nuestro paisaje, con exclusión momentánea de otra
cualquiera realidad. Así, no será un espectador en actitud recreativa cuyo goce es mera impresión placentera y no participación sentida como afinidad espiritual que ejerce atracción por el motivo; pero atracción que se profundiza en un sentido de solidaridad, de mancomunidad, sin
necesaria definición. En eso se resuelve la tal simpatía.

Aparte el significado propio o común de todo acto individual, hemos de buscarle siempre, y hallarlo, un valor "impersonal" que, referido a aquella condición de existencia con virtud determinante, nos dará en lo particular significativo (fuera excepciones) no el hecho simple, el caso-unidad, sino un hecho índice, un caso-muestra.

Por esa misma naturaleza condicionada y que condiciona, y su determinismo (¡con elástico!...) también se nos darán, en el conjunto de los hechos, muchos que podríamos agrupar distinguiéndolos por un color o un matiz que caractericen un estado de alma una actividad interior, un giro del animo, etc. No se trataría de clasificar ni cosa parecida, sino de algo semejante a la presentación de algunos detalles que, dispersos en el paisaje, son por sí mismos un paisaje, conservando el sello de la unidad que integran. (Hay mucho que decir sobre los momentos: momentos, en la Naturaleza física viva, y momentos en la naturaleza humana, también viva —viviente— y de algún modo relacionadas hasta en orden psicológico; aún para la más fuerte individualidad).

Fijemos solamente que, el individuo es uno de esos detalles y que en él mismo ha de realizarse algo o mucho de lo común al todo. Pero común a ese todo limitado y caracterizado por índices de peculiaridad.

Por supuesto que, en el hombre nos interesa el paisaje de su humanidad: mente y espíritu en función expresiva de vivencia: interioridad y manera reveladas. (Aquí, revelación no equivale a exteriorización!).

De poco serviría la presentación de tales cuadros si no tuviesen un contenido de significación más amplia y trascendente que la de informarnos sobre pensamiento y sentir de este o aquel sujeto; obre un hecho o un acto que, referidos a ese sólo y a eso sólo, valdrían tanto como mirar de a una las estrellas sin ver jamás el firmamento, o contemplar de a uno los árboles sin percibir la realidad del bosque, como realidad de existencia, con su razón de ser. Poco, también, si aún con mejor efecto, la manifestación, gustada y pensada se condensa en idea de generalización, simple (superficialidad); especie de fórmula mental en que el pensamiento diluye la más rica experiencia sin haber extraído la substancia útil del conocimiento, y sin que el alma adquiera por imantación, la virtud magnética que se traduce en constante y recíproca atracción: aptitud, disposición, estado de conjunción espiritual.

Verdad noble y simpática ha de ver y fijar la mente; pero es necesario ser penetrado por la emoción, para que se funda en nuestra esencia y sea, por conquista del ánimo, el despertar de una conciencia de mancomunidad, de nacionalidad; sentimiento firme, perdurable y vehemente de realizar cada uno en sí mismo, un paisaje de la patria!

Intentar definir estas ideas sería situarnos en lo central del asunto y en plena labor. No quiero pasar de estas indicaciones al decir que algún sentido hay en los títulos y, por ende, alguna relación entre éstos y el contenido de los libros. (Pero no habrá de entenderse que un libro de poesía pretenda ser un tratado!).

¡Tanto hemos visto al contemplar las almas en el cambiante espectáculo de la naturaleza!... Cuando esa naturaleza se concreta en la porción de tierra de una patria y se dice, "tierra", con emoción, el hombre adquiere la total integración de su ser, y en su excelencia humana es, ala que se abre acariciando espacio, pero llevando el nido en la pupila; o árbol que vive cargando cielo y manoteando vientos, meciendo nidos y volando en hojas, pero sintiendo en la raíz hundida, el sostén de la tierra y —porque tiene corazón el árbol— sintiendo, en el pulso, al correr de la savia, la comunicación vital con esa madre tierra.

Tendrá él su madera y su especie por ley universal de creación, paro en el plasma que lo nutre, esa tierra le infiltrará algo propio y particular que habrá de fijarse en su familia y perpetuarse por su medio ambiente. Puede ser el apretarse más la fibra y resistir la sed; el coraje y firmeza para enfrentar Pamperos con la severa prestancia del ombú, o la sencilla reciedumbre de ñandubay. Y en todo, hasta en el florecer, algo de patria!

Si todo no es virtud ponderable, para eso está la mente, y se sabe de cultivos.

Abonar las almas con belleza si se quiere rico el florecer y sano el fruto de los hombres.

Nuestro árbol es bueno; nuestras tierras, generosas!...

Pero en la tierra pródiga es mayor y mortal el peligro de la maleza... Los vientos nos traen de todo el mundo la semilla maligna que es la que vuela más y germina donde cae, porque sólo precisa tocar la superficie. Esa maleza ahogará nuestra planta humana, nuestro árbol bueno de madera noble!...

Y, ya no habrá paisajes de la patria que se puedan mirar con ojos limpios!...

No es un vaticinio, pero sí un hondo temor que entristece.

Un himno, un escudo, una bandera: eso sólo, no es una nación!... Podrían quedarnos como "recuerdo de familia" ... testimonios de un pasado heroico, blasones de pretérita gloria y de ascendencia honrosa que, ya sólo dirían una verdad que fué. Cuando vana arrogancia nos incitara, alguna vez, a erguirnos, caeríamos humillados, quizás con las manos llenas de oro, sintiendo el corazón vacío de nobleza: sin valor, sin virtudes de gesta, de epopeya.

Nación seremos, mientras el himno que se canta, pudiera nuevamente hacerse por nuestro amor y por la sangre nuestra, si fuese menester rehacernos la patria. ¡O salvarla!

Octubre 4 de 1943.