Una mata de helecho: 03

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



II.[editar]

No hay duda que los Moros nos han dejado algo bueno; pero calles de fácil tránsito en los pueblos, y caminos en los campos, no han sido cosas en que hayan hecho por extremarse. Egoístas, sensuales y desconfiados, hacían casas para si, no para el transeunte, á quien apenas concedían ventanas, guardando toda comodidad y lujo para lo interior. Sus palacios y mansiones de recreo eran castillos. En cuanto al comercio, dejando á un lado toda ponderacion semítica, y aun conviniendo en la importancia que, sin duda alguna, tenia por mar, no era posible fuera grande en lo interior, donde apenas habia camino digno de semejante nombre. El reino de Almería, tan rico en cierta época, segun cuentan, tenía los peores caminos del mundo, al decir de sus propios poetas; y así estaba la mayor parte de lo que llamaban los Moros el Andalus, esto es, cuanto ellos poseían. Malas veredas, á las cuales eran á menudo preferibles los secos cauces de ramblas y torrenteras, que por aquella costa sólo llevan agua al mar de vez en cuando, servian de caminos por donde iban —y hoy van del propio modo— las récuas. Cierto que, aun siendo muchas las acémilas, razon tenemos en decir no era posible diesen vida y movimiento á ningún comercio de grande importancia.

Pásenos el lector la digresión, que ha sido forzosa hacerla, para que nadie se maraville de lo que vamos á decir.

Los cerros que tiene Málaga al Norte y Este, llegan al mismo recinto de la ciudad, sin más caminos de los que habia en tiempos de los Moros, salvo la carretera de Vélez y el pequeño trozo que pasa entre el monte de Gibralfaro y el cerro de San Cristóbal. El resto se halla al presente, como durante el año de gracia de 1483.

A los pies de aquellas riquísimas alturas que producen los mejores limones, pasas y almendras del mundo, y cuyos propietarios no pueden ahorrar un maravedí para carretera, llegan barcos de las más apartadas regiones. ¡Qué mucho, si á escaso kilómetro arranca el ferro-carril, allende el Guadalmedina, que pone en comunicacion á Málaga con Córdoba y el resto de España! Tierra de contrastes la Península ibérica, en ninguna región lo es tanto como en Andalucía, pudiendo asegurarse que, no sólo en los campos, pero aun en las ciudades, se halla la mayor cultura al lado del atraso más increíble.

Pues ya sabemos en qué estado se hallaban los alrededores de Málaga á fines del siglo XV, tornemos á la referida época para continuar la narración comenzada.

Pasado el sitio, donde, en tiempo de Moros, se extendía la huerta de Acíbar, hoy iglesia y convento de la Victoria, no es posible dar un paso sin subir ó bajar con notable esfuerzo; tales son de empinados los cerros que allí mismo comienzan. Sepáranles profundos barrancos, siendo el más importante el llamado Arroyo de Jaboneros, ó Jabonero, como frecuentemente le llaman los naturales.

Por las alturas de la izquierda, y, digámoslo, separándolas de la cuenca del Guadalmedina, sube la carretera de Granada, que cruza la cuesta de la Matanza; una legua ya de Málaga, donde, según los habitantes del contorno, murieron á la vez todos los Moros malagueños, y donde otros pretenden fueron vencidos y muertos muchos Cristianos; por ventura, confundiendo el suceso con el de las lomas de Cútar, de que hemos hablado en el comienzo de nuestra narracion.

Rayaba el alba, y, á pesar de que aún era grande la oscuridad, dejaba ver la dudosa luz del crepúsculo matutino, dos hombres que marchaban á compás, como llevando un peso entre ambos, y en pos de ellos un ginete; los cuales, subiendo desde lo llano á lo que hoy es comienzo de la cuesta de la Reina, en la referida carretera de Granada, y á menos de kilómetro de Málaga, iban en direccion de los cerros, á cuyos piés corre el arroyo Jabonero.

Demás es decir que eran nuestros conocidos de las lomas de Cútar, y viniendo cargados, cerca de cuatro leguas y media de camino, desigual en muchas partes, bien habían necesitado la noche entera para llegar á las inmediaciones de Málaga. Ya en la Peña del Oro, que señorea hermosísima vista, pusieron los Montañeses las parihuelas en tierra y el ginete se detuvo.

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