Una mata de helecho: 14

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



XIII.[editar]

Hermosa y llena de alegría se muestra la costa de Málaga, por el mes de Mayo; hermosa y llena de alegría se mostraba á la vista el año de 1487. Benigno el clima y generoso el suelo, brindaban por doquiera paz al alma y riqueza al emporio granadino.

Mas no así los hombres. Naves de guerra ocupaban en el puerto el espacio donde, en otro tiempo, se mecían las del comercio; multitud de fugitivos se encaminaban á Granada por la Cuesta de la Matanza, ó acudian á refugiarse en Málaga.

Y en tanto allá, camino de Vélez, negra línea, larga, interminable, de la cual brotaban á veces vívidas chispas, que no eran sino reflejos del sol en armaduras, anunciaba á los Malagueños que el aborrecido cristiano, desecho en las lomas de Cútar, y rechazado, hasta entonces, por todas partes, venía con ánimo firme de no retroceder.

Estrecho era el camino y molesto sobremanera, para tan numeroso ejército. Las mansas olas del Mediterráneo besaban los cascos de caballos y acémilas, y á veces, el descuidado peón tenía que huir de las aguas, á cuya lengua iba andando. Breve distancia separaba ya al ejército de la ciudad, cuando corrió la voz de batalla en batalla, de que las compañias de Galicia, que iban á vanguardia, se disponían á combatir.

En aquel solemne momento, en que los hombres se preparan á despedazarse, hay siempre cierta tendencia en cada uno á recogerse y permanecer abstraído, siquiera sea brevisimo instante. Si éste se prolonga, la espera llega á ser casi un dolor, cuya aguda impresion aumenta, conforme más necesario es aguardar. En semejante caso, el hombre necesita serlo con toda firmeza, y estar apercibido para cuanto pueda sobrevenir.

Detúvose el ejército, y al cabo se supo que los Gallegos atacaban al cerro de San Cristóbal, guarnecido de Moros, y que, por estar más alto, dominaba á Gibralfaro. Las oleadas de hombres son tanto ó más movibles que las del mar. Habíanse adelantado los que inmediatamente seguían á las compañías de Galicia, mas, á poco, retrocedieron, viendo que éstas eran rechazadas. Comunicóse el movimiento á todo el ejército, y el desorden fué tal, que ya muchos creian á los Gallegos derrotados y forzoso el retirarse á Vélez.

Rehechos los valientes hijos de Galicia, arremetieron, retrayéndose y embistiendo de nuevo, oponiendo siempre su flema incansable al arrebato de los Moros. Al cabo, se puso el Maestre de Santiago á la cabeza de los Cristianos y señoreó la cumbre, clavando en ella su estandarte Luis Maceda, Alférez de Mondoñedo.

Al lado del Maestre, y cediéndole la delantera, á veces por cortesía, pero mostrando, otras, ciego deseo de pasar adelante, iba un caballero, sin airón en la celada, á quien seguían sólo dos peones. Cuando los Moros, de vencida ya, huian á refugiarse en Málaga, puso la vista en el arroyo, y sin hacer caso de cuanto en derredor pasaba, bajó á toda prisa; mas, como le incomodasen los quixotes y grevas, hizo que los dos peones que le seguian se los quitaran, quedando de esta suerte armado sólo de cintura arriba.

— ¡Moraima, Moraima! —exclamó.— ¡Quién me habia de decir, que, en vez de amor, te habia de traer hierro y matanza!

Levantó, para ver mejor, la celada ó parte delantera del yelmo, y entónces, aunque tostado del sol y del aire, y encendido con la fatiga del combate, quedó descubierto el rostro de Juan de Silvela, más varonil que en otros tiempos y más triste. Las otras batallas del ejército, miéntras los Gallegos abrian paso, movidas del deseo de ver el combate, y quizá no sin intencion, en algunos, de saquear las casas que todo en torno mostraban las blancas fachadas, hablan ido subiendo y extendiéndose por las alturas inmediatas.

Cuando tal vió Juan de Silvela, dióle un vuelco el corazon, pero no parecía que hubiesen llegado los Cristianos hacia el arroyo Toquero, esto es, hácia la casa y tierras de Ben-Lope. A pesar de todo, iba tan de prisa, que los dos vasallos, únicos que habian quedado en disposición de llevar las armas después del combate, más bien rodaban, que otra cosa, para poder seguirle. De esta suerte bajaron al arroyo, cuando ya iba anocheciendo. El empeño del guerrero, era llegar con tiempo á casa de Moraima, para si en ella estaba la familia, estorbar todo atropello.

Juan de Silvela no habia vuelto á saber nada, desde el dia en que Yusef llegó acompañándole hasta la vista de Antequera... ¡Cómo latia de temor y esperanza el corazón de aquel guerrero, que acababa de lidiar impávido, hasta señorear la cumbre del cerro de San Cristóbal! Llegó, en esto, al lugar donde la cañada, que bajaba de la casa á la izquierda, le mostraba el camino para subir. Siguióle, y miéntras sus vasallos, jadeando y sin fuerzas apénas para respirar, se quedaban atrás, él llegó, fuera de sí, al umbral de la casa de Moraima...

Estaba abierta, pero nadie habia en ella; ni aun Sil acudió á hacerle caricias ó ladrarle. Los Cristianos desmandados no iban por aquel sitio, aunque se les oia por las alturas inmediatas. Y, con todo, si bien era cierto que los moradores habian huido de la casa, debia de ser poco tiempo antes, pues todo se hallaba en lo interior como abandonado de repente. Entre tanto, habia ya cerrado la noche. — Han huido á Málaga, —se dijo el Cristiano;— pues entónces, al menos, están seguros. Yusef sería de los defensores del cerro... ¿Qué le habrá sucedido?

Los dos vasallos le seguian atónitos de habitacion en habitacion, sin saber qué significaba aquello, cuando un rumor extraño, hácia la cañada, causó á Juan de Silvela horrible calo-frio. ¿Serian soldados, que después de asesinar á los moradores, llegaban á robar la casa? Echó mano á la espada, y diciendo á sus fieles Gallegos:

— ¡Seguidme!

Tomó por la cañada abajo.


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