Una querella

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Una querella



Era una noche de enero, calurosa y sin estrellas. El cielo estaba cargado de sofocantes vapores, y ni la más tenue ráfaga de brisa venía a refrescar la atmósfera, abrasada por el sol de un largo día.

En las sombras revueltas del camino que conduce de la Magdalena a la portada de Juan Simón, corría un jinete montado en un brioso caballo negro.

El noble corcel parecía comprender la impaciencia de su dueño, y devoraba el espacio en fogoso galope. Sin embargo, a estar dotado de reflexión, habríale asombrado el encontrarse corriendo a esa hora, él, habituado a reposar hasta el mediar de la noche en una fresca pesebrera, cercada de rosales, tapizada de sabrosa yerba, y acariciado por una blanca manita, en cuya palma comía bizcochos exquisitos.

¿Por qué aquella noche le había faltado todo eso? ¿Por qué había cólera en el movimiento de la brida que lo conducía? Y lo que era peor aun, ¿por qué inusitados golpes de acicate, venían de vez en cuando a lastimar sus lucientes ijares?

Todo esto habría podido explicar la expresión pintada en el semblante del nocturno caballero, su frente, ora cubierta de mortal palidez, ora encendida con el rubor de la indignación; su sonrisa, que él habría querido tornar irónica y que era solo dolorosa.

El valiente potro, siempre, aguijoneado por la inmerecida espuela, cruzó como una exhalación las calles de Lima, flanqueó la plazoleta del teatro, espléndidamente iluminada para una función de beneficio, y entró en una de las más bellas casas de Valladolid.

Al echar pie a tierra, su amo, que lo cuidaba con el anhelo cariñoso de un árabe, apartose de él con despego abandonándolo en manos de un criado, sin darle siquiera una mirada; y taciturno, sombrío, atravesó el patio y se dirigió al principal.

Su mano iba a tocar el botón dorado de la mampara, cuando esta se abrió dando paso a una joven suntuosamente vestida, que al verlo retrocedió, con un ademán de gozosa admiración.

-¡Qué feliz casualidad! -exclamó.

¡Y no había de decir que la dicha me acompaña! ¡Tú aquí! tu aquí en el momento que contrariada, rabiando con toda la susceptibilidad de mis nervios... Figúrate primo mío, que, sin esperanza de encontrarte, venía a pedir a José la dirección de tu edén para enviar audazmente un mensajero en busca tuya; y me iba dando al diablo la solapada reserva de aquel taimado, cuando hete aquí, como llovido del cielo para acompañarme al teatro, y hacer los honores del palco a la linda Alina Wilson. ¿Sabes que la Bazuri nos ha dedicado a ambas su función de beneficio?

¡Ah! ¡imagina la magnífica aparición de dos jóvenes tan bonitas, servidas por el león de los salones, el codiciado ensueño de tantas hermosas, el bello Enrique de Mendoza!

-¡Qué triunfo!... Pero ¿qué es lo que tienes, primo mío? -exclamó la elegante parlanchina, notando de pronto el aire sombrío, con que su interlocutor escuchaba aquella larga tirada.

-¡Nada! querida Luisa. Hablabas con tal entusiasmo que no dejabas lugar para colocar una frase.

-¡Nada, y estás pálido y con un aire que huele a tragedia de una legua!

-Visiones de tu fantasía, linda prima -repuso el joven, haciendo un supremo esfuerzo para llamar a sus labios una sonrisa-. ¡Ni qué preocupación resistiría a la perspectiva de una deliciosa velada entre dos astros de belleza!... Pero yo supongo que este traje es por demás inconveniente...

-Ve a cambiarlo, que tienes tiempo de sobra, en tanto que llega el coche a buscarnos, pues quise venir a pie, temiendo entrar con ruido en casa de un soltero. ¿Cuándo dejarás de serlo, Enrique? ¿Cuándo vendrá a estos lujosos salones su divinidad tutelar? ¿Cuánta luz, qué perfume derramaría en esta suntuosa morada una mujer joven y bella?... Alina Wilson, por ejemplo.

-¿Y por qué ella más que otra cualquiera?

-¡Ingrato! ¿no has encontrado alguna vez la mirada de esos grandes ojos azules?

-Si no la conozco, prima.

-¿Es posible? Pues ella te conoce a ti... quizá demasiado, para su tranquilidad... Pero ve a vestirte, y no pases cuidado por mí, que quiero repasar en tu magnífico piano mi último estudio, una reverie que me tiene loca. Figúrate una sublimidad musical, firmada por un nombre oscuro de mujer, e impresa en Londres por G. Gottschallk que me envió el único ejemplar que existe en Lima. Pienso hacer un efecto inmenso en el concierto que va a dar Alina en la próxima semana... Pero, vete, y despacha pronto primo mío, que la hora avanza.

Enrique dejó a su prima sentada al piano, y entrando en su cuarto, ocupose aunque con profundo disgusto, en los detalles del tocador.

Y en tanto que su mano crispada por la fiebre enlazaba la corbata y calzaba el guante, preguntábase cómo podría soportar durante cuatro mortales horas la frívola alegría de sus compañeras de velada, cuyo prólogo reía ya bajo los ágiles dedos de su prima en festivas notas que el sonoro Pleyel parecía reproducir con placer, y que caían en el corazón de Enrique como gotas de plomo hirviente sobre las llagas de un mártir.

De repente, a los caprichosos floreos sucedieron los patéticos acentos de una extraña melodía.

Enrique se estremeció.

-¡La Cautiva! -exclamó- ¡esa música sublime que escribió a mi lado y que viene ahora a hablarme de ella!

Y cual si le persiguiese un fantasma, Enrique huyó hasta el fondo del jardín.

Mas, luego, arrastrado por aquellos encantados acordes que llegaban hasta él apagados pero distintos, volvió sobre sus pasos, y pálido, conteniendo el aliento y las manos sobre el corazón, de pie tras las cortinas de la puerta, escuchó con dolosa avidez.

Imposible sería describir con la pálida fraseología las bellezas sucesivamente plácidas y sombrías de aquella melodía, del todo imitativa cuyas notas reproducían con todas sus terribles peripecias una trágica leyenda.

Escuchábase el fragoroso vaivén de las azules olas del Mediterráneo, estrellándose en las graníticas rompientes de la costa africana, sobre cuyas rocas soberbios como el despotismo, silenciosos como la esclavitud, elévanse los muros de un harem. La oscura mole se inclina sobre el abismo y sus bóvedas se dibujan fantásticas sobre el estrellado cielo.

Blanca como la desnudada túnica abierta sobre su anhelante seno, pálida, desmelenada, y secos los bellos ojos enrojecidos por el llanto, una mujer hermosa y desolada, asidas sus diáfanas manos a las rejas de un ajimez, y la mirada perdida en el vasto horizonte, busca en sus brumosas lontananzas los recuerdos de su destrozada existencia.

Allí están los rientes días de la infancia con sus turbulentos juegos, y la juventud con sus ardientes suspiros, sus deliciosas promesas... Y la mágica luz del recuerdo presta al ilusorio miraje los vivos colores de la realidad.

Los radiantes rayos de un sol primaveral iluminan las floridas riberas de la Sicilia. Allá al cabo de una sombrosa avenida de sicomoros, divísanse las elevadas torres y la gótica fachada de un templo.

En sus bóvedas resuena la voz majestuosa del órgano, y el ancho pórtico da salida al alegre cortejo de una boda. Graciosas jóvenes vestidas de blanco y coronadas de flores, se agrupan en torno a los héroes de la fiesta, entonando gozosos epitalamios.

¡Qué bella es la desposada! En su rostro resplandecen la juventud y la dicha.

¡Cuán hermoso el doncel en cuyo brazo se apoya con el dulce abandono del amor!

La comitiva ha llegado al promedio del camino, entre el mar y el castillo, morada de aquellos que el amor ha unido en indisoluble lazo.

¿Por qué la desposada, apartándose de su brillante séquito, abandona el brazo en que se apoya y se dirige sola a la ribera?

Va a cumplir un voto depositando su corona virginal a los pies de la Madona, cuyo santuario se divisa allá, entre las musgosas rocas de la costa.

Hela allí postrada al pie del tosco altar de piedra, fijos los ojos en la santa imagen, murmurando una amorosa plegaria, y el alma abismada en la contemplación de una dicha sin fin...

Dos figuras siniestras, dos hombres medio desnudos, armados de anchos puñales, surgiendo de repente de entre las breñas, se arrojan sobre ella, arráncanla del sagrado recinto y del beatífico ensueño que la absorbe; inutilizan su resistencia, sofocan sus gritos, y la arrastran en pos suyo hacia una nave que oculta los aguarda entre las sinuosidades de un risco. Saltan en ella y se alejan, mezclando sus horribles risas a los lamentos desesperados de la virgen, que el viento arrebata con la corsaria nave hacia las costas de África.

Y la desdichada cautiva, al volver de su largo desmayo, se encuentra a los pies de un amo, cuyas impuras miradas la codician; pero que aplazando sus tiránicas violencias la encierra en una suntuosa alcoba, dorada jaula, cuyas rejas la infortunada sacude una a una, con rabioso terror, mesando sus cabellos, invocando al cielo y al infierno, hasta que exhausta de fuerza cae exánime en tierra.

Enrique habría caído también, tan dolorosos eran los latidos que destrozaban su corazón, si lágrimas, arrancadas a pesar suyo por los recuerdos despertados en él, por aquella tétrica melodía, lágrimas amargas, pero al fin, lágrimas, no hubieran venido a aliviarlo.

Mas la pasión que en ese momento dominaba a Enrique, tiene la funesta propiedad de emponzoñarlo todo en el alma que sojuzga. El recuerdo de las palabras de su prima, respecto de aquella música, asaltó su mente, y la imagen de G. Gottschallk surgió como una sombra más, en las tinieblas que ofuscaban su espíritu.

-¡Entonces también me engañaba! -exclamó- ¡mentía en esas melodías celestiales, como mentía en sus palabras de amor!

Y asiéndose a su orgullo, y elevándolo a la altura de su dolor, arrojó con un ademán colérico aquellas benéficas lágrimas; sereno su semblante, ensayó en el espejo una sonrisa y fue a reunirse a su prima, que lo llamaba porque era hora de partir.

Poco después, en uno de los más visibles palcos de primera, viose en compañía de las dos más bellas jóvenes de la fiesta, al león de los salones, al codiciado ensueño de las hermosas, que desde luego hiciéronlo el punto de mira de sus gemelos.

En cuanto a Enrique, pareciole Alina la muchacha más linda que hasta entonces habían contemplado sus ojos. El recuerdo de la indiscreta revelación que poco antes le había hecho su prima, halagó su espíritu; díjose que sería altamente descortés el no ofrecer a esa deliciosa niña algunas flores de galantería; y pensando además, que debía castigar y olvidar, diose a obsequiarla con lisonjas apasionadas, que llegaban al corazón de la joven transformadas en ondas de ventura.

Quien hubiera observado aquella noche a Enrique, habría notado que su actitud era violenta, y forzada su sonrisa; y que frecuentes distracciones absorbían su mente y le cortaban la frase. Mas sus compañeras, la una interesada en creer, la otra demasiado ocupada de sí misma, juzgáronlo apasionadamente enamorado, y él mismo embriagado con sus propias palabras, comenzó a sentir en ellas un eco de verdad, y cuando salió del teatro dando el brazo a la bella Alina, orgulloso de las miradas de admiración y de envidia que encontraba al paso, creyose casi curado del mal que roía su alma.

Apenas había tenido tiempo de cambiar con los bellos ojos de Alina la última mirada, al partir el carruaje que llevaba a las dos amigas, cuando una mano vino a posarse familiarmente en su hombro.

-¿Qué es esto? -exclamó Eduardo, uno de sus íntimos amigos, con gozosa admiración- ¿tú, en la tierra de los vivientes, misántropo del amor? ¿Qué milagro te devuelve a la sociedad, a tu bella prima, a tu carrera de conquistas?... porque, no lo niegues, acabas de hacer una.

-¡Una conquista! ¿A qué das tú ese nombre?

-Al hecho de pasar toda una velada al lado de una mujer, monopolizando sus miradas; sus sonrisas, atravesar el largo trayecto del palco al estribo del carruaje llevándola tiernamente apoyada en vuestro brazo, mirando vuestros ojos en sus ojos; decirse adiós en una cariñosa ojeada... ¡Bah! sino es eso una conquista... Pero ¿qué es lo que ha pasado allá bajo las encantadas arboledas de la Magdalena? ¡Tú aquí! ¿Ha entrado en aquella deliciosa casita el fuego o la peste?

-Al contrario, como que a esta hora se duerme allí tranquilamente.

-¡Ah! ya sé. ¡Una querella! ¿Estás celoso de R. J., que mezcla siempre el nombre armonioso de María en sus sentimentales cantos? ¿Has enojado acaso a tu despótica beldad con alguna mirada que osaste dirigir a otra, un suspiro de que no le diste cuenta al momento? O bien...

-Basta de suposiciones, Eduardo, no la veré jamás: estamos separados para siempre: ya lo sabes todo.

-¡Oh! no te enfades, y recibe más bien mis sinceras felicitaciones. Ya era tiempo de sacudir ese yugo feudal que te sujetaba, lejos de tus amigos y de la sociedad, a los pies de una mujer que, si es linda, carece de posición, y no tiene más fortuna que una casita rústica, un bosquecillo de rosales, su piano y sus pinceles, objetos admirables bajo su mano, es cierto; pero sin valor intrínseco en nuestro metalizado mundo.

Conclusión: a un joven rico y brillante como tú, una rica heredera como Alina Wilson, que representa una gran fortuna, y un nombre nobiliario en Inglaterra.

Entretanto, para recatar de alguna manera la vergüenza de esa tonta existencia que llevabas, entrégate a la deliciosa vida de soltero, y saborea alegremente sus últimos goces.

-¿Quieres cesar de fastidiarme con tus ruines especulaciones?

-Sí, a condición de que tomes parte en la fiesta que tiene lugar esta noche en los salones de Tulia.

-¿Quién es Tulia, si gustas decírmelo?

-Quién es Tulia... ¡ah!... si olvidaba que hablo con un antípoda. En verdad, que de un año acá te has hecho enterrar vivo. ¡Oh! ¡tengo lástima de ti!

¡Tulia! Figúrate, desgraciado, un ser delicioso, fantástico, verdadero Proteo que reviste sucesivamente todas las gracias y los más opuestos géneros de belleza. Creola nuestra fantasía una noche que, fastidiados de las monótonas veladas del Club, inventamos un palacio encantado rodeado de sombrosos jardines, dominio de una misteriosa beldad, que nos reuniera en suntuosas soirées en medio a un cortejo de hermosas mujeres, ocultas como ella, bajo el picante antifaz.

Un comité fue encargado de arreglar con doce mil soles al mes, la regia morada de Tulia; y otro entre los mejor relacionados, de renovar el personal de cada fiesta.

Esta noche soy yo el caballero de la reina, ¿quieres ocupar mi lugar?

-¡Y bien! ¡sí!

-¡Hurrah!... ¡Curado el joven! ¡curado del tonto amor que lo encerraba en un limbo!

¡Ah! cuántas veces, echándote de menos en los bailes, en las carreras de caballos, en las partidas de campo, he maldecido a tu María, que...

-Eduardo, si no quieres que cierre tu boca un bofetón, no pronuncies jamás ese nombre.

-¡Me callo! ¡me callo! Haz de cuenta que nada he dicho... ¿Pero vendrás a la fiesta?

-Iré: lo he dicho ya. ¿Se juega allí?

-¡Por supuesto! ¿Qué fiesta puede haber sin juego?

-Entonces, vuelvo a casa para tomar dinero. ¿Vienes conmigo?

-Es mejor que adelante para anunciarte. He aquí mi tarjeta de introducción.

-Soirée de Tulia, Naranjos, 4...

-Está bien

-Hasta luego. ¡Oh! ¡qué placer voy a dar a tus amigos!...

José salió al encuentro a su amo para ayudarlo a desnudarse. Enrique le ordenó dejarlo solo, y entró en su cuarto. Abrió su escritorio tarareando el rondo final de la ópera. Quería aturdirse, y acallar con la algazara de la vida exterior el lamento que se elevaba en su alma.

Llenó de oro sus bolsillos, y sonriendo con amargura: estoy en fondos -se dijo-, y puedo perder largamente. ¡Llevo hace un año una vida tan tonta! Eduardo tiene razón: era tiempo de que todo esto acabase.

Queriendo tomar algunos billetes de banco, abrió por distracción una gaveta llena de cartas.

Al verlas, Enrique retiró bruscamente la mano, cual si hubiera tocado un áspid.

Pero una fuerza superior a su cólera lo atrajo de nuevo hacia ellas. Abríalas una a una, y leía su última frase:

«¡Tuya! ¡Tuya!». ¡Sí, pero a condición de ser caprichosa, coqueta, altiva, exigente, y de no dar jamás explicación de los misterios de mi conducta!

Y Enrique, indignándose de más en más al eco de su propia voz, las estrujaba entre sus dedos: ¡pero luego, el suave olor del lirio que de aquellas cartas se exhalaba, un delicioso miraje, el miraje del pasado, surgió en su mente, con sus encantadas horas de intimidad y de abandono, al lado de una mujer idolatrada; sus juegos, en que ambos se tornaban niños; sus querellas, que estrechaban cada vez más los lazos de su amor!

Y, sin embargo, todo había acabado, y, no debían volver a verse los que así habían vivido de una sola vida, no teniendo los dos sino un solo pensamiento, un solo anhelo, una sola voluntad.

Y Enrique se preguntó qué haría en adelante de su existencia dividida, trunca, vacía de la felicidad que antes la llenaba; y el pensamiento del suicidio anegó su espíritu, y su mano cogió un revólver.

Pero la vista de aquellas cartas lo detuvo.

-¡Todavía no! -se dijo-. Es necesario devolverle sus cartas... ¡Verla otra vez!

Llamó y pidió su caballo.

-¿El señor ignora que son las dos de la mañana? -observó admirado José.

-¿Te lo he preguntado acaso?

José obedeció en silencio.

Cinco minutos después, Enrique salía de su casa a toda brida.

-¡Enrique! ¡Enrique! -gritó una voz algo abombada-. ¿Adónde corres así?

¿Quieres desventurado, hacerme perder la apuesta de un costoso lunch?

Eduardo hablaba todavía, y ya el jinete había desaparecido.

Media hora más tarde, con el corazón agitado por un sentimiento indefinible, mezcla confusa de dolor, de cólera y de un gozo amargo, Enrique flanqueaba los vergeles de ese lindo pueblecito, oculto como una violeta entre los oasis sembrados acá y allá, en las riberas del océano.

De pronto, su caballo, sin necesidad de la brida, se detuvo ante la reja de madera que cercaba un huerto en cuyo centro una graciosa casita de madera pintada al temple, blanqueaba entre el ramaje.

Enrique ató su caballo al tronco de un sauce, salvó la reja y atravesando el huerto, se dirigió a la casa.

Los perfumes embriagantes de las rosas, de los jazmines y azahares saturaban el aire llevando a su corazón, en ondas del dolor, el recuerdo de una dicha desvanecida.

Enrique dio vuelta en torno de la casa. Una puerta-ventana de esas que dan salida a los jardines en las villas italianas, estaba abierta e iluminada. Enrique se detuvo ante ella. Una mujer vestida de blanco, los codos apoyados en una mesa y el rostro oculto entre las manos estaba inmóvil y silenciosa. Delante de ella veíanse los fragmentos de un retrato.

Al ruido que la arena hizo bajo el pie de Enrique, un rostro bello aunque en extremo pálido se volvió hacia él.

-¡María! -iba exclamar Enrique; pero una fría mirada cambió aquella apasionada invocación en una frase ceremoniosa.

-Suplico a usted señora -la dijo-, que me perdone si, aunque con profundo disgusto, regreso a su casa. Mañana emprendo un largo viaje; y antes de partir me es necesario devolver a usted objetos que no pueden confiarse a nadie.

Y le presentó un paquete de cartas.

Recibiolo ella en silencio y lo arrojó sobre la mesa.

-¿Me será permitido demandar igual restitución? -añadió Enrique, irritado de esa aparente serenidad.

María se levantó, fue hacia un escritorio, tomó un paquete sellado y se lo entregó.

-¡Estaban listas!

-Sí, señor.

Nada había ya que decir ni que esperar y sin embargo, Enrique permanecía aun allí. Parecíale que sus pies habían echado raíces en aquel sitio donde tanto tiempo había habitado su alma.

-¡Ah! -dijo- ¡he aquí todo concluido entre nosotros! henos aquí extraños el uno al otro. Sin embargo... antes de separarnos para siempre, ¿no querría usted dejarme un sentimiento menos amargo? ¿no procurará usted justificarse?

María irguió su bella cabeza y guardó silencio.

-Pues, bien -díjole Enrique, haciendo esfuerzo para ahogar un sollozo que quería mezclarse a su voz; pues bien, cualquiera que sea lo que acontezca, acuérdese usted que la he perdonado.

-¡Perdonarme! -exclamó ella- ¡perdonarme! ¿qué? ¿El haber ultrajado mi amor? ¿el haber hecho la desgracia de mi vida? ¡Ah! si uno de nosotros tiene que perdonar, no es ciertamente usted, señor.

-¡No soy yo! -exclamó Enrique dando un paso hacia ella-. ¡Ah! dígnese usted al menos decirme...

-¡Nada! ¡señor, nada! ¿Para qué servirían las explicaciones? Tan solo para probarnos una vez más, que nuestras almas no se comprenden, y que el camino de la vida es para nosotros muy diferente. El de usted es brillante, sembrado de flores: usted lo recorrerá sin obstáculos y la dicha vendrá a su encuentro, complázcome en creerlo, y solo deseo que un día se arrepienta. He ahí todo lo que tengo que decir. Adiós.

La voz de María se apagó a estas palabras; pero, dominando inmediatamente aquella impresión; revistió su semblante de una serenidad que exasperó a Enrique.

Habría querido verla desolada, derramando lágrimas tan amargas como las que él sentía rebosar en su propio corazón.

-¿Rehúsa usted justificarse? -díjola con amarga ironía-. Tiene razón usted, porque yo no daría fe a sus palabras.

-Y bien -replicó ella-, ¿por qué agriarnos más con discusiones inútiles? Separémonos sin ofendernos de nuevo: ¿No sabemos ya que nuestros caracteres no simpatizan? Todo queda reasumido en estas palabras: usted no me amaba, no me estimaba bastante para confiarme su honor y la felicidad de su vida.

-¡Que no la amaba! -exclamó Enrique con una explosión de resentimiento.

¡Ah! ¿no es usted quien hace seis meses está aplazando indefinidamente el día de nuestra unión, sin expresar el motivo? ¿Qué ha destruido mi confianza, sino la conducta culpablemente misteriosa que usted observa conmigo de un tiempo a esta parte? ¿Se dignó explicarme su turbación cuando yo llegaba más temprano que de costumbre? ¿Ha querido usted jamás decirme quién le escribía esas cartas que nublaban su frente o la hacían resplandecer de gozo? ¿Y ese joven que encuentro siempre en el camino de esta casa, y cuya vista hace nacer en los labios de usted una sonrisa de secreta inteligencia quién es?

En fin, esta tarde llego y encuentro a usted radiante de una alegría, cuya causa se obstinó en ocultarme, a mí, que vivía de su vida... Durante nuestra discusión oigo pasos en su gabinete de pintura; quiero entrar y usted se opone; insisto, y usted se coloca delante de la puerta. ¿Qué debía yo creer? ¿Qué había tras de esa puerta? ¡Ah! dele usted si puede, otro nombre que no sea éste: ¡Infamia!

Una llamarada de indignación brilló en los ojos de María, que levantándose, pálida y erguida, fue a abrir la puerta de aquel gabinete.

-Enrique -dijo, haciendo un gran esfuerzo para afirmar su voz-, la mayor prueba de amor que usted pudo darme habría sido el fiarse en mi palabra; creerme, cuando respondía a cada injuriosa sospecha que usted me arrojaba al rostro. ¡Te amo! ¡te amo! Pero no: suspicaz como un corazón sin generosidad, celoso como quien sabe engañar, ha sido usted duro, injusto, egoísta. No reflexionaba que siendo usted rico y yo destituida de fortuna, debía mostrarme altiva, y rehusar muchas veces justificarme. Sabiendo bien que, la familia de usted aristócrata de raza y de dinero, deseaba darle una esposa acaudalada nunca habría concedido a usted mi mano, si un abogado, antiguo amigo de mis padres no hubiera descubierto en unos antiguos documentos, mi legítimo derecho a una cuantiosa herencia. Era forzoso entablar un litis, y aquel hombre generoso, dolido de mi orfandad, lo siguió con incansable solicitud, hasta hoy, que la corte falló definitivamente en mi favor.

Esta era la causa de ese retardo que tanta sombra arrojaba en el ánimo de usted.

Mi protector, impedido por los años y una dolorosa parálisis, me escribía las noticias buenas o malas que debía darme. Su hijo me traía, las cartas, y recogía las firmas necesarias en aquel litigio. Ese era el joven cuya presencia inspiraba a usted ofensivas sospechas. Entretanto, y mientras mi abogado arrancaba de manos de un usurpador mi perdida fortuna, aprovechaba yo aquella dilación para acabar un cuadro: el retrato de una noble y hermosa mujer muerta víctima de su celo caritativo durante una epidemia.

-Consagrábalo a su hijo, que muchas veces había llorado conmigo el temprano fin de aquel ser idolatrado. Ayer había alguien oculto en este gabinete, es cierto; pero era mi maestro, que habiendo conocido el original, daba a mi obra los últimos toques.

A estas palabras, acercándose a un gran cuadro colocado en el caballete apartó el velo que lo cubría.

-¡María! -exclamó Enrique cayendo de rodillas ante ella, y ante el retrato de su madre.

-He ahí -continuó ella, con frialdad-, he ahí explicadas esas reservas que una alma leal habría aceptado sin examen.

-Pero usted lo ha destruido todo con su violencia y sus injuriosas suposiciones; ha ofendido mi dignidad en lo que tiene de más sagrado: el honor; ha herido profundamente mi corazón, y roto en él para siempre los lazos que nos unían.

Y María pálida pero firme y serena, dejó el cuarto sin dirigir a su amante una mirada.

Enrique salió de aquella casa loco de dolor. Atravesó el jardín, cuyas flores balanceándose al húmedo ambiente del alba, se inclinaban ante el cual amigos que lo saludaran al paso. Volvió a saltar la reja y pasó al lado de su caballo sin verlo, sin oír el relincho lastimero con que el pobre animal lo llamaba.

-¡No me ama ya! -exclamaba, marchando a largos pasos- ¡la he ofendido, y quiere castigarme, arrojándome de su presencia; desecha mi amor, quiere que muera!

Al llevar la mano al corazón encontró el revólver con que poco antes los celos lo habían armado. Enrique lo estrechó contra su pecho como a su última esperanza.

-¡Muramos! -dijo-, aquí cerca de esa morada, donde mi alma vagara eternamente en busca de la suya.

Miró hacia el oriente, que comenzaba a teñirse con los rosados tintes de la mañana.

-¡Al primer rayo de sol! -se dijo, acariciando el cañón de su revólver.

En ese momento una mujer cubierta de harapos, lívida y demacrada, llevando consigo dos niños, uno en los brazos, el otro de la mano, pasó al lado de Enrique, arrastrándose a lo largo del camino.

A esa vista, un sentimiento de piedad distrajo un momento su espíritu de la siniestra idea que lo absorbía. Acercose a la triste madre y le preguntó por qué se encontraba a esa hora, en aquel paraje desierto, desamparada y sola.

-¡Ay de mí! -respondió la desventurada-, como nos ve usted ahora, señor, así nos hallamos ya en el mundo: huérfanos y sin asilo. Vivíamos del diario trabajo de mi marido pero caímos los dos, al mismo tiempo enfermos: fue necesario separarnos para ir al hospital, él a San Andrés, yo a Santa Ana, con mis hijos.

Ayer encontrándome sin fiebre, diéronme de baja, y me encontré a la puerta del hospital más débil y enferma en la convalecencia, que lo había estado en la enfermedad. Arrastreme con mis hijos hasta Malambo donde vivía, en un callejón, pero durante mi enfermedad, el casero había alquilado mi cuarto. Fui a San Andrés en busca de mi marido, y lo encontré tendido en el De profundis... ¡Juzgue usted, señor, mi situación!... Sin saber dónde volver los ojos, pensé en unos parientes lejanos que residen en la Magdalena, y vengo a pedirles un asilo.

En medio de su desesperación, Enrique pensó con una vislumbre de gozo que el oro que llenaba sus bolsillos, destinado a una noche de orgía, podía ahora derramar el consuelo en aquellos desgraciados. Vertiolo en la raída manta de la pobre viuda que cayó de rodillas con sus niños, implorando para su bienhechor las bendiciones del cielo.

-¡Orad por mí! -les dijo él, alejándose. Y su voz a estas palabras tenía un acento lúgubre, porque una luz dorada comenzaba a colorear las copas de los árboles.

Enrique tomó su arma, y envió a María su último pensamiento; a Dios su última plegaria...


* * *


De repente, un brazo cariñoso rodeó su cuello: un rostro pálido y mojado de lágrimas se apoyó en su rostro.

-¡Perdón!

-¡Perdón! -dijeron ambos a la vez.

-Y el primer rayo de sol, aguardado como una señal de muerte, alumbró la felicidad de dos seres que casi hubo de separar para siempre el exceso mismo de su amor.

Poco después, con gran sorpresa de sus amigos y de la sociedad limeña, que la idolatraba, la linda Alina Wilson, hija de un ministro extranjero, arrancándose al abrazo paterno que anhelaba retenerla, dejaba para siempre las playas del Perú.

¿Por qué abandonaba así, padre, amigos, adoraciones?

¡Ah! es que, por una ley fatal, aquello mismo que hace la felicidad de una alma, hace la desventura de otra.

En el mundo moral, como en el mundo físico, la luz es causa de la sombra.


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