Veinte mil leguas de viaje submarino: Segunda Parte: Capítulo X

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Veinte mil leguas de viaje submarino
Capítulo X: Las hulleras submarinas
de Julio Verne




Me desperté muy tarde al día siguiente, 20 de febrero. Las fatigas de la noche habían prolongado mi sueño hasta las once. Me vestí con rapidez porque me apremiaba la curiosidad de conocer la dirección del Nautilus. Los instrumentos me indicaron que seguía con rumbo Sur a una velocidad de unas veinte millas por hora y a una profundidad de cien metros.

Llegó Conseil y le conté nuestra expedición nocturna. Como los cristales no estaban tapados, le fue dado ver todavía una parte del continente sumergido.

En efecto, el Nautilus navegaba a unos diez metros tan sólo del suelo formado por la llanura de la Atlántida. Corría como un globo impulsado por el viento por encima de las praderas terrestres; pero más apropiado sería decir que nos hallábamos en aquel salón como en el vagón de un tren expreso. Los primeros planos que pasaban ante nuestros ojos eran rocas fantásticamente recortadas, bosques de árboles pasados del reino vegetal al mineral y cuyas inmóviles siluetas parecían gesticular bajo el agua. Había también grandes masas pétreas alfombradas de ascidias y de anémonas, entre las que ascendían largos hidrófitos verticales, y bloques de lava extrañamente moldeados que atestiguaban el furor de las expansiones plutónicas.

Mientras observábamos ese extraño paisaje que resplandecía bajo la luz eléctrica, conté a Conseil la historia de los atlantes que tantas páginas encantadoras, desde un punto de vista puramente imaginario, inspiraron a Bailly. Le hablaba de las guerras de esos pueblos heroicos y argumentaba la cuestión de la Atlántida como hombre a quien ya no le es posible ponerla en duda. Pero Conseil, distraído, no me escuchaba apenas, y su indiferencia ante este tema histórico tenía una fácil explicación. En efecto, numerosos peces atraían sus miradas, y cuando pasaban peces, Conseil, arrastrado a los abismos de la clasificación, salía del mundo real. Obligado me vi a seguirle y a reanudar así con él nuestros estudios ictiológicos.

Aquellos peces del Atlántico no diferían sensiblemente de los que habíamos observado hasta entonces. Rayas de un tamaño gigantesco, de cinco metros de longitud, dotadas de una gran fuerza muscular que les permitía lanzarse por encima de las olas; escualos de diversas especies, entre otros una tintorera de quince pies, de dientes triangulares y agudos, cuya transparencia la hacía casi invisible en medio del agua; sagros oscuros, humantinos en forma de prismas y acorazados con una piel con escamas en forma de tubérculos; esturiones, similares a los del Mediterráneo; singnatostrompetas, de un pie y medio de longitud, de colores amarllo y marrón, provistos de pequeñas aletas grises, sin dientes ni lengua, que desfilaban como finas y flexibles serpientes. Entre los peces óseos, Conseil anotó los makairas negruzcos, de tres metros de largo y armados en su mandíbula superior de una penetrante espada; peces araña de vivos colores, conocidos en la época de Aristóteles con el nombre de dragones marinos, y cuyos aguijones dorsales son muy peligrosos; llampugas de dorso oscuro surcado por pequeñas rayas azules y con los flancos de oro; hermosas doradas; peces luna, como discos con reflejos azulados que se tornaban en manchas plateadas bajo la iluminación de los rayos solares; peces espada de ocho metros de longitud, que iban en grupo, con aletas amarillentas recortadas en forma de hoces y espadas de seis pies de longitud, animales intrépidos, más bien herbívoros que piscívoros, que obedecían a la menor señal de sus hembras como maridos bien amaestrados.

Pero la observación de esos especímenes de la fauna marina no me impedía examinar las largas llanuras de la Atlántida. A veces, los caprichosos accidentes del suelo obligaban al Nautilus a disminuir su velocidad y a deslizarse, con la pericia de un cetáceo, por estrechos pasos entre las colinas. Cuando el laberinto se hacía inextricable, el aparato se elevaba como un aeróstato y, una vez franqueado el obstáculo, recuperaba su rápida marcha a algunos metros del fondo. Admirable y magnífica navegación que recordaba las maniobras de un paseo aerostático, con la diferencia de que el Nautilus obedecía sumisamente a la mano de su timonel.

Hacia las cuatro de la tarde, el terreno, compuesto generalmente de un espeso fango en el que se entremezclaban las ramas mineralizadas, comenzó a modificarse poco a poco, tornándose más pedregoso, con formaciones conglomeradas, tobas basálticas, lavas y obsidianas sulfurosas. Ello me hizo pensar que las montañas iban a suceder pronto a las largas llanuras, y, en efecto, al evolucionar el Nautilus, vi el horizonte meridional clausurado por una alta muralla que parecía cerrar toda salida. Su cima debía sobresalir de la superficie del océano. Debía ser un continente o, al menos, una isla, una de las Canarias o una del archipiélago de Cabo Verde. No habiéndose fijado la posición -deliberadamente, acaso-, yo la ignoraba. En todo caso, me pareció que esa muralla debía marcar el fin de la Adántida, de la que apenas habíamos recorrido una mínima porción.

La caída de la noche no interrumpió mis observaciones, que efectué solitariamente por haber regresado Conseil a su camarote. El Nautilus, a marcha reducida, revoloteaba por encima de las confusas masas del suelo, ya rozándolas cas como si hubiera querido posarse en ellas, ya remontándose caprichosamente a la superficie. Cuando esto hacía podía yo ver algunas vivas constelaciones a través del cristal de la aguas, y más precisamente cinco o seis de esas estrellas zo diacales que siguen a la cola de Orión.

Permanecí durante un buen rato aún tras el cristal admirando la belleza del mar y del cielo, hasta que los paneles metálicos taparon el cristal. En aquel momento, el Nautilus había llegado al borde de la alta muralla. Cómo iba a poder maniobrar allí era algo que yo ignoraba. Volví a mi camarote. El Nautilus se había inmovilizado. Me dormí con la intención de levantarme muy de madrugada.

Pero eran las ocho de la mañana cuando, al día siguiente, volví al salón. La consulta al manómetro me indicó que el Nautilus flotaba en la superficie. Oí además el paso de alguien sobre la plataforma. Sin embargo, ni el más mínimo balanceo denunciaba la ondulación del agua de la superficie.

Subí a la plataforma -la escotilla estaba abierta-, y en vez de la luz diurna que esperaba encontrar me vi rodeado de una profunda oscuridad. ¿Dónde estábamos? ¿Me había equivocado y era aún de noche? No. Ni una sola estrella brillaba en el firmamento, y nunca la noche está envuelta en tinieblas tan absolutas. No sabía qué pensar, cuando oí decir:

-¿Es usted, señor profesor?

-¡Ah! Capitán Nemo, ¿dónde estamos?

-Bajo tierra, señor profesor.

-¿Bajo tierra? ¿Y el Nautilus está a flote?

-Sí, continúa flotando.

-No comprendo.

-Espere unos instantes. Se va a encender el fanal, y si le gustan las situaciones claras va a verse satisfecho.

En pie sobre la plataforma, esperé. La oscuridad era tan completa que no podía ver tan siquiera al capitán Nemo. Sin embargo, al mirar al cenit, exactamente por encima de mi cabeza, distinguí un resplandor indeciso, una especie de claridad difusa que surgía de un agujero circular. Pero en aquel momento, se encendió súbitamente el fanal y su viva luz eclipsó la vaga claridad que acababa de atisbar.

Tras haber cerrado un instante los ojos, deslumbrados por la luz eléctrica, miré en torno mío. El Nautilus estaba inmovilizado cerca de una orilla dispuesta como el malecón de un muelle. El mar en que flotaba era un lago aprisionado en un circo de murallas que medía dos millas de diámetro, o sea, unas seis millas de contorno. Su nivel -así lo indicaba el manómetro -no podía ser otro que el exterior, pues necesariamente había una comunicación entre ese lago y el mar. Las altas murallas, inclinadas sobre su base, se redondeaban en forma de bóveda figurando un inmenso embudo invertido cuya altura era de unos quinientos o seiscientos metros. En lo alto se abría un orificio circular, por el que había atisbado yo esa vaga claridad, evidentemente debida a la luz diurna.

Antes de examinar más atentamente la disposición interior de esa enorme caverna, antes de preguntarme si aquello era una obra de la naturaleza o del hombre, me dirigí hacia el capitán Nemo.

-¿Dónde estamos? -le pregunté.

-En el centro de un volcán apagado, un volcán cuyo interior ha sido invadido por el mar tras alguna convulsión del suelo. Mientras dormía usted, señor profesor, el Nautilus ha penetrado en esta laguna por un canal natural abierto a diez metros por debajo de la superficie del océano. Éste es un puerto de base, un puerto seguro, cómodo, secreto, abrigado de todos los vientos. Dígame dónde, en sus continentes o en sus islas, puede hallarse una rada como este refugio protegido del furor de los huracanes.

-En efecto -respondí-, aquí se halla usted en total seguridad, capitán Nemo. ¿Quién podría alcanzarle en el centro de un volcán? Pero creo haber visto una abertura en su cima, ¿no? -Sí, su cráter, un cráter lleno en otro tiempo de lavas, de vapores y de llamas y que hoy da paso a este aire vivificante que respiramos.

-¿Qué montaña volcánica es ésta?

-Pertenece a uno de los numerosos islotes de que está sembrada esta parte del mar. Simple escollo para los barcos, caverna inmensa para nosotros. Me lo descubrió el azar, y muy útilmente por cierto. -Pero ¿no sería posible descender por el orificio del cráter?

-Es tan imposible descender por él como para mí ascender. La base interior de la montaña es escalable hasta un centenar de metros, pero por encima de esa zona las paredes caen a pico y sus rampas son impracticables.

-Veo, capitán, que la naturaleza le sirve siempre y en todas partes. Se halla usted aquí en total seguridad, pues nadie más que usted puede visitar estas aguas. Pero ¿para qué este refugio? El Nautilus no tiene necesidad de puertos.

-Así es, señor profesor, pero sí necesita de la electricidad para moverse, y por lo tanto, de elementos para producirla, como el sodio, y de carbón para fabricar el sodio, y de hureras para extraer el carbón. Y precisamente, aquí, el mar recubre bosques enteros sumergidos en los tiempos geológicos, ahora mineralizados y transformados en hulla, que son para mí una mina inagotable. -Entonces, sus hombres ¿se transforman aquí en mineros?

-Sí. Estas minas se extienden bajo el agua como las minas de Newcastle. Revestidos de sus escafandras y pico en mano mis hombres van a extraer esta hulla. Como ve, no necesito tampoco de las minas de la tierra para su obtención. Al fabricar aquí el sodio, el humo producido por la combustión de la hulla que escapa por el orificio del cráter debe darle a esta montaña la apariencia de un volcán aún en actividad.

-¿Podremos ver a sus hombres en actividad?

-No, no esta vez, al menos, pues quiero continuar sin demora nuestra vuelta al mundo. Esta vez voy a limitarme a embarcar las reservas de sodio que aquí tenemos. Las operaciones de carga no nos llevarán más que un día, y luego reemprenderemos el viaje. Si quiere usted recorrer la caverna y dar la vuelta al lago puede aprovechar esta jornada, señor Aronnax.

Di las gracias al capitán y fui a buscar a mis companeros, que no habían abandonado aún su camarote. Les invité a seguirme sin decirles dónde nos hallábamos, y subieron conmigo a la plataforma. Conseil, a quien nada asombraba nunca, vio como la cosa más natural despertarse bajo una montaña tras haber dormido bajo el mar. En cuanto a Ned Land, no tuvo otra idea que la de buscar si la caverna presentaba alguna salida.

Tras haber desayunado, descendimos a la orilla hacia las diez horas.
-Henos aquí de nuevo en tierra -dijo Conseil.

-Yo no le llamo «tierra» a esto -replicó el canadiense-. Y además no estamos encima, sino debajo. Entre la base de las paredes de la montaña y las aguas del lago se extendía una orilla arenosa, que en algunos lugares llegaba a medir quinientos pies de anchura. Sobre la arena era fácil dar la vuelta al lago. Pero la base de las altas paredes formaba un suelo atormentado sobre el que yacían en un pintoresco amontonamiento bloques volcánicos y enormes piedras pómez. Todas esas masas disgregadas, recubiertas de un esmalte pulimentado por la acción de los fuegos subterráneos, resplandecían bajo la luz eléctrica del fanal. La polvareda micácea que levantaban nuestros pasos sobre la orilla se dispersaba en un revoloteo chispeante.

El suelo se elevaba sensiblemente a medida que se alejaba del manso reflujo de las olas, y pronto llegamos a rampas largas y sinuosas, empinadas cuestas que permitían elevarse poco a poco. Pero había que andar con precaución entre aquellas conglomeraciones no cimentadas entre sí, pues los pies resbalaban sobre las traquitas vítreas compuestas de cristales de feldespato y de cuarzo.

La naturaleza volcánica de la enorme excavación se afirmaba por todas partes, y se lo hice observar a mis compañeros.

-¿Os figuráis lo que debió ser este embudo cuando se llenaba de lavas hirvientes y el nivel del líquido incandescente se elevaba hasta el orificio de la montaña, como la fundición por las paredes de un horno?

-Me lo imagino perfectamente -respondió Conseil-. Pero, díganos el señor, por qué el gran fundidor suspendió sus operaciones y por qué la fundición fue reemplazada por las aguas tranquilas de un lago.

-Muy probablemente, Conseil, porque alguna convulsión produjo bajo la superficie del océano esta abertura que ha dado paso al Nautilus. Las aguas del Atlántico se precipitaron entonces al interior de la montaña, produciéndose una lucha terrible entre los dos elementos, lucha que acabó con la victoria de Neptuno. Pero han pasado muchos siglos desde entonces, y el volcán sumergido se ha transformado en una gruta tranquila.

-Muy bien -dijo Ned Land-. Yo acepto la explicación, pero siento mucho, por nuestro propio interés, que la abertura de que habla el señor profesor no se haya producido por encima del nivel del mar.

-Pero, Ned, si ese pasaje no hubiera sido submarino, el Nautilus no habría podido entrar -dijo Conseil.

-Y yo añadiré, señor Land, que las aguas no se habrían precipitado bajo la montaña y que el volcán hubiera seguido siendo un volcán. Así que su lamentación es superflua.

Continuamos la ascención por rampas cada vez más empinadas y estrechas. De vez en cuando había que franquear las profundas excavaciones que las cortaban de trecho en trecho, y desviar la marcha ante grandes bloques cortados a pico. A veces, debíamos marchar a gatas e incluso reptar sobre el vientre. Pero gracias a la habilidad de Conseil y a la fuerza del canadiense pudimos sortear todos los obstáculos.

A unos treinta metros de altura, se modificó la naturaleza del terreno sin que por ello se hiciera más transitable. A las conglomeraciones y a las traquitas sucedieron los basaltos negros, unos extendidos en capas llenas de protuberancias grumosas, otros formando prismas irregulares, dispuestos como una columnata de soporte a la inmensa bóveda, admirable muestra de la arquitectura natural. Entre los basaltos serpenteaban largos ríos de lava petrificada, incrustados de rayas bituminosas, y en algunos lugares se extendían anchos mantos de azufre. Una luz ya más poderosa, procedente del cráter superior, inundaba de una vaga claridad todas aquellas deyecciones volcánicas para siempre enterradas en el seno de la montaña apagada.

Nuestra marcha ascensional se vio interrumpida a unos doscientos cincuenta pies de altura por obstáculos infranqueables. El arco de la bóveda interior se verticalizaba casi a esa altura, obligándonos a cambiar la escalada por un paseo circular. A esa altura el reino vegetal comenzaba a luchar con el reino mineral. Algunos arbustos e incluso algunos árboles salían de las anfractuosidades de las rocas de las paredes. Reconocí unos euforbios que dejaban correr su jugo cáustico. Unos heliotropos, incapaces allí de justificar su nombre por no llegar nunca a ellos los rayos solares, inclinaban tristemente sus flores de colores y perfumes desvaídos. Aquí y allá algunos crisantemos crecían tímidamente al pie de aloes de largas hojas tristes y enfermizas. Pero entre los regueros de lava vi pequeñas violetas, cuyo ligero perfume aspiré con delicia. El perfume es el alma de la flor y las flores de mar, esos espléndidos hidrófitos, no tienen alma. Habíamos llegado al pie de unos dragos robustos que separaban las rocas con la fuerza de sus musculosas raíces, cuando Ned Land lanzó un grito jubiloso:

-¡Mire, señor, una colinena!

-¿Una colmena? -dije, haciendo un gesto de pasmosa incredulidad.

-Sí, una colmena -repitió el canadiense-, y con abejas zumbando alrededor suyo.

Me acerqué y hube de rendirme a la evidencia. En el orificio de un agujero excavado en el tronco de un drago había millares de esos ingeniosos insectos, tan comunes en todas las Canarias, y cuyos productos son tan estimados. Naturalmente, el canadiense quiso hacer su provisión de miel, y mal hubiera podido yo oponerme. Mediante las chispas arrancadas a su mechero, Ned Land quemó un montón de hojas secas mezcladas con azufre y comenzó a ahumar a las abejas. Los zumbidos de la colmena fueron cesando poco a poco, y no tardó Ned Land en llenar su mochila con unas cuantas libras de miel perfumada.

-Con la mezcla de esta miel y de la pasta del artocarpo podré hacerles un pastel suculento -dijo Ned.

-¡Estupendo! -dijo Conseil-. Será una especie de alajú.

-Bienvenido sea el alajú -dije-, pero continuemos esta interesante excursión.

El lago se nos aparecía en toda su extensión, en algunos de los recodos del sendero por el que caminábamos. El fanal iluminaba completamente la superficie de las lisas, apacibles aguas del lago. El Nautilus estaba en una inmovilidad total. Sobre su plataforma y a sus orillas se agitaban los hombres de su tripulación como oscuras sfluetas recortadas en la luminosa atmósfera.

Al contornear la cresta más elevada de las rocas que formaban la base de la bóveda, pude ver que las abejas no eran los únicos representantes del reino animal en el interior del volcán. Aves de presa planeaban y giraban en la sombra por todas partes o abandonaban sus nidos establecidos en las rocas. Eran gavilanes de vientre blanco y chillones cernícalos. Por las pendientes corrían también, con toda la rapidez de sus zancas, hermosas y gruesas avutardas. La vista de esas suculentas piezas excitó al máximo la codicia del canadiense, que se lamentó de no tener un fusil a su alcance. Trató Ned Land de sustituir el plomo por la piedra y, tras varias infructuosas tentativas, logró herir a una de aquellas magníficas avutardas. Veinte veces arriesgó su vida por apoderarse de ella, y tanto empeño puso en conseguirlo que al fin logró que su pieza fuera a hacer compañía en la mochila a la provisión de miel.

La impracticabilidad de la muralla nos obligó a descender hacia la orilla. Por encima de nosotros, el agujero del cráter parecía la ancha abertura de un pozo. A través de ella veíamos el cielo y las nubes desmelenadas que por él corrían, al impulso del viento del Oeste, dejando en la cima de la montaña una estela de brumosos jirones. Ello probaba la escasa altura a que navegaban esas nubes, pues el volcán no se elevaba a más de ochocientos pies sobre el nivel del mar.

No había transcurrido apenas media hora desde la última proeza cinegética del canadiense cuando ya nos hallábamos en la orilla interior. Allí, la flora estaba representada por extensas alfombras de esa pequeña planta marina umbelífera, el hinojo marino, también conocida con los nombres de perforapiedras y pasapiedras, con la que se puede hacer un buen confite. Conseil se hizo con unos cuantos manojos. En cuanto a la fauna, había millares de crustáceos de todas clases, bogavantes, bueyes de mar, palemones, misis, segadores, galateas, y un número prodigioso de conchas, porcelanas, rocas y lapas.

Se abría en aquel lugar una magnífica gruta, en cuyo suelo de fina arena nos tendimos con placer mis compañeros y yo. El fuego había pulido sus paredes esmaltadas y jaspeadas por el brillo del polvo de mica.

No pude por menos de sonreír al ver a Ned Land palpar las murallas como tratando de averiguar su espesor. La conversación se orientó entonces a sus eternos proyectos de evasión, y, sin comprometerme demasiado, creí poder darle la esperanza de que tal vez el capitán Nemo hubiera descendido hacia el Sur con el único propósito de renovar sus provisiones de sodio. Hecho esto, podía esperarse que volviera hacia las costas de Europa y de América, lo que permitiría al canadiense reemprender con más éxito su abortada tentativa de fuga.

Hacía ya una hora que permanecíamos tendidos en el suelo de la hermosa gruta. La conversación, animada al principio, iba languideciendo, a medida que nos invadía una cierta somnolencia. Como no veía razón alguna para resistirme al sueño, me dejé ganar por él. Soñé entonces -no se eligen los sueños -que mi existencia se reducía a la vida vegetativa de un simple molusco. Me parecía que aquella gruta formaba la doble valva de mi concha.

La voz de Conseil me despertó bruscamente.

-¡Peligro! ¡Peligro! -gritaba el muchacho.

-¿Qué pasa? -pregunté, incorporándome a medias.

-Nos invade el agua.

Me incorporé del todo. El mar se precipitaba como un torrente en nuestro refugio. Decididamente, como no éramos moluscos, había que ponerse a salvo. En unos instantes nos hallamos en seguridad sobre la cima misma de la gruta.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Conseil-. ¿Qué nuevo fenómeno es éste?

-Es la marea, amigos míos -respondí-, no es más que la marea que ha estado a punto de sorprendernos como al héroe de Walter Scott. El océano se hincha fuera, y, por una ley natural de equilibrio, el nivel del lago sube. Y lo hemos pagado con un buen remojón. Vayamos a cambiarnos de ropa al Nautilus.

Tardamos tres cuartos de hora en recorrer nuestro camino circular y en regresar a bordo, justo al tiempo en que los hombres de la tripulación acababan de embarcar las provisiones de sodio.
El Nautilus estaba ya en disposición de reemprender la marcha. Sin embargo, el capitán Nemo no dio ninguna orden. ¿Acaso quería esperar la noche y salir secretamente por su pasaje submarino? Tal vez. Fuera como fuese, al día siguiente, el Nautilus, habiendo dejado su puerto, navegaba por alta mar a algunos metros por debajo de las olas del Atlántico.