Veinte mil leguas de viaje submarino: Segunda Parte: Capítulo XXI

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Veinte mil leguas de viaje submarino
Capítulo XXI: Una hecatombe
de Julio Verne




Esa manera de hablar, lo imprevisto de la escena, la historia del barco patriota y la emoción con que el extraño personaje había pronunciado la últimas palabras, ese nombre de Vengeur, cuya significación no podía escaparme, me impresionaron profundamente. No podía dejar de mirar al capitán que, con las manos extendidas hacia el mar, contemplaba, fascinado, los gloriosos restos. Quizá no debiera yo saber jamás quién era, de dónde venía, adónde iba, pero cada vez veía con más claridad al hombre liberarse del sabio. No era una misantropía común la que había encerrado en el Nautilus al capitán Nemo y a sus hombres, sino un odio monstruoso o sublime que el tiempo no podía debilitar. ¿Buscaba ese odio la venganza? El futuro debía darme pronto la respuesta.

El Nautilus ascendía ya lentamente hacia la superficie, y poco a poco vi desaparecer las formas confusas del Vengeur. Pronto, un ligero balanceo me indicó que flotábamos en la superficie.

En aquel momento, se oyó una sorda detonación. Miré al capitán. Éste no se había movido.

-¡Capitán!

No respondió.

Le dejé y subí a la plataforma. Conseil y Ned Land me ha bían precedido.

-¿De dónde viene esa detonación? -pregunté.

-Un cañonazo -respondió Ned Land.

Miré en la dirección del navío que había visto. Se acercaba al Nautilus y se veía que forzaba el vapor. Seis millas le separaban de nosotros.

-¿Qué barco es ése, Ned?

-Por su aparejo y por la altura de sus masteleros -respondió el canadiense -apostaría a que es un barco de guerra. ¡Ojalá pueda llegar hasta nosotros y echar a pique a este condenado Nautilus!

-¿Y qué daño podría hacerle al Nautilus, Ned? -dijo Conseil-. ¿Puede atacarle bajo el agua, cañonearle en el fondo del mar?

-Dígame, Ned, ¿puede usted reconocer la nacionalidad de ese barco?

El canadiense frunció las cejas, plegó los párpados, guiñó los ojos y miró fijamente durante algunos instantes al barco con toda la potencia de su mirada.

-No, señor. No puedo reconocer la nación a la que pertenece. No lleva izado el pabellón. Pero sí puedo afirmar que es un barco de guerra, porque en lo alto de su palo mayor ondea un gallardete. Durante un cuarto de hora continuamos observando al barco que se dirigía hacia nosotros. Yo no podía admitir, sin embargo, que hubieran podido reconocer al Nautilus a esa distancia y aún menos que supiesen lo que era este ingenio submarino.

No tardó el canadiense en precisar que se trataba de un buque de guerra acorazado de dos puentes. Sus dos chimeneas escupían una espesa humareda negra. Sus velas plegadas se confundían con las líneas de las vergas, y a popa no llevaba izado el pabellón. La distancia impedía aún distinguir los colores de su gallardete que flotaba como una delgada cinta. Avanzaba rápidamente. Si el capitán Nemo le dejaba acercarse se abriría ante nosotros una posibilidad de salvación.

-Señor -dijo Ned Land-, como pase a una milla de nosotros me tiro al mar, y les exhorto a hacer como yo.

No respondí a la proposición del canadiense, y continué observando al barco, que aumentaba de tamaño a medida que se acercaba. Ya fuese inglés, francés, americano o ruso, era seguro que nos acogerían si podíamos acercarnos a él.

-El señor haría bien en recordar -dijo entonces Conseil- que ya tenemos alguna experiencia de la natación. Puede confiar en que yo le remolcaré si decide seguir al amigo Ned.

Iba a responderle, cuando un vapor blanco surgió a proa del navío de guerra. Algunos segundos después, el agua, perturbada por la caída de un cuerpo pesado, salpicó la popa del Nautilus. Inmediatamente se escuchó una detonación.

-¡Vaya! ¡Nos cañonean! -exclamé.

-¡Buena gente! -murmuró el canadiense.

-No nos toman, pues, por náufragos aferrados a una tabla.

-Mal que le pese al señor.. Bueno -dijo Conseil, sacudiéndose el agua que un nuevo obús había hecho saltar sobre él-, decía que han debido reconocer al narval y lo están canoneando.

-Pero deberían ver -repuse -que están tirando contra hombres.

-Tal vez sea por eso -respondió Ned Land, mirándome.

Sus palabras me hicieron comprender. Sin duda, se sabía a qué atenerse ya sobre la existencia del supuesto monstruo. Sin duda, en su colisión con el Abraham Lincoln cuando el canadiense le golpeó con su arpón, el comandante Farragut había reconocido en el narval a un barco submarino, más peligroso que un sobrenatural cetáceo. Sí, eso debía ser, y era seguro que en todos los mares se perseguía a ese terrible in genio de destrucción. Terrible, en efecto, si, como podía su ponerse, el capitán Nemo empleara al Nautilus en una obra de venganza. ¿No habría atacado a algún navío aquella noche, en medio del océano Índico, cuando nos encerró en la celda? ¿Aquel hombre enterrado en el cementerio de cora no habría sido víctima del choque provocado por el Nautilus? Sí, lo repito, así debía ser. Eso desvelaba una parte de la misteriosa existencia del capitán Nemo. Y aunque su identidad no fuera conocida, las naciones, coaligadas contra él perseguían no ya a un ser quimérico, sino a un hombre que las odiaba implacablemente. En un momento, entreví ese pasado formidable, y me di cuenta de que en vez de encontrar amigos en ese navío que se acercaba no podríamos sino hallar enemigos sin piedad.

Los obuses se multiplicaban en torno nuestro. Algunos, tras golpear la superficie líquida, se alejaban por rebotes a distancias considerables. Pero ninguno alcanzó al Nautilus.

El buque acorazado no estaba ya más que a tres millas. Pese al violento cañoneo, el capitán Nemo no había aparecido en la plataforma. Y, sin embargo, cualquiera de esos obuses cónicos que hubiera golpeado al casco del Nautilus le hubiera sido fatal.

-Señor -me dijo entonces el canadiense-, debemos intentarlo todo para salir de este mal paso. Hagámosles señales. ¡Mil diantres! Tal vez entiendan que somos gente honrada.

Y diciendo esto, Ned Land sacó su pañuelo para agitarlo en el aire. Pero apenas lo había desplegado cuando caía sobre el puente, derribado por un brazo de hierro, pese a su fuerza prodigiosa.

-¡Miserable! -rugió el capitán-. ¿Es que quieres que te ensarte en el espolón del Nautilus antes de que lo lance contra ese buque?

Si terrible fue oír al capitán Nemo lo que había dicho, más terrible aún era verlo. Su rostro palideció a consecuencia de los espasmos de su corazón, que había debido cesar de latir un instante. Sus ojos se habían contraído espantosamente. Su voz era un rugido. Inclinado hacia adelante, sus manos retorcían los hombros del canadiense. Luego le abandonó, y volviéndose hacia el buque de guerra cuyos obuses llovían en torno suyo, le increpó así:

-¡Ah! ¿Sabes quién soy yo, barco de una nación maldita? Yo no necesito ver tus colores para reconocerte. ¡Mira! ¡Voy a mostrarte los míos!

Y el capitán Nemo desplegó sobre la parte anterior de la plataforma un pabellón negro, igual al que había plantado en el Polo Sur.

En aquel momento, un obús rozó oblicuamente el casco del Nautilus sin dañarlo, y pasó de rebote cerca del capitán antes de perderse en el mar. El capitán Nemo se alzó de hombros. Luego se dirigió a mí:

-¡Descienda! -me dijo en un tono imperativo-. ¡Baje con sus compañeros!

-Señor, ¿va usted a atacar a ese buque?

-Señor, voy a echarlo a pique.

-¡No hará usted eso!

-Lo haré -respondió fríamente el capitán Nemo-. Absténgase de juzgarme, señor. La fatalidad va a mostrarle lo que no debería haber visto. Me han atacado y la respuesta será terrible. ¡Baje usted!

-¿Qué barco es ése?

-¿No lo sabe? Pues bien, tanto mejor. Su nacionalidad, al menos, será un secreto para usted. ¡Baje!

El canadiense, Conseil y yo no podíamos hacer otra cosa que obedecer. Una quincena de marineros del Nautilus rodeaban al capitán y miraban con un implacable sentimiento de odio al navío que avanzaba hacia ellos. Se sentía que el mismo espíritu de venganza animaba a todos aquellos hombres.

Descendí en el momento mismo en que un nuevo proyectil rozaba otra vez el casco del Nautilus, y oí gritar al capitán:

-¡Tira, barco insensato! Prodiga tus inútiles obuses. No escaparás al espolón del Nautílus. Pero no es aquí donde debes perecer, no quiero que tus ruinas vayan a confundirse con las del Vengeur. Volví a mi camarote. El capitán y su segundo se habían quedado en la plataforma. La hélice se puso en movimiento y el Nautilus se alejó velozmente, poniéndose fuera del alcance de los obuses del navío. Pero la persecución prosiguió y el capitán Nemo se limitó a mantener la distancia.

Hacia las cuatro de la tarde, incapaz de contener la impaciencia y la inquietud que me devoraban, volví a la escalera central. La escotilla estaba abierta y me arriesgué sobre la plataforma. El capitán se paseaba por ella agitadamente y miraba al buque, situado a unas cinco o seis millas a sotavento. El capitán Nemo se dejaba perseguir atrayendo al buque hacia el Este. No le atacaba, sin embargo. ¿Dudaba tal vez?

Quise intervenir por última vez. Pero apenas interpelé al capitán Nemo, me impuso el silencio.

-Yo soy el derecho, yo soy la justicia -me dijo-. Yo soy el oprimido y ése es el opresor. Es por él por lo que ha perecido todo lo que he amado y venerado: patria, esposa, hijos, padre y madre. Todo lo que yo odio está ahí. ¡Cállese!

Dirigí una última mirada al buque de guerra que forzaba sus calderas. Luego me reuní con Ned y Conseil.

-¡Huiremos! -les dije.

-Bien -repuso Ned-. ¿Qué barco es ése?

-Lo ignoro. Pero sea quien sea, será hundido antes de que llegue la noche. En todo caso, más vale perecer con él que hacerse cómplices de represalias cuya equidad no puede medirse.

-Ésa es mi opinión -dijo fríamente Ned Land-. Esperemos a la noche.

Y llegó la noche. Un profundo silencio reinaba a bordo. La brújula indicaba que el Nautilus no había modificado su dirección. Oía el zumbido de su hélice, que batía el agua con una rápida regularidad. Se mantenía en la superficie, y un ligero balanceo le sacudía de babor a estribor y viceversa. Mis compañeros y yo habíamos resuelto fugarnos en el momento en que el buque estuviera bastante cerca y sus tripulantes pudieran oírnos o vernos a la luz de la luna, a la que faltaban tres días para alcanzar su plenilunio. Una vez a bordo de ese barco, si no pudiéramos evitar el golpe que le amenazaba, haríamos, al menos, todo lo que las circunstancias nos permitieran intentar.

Varias veces creí que el Nautilus se disponía para el ataque. Pero seguía limitándose a dejar acercarse al adversario para luego reemprender la huida.

Transcurrió una buena parte de la noche sin incidente alguno. Acechábamos la ocasión de pasar a la acción y hablábamos poco, dominados por la emoción. Ned Land quería precipitarse al mar. Yo le forcé a esperar. Pensaba yo que el Nautilus debía atacar al dos puentes en la superficie y entonces sería no sólo posible sino fácil evadirse.

A las tres de la mañana, inquieto, subí a la plataforma. El capitán Nemo no la había abandonado. Estaba en pie, a proa, cerca de su pabellón, al que la ligera brisa desplegaba por encima de su cabeza. No perdía de vista al navío. Su mirada, de una extraordinaria intensidad, parecía atraerlo, fascinarlo, tirar de él más seguramente que si lo hubiera remolcado. La luna pasaba por el meridiano. júpiter se elevaba hacia el Este. El cielo y el océano rivalizaban en tranquilidad, y la mar ofrecía al astro nocturno el más bello espejo que nunca hubiese reflejado su imagen.

Al pensar en esa calma de los elementos y compararla con la cólera que incubaba el Nautilus sentí estremecerse todo mi ser.

El buque se mantenía a dos millas de nosotros. Se había acercado, marchando hacia ese brillo fosforescente que señalaba la presencia del Nautilus. Vi sus luces de posición, verde y roja, y su fanal blanco suspendido del estay de mesana. Una vaga reverberación iluminaba su aparejo e indicaba que sus calderas habían sido llevadas al máximo de presión. Haces de chispas y escorias de carbones encendidas se escapaban de sus chimeneas e iluminaban la noche.

Permanecí así hasta las seis de la mañana, sin que el capitán Nemo pareciera darse cuenta de mi presencia. El buque se había acercado a milla y media y con las primeras luces del alba recomenzó su cañoneo. No podía faltar ya mucho tiempo para que el Nautilus se decidiera a atacar y nosotros a dejar para siempre a aquel hombre al que yo no osaba juzgar.

Me disponía ya a bajar, a fin de prevenir a mis companeros, cuando el segundo subió a la plataforma, acompañado de varios marinos. El capitán Nemo no les vio o no quiso verlos. Se tomaron las disposiciones que podrían llamarse de «zafarrancho de combate». Eran muy sencillas; consistían únicamente en bajar la barandilla de la plataforma, el receptáculo del fanal y la cabina del timonel para que la superficie del largo cigarro de acero no ofreciera un solo saliente que pudiese dificultar sus movimientos.

Regresé al salón. El Nautilus continuaba navegando en superficie. Las primeras luces del día se infiltraban en el agua. De vez en cuando, con las ondulaciones de las olas se animaban los cristales del salón con los tonos encendidos del sol levante. Amanecía aquel terrible 2 de junio. A las cinco, la corredera me indicó que el Nautilus reducía su velocidad. Quería eso decir que dejaba acercarse al buque de guerra, cuyos cañonazos se oían cada vez con más intensidad. Los obuses surcaban el agua circundante y se hundían en ella con un silbido singular.

-Amigos míos -dije-, ha llegado el momento. Un apretón de manos y que Dios nos guarde.

Ned Land estaba decidido, Conseil, tranquilo, yo, nervioso, sin poder contenerme apenas. Pasamos a la biblioteca.

Pero en el momento en que yo empujaba la puerta que comunicaba con la escalera central, oí el ruido de la escotilla al cerrarse bruscamente. El canadiense se lanzó hacia los peldaños, pero conseguí retenerle. Un silbido bien conocido indicaba que el agua penetraba en los depósitos. En efecto, en unos instantes el Nautilus se sumergió a algunos metros de la superficie.

Era ya demasiado tarde para actuar.

Comprendí la maniobra. El Nautilus no iba a golpear al buque en su impenetrable coraza, sino por debajo de su línea de flotación, donde el casco no está blindado.

De nuevo estábamos aprisionados, como obligados testigos del siniestro drama que se fraguaba. Apenas tuvimos tiempo para reflexionar. Refugiados en mi camarote, nos mirábamos sin pronunciar una sola palabra. Me sentía dominado por un profundo estupor, incapaz de pensar. Me hallaba en ese penoso estado que precede a la espera de una espantosa detonación. Esperaba, escuchaba, con todo mi ser concentrado en el oído.

La velocidad del Nautilus aumentó sensiblemente hasta hacer vibrar toda su armazón. Era el indicio de que estaba tomando impulso.

El choque me arrancó un grito. Fue un choque relativamente débil, pero que me hizo sentir la fuerza penetrante del espolón de acero, al oír los estridentes chasquidos. Lanzado por su potencia de propulsión, el Nautilus atravesaba la masa del buque como la aguja pasa a través de la tela. No pude soportarlo. Enloquecido, fuera de mí, salí de mi camarote y me precipité al salón. Allí estaba el capitán Nemo. Mudo, sombrío, implacable, miraba por el tragaluz de babor.

Una masa enorme zozobraba bajo el agua. Para no perderse el espectáculo de su agonía, el Nautilus descendía con ella al abismo. A unos diez metros de mí vi el casco entreabierto por el que se introducía el agua fragorosamente, y la -doble línea de los cañones y los empalletados. El puente estaba lleno de sombras oscuras que se agitaban. El agua subía y los desgraciados se lanzaban a los obenques, se agarraban a los mástiles, se retorcían en el agua. Era un hormiguero humano sorprendido por la invasión de la mar.

Paralizado, atenazado por la angustia, los cabellos erizados, los ojos desmesuradamente abiertos, la respiración contenida, sin aliento y sin voz, yo miraba también aquello, pegado al cristal por una irresistible atracción.

El enorme buque se hundía lentamente, mientras el Nautilus le seguía espiando su caída. De repente se produjo una explosión. El aire comprimido hizo volar los puentes del barco como si el fuego se hubiera declarado en las bodegas. El empuje del agua fue tal que desvió al Nautilus. Entonces el desafortunado navío se hundió con mayor rapidez, y aparecieron ante nuestros ojos sus cofas, cargadas de víctimas, luego sus barras también con racimos de hombres y, por último, la punta del palo mayor. Luego, la oscura masa desapareció, y con ella su tripulación de cadáveres en medio de un formidable remolino.

Me volví hacia el capitán Nemo. Aquel terrible justiciero, verdadero arcángel del odio, continuaba mirando. Cuando todo hubo terminado, el capitán Nemo se dirigió a la puerta de su camarote, la abrió y entró, seguido por mi mirada. En la pared del fondo, debajo de los retratos de sus héroes, vi el de una mujer joven y los de dos niños pequeños. El capitán Nemo los miró durante algunos instantes, les tendió los brazos, y, arrodillándose, prorrumpió en sollozos.