Vencer después de morir. Ante una obra de Julio Antonio

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Vencer después de morir. Ante una obra de Julio Antonio
de Eugenio Noel

Nota: Eugenio Noel «Vencer después de morir. Ante una obra de Julio Antonio» (18 de marzo de 1922) La Esfera, año IX, nº 428.


Vencer después de morir

Ante una obra de Julio Antonio

 Se ha dicho que Madariaga aventajaba á Julio. ¿El Madariaga del Cristo sin concluir, ó el autor de esa Santa Teresa, á la que ha habido que cambiar de nombre si no quería tan magnífica encarnación de la lujuria aniquilarse en su propia advocación? Ni Madariaga, ni el autor de Ternura, ni el soñador de Forma, ni Macho mismo, que tan cerca anda, en la estatua yacente de su hermano Marcelo, de las normas iberas — ¿por qué recordaríamos ante su policromía castellana la lamentación hetea de André Suares? — , ni el enorme Mogrovejo resisten la comparación de Julio Antonio. El autor de este monumento á los héroes de Tarragona, ante el cual estamos, es una cosa aparte. Es uno de esos hombres de genio que crea nuestra Patria, y nadie más que ella; gigantescos autodidactos consumidos en una intuición tan poderosa, proyectados sobre la realidad viva con tan asombroso acierto, que son devorados por el mismo ideal que persiguen. ¿No es nuestra ley horrible idear proyectos tan vastos que, enamorados con su grandeza, no acertamos á sospechar siquiera las dificultades prácticas de su ejecución? ¿No soñó Julio elevar, sobre ese mamelón de la estepa que el Gobierno ha regalado al Obispado matritense, el Cerro de los Angeles, un monumento á la Raza ibérica, faro estupendo á cuya luz acudiera el genio de los jóvenes como los albatros y gaviotas á la plataforma de la antorcha que tiene en su mano la estatua de Bartholdi? Francés sabe bien que Julio y yo convivimos en estrechísimo ensueño de arte; Juan de la Encina jamás lo recuerda; pero el que escribe estas líneas deplora que siempre, al escribir de Julio, no se acuerden panegiristas ó detractores que fuimos muy pocos los que en horas amargas — en esas horas de creación y de angustia que proceden á todo triunfo hondo — dialogaron con él acerca de sus orientaciones normativas. Viladrid, muy metido en sí, se abismaba en el genio italiano cuatrocentista; Bagaría, tan distraído siempre, cebaba su ingenio profundo de las cosas con el humor dinámico de las líneas que las encuadran; los otros amigos le desplazaban hacia la vida brutal que había de sorberle con la sangre su genio; únicamente yo sabía ciertamente quién era Julio y lo que Julio quería. Nadie lo dice; pero cuando se trata de mí, nadie dice nada, y tampoco me importa. Lo que sí es interesante es que el alma del escultor, tan incomparable como malogrado, había comprendido una cosa: que la Raza necesitaba su escultor, y que á su expresión definitiva de formas se iba por viejísimos caminos, tan viejos, tan arcaicos como los caminos pastoriles sobre los que los romanos trazaran sus calzadas. Julio Antonio murió cuando comenzaba á ver eso. A Julio lo mataron sus amigas, hundiéndole en una perversión salvaje; yo se lo avisaba, en mi deseo de que labrara, como Mestrowitc en Kossovo, un templo laico á esta Raza nuestra, cuyas raíces no están en Montañés, ni en Juan de Juni, ni en Berruguete, ni en el tremendo problema del alma castellana que hoy aborda Víctorio, ni en el placer andaluz de vivir que durante un momento concretó Inurria en un torso de mujer, ni en el voluptuoso hartazgo catalán de carne y oro, que Clará lleva á la piedra, como Beltrán al lienzo; esas raíces están en el alma griega vista á través del poder de Roma tal como Roma la consubstanció en la misteriosa entraña multiforme y dramática del alma hespérica. Mientras Marañón producía en sus venas vida artificial, yo veía con alegría intensa aquella grande alma volver sus ojos á la Grecia de los escultores de Chíos, á la labra cretense. El monumento de Tarragona fué la afirmación, como antes lo había sido su San Juan, sus bustos, de un tan refinado arcaísmo, que hay que pensar, al verlos, en los etruscos, en las frogas de Egina y de Olimpia. Cuando volvió de París traía en el pecho la visión de los púgiles del templo de Zeus, que la Misión francesa de Morea dejara en el Louvre; entonces manejábamos los dos reproducciones del Museo Clarac, la obra de Michaelis y hermosos grabados alemanes, que á veces descuidaba él en su Estudio á los ojos profanos. ¿Qué importa su visita á Italia y esa necesaria y común á todos los artistas del mundo, por singulares que sean, influencia del Donatello? La muerte le sorprendió cuando en su espíritu, profundamente racial, elaboraba su estilo, que era el estilo eterno de los grandes honbres hispanos, la realidad de las cosas bellas vista á través de dinamismos romanoibéricos, grecohispánicos, influencias isleñas mediterráneas, que sólo hacían en el corazón de Julio avivar un gran rescoldo. Su triunfo sobre el querolismo y sus diabólicas ramificaciones; su triunfo sobre Blay y sus discípulos—él lo fué poco tiempo—fué ese: ir muy lejos á buscar las fuentes de la vida ibera donde nadie las presumía. En la propia Tarragona, su éxito en el Concurso consistió en buscar la raíz del heroísmo no en la brama de la bestia humana, sino en los sillares ciclópeos de las citanias; no en el orgullo de la torre del Arzobispo, ni en las estatuillas de Bartolomé y de Castalys, de la valentísima puerta mayor de su Catedral, ni en la rotundidez de la puerta cintrada lateral, sino en el recuerdo de lejanas dominaciones, de la evocación de Tarraco. ¡Oh, esa portentosa personificación de la ciudad sin lágrimas ni contracciones en la cara—una cara de mujer lapita de Niké de Afaia, de Hera arcaica de Tracia—que levanta y enseña los cachoros iberos sin dolor, como una esfinge que mostrara á la muerte el prodigio de la belleza destrozada! No más allá de este grupo tan verdaderamente latino; de esta Dolorosa sin llanto tan nuestra, triunfadora, en su serenidad, de la muerte misma. Gensque virorum bruncis et dura robore nata, decían los romanos de hombres como esos dos hombres de pectorales de orangután, de cuerpo de crucifijo español en manos de la Piedad, de rostro insuperablemente perfecto, en cuyas líneas la pérdida de la vida parece que no tiene importancia... ¿No ha sido siempre así nuestro carácter? Prodiga gens animae et properare facillima mortem, decía Tito Livio. Y pensar que esta maravilla, que esta obra maestra estuvo á punto, como el Chapí, de no ser admitida... Pensar que el mismo Julio Antonio pedía á los escritores amigos hablasen del monumento para que no se amilanasen determinados elementos y se cerraran ciertas bolsas... Vencer después de morir. Exactamente igual como los dos machos iberos del grupo admirable vencen después de muertos con sólo levantar ante el vencedor la poderosa estampa de su forma.

        Eugenio NOEL