Viaje en las regiones septentrionales de la Patagonia/Capítulo III

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CAPÍTULO III.
Preparativos.—Despedida.—Lago de Nahuelhuapi.—Temporal.—Botes de gutapercha.—Bahía del Noroeste. —Primer accidente.—Punta de San—Pedro.—Isla Larga.—Segundo accidente.—Puerto del Venado.—Camino de Bariloche.—Tercer accidente.—Vestijios de indios.—El desagüe.—Emociones.—Escursion.—Retratos de los peones.—El perro Tigre.—Arribo a la boca del rio Limai.—Antigua mision.—Preparativos.—Navegacion del rio.—Seccion transversal.—Accidente.—Dificultades.—Gran rápido.—Naufrajio.——Crítica situacion.—Indios.—Marcha a los Toldos


4 de enero.—El 4 de enero por la mañana, amanecimos llenos de ardor, pero el tiempo era malo i fué preciso esperar. Los que se iban a la colonia con Vicente Gomez hacen sus preparativos de marcha. Eramos siete los que ibamos adelante, yo, Lenglier, el carpintero Mancilla, que debia cumplir con el cargo importante de timonel, i cuatro bogadores: José Diaz, Juan Soto, Séptimio Vera, i Antonio Muñoz que tenia el sobrenombre de "gordo". Antes de separarme de Vicente Gomez, que se comportó mui bien en la ejecucion del contrato que habiamos hecho, le hice entender delante de todos, que la embarcacion en que iban a pasar al otro lado del lago de Todos los Santos, debia permanecer allí: que no queria bajo pretesto alguno, que se tomase ninguna determinacion para saber de mi, que en todo caso se debia suponer el feliz éxito de la espedicion. De esta manera cortaba toda comunicacion; era imposible pues pensar en volver atras. En una palabra, habia quemado mis naves. Por este medio, aunque aventurado, me aseguraba la resolucion de mi jente: haciéndoles ver al mismo tiempo, que delante teniamos la esperanza de llevar a cabo la empresa, la gloria de realizarla; i en caso de ceder a la falta de resolucion o a los peligros que pudiésemos encontrar, retrocediendo, una muerte segura con todos los horrores del hambre nos aguardaba. A las doce del dia, calmó un poco el viento i concluimos de embarcar los víveres i bagajes. De las cabras que traíamos, ya no quedaban mas que los cinco cabritos, el resto habia llenado el objeto de su venida. La despedida fué tierna: Vicente Gomez i algunos de los peones que volvian tenian las lágrimas en los ojos; era natural, el adios podia ser eterno: íbamos a lanzarnos en lo desconocido: ademas, durante el viaje habiamos vivido tan familiarmente que las afecciones reemplazaron a la disciplina. Nos embarcamos i nos alejamos bogando. Estábamos en el camino del Este. Alea jacta erat.

La embarcacion estaba cargada al exceso i la carga mal estivada como pudimos verlo algunos instantes despues. De la cordillera venia por ráfagas desiguales un viento helado, sin embargo, izamos la vela; navegábamos en la larga ensenada que es la punta mas avanzada al Oeste de la laguna de Nahuel-huapi; las orillas están cortadas a pico, i el viento oprimido en este canal estrecho, tomaba a cada momento mayor fuerza. Las aguas azotándose en las altas murallas que le sirven de barrera, producían un ruido imponente i tenian una ajitacion inesperada en un lugar de tan poco espacio. Andábamos bien, apesar del gran balance que habia. Como a ocho kilómetros encontramos una, isla pequeña cubierta de árboles. Crecia la ajitacion de las aguas, i dos veces la proa del bote se sumerjió enteramente. Principiaba a ser crítica la situacion; pero el piloto Mancilla era hábil en su oficio i nos hacia evitar las olas con suma destreza i suerte. De repente, habiendo querido tomar la escota de la vela que se le habia escapado, el timon abandonado por un momento se descaló i se fué al agua sin que pudiésemos pensar en recojerlo. Hubo un momento de confusion i de temor, el bote arrastrado por el viento i por el embate de las olas que reventaban sobre nosotros, iba a estrellarse contra las rocas; pero no se turbó Mancilla; en el acto tomó un remo i gobernando con él, nos apartamos del peligro. Sin embargo, no habia seguridad en medio de la borrasca que a cada instante era mas fuerte; era preciso buscar un abrigo. No habia que pensar en encontrar el mas pequeño pedazo de playa; las paredes de la ensenada eran perpendiculares. Todo lo que podiamos exijir de nuestra buena estrella, era una punta pequeña, aunque no tuviese detras de ella mas que un rinconcito de algunas varas de profundidad, en donde pudiésemos asilarnos i tomar aliento. Caía una lluvia helada como el viento que soplaba; estábamos casi muertos de frio. Veíamos delante, al Este, un horizonte sin nubes, mientras que nosotros nos hallabamos bajo un cielo negro como tinta. Tuvimos bastante suerte para alcanzar una puntilla; pero siempre era preciso que cada bogador tuviese listo su remo, para impedir que el bote se golpeara contra las rocas. Calmóse un poco el viento, pero no podiamos pasar la noche en donde estábamos, porque mas adelante habia otra punta un poco mas prominente; resolvimos doblarla i lo conseguimos. Detras de ella, habia un corto espacio desnudo de vejetacion en donde pudimos encender fuego para calentar nuestros miembros entumidos por el frio. Desde ahí, ya veiamos desmínuir lo escarpado de las pendientes en las cordilleras que teniamos al frente, que hasta esos momentos habian sido solo elevadas paredes cortadas a pico: las líneas culminantes suavizaban su declive i en varios puntos, trechos desnudos de vejetacion, manifestaban que estábamos cerca de parajes ménos salvajes. Por esta razon, era preciso avanzar i mientras tanto no se podia pensar en eso hasta el dia siguiente. Tanto mas que estando claro el cielo al otra dia, veriamos distintamente el horizonte, cosa indispensable para nosotros que navegábamos en aguas desconocidas: ¿quién podia asegurar que en un momento cualquiera, no encontrásemos un escollo cuya presencia no podiamos sospechar, i contra el cual viniesen a fracasar todas nuestras esperanzas sin contar con la pérdida de la vida?

Alimentamos el fuego i cocinamos, despues envueltos en nuestras frazadas, nos entregamos al sueño confiando en la Providencia i en nuestra fortuna.

5 de enero.—Por la mañana, el tiempo parecia un poco mejor. La primera cosa que hicimos, fué repartir de una manera conveniente la carga en el bote, i aun aliviarla; para esto armamos dos de los botes de guta-percha, juntándolos bien sólidamente por medio de un marco de coligües, i con un cabo los pusimos a remolque del bote grande. Habria sido mejor colocar un hombre en cada uno de ellos para gobernar su marcha; pero era esponer demasiado sus vidas. Nos hicimos a la vela; el remolque se comportaba bien.

Antes de salir habíamos discutido con Lenglier sobre el rumbo que se debia tomar para hallar pronto el desagüe. Inspeccionando el horizonte que se estendia delante de nosotros; he aquí lo que presentaba: al frente, a la izquierda, un canal formado por el continente o lo que parecia el continente i una isla; a la derecha, en el punto mas avanzado, una punta que presumiamos fuese la punta San Pedro del doctor Fonck, teniendo a su lado una bahia o canal bastante profundo: mas léjos de la ida situada al norte, divisabamos a lo léjos otra boca que se estendia en línea recta del punto en donde estabamos. El camino mas corto, era en la direccion de los dos estrechos, pero el ménos seguro. Apenas lo hubieramos intentado, teniendo a la vista un mapa detallado del lago; con mayor razon en las circunstancias en que nos hallabamos, navegando en un mar en miniatura, cuyos escollos nunca se habian reconocido; tai rumbo hubiera sido una locura; me resolvi entónces a tomar un término medio dirijiéndonos en linea recta a la Punta San-Pedro; i desde allí, teniendo a la vista un panorama mas estenso, podria decidirme respecto del nuevo rumbo que seguiríamos: hicimos eso. El viento era en popa: como a cuatro quilómetros del punto de salida pasamos a la derecha i como a 500 metros de la isla setentrional, en donde bajó en otro tiempo el padre Melendez, i de donde se habia dirijido al canal que rodea la Punta San-Pedro, al frente de este canal, se concluye la larga ensenada, que principia en Puerto Blest. Teniamos a la izquierda una gran bahía cuya direccion jeneral era Nor-Oeste i a nuestra derecha la Punta San-Pedro. Pero apenas habianos llegado a la altura de esta punta, cuando los dos botes remolcados se sumerjieron: tuvimos solo el tiempo necesario para refujiarnos en una ensenadita situada en la misma punta de San-Pedro. Allí nos ocupamos en reparar el desastre, habiamos perdido solamente algunos sacos de harina i de charqui.

Miéntras que los peones remediaban la averia, pudimos nosotros contemplar el panorama que teniamos a la vista. Al frente se estendia, al Nor-Oeste la gran bahía, de la cual hemos hablado, bahía guarnecida de siete islas: la mayor de ellas se estendia tambien al Nor-Oeste i estaba pegada a la orilla oriental. Las islitas que se divisaban en el fondo tenian un aspecto encantador; el fondo mismo de la bahía parecia formado de tierras bajas; i de léjos se hubiera dicho, al ver los árboles que la adornaban, que en las orillas habia alguna habitacion i campos cultivados. La ilusion era completa, los arbustos, cuya altura disminuia con la distancia, parecian de léjos campos de trigo verde, i algunas manchas amarillentas, pintadas en las cordilleras situadas atras, mieses de una madurez mas avanzada.

En el punto en donde desembarcamos, notamos ya algun cambio en la vejetacion: habia un pino que no conocieron los marineros i algunas plantas espinosas.

El doctor Fonck, llama a la isla grande, isla del Padre Melendez. Creo que esta denominacion es errónea. En efecto, con la relacion del Padre Melendez a la vista, podemos seguirle en su marcha: sale del mismo punto que nosotros, encuentra a dos leguas una isla pegada a la orilla meridional, mas léjos otra vecina a la orilla septentrional, entónces dice que se dirije derecho, al fondo del canal; en el fondo encuentra tan poca agua que su piragua apenas tiene la suficiente para boyar: de allí, despues de haber salido del estrecho, continúa su camino orillando, i al fin baja a tierra detras de dos islas; dice que desembarcó en una grande isla ¿seria la grande isla lonjitudinal? Evidentemente no; porque, en este caso hubiera dicho que, una vez pasada la isla chica pegada a la orilla septentrional de la larga ensenada del principio, se habia dirijido derecho al Este, pero no dice eso. Ademas, una vez pasada la Punta de San-Pedro, no hai otro canal que como este concluya en cola de raton.

El último de esta clase es el que ciñe a la punta de San-Pedro ántes de doblarla; luego hubiera sido preciso que volviese atras desde la isla larga, por un camino ya recorrido para entrar en el canal: cosa en contradiccion con el objeto de su viaje que consistia en buscar los restos de la mision de Nahuel-huapi.

El padre Melendez no ha tocado pues en la isla larga, pero si, en la punta de San-Pedro, que con justa razon él llama isla, habiéndola reconocido como tal por la vuelta que dió por detras, de ella: tambien los indios que he visto despues de mi naufrajio, me dijeron que la punta de San-Pedro solia estar habitada, i que hacia poco vivia en ella una familia Tehuelche. Añade el padre Melendez que en la isla grande encontró siembras de nabos, papas i otras legumbres. ¿Cómo hubieran podido ir a sembrar en la isla larga los indios de ese tiempo que no usaban canoas sin las cuales no se puede atravesar el canal profundo que separa la isla larga del continente? pero podian mui bien los naturales abordar la isla de la Punta de San-Pedro por el bajio en donde faltó agua a la piragua del padre Melendez.

Para concluir esta discusion, la isla Melendez del mapa de Fonck cambiará su nombre: se llamará con mas razon la isla Larga, i con mas razon tambien llamaremos a la punta de San Pedro, isla de San Pedro; de esta manera, conservará algo del nombre que le dió el doctor, su padrino.

Las embarcaciones de guta-percha estaban compuestas, i tambien arreglado lo que contenían; nos pusimos otra vez en camino, conservándonos siempre a la misma distancia de las dos orillas: la orilla de nuestra derecha estaba bordeada por rocas, i como a 700 metros, se dirijia al sur en ángulo recto con su primera direccion. Un poco mas adelante, pasamos la isla Larga, de que ya he hablado, dejándola como a seiscientos metros a nuestra izquierda: vimos entónces que todas nuestras presunciones eran justas: la costa que terminaba la bahia grande volvia a dirijirse al Este. Un poco mas léjos se nos presentó una boca formada por una isla, era angosta, i no obstante, resolvimos pasar por este canal, para tener siempre mas cerca la costa septentrional e hicimos bien, porque apenas habianos pasado por entre el continente i esta isla rodeada de varios arrecifes, cuando los dos botes, que embarcaban ya alguna agua, se sumerjieron de repente i quedaron entre dos aguas; no habia que pensar ya en seguir adelante; pero justamente en ese momento, como si hubiera sido hecha para nosotros, veiamos a la izquierda una pequeña bahia, cuyas aguas en perfecta calma nos invitaban a entrar. Doblando la punta, vi al fiel Tigre, nuestro perro, en honor del cual reservo para mas tarde un interesante articulo; ojalá no sea su oracion fúnebre, que apuntaba con el hocico de una manera que no era natural; segui la direccion de su nariz, i divisé en la orilla un animal de la especie de las gamuzas, que, con sus dos grandes ojos negros i admirados, nos examinaba con atencion; bajé a tierra para preseguirlo con mi rifle, pero no lo hallé, habia huido. En este puerto que llamaremos el Puerto del Venado, el terreno, aunque adornado de algunos bosquecitos, tenia un aspecto en todo diferente al que habiamos pisado hasta aqui. Su color amarillo descansaba nuestra vista del verde color de los bosques de las cordilleras; hasta el sol, parecia no ser el mismo. Se hubiera podido decir que habia dos soles, uno blanco, pálido, frio que habiamos dejado atras, al oeste del lago, teniendo como vergüenza de mostrar su disco: el otro, aureo, deslumbrador, en cuyas olas de luz i rayos de calor estabamos como embebidos. La vejetacion tambien habia mudado de aspecto; teniamos a la vista lomas suaves enteramente desnudas en las cuales un millar de flores de varios colores resaltaban sobre el fondo amarillento de las pampas.

Las horribles cordilleras, con su aspecto verde i sombrío habian quedado atras. La esperanza, este último don de la Divinidad que Pandora tuvo la suerte de retener en su caja, entraba en nuestros corazones; estábamos como prisioneros, que saliendo de la atmósfera fétida de los calabozos se encuentran de repente en medio de un aire puro i brillante.

Nos demoramos una hora en esta bahía, aunque resueltos a seguir adelante: eramos tan felices respirando con toda la fuerza de los pulmones, el aire puro que nos enviaban los campos vecinos.

Al Sud, al frente concluia la cordillera, que terminaba en suaves ondulaciones; transicion de las formas abruptas de los Andes a los terrenos llanos de la pampa. Un poco ántes de su fin, la cresta haciendo una inflexion formaba una abra notable. ¿No seria esta abra la abertura que daba paso al famoso camino de Bariloche, por el cual los sacerdotes españoles traficaban desde Chiloé a su mision de Nahuel-huapi? Tengo fuertes presunciones para creerlo, i lo que me confirma en esta opinion es lo que me refirió mas tarde un indio Pehuenche llamado Anti-leghen (Blancura del Sol). Me dijo que cada año venian los indios a las orillas de Nahuel-huapi a recojer animales éstraviados, que él mismo, hacia poco habia recojido mas de cincuenta animales vacunos con marcas: provenían evidentemente de los alemanes de la colonia de Llanquihue, que tienen potreros hasta el pié de la cordillera; sin duda alguna estos animalas habian pasado por la abra en cuestion.

Seguimos el camino para doblar la otra punta del puerto del Venado; ya la habiamos doblado cuando otro accidente nos obligó a ir otra vez a tierra: los botes volvieron a sumeijirse, pero la direccion oblícua de la orilla nos abrigaba del viento. Allí resolvimos esperar la puesta del sol, momento en que se calma el viento, para ir a pasar la noche detras de otra punta, distante ocho kilómetros, loma detras de la cual presumiamos encontrar el desagüe. Miéntras tanto encendimos fuego, pasamos revista a las provisiones, estendiendo al sol el charqui de los sacos mojados, recojimos un sin número de plantas para el herbario i a las siete nos hicimos a la vela; pero esta vez sin remolque: con los víveres perdidos en los vários accidentes que habian tenido lugar, la carga de la embarcacion habia disminuido: nos favorecia un viento suave. La luna era espléndida; sin embargo, despues de haber doblado la punta de la loma, resolvimos esperar al dia siguiente; bajamos a tierra en una playa en donde un buen fuego i un ulpo caliente nos puso en estado de pasar una buena noche, agregando a lo confortable, la esperanza que teniamos de encontrar el desagüe al dia siguiente; entónces olvidariamos inmediatamente nues tras fatigas i tendriamos la satisfaccion de haber obtenido el fin propuesto. Que se atribuya a la buena fortuna o a la precision de nuestras previsiones; el buen éxito coronaba la primera parte de nuestra empresa.

6 de enero.—Por la mañana el tiempo era magnífico, el sol resplandeciente. Resolvimos dirijimos a una abertura que divisábamos al Este, aunque yendo siempre con mucha precaucion, porque desde la víspera ibamos encontrando palos quemados, tizones, restos de fogones estinguidos, asi como estiercol de caballo, manifestándonos que los indios frecuentaban esos parajes: la abertura a que nos dirijiamos, tenia un aspecto enteramente particular, el carpintero nos dijo que al alba habia divisado encima de esta abertura una lijera neblina que anunciaba la presencia de un rio, ¿seria pues el desagüe? pero por otra parte, a medida que nos acercábamos, por una ilusion de óptica, que es preciso haber presenciado para figurársela, la linea que representaba la separacion delas dos lomas amarillas horizontales de la boca, se borraba.

¿No sería entónces el desagüe? yo ocultaba los varios sentimientos que me ajitaban a cada presuncion favorable o desfavorable que se presentaba a mi espiritu; pero Lenglier, de una naturaleza mas impresionable, i ménos acostumbrado a dominarse, se hallaba en un estado de grande ajitacion; porque, como me lo decia despues, suponiéndonos en el caso desfavorable, el resultado hubiera sido la pérdida de cuatro o cinco dias mas; i teniamos víveres para dos meses; pero lo que había de desagradable en el error, era el disgusto que habria tenido i de que yo mismo hubiera participado, disgusto parecido al de jugador que ve fracasar el resultado de sus combinaciones, o al de un teórico, que habiendo hecho bellas especulaciones, ve de repente, un hecho, brusco como un cañonazo, que le derriba su armazon. Para saber de una vez a que atenernos, i como teniamos el viento contrario para ir a la presunta boca, i por otra parte, era poco prudente penetrar en el desagüe, cuya entrada podia contener algunos escollos, desembarqué a uno de los peones, Juan Soto, individuo de un carácter particular, pero de un valor a toda prueba; al mismo tiempo de una grande perspicacia. Empleó como media hora en ir i volver, mientras tanto Lenglier estaba silencioso como un reo a quien se ha hecho salir del tribunal para esperar en una pieza vecina la sentencia que va a decidir su suerte. Al fin Soto llega, estamos pendientes de sus labios, i cuando a nuestra pregunta "es el desagüe? contestó un sí, fuertemente acentuado, Lenglier, apesar de su nacionalidad, esclamó "viva Chile"

Entónces resolvimos ir a reconocer por tierra, los alrededores del desagüe i entrar en él solamente a la noche.

Volvimos a desembarcar cerca del lugar del cual habiamos salido, con Lenglier me fui por tierra hasta el rio; cada uno se interesaba tanto en la empresa, que aunque era preciso caminar como dos quilómetros bajo un sol de fuego, nuestro carpintero i sus compañeros nos imitaron; orillamos la cuesta i vimos que la entrada del rio era bastante fácil; en una pequeña punta de arena, situada en la otra banda, habia un rincon en donde la corriente era poco sensible; en él fijamos el alojamiento de la noche; allí debia anclarse la embarcacion. Recoji muchas plantas i volvimos satisfecho de la esctursion; el carpintero i sus compañeros volvieron un poco'despues con sus gorras llenas de frutillas cojidas en las lomas: convinieron con nosotros en que el lugar que habiamos escojido para anclar la embarcacion a la noche era mui apropósito. Todos descansaron esperando la tarde.

Pensando en el desagüe, me acordé de lo que me habia dicho el viejo Olavarria, abuelo de Vicente Gomez, que en otro tiempo habia acompañado al Padre Melendez; cosa increible que despues de setenta años, este anciano tuviese la memoria tan fresca: me habia dicho que el desagüe se encontraba como a seis o siete leguas del punto en donde habia desembarcado, i al pié de un morro notable. Segun la relacion del franciscano, habia desembarcado detras de dos islas, despues de haber pasado el canal: teniamos estas dos islas al frente en la orilla meridional, i siguiendo en la orilla el espacio de seis o siete leguas, dabamos presisamente en el desagüe. El morro de forma estraña no faltaba tampoco, porque encima del desagüe se dibujaba en el azul del cielo una montaña, representando perfectamente el perfil de una de esas estatuas que se ven tendidas sobre las tumbas de la Edad Media; bautizamos este cerro con el nombre de cerro de la Estatua.

Mientras que esperabamos la tarde, daré una corta idea de los individuos que me acompañaban. Juan Soto, citado mas arriba, habia tenido una existencia bastante barrascosa, habia sido soldado, despues vaquero de un potrero cercano de Valdivia. Su conducta en Puerto-Montt, antes de venir conmigo, no era irreprochable, pero a pesar de todo lo que se me dijo de él, su carácter decidido me gustó, i le traje conmigo.

Francisco Mancilla el carpintero, era un hombrecito flaco i delgado, pero hábil en su oficio, tenia un carácter débil. Antonio Muñoz, el gordo, tenia las formas de un toro: cuello grueso i corto, miembros desarrollados, pero su coraje moral no correspondia con su fuerza física; ademas, era un hablador insoportable. José Diaz, carácter frio i reflexivo, hombre leal; i el mas jóven, Septimio Vera, con algunos elementos de instruccion i que pareciadotado de un buen carácter completaba el número de mis peones. Concluiré esta serie de retratos con el de Tigre, el perro, nuestro fiel compañero: nos le habian prestado en el Arrayan para acompañarnos hasta Nahuel-huapi. Tigre mui vaqueano para descubrir i arrear animales, podia sernos de gran utilidad; debia volver a sus penates con Vicente Gomez, pero por sus buenas cualidades le habiamos retenido i no tuvimos que arrepentimos de esta determinacion. Tigre era un perro que podia servir de modelo a los perros de buena crianza. Apesar de haber recibido una mala educacion, a causa de la jente que habia frecuentado en su juventud, su buen jenio habia triunfado. En el calendario de su Vida, los dias de ayuno i de abstinencia debian haber sido mas numerosos que los de abundancia, sin embargo, debo decir en su honor, que nunca pensó reparar el tiempo perdido en perjuicio de nuestros víveres. En nuestra carpa, tenia todo al alcance de su boca; charqui, salchichones, chicharrones, pan, galleta; pero nunca tocaba a nada, si no se le habia dado ántes; una sola cosa se le podia acriminar i era su enemistad encarnizada para con el cabro. Quien sabe si le heria al olfato el olor poco agradable que exalaba este animal, pero debo confesar que esta enemistad nunca pasó de algunos mordiscos a las patas del cuadrúpedo de barba larga. Ademas era poco entrometido; observador ríjido de las conveniencias, Tigre era realmente un tipo perfecto de perro gentleman.

A las seis de la tarde nos pusimos en marcha para penetrar en el desagüe: nos hicimos a la vela i a unos setenta metros ántes de llegar orillamos la punta derecha; entonces un peon saltó a tierra con un cabo i lo ató a una piedra; en el primer instante, la corriente arrastró la embarcacion, pero en seguida vino a replegarse poco a poco a la orilla, solicitada por la tension del cabo i por medio de esta feliz maniobra, la pusimos en donde deseabamos.

Examinando el lugar, hallamos en la orilla un huanaco muerto, lo botamos al agua en medio de la corriente, i medimos el espacio recorrido i el tiempo empleado en recorrerlo; 80 metros en 26 segundos. Volvimos a hacer el esperimento con un trozo de madera; para recorrer el mismo espacio empleó 24 segundos. Tomando el promedio 25 segundos i dividiéndolos por los metros recorridos, resultó haber una corriente, de trece kilómetros por hora o diez millas poco mas o ménos.

Estendiendo la vista por los alrededores, vimos al Sud, como a un kilómetro distante, un estero dibujado por las arbustos verdes que lo bordeaban: allí debia ser sin duda alguna el lugar que el padre Melendez, en su relacion, señala a la antigua mision fundada por los Jesuitas en 1704. Allí tambien nos dijo que era, la mujer del cacique Huincahual, descendiente de los antiguos Limaiches que vivieron en las orillas del Limay i de los cuales me comunicó algunos detalles. Como a cuatro kilómetros mas léjos, entraba un rio que parecia grande: de él habla tambien el padre Melendez. La falta de luz no nos permitió visitar esos puntos.

Como los cabritos nos incomodarian para navegar en el desagüe, ocupando mucho espacio en el bote, los hice matar i asar: una porcion sirvió para la cena; el resto iba a servir como fiambre para el dia siguiente, en que calculábamos tener poco tiempo para cocinar.

Despues de haber restablecido nuestras fuerzas con esta carne fresca, nos echamos a dormir en nuestras frazadas, cerca de un buen fuego, a fin de estar bien dispuestos para el gran dia siguiente. Ibamos a ahora a navegar en el Limay: habiamos recorrido el gran lago de Nahuel-huapi en toda su estension, siendo como de setenta kilómeros de Oeste a Este i como de unos veinte en su mayor anchura

7 de enero.—El dia siguiente, al alba, ya todos estábamos en pié i tomando todas las precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del descenso. Las cargas se estivaron con esmero: hice colocar debajo de los bancos, los botes de guta-percha, bien arrollados, de manera que ocupasen el menor espacio posible, pero con los tubos inflados, para que la embarcacion pudiese flotar en cualquier evento. Como dejábamos el palo de la vela que no nos iba a servir mas, lo planté en el sitio del campamento i le amarré al estremo un frasco que contenía un papel con nuestros nombres i la fecha del dia; En seguida inflamos las salva-vidas de goma elástica i cada uno ató la suya a la cintura; para la clase de navegacion que ibamos a emprender, esto era una precaucion indispensable,no sabiamos si encontrariamos algunas cascadas, rápidos o rocas que pudiesen causarnos alguna séria desgracia: Francisco Mancilla debia quedarse en la popa para gobernar con la bayona; cada remero en su puesto para bogar si fuere necesario, i un hombre de pié en la proa con los ojos fijos en el rio, para avisar en caso de ver algunos obstáculos; Lenglier i yo, debiamos apuntar las direcciones con la brújula fijada en el último banco, los espacios recorridos por medio del cronómetro i tomar algunos lijeros croquis de las orillas i de las particularidades que se presentasen.

A las siete todos estábamos listos: alsalir, el agua estaba bastante ajitada, ajitacion inevitable en un caudal de este volúmen, que saliendo de un lago grande por una abertura relativamente estrecha, encuentra obstáculos i no puede tomar inmediatamente un curso regular. El rio se presentaba así: en un espacio de quinientos metros, hasta una vuelta en donde hai un rápido, que pasamos bastante bien, el curso es regular i no carece de cierta majestad: la superficie es lisa como un espejo, el agua perfectamente clara, se divisa el fondo compuesto de piedras redondas de unas veinte pulgadas de diámetro: tiene como ochenta metros de ancho, i tres o cuatro de profundidad, la corriente rápida, de unas siete millas. En este punto la seccion transversal es mui notable: a la derecha hai colinas bastante elevadas de las cuales hemos nombrado una: el cerro de la Estatua, el rio corre al pié mismo de esas colinas, miéntras tanto que a la izquierda una especie de dique natural le mantiene en su lecho, i el fondo del valle está cincuenta metros mas a la izquierda; de modo que el Limay no corre por el fondo del valle, sino que a media cuesta: su lecho parece un acueducto formado por la mano de la naturaleza para trasportar una masa de agua desde un punto a otro del mismo nivel, haciéndola pasar mas arriba del fondo de un valle mas abajo. El rio sigue rápido pero uniforme dando algunas vueltas, conservando sin embargo su direccion jeneral al Norte. Así, orillando siempre la ribera izquierda, encontrando varias islas bajas con algunos arbustos, navegamos sin accidente hasta las diez de la mañana. El fondo de lo recorrido habia variado entre uno i cuatro metros, la corriente de seis a siete millas por hora.

A las diez llegamos a un codo bastante desarrollado i en vez de orillar la concavidad, lo que no tenia inconveniente, visto el gran radio de la curva, i lo que hubiera sido mejor, porque en este lugar, la pendiente se dirijia hácia el fondo del valle i debia ser allí mayor el caudal de agua, tuvimos la desgraciada idea de seguir la cuerda del arco para cortar derecho. De repente sentimos tocar el fondo, algunos minutos de friccion contra las piedras bastaron para quebrar una de las tablas del bote; por la hendidura entró el agua, pero despacio, alcanzamos la orilla derecha que estaba cerca, en un punto cómodo para bararlo. En pocos momentos habiamos sacado todo lo que contenía, i Vimos que en efecto una de las tablas del fondo se habia quebrado; era la tabla del medio e inmediata a la quilla. Armamos un aparejo e izamos el bote a la orilla que solo estaba a una vara sobre el nivel del agua; como habiamos tenido el cuidado de traer estopa i tablas de alerce para reemplazar las que pudiesen ponerse fuera de servicio, emprendimos en el acto la compostura.

Apesar de un calor sofocante i apesar de los mosquitos, cuyo crecido número i las picaduras eran capaces de volverle a uno loco, a las doce, todo estaba concluido; echada al agua la embarcacíon i embarcadas todas nuestras provisiones i bagajes. Esto puede llamarse obrar con velocidad i sangre fria: velocidad, porque habíamos perdido solamente dos horas, i sangre fria porque a cada momento podian echársenos encima los indios atraídos por los martillazos del carpintero, i que no habrian sido bastante escrupulosos para echar una mano profana sobre todo lo que nos pertenecía sin hablar de nuestras personas.

Despues de este prqueño accidente, bien se nos puede criticar de no haber emprendido un reconocimiento a ojo del curso del rio, orillándolo por algun tiempo para imponernos de los obstáculos que pudiésemos encontrar mas adelante; la prudencia aconsejaba esta medida; pero estábamos en tierra enemiga i nuestras fuerzas eran demasiado débiles para intentar una cosa semejante.

En fin, a las doce, estabamos otra vez en el agua. Hasta ese momento, habiamos hecho como unos treinta idos quilómetros. Al principio, todo se pasó como antes; pero a la una, encontramos el rio dividido en tres o cuatro brazos iguales. Antes habiamos encontrado tambien algunas islas, mas la gran diferencia de anchura que aparecia entre los brazos, no permitia la indecision, era fácil escojer entre ellos; pero aqui la cosa era diferente; los brazos iguales, vistos de léjos, tenían el mismo aspecto: durante algun tiempo, escojimos con bastante suerte, pero, una vez, engañados por la apariencia de la superficie, tomamos un brazo de poco fondo; la embarcacion tocaba, habia mui poca agua, todos por un movimiento instintivo, saltamos del bote para aliviarlo, lo arrastramos algun tiempo levantándolo, i llegando a un lugar en donde había bastante fondo, saltamos todos adentro. Si no hubiesemos ejecutado esta maniobra, como habia poco fondo, podia el bote haberse atravesado i llenado de agua.

Apenas embarcados, nos esperaban peligros de otra clase. El rio, en vez de ser como antes, bordeado de lomas a derecha e izquierda del dique citado mas arriba, corria por entre rocas desnudas i perpendiculares, dando numerosas vueltas que se sucedian sin interrupcion; la mayor profundidad estaba siempre en la concavidad, pero temiamos encontrar rocas en ella, mientras tanto que siguiendo la cuerda, teníamos ménos fondo, es verdad, pero evitabamos los escollos i los remolinos que eran de temer, i en vez de seguir por las curvas nos resolvimos a cortar derecho, bogando con toda fuerza. Al principio salimos bien obrando de este modo, porque los codos no estaban mui cerca unos de otros, pero cuando dos codos se seguian inmediatamente, teniendo sus curvaturas dirijidas en sentido contrario, la maniobra era mui difícil, porque, pasado un peligro era preciso cambiar bruscamente de rumbo para evitar el siguiente. Todas las caras estaban serias, no de esa seriedad, que revela el miedo, pero de aquella que de muestra que uno comprende lo grande del peligro, aunque mirándolo friamente cara a cara. Cada uno sentia que la salvacion comun dependia de todos i que una falsa remada podia decidir la suerte de siete personas. En esos codos, la violencia, de la corriente era grande, casi todos los pasamos con bastante suerte. En uno de ellos, estuvimos a punto de estrellarnos contra una piedra situada a la izquierda, cuando los bogadores de babor, no pudiendo remar con bastante fuerza para virar la proa a la derecha, movidos todos por una idea espontánea, esclamaron "sia fuerte a estribor;" el bote dió una vuelta completa, pero al mismo tiempo fué lanzado a la derecha, i evitada la piedra: con facilidad nos pusimos otra vez en el hilo de la corriente i la proa del lado por donde ibamos. Yo mismo, dotado de mayor fuerza física que Lenglier, habia tomado el cuarto remo para animar a la jente con mi ejemplo, dejando a este el cargo de observar los cambios de direccion con la brujula i apuntar con el cronómetro los espacios recoridos, porque no queria, apesar de la gravedad de las circunstancias, perder ningun elemento que pudiese servirme mas tarde para trazar el curso del rio. A las cuatro i media, el lecho del rio era mas estrecho, la situacion mas crítica, las piedras no eran como antes, una, dos, a flor de agua, i todas cerca de la orilla, sino que algunas habia en la orilla, i otras al medio, aquellas mostrando su cabeza encima de la superficie, estas ocultas, pero indicada su presencia por violentos remolinos i grandes penachos de agua. Un último esfuerzo, fuerte, sobre humano, nos saca de estos malos pasos, i despues de pasado un rápido, viendo una pequeña ensenada en donde podiamos hacer alto para descansar un poco, i estivar en el bote los objetos cuyo arreglo habia sido descompuesto por los violentos choques que habiamos esperimentado, penetramos en ella. Algunos hombres bajan a tierra, como para adquirir nuevas fuerzas pisando el suelo; se amarra al perro que queria seguirlos i nos preparamos para ponernos en camino; por una feliz idea lo desatamos cuando se hubieron embarcado los hombres: esto lo salvó algunos momentos despues. En este punto el rio era mas ancho, la corriente, entre seis i ocho millas; en los rápidos era incalculable, porque solo nos ocupabamos de la maniobra cuando los pasabamos: la profundidad jeneral habia variado entre uno i cuatro metros. Veiamos delante, la superficie del agua que bajaba i subia, produciendo olas marcadas; pero eso no nos infundia temor, porque ya habiamos visto que apesar de una profundidad considerable, una piedra, aun pequeña, situada en un fondo liso, producia olas sensibles en la superficie.

A las cinco, nos pusimos otra vez en medio de la corriente: navegamos como un cuarto de hora; la corriente aumentaba poco a poco: segun nuestros cálculos debíamos hallamos a corta distancia del punto a donde habian alcanzado los españoles en 1782; contabamos unas 75 millas navegadas: cuando al doblar una punta, el rio se declara en un impetuoso torrente, luego se presentan grandes olas i remolinos: enormes penachos blancos en todas direcciones dan a conocer la presencia de grandes piedras. Salvamos las primeras con alguna dificultad: pero la corriente nos arrastra i la reventazon ahoga al bote que apenas obedece a la bayona. En un claro intentamos ganar la orilla; imposible! hacemos mayor fuerza de remos para que tenga accion la bayona: todo es inutil: resolvimos entónces lanzarnos al medio del peligro i cortar valientemente por la cresta de las olas. En ese momento todo era confusion i movimiento, apenas nos podiamos tener en los bancos: a grandes voces nos animabamos mútuamente: algunos instantes mas i escapabamos pero ¡o desgracia! de repente, el bote esperimentó un violento choque, el agua entró por el fondo i en un espacio de tiempo inapreciable nos alcanzó a la cintura, mandé que se continuase bogando para tratar de dirijirnos a la orilla, pero ya el agua hacia flotar los remos sacándolos de los toletes. En el mismo momento, una gruesa marejada toma el bote de costado, i lo da vuelta poniendo la quilla al aire. Yo tenia mi salva-vida a la cintura pero viendo otra a mi lado, la cojí, i junto con Lenglier i el marinero Vera, que nos hallabamos en el lado opuesto al de donde vino la marejada, fuimos cubiertos i sumirjidos bajo del bote: fuime apique; la salva-vida me hizo subir, pero senti que mi cabeza topaba en los bancos de la chalupa, no podia respirar, hago esfuerzos para safarme i no lo consigo: sofocado i desesperado sin comprender mi situacion, ya me sentia ahogar, cuando un ruido de espuma hirió mis oídos; me sentí jirar violentamente dos o tres veces, toqué el fondo i sali a la superficie. Vi entónces a mi lado, a Lenglier pálido i desfigurado que luchaba en medio de las olas: a unas pocas varas mas el bote con la quilla al aire sostenido a flote por los tubos inflados de los botes de guta-percha, i montados encima, a cuatro de los peones: ofreci a Lenglier la salva-vida que llevaba en la mano; pero la rehusó prefiriendo confiarse a su destreza de nadador i se dirijió al bote: los peones le pasan un remo i sube a la quilla, hacen otro tanto con Vera: yo mas lejos del bote, segui nadando: algunos remolinos me empujan a la orilla, toqué en una piedra, me apoyo en ella i llego luego a la revesa me tomo de unas ramas i me izé a la tierra. El bote siguió por algun tiempo arrastrado por la corriente: pero al fin se detuvo como acuñado entre dos piedras cerca de la orilla; los peones entonces se echaron al agua i salieron a tierra. El ancho del rio era como de ochenta metros en ese lugar, la profundidad como de unos cuatro metros.

En este momento soplaba un viento helado de cordillera; ¿con que encender fuego para secarnos? teniamos los vestidos empapados: todos teniamos los elementos necesarios para sacar fuego, uno un pedernal, otro un mechero, otro fósforos, pero el agua los habia echado a perder i sin embargo no podiamos pasar la noche sin fuego; para calentarnos, no tuvimos otro recurso que correr rejistrando las orillas, en busca de los objetos del naufrajio, que la corriente podia echar a tierra. Asi salvamos algunos sacos de charqui i harina, mi mochila, la de Lenglier, todo lo que nos permitió cambiar de ropa, i tambien dar alguna a nuestros peones cuyos efectos se habian perdido en el descalabro. El sombrero de Lenglier vino tambien a la orilla, no volvi a ver el mio; salvamos igualmente una caja de lata que contenía el café i el chocolate, todo eso era mui bueno, pero faltaba el fuego, cuando, o fortuna; rejistrado mis bolsillos hallé una cajita de cobre en donde habia cuatro o cinco fósforos secos, era un ausilio de la Providencia, sin eso hubieramos pasado una noche terrible. Pronto se encendió un gran fuego, i nos estendimos en el suelo al rededor. Entónces pensamos en el perro ¿que habia sido de él? me acordaba que antes de salir del puertecito en que tocamos a las cinco de tarde, lo habia desatado del cordel que lo amarraba a un banco, de otro modo hubiera sido sumejido dentro del bote, lo corto del cordel no le habria permitido salir a la superficie. Felizmente nada sucedió, allí cerca estaba el pobre Tigre, se habria dicho que comprendia la desgracia que nos habia sucedido; con el hocico entre las patas, abatida la cara, los ojos fijos al suelo, ni aun queria acercarse al fuego: ¡o admirable instinto del perro! conocia mui bien que no era por pura diversion que habiamos ejecutado ese baile acuático en que él habia tomado parte i que no era comun la desgracia que nos heria: desde ese momento aumentó la aficion que teniamos a nuestro buen Tigre.

Habriamos podido pasar mui bien la noche en la orilla sin fuego, sin vestidos secos, sin nada para comer; pero la Divina Providencia habia permitido que se hubiesen conservado secos, dos o tres fósforos, i que las primeras cosas que la corriente arrojase a la orilla, fuesen sacos de víveres i las mochilas con la ropa que necesitabamos para poder cambiar de vestido: hasta la guitarra i el flageolet se salvaron. Algunos podran reirse al oir estas palabras; pero nada hai casual en este mundo; dos dias despues, la guitarra que regalé al hijo del cacique, me sirvió para conquistar su buena voluntad i su proteccion. Mis compañeros durmieron bien, yo poco: habia porque desvelarse: fracasar cuando ya llegabamos al puerto! no obstante, traté de hallar consuelo; segun mis cálculos cuya precision me confirmaron los indios al dia siguiente, no distabamos mas de diez o doce quilómetros de la confluencia del Limai con el Chimehuin o Huechun, espacio del cual Villarino habia remontado ocho quilómetros: luego el reconocimiento se podia reputar como completo, debíamos agradecer a la Providencia que hubiesemos podido alcanzar hasta ese punto.

8 de enero.—Por la mañana el sol estaba resplandeciente absolutamente como si el dia ántes no hubiésemos naufragado. Hai una cosa digna de notarse i que talvez observa todo el mundo; cuando le sucede a uno alguna grande desgracia; por ejemplo, la pérdida de sus padres, de un pariente o de sus bienes; en virtud de ese yo que es el rasgo mas característico del ser humano, se figura uno que todo el mundo debe afectarse con el suceso, que el órden establecido va a ser trastornado i al dia siguiente se admira uno de que todo marcha como ántes, tanto en la naturaleza como en la sociedad. El sol se asoma ni mas ni ménos brillante, los vecinos continúan su vida de todos los dias, i sorprendido comprende uno que la desgracia que le hiere pasa desapercibida para el resto de la creacion. Ya habia notado esto con la ocasion de la pérdida de personas queridas, volvi a notarlo en nuestro descalabro. El sol se asomaba radiante, cantaban las aves en el aire, i el Limay corría bullicioso lo mismo que si el dia ántes no hubiese hecho fracasar todas mis esperanzas.

Luego me puse a reflexionar en el partido que debia tomarse. Lo primero que debia hacerse era evidentemente tratar de salvar todo lo que pudiésemos del naufrajio, tanto en el interes de nuestras personas como del porvenir, porque mientras mas cosas salvásemos, tanto mas numerosos regalos podiamos hacer a los indios, bien fuese que ellos nos encontrasen primero, o que nosotros fuésemos en su busca. Acabábamos de tomar un lijero almuerzo para dirijimos en seguida al bote, cuando de repente en la cima de una loma que habia cerca, aparecieron dos indios a caballo; se detuvieron i quedaron como petrificados al vernos. Ya el dia ántes, habiamos visto unas ramadas en las orillas del rio; en el lago habiamos encontrado señales evidentes de su vecindad, bien podiamos esperar su encuentro, pero ellos no podian imajinarse hallar estranjeros cerca de un bote roto, i que habian bajado el curso del Limay, rio que sabian era demasiado torrentoso para que alguien se atreviese a navegar en sus aguas. Me adelante hácia ellos i se apearon, lo que sabia de indio se reducia poca cosa, sabia decir peñi (hermano) les dije peñi; me contestaron peñi, les ofreci tabaco, algunas chaquiras i cuentas, que contenidas en mi mochila habiamos salvado, les di charqui i harina que comieron con mucho gusto, i sabiendo yo que habia existido un cacique en el Limay llamado Llanquitrue; solté la palabra Llanquitrue; los indios se quedaron sorprendidos al ver que conocia el nombre de ese cacique, se pusieron a hablar i comprendí por sus jestos que me invitaban a ir con ellos a los toldos de Paillacan, a cuya reduccion pertenecian. Les hice entender por señas, que ántes ibamos a tratar de salvar lo que se pudiese i que despues les acpmpañariamos. Vinieron a presenciar la operacion, profiriendo a cada momento palabras de conmiseracion: el carpintero Mancilla, Juan Soto i los otros se botaron al agua i subieron a la quilla del bote, quebraron las tablas del fondo i sacaron algunos sacos de harina i de charqui, en seguida uno por uno todos los forros de los botes de guta-percha, los útiles del carpintero i otras cocitas; por lo restante debíamos hacer duelo, se habia ido al fondo del rio. Ensayamos de sacar el bote de entre las piedras, pero estaba tan acuñado que se rompieron todas las cuerdas sin que se moviese. Solamente tuvimos un consuelo: el saco que contenia todos los papeles de la espedicion, habia salido a la orilla, i tuve la suerte de alcanzarlo con un remo: me oculté entónces i quemé todos aquellos papeles que pudiesen comprometerme. Despues volvimos al alojamiento de la noche e hicimos los preparativos de marcha.

Los indios traian consigo ademas de los caballos que montaban, otros dos i un potrillo: tercié mi mocliilla i con la bolsa de la guitarra hice una gorra para preservarme la cabeza de los rayos del sol, i monté en uno de los caballos. Entre los indios, como entre los niños, no es la paciencia su principal cualidad; a cada rato decian amui amui, i no era preciso ser mui entendido en la lengua, para comprender que querian decir vamos, vamos; por otra parte, la pantomima era mui significativa. El caballo no tenia montura de ninguna clase; pero mi situacion no era para preocuparme de pormenores tan insignificantes, así es que obedeciendo a las señas de los indios me puse en marcha con ellos.

La figura que hacia era de las mas curiosas, figuraos un jinete con solo camisa, pantalones, la mochila a la espalda i por tocado la gorra que habia confeccionado, que parecia un turbante con punta, semejante al que usan los circasianos del Cáucaso. Al verme en la sombra no podia contener la risa. La jente me seguia a corta distancia: la marcha de los caballos indios, bella raza de caballos, es bastante lijera: en poco tiempo me seguia solo uno de los peones i Lenglier con su mochila al hombre que gustándole mas caminar a pié, habia hecho montar en el otro caballo al peon Vera que estaba algo maltratado con un golpe recibido en el naufrajio. Orillamos el Limay como seis kilómetros: a cada instante los indios miraban para atras, espresando en sus caras el disgusto al ver a mis compañeros distantes unos de otros en el sendero que seguiamos.

En esta parte del rio que recorriamos, el valle iba tomando mayores dimensiones i la superficie del agua era mas mansa: a algunas cuadras mas abajo del naufrajio no se veia ninguna piedra: pequeñas islas que dividian el rio de cuando en cuando, formaban canales mansos en algunos de los cuales se divisaban pescados como de un pié de largo: las islas eran bajas con unos matorrales de arbustos pequeños: en las orilla principiaban a manifestarse algunos sauces. En tan excelentes circunstancias para navegar el Limay, desgraciadamente nos veiamos obligados a despedimos de él i renunciar a la gloria de recorrer su curso. Llegando a un pequeño estero, los indios se apearon, pusieron cuatro piedras en cuadro i encima colocaron un pellon con la lana para abajo; luego de la harina que les habiamos dado, echaron unos puñados, en seguida tomando agua con las manos i la boca, la vaciaron en la harina, revolvieron con el dedo i se pusieron a comer. Lenglier habiendo notado i que la forma de sus cachimbas no era apropósito para fumar acaballo, les ofreció un poco de tabaco i cebó la suya invitándoles a fumar para dar tiempo a la jente que llegase: Lenglier que es un encarnizado fumador me decia que desde ese instante tuvo mala idea de los indios, porque no sabian fumar: dieron dos pitadas, medio se embriagaron, guardaron silencio por algun tiempo, escupieron veinte veces, apagaron la cachimba (tenia solo una para los dos), i montaron acaballo diciendo amui, amui. Como habia comprendido que distábamos solo un corto trecho de los toldos, no trepidé en seguirlos; deseando por otra parte satisfacer yo solo a la preguntas que debian hacer los indios. Dije a Lenglier que esperase a los otros i despues que me siguiesen si podian, en caso contrario, aguardase a que yo enviara por ellos; contando con verlos en pocas horas mas.