Viaje en las regiones septentrionales de la Patagonia/II parte Capítulo II

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CAPÍTULO II.
Escursion a Maihué.—Rio Pillanleufú.—Rio Cunringue.—Llegada á la casa de Cayuanti.—Presentacion al cacique.—Riña entre Juan Chileno i Melipan.—Banquete.—Despedida.—Otra escursion a Maihué.——Los Montecinos.—Elisa Brava.—Viaje de Cárdenas a la Union.—Afliccion de Matias Gonzalez.—Causa de sus apuros.—Marcha para la cordillera.—Un rapto.—Caravana.—Camino a Chihuihue.—Rio Huentruleufu.—Agua termal.—Helena i Paris en Chihuihue.—Salida de Chihuihue.—El boquete.—Rio Follill.—Cuesta de Lipela.—Escalones.—Dificultades.—Inihualhue.—Ceremonia.—Tumbas.—Diego Martinez.—Lluvia.—Colihue.—Valle de Queñi.—Lago de Queñi.—Rio Chachim.—Balseo de Huahum.—Aventura.


Salimos de las casas de Arsquilhue, atravesamos la larga pampa i llegamos pronto a orillas del rio Pillanleufu, rio turbio, correntoso, con grandes piedras, que viene de un volcan que hai cerca del lago de Riñihue hacia el Norte; el práctico que llevaba nos mostró el vado i sin dificultad lo pasamos con el agua hasta el pecho del caballo: como a una cuadra mas abajo del vado hai un rápido con muchas piedras. Despues como a unos trescientos o cuatrocientos metros hai otro rio: el Cunringue, de agua clara, i con menos corriente que el primero; lo pasamos tambien sin dificultad. Mas abajo, se juntan estos dos rios i se vacian en la laguna de Maihué. Despues de pasar la pampa de Arsquilhue, las cordilleras se van estrechando mas i mas. Luego llegamos a Maihue, a la casa del cacique Cayu-antí: allí estaba Juan chileno; detuvimos los caballos junto a la cerca, porque segun es costumbre entre indios, cuando uno llega al frente de la habitacion, aunque sea vecino i relacionado de la casa, debe uno esperar montado en su caballo. Nadie puede pasar adelante sin permiso i conocimiento del dueño: luego que se ha tomado noticia de dónde viene el transeunte, i qué intencion lo trae, salen las mujeres a barrer el frente, i a acomodar lo preciso para el recibimiento del huésped. En una ramada cerca de la puerta de la casa, ponen pequeños bancos, cubiertos con pieles para las personas de rango, i tienden otras en el suelo para las demas personas de la comitiva. Tan pronto como se concluye esta operacion, se acerca a sus huéspedes el dueño de la casa, les dá a cada uno la mano, les convida a que se apeen, i les señala los asientos: entónces principia la plática. Lo mismo pasó con Cayu-antí; Juan chileno me introdujo al cacique, que ya me conocia de reputacion. Juan tenia una venda en un ojo: el dia precedente habia habido borrachera, de que participó tambien el calumniador Melipan, i cuando Cayu-antí hubo sucumbido, él i su grande vaso, bajo los ataques repetidos del agua de fuego, entre Juan chileno i Melipan se trabó una pendencia. Quién sabe si no fué por la nueva Helena. ¡Amor! tu perdistes a Troya, pero esta vez, casi hicistes perder el ojo izquierdo al desgraciado Juan, porque Melipan con los laques, le dió un bolazo en la frente; i como suelen ventilarse estos asuntos entre los gentlemans de esas comarcas, Melipan fué sentenciado por Cayu-antí, a pagar a Juan una multa de cuatro ovejas, i a la mañana siguiente, los dos adversarios eran tan amigos como ántes.

Cayu-antí, me recibió con mucha majestad, se trajeron pieles i nos sentamos uno en frente del otro; pude mirarle a mi gusto. Era un hombre bastante grande i gordo, pelo negro, tez morena: estaba vestido con chamal en las piernas, es decir un poncho envuelto, i otro en los hombros; la cabeza cubierta con un sombrero cónico. Deseando manifestar que no eramos huéspedes ordinarios, dió órdenes para que se cocinase una cazuela en nuestro obsequio. Yo conversé un rato con Melipan, que negó todo lo que se le acriminaba respecto de las calumnias de que habia sido el autor. Cayu-antí embrutecido por la borrachera de la víspera, no despertó de su entorpecimiento, sino cuando a vinieron avisar que la comida estaba lista. Entramos Lenglier i yó, nos sentamos a la mesa; Cayu-antí al frente de nosotros, como a dos pasos de la mesa, teniendo detras a su mujer i sus hijas. A nuestra izquierda, Juan chileno sentado en el suelo encima de un cuero, i a nuestros pies debajo de la mesa, teniamos al honrado Tigre, porque careciendo de servilletas, soliamos limpiarnos las manos en la piel gris del pobre perro. El ají, sobresalia en la comida. Cayu-antí nos hacia valer su importancia i su superioridad sobre los moros de la otra banda, con decirnos que él era cristiano, que tenia siembras i cosechas; en fin, queria darse por un hombre que habia pasado por el crisol de la civilizacion, i que habia salido de él completamente sublimado. Atendiendo a la crónica escandalosa de la vecindad, cuando el aguardiente comenzaba a montar a la cabeza de nuestro digno huesped, desaparecia el elemento cristiano; el salvaje volvia a aparecer, i Cayu-antí no soltaba mas el cuchillo de la mano. Concluida la comida, me convidó a ir con él a ver una mujer enferma, que vivia en una choza vecina; fuí, la reconocí i segun los datos que me dieron, la enfermedad resultaba de una inflamacion producida por el abuso de aguardiente. Le di un purgante de calomelano que traia i le receté agua de linaza para que bebiese. Nos despedimos de Cayu-antí en cuya mano, al apretarla, dejé una moneda de veinte centavos i volvimos a Arsquilhue.

27 de febrero.—Al otro dia por la mañana volví a Maihué, me interesaba por la enferma, i como iba a la otra banda bajo malos auspicios, gracias a las calumnias de Melipan, creia que la fama de la curacion pasaria la cordillera, i podria hacer tornar un poco en mi favor la opinion de los Pehuenches. Habia sanado la mujer; otra reclamó mis cuidados, la receté, pero supe despues que en lugar de seguir mis prescripciones, los indios tuvieron mas confianza en el machitun, sobre cuya celebracion daré algunos pormenores mas adelante.

Montesinos se preparaba para marchar, porque ya habia llegado de Arique su hermano menor Marinao trayendo dos cargas de aguardiente. Este Pedro Montesinos i su hermano Manuel eran mui intelijentes, me gustaba mucho su conversacion. Tenia sus toldos cerca de los de Huitraillan, cacique que vivia en las orillas del Chimehuin. Pedro como mayor de la familia, era obedecido i respetado de sus hermanos.

Lo llené de admiracion un dia que se ocupaba en trasvasijar aguardiente: hice un agujero en la parte superior del barril, i entonces pudiendo penetrar el aire, salió mui bien el licor. Admirado me pidió la esplicacion del hecho, se la dí, i todo el dia se lo pasó agujereando barriles, haciendo el esperimento. Mas tarde me hizo muchas otras preguntas quedando mui encantado con mis contestaciones, i concluyó diciéndome que debía ir a pasar algun tiempo con los indios del Chimehuin, de quienes seria mui bien recibido, porque podia enseñarles muchas cosas. Como vivia en un lugar en donde me parecia debia estar nuestra desgraciada compatriota Elisa Bravo, que fué, como se sabe, cautivada por los indios, despues del naufrajio del buque Jóven Daniel en las costas de Valdivia, le pregunté si sabia algo de eso. Me aseguró haber tenido noticia del naufrajio i de la mujer, que los indios se habian emborrachado con los barriles de licor que arrojaron las olas a la orilla, i en seguida habiendo asesinado a todos los náufragos, habian llevado consigo cautiva a la española. Mas temiendo la venganza de los españoles, la vendieron por cien yeguas a los indios de Calfucurá en Puelmapu. Pero inmediatamente, notando él mi admiracion, agregó que la mujer habia muerto hacian tres años, i no quiso darme mas esplicaciones. Montesinos como todos los indios no decia sino lo que queria decir. Despues cuando estuve viviendo en los toldos de Huincahual pude imponerme de la verdadera existencia de esta pobre mujer, pormenores que daré mas adelante.

Pasaba el tiempo en esas conversaciones, i esperando a Gregorio Cárdenas, que habia yo mandado a la Union por el motivo siguiente: Montesinos, chileno, aquel individuo que cito en la primera parte de esta relacion, i que me habia sido enviado como lenguaraz, por don Manuel Castillo Vial, Gobernador de la Union, ántes de mi salida de Puerto Montt; el mismo Montesinos que habia dicho a los indios tantas mentiras sobre mi viaje, i que habian orijinado el parlamento cuando me iba a Valdivia, habia ido a la otra banda, i al regresar, creyendo que Motoco no podia correr tras de él, porque tenia algunas cuentas que arreglar con las autoridades de los Llanos, se habia apoderado ilícitamente de dos de sus caballos. Este me rogó que escribiese una carta a las autoridades de la Union para reclamar los animales, i Gregorio fué encargado de la dilijencia.

16 de febrero.—Aunque tenia prisa de pasar la cordillera, siempre tenia que esperar la llegada de algunos Pehuenches con caballos para comprarselos por aguardiente, i se pasaba el dia en hacer observaciones frecuentes o conversando con los Montesinos: siempre sucedia algun acontecimiento que rompía la monotonía del tiempo. Un dia Matias Gonzalez llegó todo alborozado, pidiéndome recomendaciones i consejos sobre un asunto que le aflijia: poco tiempo ántes, había concedido la mano de su hija a un Pehuenche, en cambio de algunas prendas. La cosa hizo ruido, la noticia de este contrato matrimonial de jénero insólito i contra las formas de las costumbres cristianas, llegó a los oidos del juez i vino la órden a Matias Gonzalez de comparecer ante el inspector de Arique. Sorprendido Matias en medio de sus ocupaciones campestres, imploró mi asistencia para que hiciera algo en su favor, prometiéndome en cambio acompañarme a la otra banda, i contar a los Pehuenches como se le habia querido castigar por haber dado su hija a uno de ellos, pero que el ingles, como solían nombrarme, le habia librado de muchas persecuciones. Tomé informes respecto de la niña, los vecinos me dijeron que en nada habia sido forzada, i que tenia hacia tiempo íntimas relaciones con el Pehuenche. Por otra parte, estaba hecho el daño, la muchacha iba a ser pronto madre. Rigores para con Matias lo hubieran echado todo a perder, e irritado a los indios ya tan prevenidos en contra mia. Hice cuanto estuvo de mi parte en beneficio de Matias, i gracias a eso fué puesto fuera de causa; pudo entonces dormir tranquilo i pensar en vender su otra hija, o para hablar con mas política, conceder su mano al honrado Juan chileno. Todas esas pequeñeces tenian su importancia: en política como en diplomacia, no hai cosas pequeñas, como lo prueba el grano de arena que se encontró mui a proposito para la Francia, en la vejiga del Lord protector de Inglaterra, Oliver Cromwell. Las calumnias de Melipan habian hecho mui difícil mi posicion en la otra banda i se necesitaba toda la diplomacia de un Talleyrand para mejorarla un poco.

17 de febrero.—Por fin llegó Gregorio Cárdenas de la Union, i como tenia ya los caballos necesarios, nos preparamos para marchar al dia siguiente.

18 de febrero.—El miércoles, desde el alba, se pusieron en camino los Montesinos; nosotros ibamos a seguirlos despues de haber hecho un lijero almuerzo. Ya teniamos el pié en el estribo, cuando vimos llegar a toda carrera al honrado juez de esa comarca, don Bonifacio Vasquez: corría persiguiendo a su criada, una chola que habia caido en las redes amorosas tendidas por el astuto Manuel Montesinos, i se huia con este indio para ir a la otra banda a participar de su toldo i prepararle todas las mañanas el clásico asado de caballo. Eso nos contó Bonifacio, despues de haber apaciguado su emocion con un trago de aguardiente que le pasó el dueño de casa, trago que talvez le hizo cambiar el curso de sus ideas, porque al preguntarle si se pondria en camino con nosotros para perseguir a la infiel criada, me contestó con mucha sangre fria, que ya estaba hecha la desgracia, i que por otra parte, tenia muchos miramientos que guardar con los indios, porque tenia que hacer grandes negocios con ellos para el año siguiente, que hacia tiempo habia reparado en su criada una aficion mui marcada por la vida vagabunda, aficion que habian desarrollado las frecuentes visitas del astuto Manuel, cuya presencia en su casa él habia tan ciegamente tolerado en los últimos dias. Bonifacio tenia pues la culpa por haber introducido al lobo en el corral de las ovejas. I en fin, decia que lo que habia sucedido ese dia, hubiera sin duda tenido lugar despues, i valia mas en todo caso que hubiese caido en manos de Manuel que, aunque Pehuenche, parecia de bastante buen carácter, que en las de otro mozo que no hubiese tenido para con ella los mismos miramientos. Aprobé los raciocinios de éste digno juez, succesor en linea directa de Brid'oison i nos marchamos. Prieto i Ehijo, el uno vaquero, i el otro administrador de la hacienda de Arsquilhué, nos acompañaron hasta Maihué en donde nos despedimos de esos honrados ciudadanos, que habian hecho todo lo posible para hacernos soportable la vida en Arsquilhue, gracias a las recomendaciones de don Manuel Florin, su patron.

La caravana esta vez se componia, ademas de mi persona, de Lenglier, los dos Cárdenas, José Bravo que llevaba aguardiente a los toldos de Huitraillan; i en materia de animales, los caballos que montábamos, otros dos sueltos, una mula que le habia alquilado a Prieto i que con otra de Cárdenas, servían para llevar la carga, i en fin de Tigre, que descansado de sus fatigas, daba brincos por los flancos de la columna. Caminábamos al paso con intencion de ir a pasar la noche a Chihuihue, distante solamente doce kilómetros.

Los dos cordones que forman este largo valle, aquí se estrechan de tal manera que en algunos trechos, el valle es solo una quebrada, en otros anchándose un poco, forman pequeñas pampitas. Nosotros faldeabamos las ramificaciones del cordon de la derecha, yendo siempre por debajo de árboles i quilas: durante todo el dia no hicimos sino subir i bajar; cada bajada estaba marcada por un torrente: de los cuales hai uno bastante considerable: el Huentreleufu. Me aparté un poco del sendero, porque Motoco me dijo que a la derecha, a poca distancia en la cordillera que faldeábamos, se hallaba una vertiente de agua caliente; fuí a verla; la temperatura del liquido era de 24° cent., siendo la del aire 13°. En fin como a las cinco de la tarde llegamos a Chihuihue, allí encontramos a Helena i su pastor Paris, es decir, la chola fujitiva i Manuel Montesinos con sus dos hermanos, Pedro i Marinao. La chola era bastante buena moza i no parecia atormentada por los remordimientos orijinados por su fuga. Aunque en este lugar hai una casita, en la que viven un indio i su mujer, nosotros dormimos al aire. Era preciso, desde ese momento, decir adios al confortable de la vida civilizada. No necesitábamos mucho tiempo para hacer la cama, teniamos el material en nuestras monturas: estendiendo en el suelo las jergas i encima los pellones, teniamos el colchon; la enjalma de cabecera, i las mantas para taparnos; así dormiamos como reyes, si es que duermen bien los reyes, con las zozobras del gobierno.

19 de febrero.—No pudimos salir tan temprano como hubiesemos querido, fuimos atrasados por la pérdida de dos caballos en el monte; al fin se hallaron i nos pusimos en camino despues de haber pagado al indio viejo de Chihihue por los estragos que decia habian ocasionado los dos caballos en su campo de cebada. Luego que salimos de Chihihue, entramos en valles i cordilleras, ramificaciones directas del boquete. Todo el camino como el anterior hasta Chihihue, se compone de subidas i bajadas, algunas de ellas bastante pendientes i mui húmedas a causa de lo espeso del bosque que no deja penetrar el sol: unas veces faldeabamos el cordon derecho, otras el izquierdo, separados solo por la quebrada angosta, por donde corre el torrentoso rio Follil que atravesamos cinco veces; dos veces ménos que en el viaje anterior i con menos agua: las nieves que lo alimentaban se habian ya concluido. En otra estacion es mui peligroso a causa de los grandes trozos de piedras que forman su lecho.

El boquete de Lifen o de Ranco como lo llaman algunos, es una depresion de la línea principal de la cordillera. La cuesta de Lipela es el verdadero paso: el Follil llega hasta el pié de ella, i tuerce en seguida a la derecha. El sendero es cortado a pico; unas veces por entre peñas elevadas, otras, vá encajonado entre dos murallas de tierra, verdadero cauce de torrente en invierno: para pasar por ahí, es preciso soltar los estribos i cruzar las piernas encima del pescuezo del caballo: las cargas se pasan a hombro; esta operacion se repite en cada uno de estos estrechos, i en otros puntos en donde el declive es mui pronunciado. En un lugar en que el sendero parecia mejor nos vimos de repente detenidos por un escalon de piedra como de dos varas i media: era de roca viva, los caballos lo salvaron rasguñando; estaban acostumbrados a ese camino: nosotros nos izabamos por los coligües. A cada rato nos deteniamos, ya para dejar descansar a los caballos o para descargar o cargar: otras veces, era una mula o caballo que dejaba el sendero, i era preciso volver a ponerlo en camino: un caballo se desbarrancó de una altura de cuatro varas; pero felizmente nada le sucedió. No hai palabras para dar una débil idea de lo que es esta infernal ascension. Pasamos varias vertientes i llegamos a la cima del primer escalon. Como en el boquete de Nahuelhuapi hai tres escalones hasta la cima. Los cambios de la vejetacion se manifiestan del mismo modo: el coigüe es el árbol que alcanza hasta las rejiones de la haya antártica que principia como a 500 metros; la acompaña por algun tiempo i cesa enteramente: solo arbustos se ven en adelante: el canelo, planta pequeñita, el ciruelillo, solo de algunas pulgadas, mientras que abajo éstos son árboles de alguna magnitud. La haya antártica solo en la rejiones de las nieves se manifiesta con esas ramas de formas caprichosas que he descrito en el paso del boquete de Nahuelhuapi. Aunque la pendiente es mucho mayor en los otros dos escalones, pudimos pasarlos mas prontamente, porque la vejetacion siendo menor, las cargas no se enredaban tanto. Al fin como Dios es grande i Mahoma su profeta, i que hai un dios para los caballos, como hai uno para los borrachos, alcanzamos la cima sin accidente alguno, pero sudando sangre, cansados, casi cortados. Descansamos un rato i bajamos el primer escalon, en seguida el segundo, i llegamos a Inigualhue. Aquí como en el cerro Doce de febrero i el de la Esperanza, en el boquete Perez Rosales, se hallan mesetas con pequeñas lagunas, producidas por las nieves: en ese tiempo, solo ahí habia nieve; en los demas puntos se habia derretido.

La meseta de Inihualhue es circular, una yerba menuda tapiza el suelo sumado por un riachuelo que corre con suave murmullo: cerca, a la derecha, se veia un cerro grande con nieve en la cima: nos detuvimos para dejar descansar los caballos i acomodar las cargas. Luego en un círculo que hai trazado a la derecha, como de tres metros de radio: cada una de las personas de la comitiva con mucha seriedad, dió tres vueltas en un pié: esta ceremonia asegura el éxito del viaje a todo viajero que atraviesa el boquete, tanto para Valdivia, como para las pampas. ¿De dónde viene esta costumbre perpetuada por la tradicion? nadie lo sabe; pero todos la cumplen con escrupulosa exactitud. El círculo tiene como dos pies de profundidad, i parece ahondado solo con la repeticion de la ceremonia. Nosotros conformándonos con la costumbre, dimos tambien las tres vueltas en un pié. La altura de la cima, señalada por el barómetro aneroide que llevaba es de 922 metros.

Listos los caballos i las cargas, principiamos otra vez a bajar; el descenso no era tan violento como al principio de la cuesta de Lipela: faldeábamos el cordón derecho de un valle que se dirije de Oeste a Este, por donde corre el estero de Queñi, valle que vá a concluir en el lago del mismo nombre, i después oblicuando el Nordeste se une al lago de Laca.

Apenas salíamos de la meseta, un cúmulo de ramas verdes, nos llamó la atención. Vimos a la jente que quebraba ramas i las echaba encima de esta especie de túmulo de hojas. Se nos dijo que allí descansaba un Pehuenche muerto helado en la cordillera, en compañía de otro que un poco mas abajo tiene su sepultura. Esos dos Pehuenches habian venido de la otra banda a buscar mujeres que les ayudasen a pasar con menos trabajo el desierto de la vida i el desierto de la Pampa. Viaje infructuoso; al volver fueron sorprendidos por la nieve i dejaron sus huesos en la cordillera. Lo que es la suerte: apenas se sabe en dónde están las tumbas de uno que otro de esos grandes hombres de la historia, i aquí hai las de dos oscuros Pehuenches en las cuales se ponen continuamente flores i verduras. Mientras dure el comercio de aguardiente, i miéntras pasen el boquete honrados traficantes yendo a llevar alcohol a los indios, eterna verdura coronará vuestras tumbas, i salvará del olvidó el lugar en donde yacen los restos de dos desconocidos salvajes, i si un dia vuestra alma viene a revolotear encima de su antiguo forro, de los barriles de los comerciantes, la alcanzarán emanaciones perfumadas del licor que, como buenos indios, debisteis haber amado durante vuestra vida; la tierra os sea liviana.... Hacia esta deprecación: cuando fuertes latigazos i voces de hombres animando caballos, interrumpieron mis fúnebres meditaciones. Efectivamente, un instante después, encontramos una caballada conducida por peones, i un joven de elevada estatura, buen mozo, que dijeron era Diego Martinez. Este individuo, se encontraba implicado en las calumnias esparcidas entre los indios sobre mi persona. El Gobernador de la Union, a quien habia avisado, debia mandar arrestarle a su llegada. A mis preguntas contestó Diego Martínez que todo era falso, i sus protestas fueron tan acaloradas, que le di unas cuatro letras para don Manuel Castillo Vial, a fin de que no se le inquietase. Pero, mas tarde, me contaron los indios, que efectivamente se habia mezclado Martínez en esas mentiras. Casi todos esos comerciantes son una pura canalla, i no valen mas que los indios, a quienes frecuentan: siempre ha sido lo mismo. En una memoria sobre el estado de las misiones, i los medios de atraerse a los indios infieles, Don Salvador Sanfuentes, Intendente de la provincia de Valdivia, en 1848, manifestando la inutilidad de sus esfuerzos, i la resistencia obstinada con que los índijenas se oponen ala civilización, añade: es harto sensible que a tan obstinada resistencia, se acuse de haber contribuido en mucha parte con sus perniciosos consejos a varios españoles, interesados en esplotar por sí solos el comercio con los de indios, i consiguiente, que ellos se mantengan en la barbarie. La cosa no ha cambiado como lo prueba la condudcta de Montesinos i de Martinez.

Apenas nos separamos de este último cuando una lluvia mui fuerte principió a caer.

Lo que me inquietaba no era el ser mojado, pero tenia en mi carga muchas cosas que se podian echar a perder con la lluvia; me consulté con la jente para deliberar sobre el asunto, i todos fueron de parecer que alojásemos un poco mas abajo de la tumba del otro Pehuenche, en una pampita, donde podian pacer los caballos, i en donde un estero que viene de la cordillera, nos proporcionaría agua a discrecion. Nos hallabamos casi en la mitad de la bajada; llovía a cántaros. La primera cosa que hicimos, fué construir unos toldos con coligües: tres ramas encorvadas se fijaron en el suelo i tejidas con otras puestas encima, formaron el esqueleto; se cubrieron con ponchos i jergas; de ese modo nos proporcionamos un abrigo para poder pasar la noche, mal que mal. Tigre, nuestro perro, que no tenia ninguno de los gustos acuáticos de los perros de Terranova, se acomodó en el tronco hueco de un árbol que le proporcionó un asilo perfectamente apropiado a las circunstancias. Esto no era lo bastante, era preciso encender fuego; todo estaba mojado, pero por fortuna el mozo Cárdenas se había llenado los bolsillos con palo podrido. Sacamos fuego con el eslabon, i un rato después, cerca de un fogon brillante de coligües, calentábamos nuestros miembros entumidos. Esto me reconcilió un poco con este arbusto que tantas veces nos había hecho arrojar imprecaciones en el camino. El coligüe crece derecho como una lanza; nudos igualmente distantes, forman anillos en esta caña, que es de un color amarillo, cuando es viejo el arbusto. Las hojas punteagudas del coligüe se conservan siempre verdes, aun en el invierno; i ofrecen un pasto constante para los animales. Se dice que los leones americanos se contentan con él, cuando no tienen otra cosa que comer. El palo sirve de mango para las lanzas de los indios. Seco arde chisporroteando, i da una viva luz; los indios lo usan como antorchas para alumbrarse. Esta planta tiene bastantes títulos para la consideración pública, pero tantas veces en nuestro viaje, el Coligue nos habia casi cegado o despanzurrado, que fué preciso sentimos secar al fuego de sus varas para olvidar los rencores que le teniamos.

20 de febrero.—Llovió toda la noche: por supuesto era de creer que madrugarianos; estuvimos en pié al rayar el alba. Con el dia cesó la lluvia; despues de haber hecho el almuerzo acostumbrado de cordero asado, nos pusimos en camino, i orillamos el estero Queñi. El declive es suave, pampitas cubiertas de altas yerbas, i de las mismas flores amarillas que habiamos reparados en Chihihue, alternaban con el bosque en el sendero que seguiamos. Cerca de la cuesta, en las dos faldas de la cordillera, la flora es casi la misma. En este valle, la cordillera de la izquierda sigue sin interrupcion hasta el lago de Queñi, pero al frente de este, la de la derecha tiene una depresion sensible i forma una abra. Se deben contar veinte i ocho kilómetros desde Inigualhue hasta el lago de Queñi; un poco ántes de alcanzarlo, atravesamos el estero, que ahí casi es un rio.

El lago de Queñi a 562 metros sobre el nivel del mar, es de forma triangular; sus lados tienen cada uno como dos kilómetros de estension. Echa sus aguas en el lago de Lacar, por el rio Chachim. Evitamos una subida difícil, siguendo por algun tiempo la orilla; nuestros caballos tenian el agua hasta el vientre. Subimos otra vez ala falda i caminamos al Nordeste, doce kilómetros: el valle concluye, oblicuando en el lago de Lacar. Atravesando terrenos pantanosos alcanzamos al balseo; un poco ántes, pasarnos un riachuelo cuyo nombre no nos supo decir nuestra jente, i que viene a echarse en el Chachim.

Este balseo no era el mismo que habíamos pasado cuando volviamos de donde Paillacan. Este estrecho se llama Huahum, dista del otro como ocho kilómetros hacia la izquierda, i entre los dos, el rio Chachim viene a juntarse con el lago de Lacar. Motoco se fué adelante para llamar al indio que maneja la embarcacion; se demoró algun tiempo. Parece que los indios estaban embriagándose con el aguardiente que les habia traido Panguilef de la Mariquina que habia pasado la víspera en la otra orilla. Al fin volvió, diciendo que ya estaba en la embarcacion un jóven indio. Bajamos a la orilla i desensillamos los caballos. El jóven indio pidió por retribucion un pañuelo, que le dí. El único remo de la canoa era un palo, en cuyo cabo tres pedazos de tabla amarrados con voquil, formaban la paleta. Embarcamos en la canoa los bagajes i las monturas. Dos viajes bastaron para pasarlos; nosotros pasamos tambien, i solo quedaron en esa orilla los caballos i Motoco que esperaba la vuelta de la canoa, para hacerlos pasar a nado i despues balsearse el mismo en la canoa. Pero en ese momento, cuando tocábamos la orilla opuesta, llegó un indio de cuerpo flaco i delgado, de nariz aguileña, que dijo dos o tres palabras al otro indio. Se trabó un coloquio entre él i José Bravo, que habia desembarcado: viendo yo que no saliamos a tierra, no podia entender lo que pasaba, cuando José Bravo me dijo que el recien llegado no queria dejar volver la canoa a la orilla opuesta, sino se le daba algun regalo. Estábamos en una posicion mui curiosa, nuestros caballos en una orilla, i nosotros con los bagajes en la otra. Si Motoco hubiera sabido nadar, el embarazo no era grande, pasaba, ensillábamos los caballos, i nos marchábamos, ademas ese obstáculo no se hubiera presentado: Motoco por su fuerza física i su carácter atrevido, bien conocido de los indios, era mui temido. El bribon que nos detenia se llamaba Linco. Viendo nuestra posicion difícil se mostraba exijente; al fin cedia ya con la promesa de una camisa, cuando llegó a toda carrera otro indio, con un sable en la mano, jesticulando i gritando como un demonio; estaba tan ebrio que apenas podia tenerse en el caballo. Este indio, como lo supimos despues, se llamaba Truncutu, era platero, cuñado de Linco, el indio flaco que le habia precedido. Vociferaba haciendo encabritar el caballo, i me tiraba puntazos al vientre con el sable. Yo comprendia mui bien que todo eso era con el objeto de intimidarme para que le diese alguna cosa, pero resistí: exasperado el indio, me tiró un corte i me botó el sombrero, al mismo tiempo me dió una pechada con el caballo. Yo tenia mi revolver escondido debajo del poncho, no me habria sido difícil voltearle a mis pies de un pistoletazo, pero eso habría empeorado nuestra posicion: no podiamos tocar retirada, ni tampoco pensar en huir hacia adelante sin nuestros caballos, i aun cuando los hubieramos tenido, los indios deseosos de vengar la muerte de su hermano, nos habrian alcanzado i jugado una mala pasada, y como nuestro proyecto final era ir con los indios al Cármen i quedar amigos con ellos, creí mas prudente parlamentar. Ademas habian ya muchas prevenciones desfavorables a mi persona entre esa jente, para que un acto de violencia como ese nos hubiese perdido enteramente.

Pero mientras mas le hablaba, mas rabioso se ponia Truncutu que no me entendia una palabra. No se sosegó sino cuando llegaron las chinas que le colmaron de injurias. No sabiendo qué contestar, se calló i pidió que beber. No habia en que darle agua; indicó por un jesto uno de nuestros estribos de madera. Yo desaté uno i la china lo llenó de agua, i el señor Truncutu lo vació siete veces seguidas. Mientras tanto, en la otra orilla, Motoco se daba a todos los diablos, viendo el atrevimiento de este bruto, i principiaba ya a juntar palos para hacer una balsa i pasar: entonces la cosa habria tenido otro desenlace: una cuchillada no era nada para un carácter tan violento como el de Motoco. Aunque ébrio, lo entendió Truncutu i envainó su sable. Yo para concluir entónces, regalé una camisa i un pañuelo a cada uno de los indios, unas chaquiras a las chinas, i se acabó el alboroto. La embarcacion fué a la otra orilla, Motoco se embarcó despues de haber echado al agua los caballos, i principiamos a aprestarnos para seguir la marcha i librarnos luego de ese estorbo, porque podian llegar otros indios, que habian como unos veinte en la toldería vecina, i hubiera sido preciso; ceder a nuevas exijencias.