Y que viva la alegría

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¡Y que viva la alegría
de Arturo Reyes



- I -[editar]

Pepa fijó sus ojos con iracunda y doliente expresión en el semblante huraño de Currito y permaneció silenciosa y sombría durante algunos instantes.

Por la reja abierta de par en par penetraba como un torrente de luz de oro llenando de tonos risueños la estancia y abrillantando los muebles, que, si humildes, delataban la índole pulcra y hacendosa de su gentil propietaria.

Ésta no habíase cuidado aquel día del acicalamiento de su persona, y aparecía con la negrísima melena encrespada sobre la frente; mal velado el busto sin encorsetar por amplio pañuelo encarnado; la falda sin almidonar dibujaba el contorno de sus piernas robustas, y sus pies, sus pequeños pies, jugueteaban en usadísimas chinelas.

El rostro de Pepa delataba algo doloroso y sombrío; sus negrísimas cejas uníanse merced al fruncimiento de su frente; grandes manchas violáceas circuían sus ojos febriles; su tez morena, oscurecida por el suavísimo vello en los bordes de las mejillas y en el labio superior, tenía tonos intensamente pálidos, y en su boca, en su preciosa boca de labios finos y nítida dentadura, una irónica y amarga contracción delataba la tempestad que desatábase en su pecho.

Paco, más que colérico, parecía contrariado; no obstante lo cual, no habíale faltado humor para engalanarse con su traje gris de los días de fiesta, con su camisa de pechera bordada, su botonadura de oro de pega; con el grueso calabrote lleno de baratijas del mismo metal; sus zapatos de charol con caña de color, y su sombrero flamante de sevillano abolengo.

Algunos minutos llevaban de silencio cuando Pepa lo interrumpió diciendo:

-Pos ya lo tenemos to hablao. Con que cuando tú quieras, cuando a ti te dé la repotente gana, manda por to tu petate, ¡y a volar! A que no te vean más mis ojos.

Paco levantó la cabeza, miró fijamente a la Pelusita, y repúsole con turbado acento:

-Yo no creí que tú fueses a tomar la cosa de tan malilla manera; yo creí que tú tendrías más reflexión. Ya te he dicho que yo no quiero a nadie en el mundo más que a ti, y a ti será quien yo seguiré queriendo con toas las veritas de mi alma manque me case no digo yo con Lola, sino con Santa Rita de Casia. Ya te he dicho por qué me caso con ella: mi padre se ha emperrao, mi madre se ha emperrao tamién, y tos están emperraos y se saldrán con la suya, pero lo que no podrán conseguir nunca, ni ellos ni nadie en el mundo, será que yo me aparte de tu verita, gitana.

-Es naturá, to eso es mu naturá -dijo Pepa con infinita amargura-, es mu naturá to eso. ¡Quién soy yo pa que tú te cases conmigo! ¡Una cualisquiera! Una guillaíta que se había criao en pañales mu probes, pero tan honraos u más que los tuyos, y cuando ya estaba criá, y cuando ya mi padre se había muerto, y vivía yo con mi probe vieja, trabajando pa vivir como Dios manda, vinistes tú con tus manitas lavás... ¡Y a qué hablar de aquello! Yo, que tenía dieciséis años, creí to lo que me dijiste, y mi vieja se me murió a poquito, no sé de qué, porque si el médico dijo que de un tifus, yo creo que se me murió de la pena; y de entonces acá he vivío jechita una esclava, ayunando un día sí y otro no, vestía de percalina en invierno, y en verano, en cueros vivos, sin tener a veces un mal jergón aonde recostar mi cuerpo, Pero to los tiempos no son iguales: tú has adelantao en tu oficio y ya ganas cuatro pesetas y lo que cae, y ya tiées un terno pa los domingos, y te afeitas toas las semanas, y nunca te falta el tabaco. Y ya se ve: un hombre en esas proporciones no puée pasarse la vía con un trasto como yo, y como la Lola tiée cuatro ochavos en la punta de un pañuelo, ¡velay tú!, te debes casar y te casarás con ella, porque es lo que tú te dirás: cuando a Pepa me la pía el cuerpo, allí la tendré siempre que quiera, que pa eso Pepa me quiere, y Pepa aguantará carros y carretones. Pero en eso cabalmente es en lo que tú te equivocas de medio a medio, porque en cuantito traspases las puertas de este cubril, yo te prometo que te arranco de mi corazón de un bocao, y que endispués de mascarte te escupo y te pisoteo, y no vuelvo a cruzar palabra con la tuya ni manque me llames a gritos cuando estés en tu agonía. ¿Tú te enteras?

Y al decir aquello le relampagueaban los ojos, le jadeaba el aliento y se le crispaban las manos a Pepa la Pelusita.

Paco, que la había escuchado comprendiendo que era preciso esperar a que se amortiguara un tanto la borrasca que acababa de desatar en ella el anuncio de su proyectado enlace, incorporose suspirando, estirose la americana y, echándose el sombrero sobre la sien izquierda, dijo:

-Jasta endispués -dijo-; jasta que se te pase el berrinche y haigas reflexionao y comprendas que es tu bien y el mío esto que yo te propongo.

Y Currito salió de la habitación no sin que resonara en sus oídos la voz vibrante y seca de Pepa, que le decía:

-Anda, vete, ladrón, que amortajao te vean pronto los ojitos de mi cara.



- II -[editar]

Paco salió con la mar de ganitas de embestirse con el primero que se le pusiera delante. No habíale mentido a Pepa al decirle que era ella la única mujer a quien quería, pero su casamiento con Dolores era un negocio más redondo que una bola. Casándose con Dolores, su Pepa podría vivir como los propios ángeles, su Pepa, ¡pues no quería él mucho a su Pepa!

Y pensando en esto caminaba tropezando con todos o casi todos los transeúntes, cuando de pronto detúvole por el brazo Antoñico el Virutero, diciéndole con acento irónico:

-¿En qué vas pensando, chavó? ¿En la resaca?

-¡Hola, Antoñico! En busca tuya diba precisamente, a platicar contigo una miaja, a ver si tú, que eres hombre de luces y de güenas intenciones, y además amigo mío de los de verdá, puées darme una linterna pa el camino.

-Me apuesto un millón contra un carrete a que me vas a platicar de tu Pepa.

-De mi Pepa y de la que no es mi Pepa, de mi Pepa y de la Dolores, de dambas voy a platicar contigo; de dambas, que me tiéen ya que no atino ni con la puerta de mi casa.

-Ya supongo lo que es; que Pepa se habrá comío la partía de que tú quieres, o de que tú estás conforme, con que te den las viruelas, porque eso de casarse con la Lola es más peor que una enfermeá de las de juntas de méicos.

-No es que ella se ha comío la partía; es que como la cosa apremia porque el bato de la Lola ha dicho que porra entro u que porra fuera, y que de hoy no pasa el que yo tome un camino, pus yo quise tantear el terreno. Y yo no sé, pero he pasao un ratito de los de órdago, y aquí me tienes más loco que una yegua loca y sin saber a qué carta quearme.

-Pos pa mí eso está más claro que el sol -repúsole, encogiéndose de hombros, el Virutero-: yo me casaba a tenazón con la Dolores.

-¿Y por qué te casabas tú con la Dolores? -preguntó Currito a Antonio, mirando a éste lleno de profunda sorpresa por la por él inesperada salida de aquél, siempre y hasta entonces campeón decidido de la Pelusita.

-Pos hombre, yo te diré -repúsole Antonio con cierto aire de turbación-: yo me casaba con la Dolores porque estoy ya jartico de dormir en un entre catre y cama, y me está pidiendo ya el cuerpo una camita camera.

-Déjate tú hoy de bromas y háblame con el corazón en la mano.

-Pos hombre, yo te diré: yo en tu lugar me casaba con la Dolores, porque manque la Dolores tenga tres perritas gordas, no va a encontrar quien se case con ella, porque esa gachí tiée por cara una cornucopia y un cuerpo que es un taburete, y casarse con ella es jacer una obra de misericordia de las que manda nuestra Santa Madre Iglesia, y como además esa gachí tiée pa que te puéas desayunar tos los días con chocolate de la Riojana y bizcochos de la Española...

-Yo no lo hacía por mí; a mí un beso de mi Pepa me alimenta más que una caja de Somatose. Yo lo hacía por ella...

-Pus por ella también lo debes jacer, porque a ella lo que le sobrarán serán hombres en cuanto tu agüeques el ala, porque como es más bonita que el sol y tiée más rocío que las flores y no hay gachó que no se hirnotice oyéndole cantar aquello de

Si pasas por la ermitica del Cristo
del Desengaño...

-Pero ¿no comprendes tú, mal bajío, que eso que tú me dices no lo pueo consentir yo ni manque me den de comer en una fuente de plata?

-Pos entonces, ¿tú qué quieres? ¿Ser der moro y en er moro haber nacío? Y sobre to que ahora me atrevo a decírtelo: me parece a mí que a Pepa no le llamas tú ya der to como antes; que a tu Pepa no le sabrá mal del to que tú le quites el grillete, y que si tú hoy te apartas de su calor, no harás más que madrugar más que ella.

-Pero ¿tú en qué piensas pa pensar asín de mi gachí y pa decir lo que estás diciendo? -preguntole Currito al Virutero con voz que estaba anunciando tormenta de modo más infalible que el mismísimo Zaragozano.

-Hombre, te diré: yo pa decir lo que digo no tengo fundamento arguno, y sin embargo yo creo que tengo algún fundamento.

-Pero ¿es que tú has visto algo en mi Pepa que te haiga soliviantao? -preguntole Currito lleno de ansiedad y con voz casi temblorosa.

-Hombre, te diré: yo a ti te debo platicar como si fueras el confesor; y yo, tan y mientras tú estabas en Osuna el mes pasao, tan y mientras tú no jacías más que pensar en ella y que escribirle tos los días cartas como memoriales, tan y mientras...

-Tan y mientras, ¿qué? -preguntole con voz sombría y con impaciente expresión Currito.

-Tan y mientras... Yo siento tener que darte este mal rato, pero tan y mientras, yo te pueo asegurar que yo me enteré de que tos los días, tos sin faltar uno, platicaba ella dos palabras, dos palabras na más, pero al fin dos palabras, con un gachó que a mí me ha dicho muchas veces que con gusto se jaría to er catite na más que por endulzarle el velo del paladar a tu Pepa.



- III -[editar]

-¡Que no te abro te digo!

-Vamos, mujer, ábreme ya y no seas guasona; mira que si no le aviso al guardacalle.

-Que no te abro ni manque traigas un piquete.

-Ábreme ya, esaboría, que por mo de ti acabo de tirar a la calle una fortuna.

-¿Una fortuna? ¡Por mo de mí una fortuna!

-Una fortuna. Supónte tú que vengo de ca de Dolores, de decirle a la Dolores que yo no me puéo casar con ella ni con nadie más que con una que es más malita que un tiro, y que se ha emperrao en que yo esta noche me la pase de palique con el sereno.

-Pero ¿es de verdá eso que me dices de Lola? -preguntole Pepa con voz ahogada por la emoción.

-¡Mira qué graciosa que eres. Pos si fuera mentira, ¿no te hablas tú de enterar mañana por la mañana?

Y algunos minutos después preguntábale Currito a Pepa con celoso acento, al par que parecía quererle fotografiar los ojos con los suyos febriles y apasionados.

-Pero antes de na necesito yo que tú me digas con qué hombre platicabas tú tos los días tan y mientras estaba yo en Osuna el mes pasao.

Pepa frunció la frente, quedó pensativa durante algunos momentos, y -¿Yo? No sé..., no recuerdo... Yo no hablé con ningún hombre tan y mientras tú estuviste fuera de Málaga -repúsole con acento firme y sereno la Pelusita.

-¿Con ninguno? Mira que a mí Antoñico no es capaz de decirme una cosa por otra, y Antoñico, a pesar de la mucha güena voluntá que a ti te tiene, me ha dicho que te vieron platicando con un gachó que no ha querío decirme quién es, y ese gachó dice Antoñico que es un hombre que jura que se jaría to él catite na más que por sentirse en tu boca.

-Pos que te diga quién es el Virutero, porque lo que es yo no me he enterao.

Y con tal expresión de verdad hubo de decir esto Pepa, que al día siguiente decíale Currito al Virutero con voz ronca y mirándole con expresión retadora:

-Eso que tú me dijiste de mi Pepa no es verdá. Mi Pepa, tan y mientras yo estuve en Osuna, no platicó con ningún hombre.

Antoñico miró socarronamente a su amigo y le repuso con acento irónico:

-¿Que no platicó con ningún hombre? ¡Pocas veces, chavó, poquitas! Cuasi tos los días y mientras tú estuviste fuera.

-¡Pos ahora mismito me lo vas a decir delante de ella!

-¡Vaya! Ahora mismito, y veremos a ver si tu Pepa tiée cara pa decir delante de mí que tan y mientras tú estuviste en Osuna no platicó ella cuasi tos los días dos palabras, na más que dos palabras, que fue lo que yo te dije, con el cartero del distrito.

-¡Con el cartero!

Y una sonrisa brotó en los labios de Currito, que exclamó con acento en que el júbilo vibró con inflexiones risueñas y argentinas:

-La puñalá que te den, y el mal rato que me has dao.

Y cogiendo por el brazo a su amigo, continuó, lleno de alborozo:

-Vámonos, hombre, vámonos a La Alegría del Barrio a liquidar dos cañeros, ¡y que viva la alegría!