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Ya pasó la estación de los calores

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A mi madre
de Rosalía de Castro
Ya pasó la estación de los calores


I.



Ya pasó la estacion de los calores,
Y lleno el rostro de áspera fiereza
Sobre los restos de las mustias flores,
Asoma el crudo invierno su cabeza.


Por el azul del claro firmamento,
Tiende sus alas de color sombrío,
Cual en torno de un casto pensamiento,
Sus alas tiende un pensamiento impío.


Y gime el bosque, y el torrente brama,
Y la hoja seca en lodo convertida,
Dale llorosa al céfiro á quien ama
La postrera, doliente despedida.


II.



Errantes, fugitivas, misteriosas,
Tienden las nubes presuroso el vuelo,

No como un tiempo cándidas y hermosas,
Si llenas de amargura y desconsuelo.


Mas allá... mas allá... siempre adelante
Prosiguen sin descanso su carrera;
Bañado en llanto el pálido semblante,
Con que riegan el bosque y la pradera.


Que enojada la mar donde se miran
Y oscurecido el sol que las amó,
Solo saben decir cuando suspiran,
Todo para nosotras acabó.


III.



Suelto el ropaje y la melena al viento,
Cual se agrupan en torno de la luna...
Locas en incesante movimiento,
Remedan el vaiven de la fortuna.


Pasan, vuelven, y corren desatadas,
Hijas del aire en forma caprichosa,
Al viento de la noche abandonadas
En la profunda oscuridad medrosa.


Tal en mi triste corazon inquietas,
Mis locas esperanzas se agitaron,

Y á un débil hilo de placer sujetas,
Locas... locas tambien se quebrantaron.


IV.



Ya toda luz se oscureció en el cielo,
Cubrieronse de luto las estrellas,
Y de luto tambien se cubrió el suelo,
Entre risas, gemidos y querellas.


Todo en profunda noche adormecido,
Solo el rumor del huracan se siente
Y se parece su áspero silbido
Al silbido feroz de una serpiente.


¡Cuán tenebrosa noche se prepara!...
Mas al abrigo de amoroso techo,
Grato es pensar que la hórrida tormenta
No ha de agitar la colcha de mi lecho.


V.



Mas... ¿qué estridente y májico alarido
La ronca voz de la tormenta trae?
Triste... vago... constante y dolorido,
Cual fuego ardiente, en mis entrañas cae.


Cae, y ahuyenta de mi lecho el sueño...
Ah! como he de dormir?... locura fuera,
Fuera locura y temerario empeño
Que con gemidos tales me durmiera.


Ah! ¿cómo he de dormir? ese lamento,
Ese grito de angustia que percibo,
Esa espresion de amargo sufrimiento
No pertenece al mundo en que yo vivo.


VI.



Donde el ciprés erguido se levanta,
Allá en lejana habitacion sombría,
Que al mas osado de la tierra espanta,
Sola duerme la dulce madre mia.


Mas helado es su lecho que la nieve,
Mas negro y hondo que caverna oscura,
Y el euro altivo que sus antros mueve,
Sácia su furia en él, con saña dura.


Ah! de dolientes sauces rodeada,
De húmeda yerba y ásperas ortigas:

¡Cuál serás, madre, en tu dormir turbada,
Por vagorosas sombras enemigas!


VII.



¿Y yo tranquila, he de gozar en tanto
De blando sueño y lecho cariñoso,
Mientras herida de mortal espanto
Moras en el profundo tenebroso?


¿Llegará á tanto el insensible olvido?...
La ingratitud del hombre á tanto alcanza,
Que entre uno y otro lazo desunido
Ceda siempre al vaiven de la mudanza?


¡Odioso y torpe proceder de un hijo,
A quien la dulce madre en su agonia,
Con besos y caricias le bendijo
Olvidando el dolor por que moria!


VIII.



Nunca permita Dios que yo te olvide,
Mi santa, mi amorosa compañera:
Nunca permita Dios que yo te olvide
Aunque por tanto recordarte muera!


Venga hácia mí tu imágen tan amada
Y hableme al alma en su lenguage mudo
Ya en la serena noche y reposada,
Ya en la que es parto del invierno crudo.


Y que en tu aislado apartamiento fiero,
Tan ajeno del hombre y su locura,
Velen, mi llanto y mi dolor primero,
Al lado de tu humilde sepultura.