Ya se van entendiendo

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Poco después de septiembre se dejó ver hasta claro que los partidos coligados para hacer la revolución, una vez sobre el terreno de su conquista, lejos de marchar de acuerdo, se hostilizaban entre sí.

Pero a nadie se le ocurría que esta dificultad se hubiera tocado en el momento supremo del gran empuje regenerador.

La patria estaba «deshonrada, agonizando de vergüenza y de humillación». El pueblo arrastraba las cadenas del esclavo, las ciencias dormían y las artes expiraban.

Algunos hombres, modelos de abnegación y patriotismo, como Serrano, Topete y Dulce, en primera fila, y en segunda el duque de Montpensier, que no podían contemplar el desastroso cuadro con ojos enjutos, acudieron al heroico pueblo del Dos de Mayo, a la altiva raza de los Guzmanes y Padillas, sin más excitación que el magnetismo de una mirada; España entera se levantó «como un solo hombre» contra el mismo poder que la arrastraba al abismo.

¿No es ésta la lección que se recitaba todos los días al pueblo español por los hombres de septiembre durante el primer período del triunfo de la Gloriosa?

¿Y hubo, por ventura, un solo ciudadano que estuviese autorizado para dudar de la verdad de tan tierna y conmovedora declaración?

Pero, como dicen en mi tierra, riñen los pasiegos y descúbrese el contrabando.

Poco a poco hemos ido sabiendo algo acerca de la revolución, porque donde entra el vil ochavo no se puede guardar silencio, sobre todo si el que lo da no es un modelo de desinterés.

Los fogonazos de Cádiz alumbraron no poco esta cuestión de fe para los creyentes liberales, porque el asador de don Antonio, si no sirvió para hacer un rasguño en Alcolea, fue más que suficiente algunos meses después para revolver los trapos de los que allí se hallaban.

Y así, de descubrimiento en descubrimiento, hemos llegado, gracias a Dios, a la votación de la monarquía, con cuyo motivo hemos sabido, de labios muy autorizados, lo que los maliciosos jamás dudaron.

El señor don Adelardo López de Ayala, ministro de Ultramar, para romper el silencio que desde su exaltación a la poltrona viene observando, acaba de decir a la faz de los constituyentes cosas muy peregrinas a este propósito.

Según su excelencia, mientras los generales libertadores salían desterrados a Canarias desde el puerto de Cádiz, aquel pueblo, tantas veces llamado, después acá, cuna de la Libertad y baluarte de qué sé yo qué, aplaudía frenético en la plaza de toros la corrida de la tarde, en tanto lloraba el señor Ayala desde la playa la marcha de los desterrados, y si otro día pudo creerse que los mismos gaditanos se disponían a protestar con la fuerza contra los decretos del Gobierno referentes a los mismos proscritos, porque el gobernador de la plaza tomaba serias precauciones militares, las apariencias mentían.

Todo el aparato tremebundo tenía por objeto prevenirse contra los acontecimientos que podían seguir de la efervescencia que necesariamente había de causar en el pueblo gaditano la rivalidad de dos toreros que iban a trabajar juntos en el mismo redondel.

Con todo lo cual quería demostrar el autor de El tejado de vidrio que en el pueblo soberano no solamente no halló simpatías la revolución, sino que ni siquiera se dio cuenta de ella, con rarísimas excepciones, hasta que la hubo hecho Topete, a quien su excelencia atribuye todo el mérito de ella.

Esto ya es algo.

Pues salta Topete y dice: «Conste que yo no me rebelé contra doña Isabel II; conste que mi plan no alcanzaba a tanto; conste que a semejante extremo me condujeron las exigencias de mis aliados, presentándome la conservación de la dinastía incompatible con el bienestar de la patria, y conste, por último, que el destronamiento de la reina será para mí un tormento que me acompañará hasta el sepulcro».

Estas declaraciones, hechas a raíz de tantos manifiestos oficiales; después de tan repetidas protestas de concordia, de unidad de miras y de sentimientos de adhesión a los principios proclamados en letras de molde por las Juntas revolucionarias, no podían menos de escandalizar a la minoría republicana, en quien reside por derecho natural y lógico la representación de las masas maltratadas por el ministro de Ultramar y contrariadas en su más sublime aspiración por el de Marina.

Así fue que tuvo que intervenir el duque de la Torre para decir, con esa energía que le caracteriza:

«-Ubinan gentium, sumus? ¿Qué es eso, señor Ayala? ¿A qué conduce esa inesperada salida de tono... ministerial? Pues ha de saber usted que yo siento en el alma no pensar como mis queridos republicanos, que es tanto como asegurar que no estoy muy convencido de la excelencia de mi propio credo político. Sí, señor; los amo y los admiro, especialmente desde que he visto la mesura (sic) con que han hecho la oposición al proyecto constitucional que se discute. Así, pues, yo ruego a la Cámara que dé al olvido las palabras del señor Ayala y que no vuelva a hablarse de este asunto, que puede lastimar a un partido a quien tanto debe la revolución...».

¿No es admirable esta cordialidad, esta armonía, esta inteligencia, no ya entre los partidos coligados, sino entre los miembros de un poder en el cual están representados los antecedentes, el carácter y las tendencias del glorioso levantamiento nacional de septiembre?

Pero todavía hay en estas circunstancias otra consideración más consoladora aún:

Estos hombres han hecho redactar y discutir y aprobar la Constitución que ha de regirnos.

Más consuelo todavía:

Para esa Constitución, y amoldado al gusto de esos mismos hombres, ha de ser el rey que tenga España con honra.



(De El Tío Cayetano, núm. 27.)

27 de mayo de 1869.