Zaratustra 4:De los trasmundanos

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En una ocasión lanzó también Zaratustra su locura más allá de los seres humanos, al igual que todos los ultraterrenales. De un doliente y atormentado Dios la obra, me pareció el mundo.

Un sueño me pareció entonces el mundo y composición de un Dios; un humo coloreado ante los ojos de un divinamente descontento.

El bien y el mal y el placer y el dolor y yo y tú - humo coloreado se me parecía ante ojos creadores. Apartar la mirada de sí mismo quería el creador, - y creó el mundo.

Un ebrio deleite es para el doliente apartar la mirada de sus dolores y perderse. Un ebrio deleite y un perderse de sí mismo se me pareció una vez el mundo.

Este mundo, el eternamente incompleto, de una eterna contradicción la imagen e incompleta imagen - un ebrio deleite para su incompleto creador: - así me pareció una vez el mundo.

Por tanto lancé en aquel entonces mi locura más allá de los hombres, al igual que todos los ultraterrenales. ¿Más allá de los seres humanos, en verdad?

¡Ah, hermanos, ese Dios que creé era obra humana y locura humana, al igual que todos los dioses!

Humano era, y sólo un pobre pedazo de humano y de Yo: de la propia ceniza y ascua vino a mí, ese espectro, y ¡verdaderamente! ¡Nada vino a mí desde el más allá!

¿Qué pasó, hermanos míos? Me sobrepuse, yo, el doliente, llevé mis propias cenizas a la montaña, descubrí para mí una llama más viva. Y ¡fijáos! ¡Entonces retrocedió el espectro ante mí!

Dolor sería para mí, y tormento para el convaleciente, creer en semejantes espectros: sería un dolor para mí ahora, y una humillación. Así les digo a los ultraterrenales.

Dolor fue, e incapacidad - eso creó a todos los ultraterrenales; y esa corta locura de la suerte, que sólo los más dolientes experimentan.

Cansancio, que de un salto quiere llegar a lo último, con un salto a la muerte, un pobre cansancio ignorante, que ni siquiera quiere querer: ése creó a todos los dioses y a todos los ultraterrenales.

¡Creedme esto, hermanos míos! El cuerpo fue el que perdió la esperanza en el cuerpo, - él fue el que tanteó con los dedos de la mente confundida las paredes últimas.

¡Creedme esto, hermanos míos! El cuerpo fue el que perdió la esperanza en la Tierra, - él fue el que oyó a la tripa del ser hablarle.

Y entonces quiso meter la cabeza a través de las paredes últimas, y no sólo la cabeza, - irse al “otro mundo”.

Pero el “otro mundo” está bien escondido de los seres humanos, ese mundo inhumano y deshumanizado, que es una nada celestial; y la tripa del ser no habla con el ser humano, a no ser que sea como ser humano.

En verdad, es difícil de probar todo ser y difícil ponerle a hablar. Decidme vosotros, hermanos, ¿no está probada de la mejor manera incluso la más sorprendente de las cosas?

Sí, este Yo y esta contradicción del Yo y esta confusión habla de lo más cabalmente de su ser, este Yo creador, con voluntad y juicio, que es la medida y el valor de las cosas.

Y este ser, el más cabal de todos, el Yo, - habla del cuerpo, y quiere todavía el cuerpo, incluso cuando se da a la poesía y se entusiasma y aletea con alas rotas.

Cada vez más cabalmente aprende a hablar, el Yo: y cuanto más aprende, más palabras y honras encuentra para el cuerpo y para la Tierra.

Un nuevo orgullo me enseñó mi Yo, y yo se lo predico a los seres humanos: - ¡no esconder más la cabeza en la arena de las cosas celestiales, sino llevarla libremente, una cabeza-Tierra, que le crea sentido a la Tierra!

Una nueva voluntad les predico a los seres humanos: ¡querer este camino, que ha recorrido ciegamente el hombre, y darlo por bueno y no dejarlo de lado de puntillas, como hace el enfermo y el moribundo!

Enfermos y moribundos fueron los que menospreciaron al cuerpo y a la Tierra y se inventaron lo celestial y las gotas de sangre salvadora: ¡pero incluso estos dulces y letales venenos los tomaron del cuerpo y de la Tierra!

De su miseria querían escapar, y las estrellas les parecieron demasiado lejanas. Entonces suspiraron: “¡Oh, si hubiera caminos celestiales, para pasar de puntillas a otro ser y a otra fortuna!” - ¡y entonces se inventaron sus puntillas y su brebaje sangriento!

De su cuerpo y de esta Tierra escapados se imaginaban, estos desagradecidos. Pero, ¿a quién le debían su escape de la convulsión y el placer? A su cuerpo y a esta Tierra.

Clemente es Zaratustra para con los enfermos. En verdad, no se enfurece por sus maneras de consolarse y de ser desagradecidos. ¡Ojalá se vuelvan convalecientes y sobrepuestos y se creen un cuerpo más alto!

Así como tampoco se enfurece Zaratustra con el convaleciente, cuando mira tiernamente a su anterior locura, y a medianoche ronda la tumba de su Dios: pero a la enfermedad y al cuerpo enfermo no les dedica sus lágrimas.

Mucha gente enfermiza hubo siempre entre aquellos que se dan a la poesía y son adictos a dioses; con ira odian al conocedor y a la más joven de las virtudes, que se llama: honradez.

Atrás miran siempre, hacia tiempos oscuros: entonces era, es cierto, otra cosa la locura y la fe; un frenesí de la razón era el parecido con Dios, y la duda un pecado.

Demasiado bien conozco a estos parecidos a Dios: quieren que se tenga fe en ellos y que la duda sea un pecado. Demasiado bien sé también, en qué prefieren creen ellos mismos.

En verdad no es en mundos ultraterrenales y gotas de sangre salvadoras: sino que prefieren creer en el cuerpo, y su propio cuerpo es para ellos su “cosa en sí”.

Pero una cosa enfermiza es su cuerpo para ellos: y con gusto se irían de su pellejo. Por eso escuchar a los predicadores de la muerte y predican ellos mismos mundos ultraterrenales.

Escuchadme mejor a mí, hermanos míos, a la voz del cuerpo sano: una voz más cabal y más pura es ésta.

Más cabalmente habla, y más puramente, el cuerpo sano, el completo y rectangular: y habla del sentido de la Tierra.

Así habló Zaratustra.

De los trasmundanos