«En las orillas del Sar», poesías por D.ª Rosalía Castro de Murguía

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
​«En las orillas del Sar», poesías por D.ª Rosalía Castro de Murguía​ de Juan Barcia Caballero
Nota: Ensayo publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).
EN LAS ORILLAS DEL SAR

POESÍAS POR DOÑA ROSALÍA CASTRO DE MURGUÍA



Mucho hace ya que, gracias a atenta deferencia de su autora, ocupa este libro un puesto en mi modesta biblioteca; pero ocupaciones imprescindibles que me llevaron muy lejos del campo de las letras; la escasez de tiempo consiguiente, y una cierta pereza para escribir de que me encuentro acometido, fueron causa de que este artículo salga un tanto trasnochado: sírvame esto de disculpa ante la dulce poetisa que me distingue con su consideración.

Que el artista que lo es de veras imprime a sus obras el indeleble sello de su personalidad, cosa es indudable; y a través de ellas ve, el que de esto entiende, el carácter, el genio, la persona, en fin, del que las crea. No otra cosa que este sello es lo que se llama la manera del artista, modo de hacer que los mediocres y más o menos vulgares toman de su maestro o de su modelo favorito, pero que los grandes crean siempre, haciéndole original y propio. Y, como no puede ser menos, esta manera o esta factura, según ahora se dice, está íntimamente ligada con el modo de sentir, de pensar y de querer, y hasta con las condiciones exteriores de la vida del artista. Así se explica que muchos hayan tenido dos o más maneras, en relación acaso con las distintas épocas de su vida, quién sabe si en consonancia con las revoluciones de su espíritu.

Cosa curiosa es, por cierto, cuando se estudian las obras de un artista renombrado, seguir paso a paso el desarrollo de su genio, verle nacer e iniciarse, quizá tímido e indeciso, en sus primeros destellos, crecer después en ulteriores ensayos, mostrarse más tarde en todo su esplendor y lozanía, y llegar, por fin, á su ocaso precedido o no de desmayo y decadencia. Estudio interesante el que puede hacerse de este modo, asistiendo a todos los aciertos y a todas las debilidades, adivinando las vacilaciones, descubriendo los momentos de valor, y contemplando, en fin, la vida del genio escrita en sus obras con imborrables caracteres.

Y este estudio es más completo y profundo si, a la par que las obras, conocemos al autor y la historia de su vida; porque entonces de tal suerte nos parecen concordadas las unas y la otra; a tal punto hacemos llegar el lazo de unión que las estrecha, que nos parecen ellas la representación animada de la vida del artista. Y vemos en los tonos de luz las alegrías de su alma; las dudas de su espíritu abatido en los trazos más seguros y en los perfiles indecisos; las vicisitudes de su suerte en los vaivenes de su estilo; y las amarguras de su corazón en las tintas obscuras, en las sombras recargadas y en los manchones informes, rastros acaso de la huella de sus lágrimas.

No es posible desechar estas ideas al leer las poesías de Rosalía Castro; de tal manera se ven en ellas confirmadas. Cantares gallegos, Follas novas y En las orillas del Sar, son los tres libros que señalan las etapas de su vida literaria. Destila el primero toda la fragancia y la frescura de los primeros años: vese a su través a la mujer joven y mimada de la fortuna, a quien su fantasía se complace en pintar un porvenir de rosas. Son aquellos Cantares el primer gorjeo del ruiseñor que despierta para saludar a la aurora, el primer rayo que el sol envía a la tierra para acariciarla, el primer beso que la brisa deposita en el cáliz de la flor. Alegres como la inocencia y juguetones como la infancia, atraen y seducen como seduce y atrae lo más seductor que Dios crió en el universo: los ángeles y los niños.

El tiempo, que no sabe correr sin esparcir abrojos, hizo que á Rosalía le correspondiesen no pocos; y al publicar más tarde su libro Follas novas, aparece la que pudiera llamarse su segunda manera: a las poesías sueltas y bulliciosas como cascadas de notas, suceden las baladas melancólicas, en cuyo fondo se siente palpitar a veces la ironía intencionada, y aun el sarcasmo acerbo. Son también estas poesías más viriles y más sentidas: hay entre ellas prodigios de descripción y maravillas de sentimiento, cierta filosofía sutil en el fondo y dichosos atrevimientos de factura. Por aquel tiempo era también la época de esta clase de poesía. Bécquer, el inolvidable, el artista nunca bastante llorado, había dado ya la pauta del idealismo racional, y sus rimas eran repetidas por todos los labios y repercutían en todos los corazones. A este mismo género pertenecen la mayor parte de Follas novas.

Acaso no aparece tan marcada la distancia que de este libro separa al que ahora examinamos. Hay en aquél baladas que parecen como el atisbo de sentimientos que En las orillas del Sar se desarrollan y medran desmesuradamente. Así y todo, hay entre ambos una diferencia radical. En Follas novas, en medio de la melancolía de que aparecen impregnadas, encuéntrase a menudo una nota festiva, último eco de pasadas alegrías, trazo final de juveniles desenfados. Aunque el dolor es lo que resalta en ellas, no es de ordinario el dolor amargo y sombrío, sino más bien el suave reflejo de una dulce tristeza. En las orillas del Sar, todo lo contrario: inútil es buscar allí ya nada plácido ni alegre. La amargura lo domina todo. Los versos de esta colección son hermosamente bellos, pero bellos como el arrullo de la tórtola, como la caída de la hoja, como la puesta del sol. Analicémoslos.

Lo primero que resalta en este libro es la forma peculiarísima en que está escrito. A semejanza de esa música alemana que, quizá sobrado grande para caber en las estrecheces del pentagrama, amenaza a cada paso con destruir la armonía a fuerza de atrevimientos, así estos versos son, más que artificios literarios, quejas espontáneas de un alma dolorida; saltan por encima de todas las reglas y se forjan una medida y una rima que concuerde con la grandeza de su amargura. Ni las Rimas de Bécquer, ni el Intermezzo de Heine, le ganan en soltura y libertad, siquiera sean éstos a los que mejor pueden compararse. En efecto; Rosalía es, como ellos, poeta propiamente subjetivo, que no necesita para cantar inspirarse en el mundo exterior, sino que le basta recogerse y contemplar el mundo de su alma. Por esa razón, ellos y ella son al presente, según yo entiendo, la genuina expresión de la verdadera poesía lírica.

Y ya que hice mención de los poetas alemanes, he de añadir que encuentro grandes afinidades entre ellos y la poetisa gallega. Unos y otra son, ante todo, poetas de su país, cuyo ambiente, por decirlo así, respiran sus versos; la tristeza y la amargura son las notas dominantes, tanto en las canciones gallegas como en las lieder germánicas, y unas y otras son producciones subjetivas y líricas. ¿Qué más? Cualquiera que haya leído un poco los poetas alemanes y lea los versos de Rosalía, notará que en ambos palpita vivo y lozano un sentimiento generoso que domina a todos los demás: el amor a su patria. ¿Quién al leer aquellas sentidísimas estrofas que comienzan

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella, no recuerda la Lied von Rheim, de Matzerath, cuando dice:

Mein Heimatland, ó du herrlicher Rehin!,

Acaso en estas semejanzas, y más que nada en la forma especial que revisten los versos de este libro, encuentren algunos algo que censurar. Por mi parte confieso que, acostumbrado como estaba, y como están casi todos los españoles, a considerar los versos como música, me costó algún trabajo el aprender a estudiarlos como escultura. Encariñado el oído con la ingénita cadencia que nuestra lengua, armoniosa sobre todas (aunque alguien se escandalice al leerlo), imprime a la poesía, a duras penas se resigna a prescindir de cesuras y asonancias; conseguido esto, sin embargo, encuéntrase luego solaz y encanto en esos que antes parecían inarmónicos acordes.

Más bien que en esto, hallo yo pecado en el amargo desencanto, no sistemático, sin duda, sino espontáneo, que impera en todo el libro, desencanto y amargura que hace que la autora juzgue alguna vez con equivocado criterio las cosas y los hechos. Tiene, sin embargo, esta falta muy atendible explicación: cuando el espíritu y el cuerpo están atormentados por acerbísimos dolores, abundan las sombras en los ojos y en el alma, que es el pesar obscuro, prisma que todo lo ennegrece. Fuera de esto, son estas poesías de primer orden, y bastarían por sí solas para dar a su autora el merecidísimo renombre de que goza. Escritas con asombrosa facilidad, con una como frialdad aparente, con abandono, hasta con desdén, son todas ellas sentidas, profundas, hondas; y guardan, bajo la vestidura especial de su aderezo, dolores y desgarramientos tales, que quien las lea sin sentir enrojecidas las mejillas y ardientes los ojos, ha de ser insensible de veras.

En realidad, no se puede escoger entre ellas; pero a mí causáronme singular complacencia, entre otras varias, Las campanas y Los robles. Es la primera una rima inocente, candorosa, llena de perfume y de fe, y también de amor y meditación. La segunda es una inspiración robusta y sostenida, donde el mágico pincel de Rosalía, rico en hechizos y vertiendo flores, aparece esplendoroso y lozano, pintando un cuadro lleno de vida y movimiento, de toques vigorosos y prodigiosos efectos de luz. Una y otra son también las más dulces.

Una palabra aún antes de terminar.

A pesar del indisputable mérito que este libro encierra, y que soy el primero a reconocer, he de confesar que si a escoger me dieran entre los versos de la autora, preferiría sin duda alguna los gallegos. En esta preferencia, no sólo tendría grandísima parte del natural cariño que profeso á mi tierra y a cuanto a ella pertenece, sino también la mayor dulzura y sentimiento, que son el distintivo de las rimas gallegas de nuestra poetisa. No quiero disminuir el valer de las presentes poesías, antes por el contrario, lo admiro y reconozco; pero enamórame, sobre todo, cuanto es, como por acá decimos, amorosiño y tierno. En el amante nido donde vive, reciba el ruiseñor gallego mi saludo cariñoso, ¡y quiera el cielo que mi tosca pluma tenga todavía nueva ocasión de celebrar sus trinos y gorjeos!

J. Barcia Caballero.

Santiago, febrero de 1885.