¿Cara o sello?

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En cierta noche del año 1824 hallábanse en un mezquino cuarto de posada, en la ciudad de Huamachuco, en conversación íntima, sazonada con sorbos á una taza de té y besos a una copa de ron de Jamaica, dos caballeros que vestían uniforme militar y que, por su fisonomía y acento, denunciaban de á legua su nacionalidad europea. Eran los coroneles irlandeses Arturo Sandes y Francisco O'Connor, ambos al servicio del ejército colombiano.

O'Connor había llegado en la tarde a la ciudad, y como de larga data no veía á su camarada Sandes, ya supondrá el lector que tendrían mucha tela para cortar, muchas confidencias por hacerse y muchas añoranzas que compartir. Llevaban una hora de expansiva charla, cuando a un discreto golpe en la puerta, anunciador de visita, contestó O'Connor:

-¡Adelante!

El que venía á interrumpir el coloquio de los amigos era nada menos que el general Antonio José de Sucre, cuya frente orlaban ya los laureles de Pichincha, y que en breve obtendría también los de Ayacucho.

O'Connor llamó al asistente, y le ordenó que sirviese taza de té y copita de ron al general.

Reanudóse la conversación, que fué toda sobre política y planes militares de campaña, y á propósito de un expreso que pocas horas más tarde debía salir del cuartel general con pliegos para Quito, dijo Sucre:

—Aproveche usted de la oportunidad, coronel Sandes, si quiere enviar alguna carta. Yo sé que no le falta a quien escribir.

—No tengo urgencia— contestó lacónicamente el irlandés.

—Hablemos— continuó Sucre— con franqueza de soldados y de caballeros. Sé que usted pretende, en Quito, a la hija del marqués de Solanda. Yo también pretendo casarme con esa señorita, y como nuestra sangre no se ha de derramar por otra causa que por la libertad americana, me permito proponer a usted que confiemos a la suerte nuestra pretensión. Tiremos un peso al aire para ver quién gana la mano de la marquesita.

— Convenido, general— contestó Sandes con la genial flema irlandesa.

— ¡Ea! O'Connor, saque usted un peso de su bolsillo— prosiguió Sucre,— elija usted, Sandes... ¿Cara o sello?

—No, mi general: elija usted, como mi superior.

—Precisamente por eso no debo ser el primero en elegir. No es asunto de servicio militar...

—Sino del servicio del dios Cupido— interrumpió O'Connor —servicio en que la igualdad es absoluta, pues en levas de amor no hay tallas. Déjense de cortesías, y acuérdenme el derecho de elegir.

—¡Muy bien! ¡ Aceptado !— contestaron a una los rivales.

—Cara para el general y sello para mi paisano— dijo O'Connor, y lanzó un peso fuerte hasta la altura del techo.

La suerte fue adversa para el coronel irlandés.

¡Ah! ¡Los Libertadores! ¡¡¡Los Libertadores!!!

En los tiempos de la capa y la espada los líos amorosos se desataban a cintarazos. Los Libertadores supieron, hasta en eso, romper con el rancio pasado, y jugaban la posesión de la dama a cara o sello. Fueron muy hombres y... muy cundas.


Siendo ya Presidente de Bolivia, el general Sucre envió poder a Quito para su casamiento con la marquesa, ceremonia que se efectuó el mismo día en que el novio era herido en un brazo al sofocar un motín revolucionario contra su gobierno.