A José Santos Chocano

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Mi joven amigo:

Ha tenido usted la amabilidad de solicitar, por su atenta carta de ayer, el juicio que á este jubilado de las letras haya sugerido la lectura de su elegante libro AZAHARES. Pide us- ted con tan delicadas formas, que no hallo manera de esquivar el compromiso. Va usted, pues, á sacarme de mis cuarteles de imierno, obligándome á limpiar el moho de la ya casi abandonada pluma.

Literato del pasado, sin hiél ni resabios en el alma, sin desdén por los que empiezan ni envidia por los que terminaron conquistándose renombre, crea usted que me siento complacido cuando encuentro motivo para encomio en las producciones


de la nueva generación de escritores. No hago cuestión bata- llona del modernismo en boga con sus ramas de parnasianos, decadentes, simbolistas, etc., etc., por mucho que el modernis- mo no sea ángel de mi coro. Para mí, y ya en otra oportunidad lo he dicho, la mejor estética es la de Boileau:

Tous les genres sont bons hora le genre ennuyeux.

Lo de poner consonantes al fin de cada renglón es tarea facilísima. Lo que tiene bemoles es poner talento.

Así, cuando leí las primeras composiciones, hijas de la fe- cunda musa de usted, me dije:— En este alumno de Apolo hay tela de poeta. ¿Quedará como tantos otros, que principia- ron prometiendo opimos frutos, rezagado á mitad de camino? El porvenir dirá.

Corriendo breves años, y há pocas tardes, leí en un perió- dico literario, una soberbia poesía titulada El Sermón de la Montaña, He ahí un poeta, exclamé, á media lectura, volteando la página para conocer el nombre del inspirado autor. El porvenir había hablado: era usted el poeta. Sin dar tregua á la espontaneidad del aplauso, envié á usted ese día mi felici- tación muy cordial, y como palabra de aliento á su juventud.

Tengo para mí que si se convocara un certamen ó concurso de poetas americanos, bastaríale á usted, para alcanzar la rosa do oro en los juegos florales, concurrir sin otro caudal poé- tico que su Sermón de la Montaña. No lime usted esos versos, no cambie una palabra en ellos, no agregue estrofa alguna, no zurza ni remiende. Deje vivir tan admirable poesía tal como brotó de su espíritu en horas de felicísima inspiración. Los retoques artísticos, por diestro que sea el pincel y por mucho que los colores abimden en la paleta, suelen desmejorar un cuadro.

Y ya que he dicho á usted todo lo que de bueno sobre su numen me retozaba en el alma decirle, ruégole me tolere lo que de agridulce pudiera encontrar en mi opinión sobre AZAHABES.

Los leí anoche, mejor dicho, los devoré. La musa enamo- rada, el ideal del femenino eterno, rimas que semjejan lluvias de flores, estrofas que despiden cascadas de luz ó que se rp- J)ujan entre nieblas, mucho de subjetivo, de íntimo, de personal.


y poco Ó nada que á la humanidad le interese saber. Tal e^ mi concepto sobre el librito. Desborda en él la poesía, y, ¿cómo no? si el autor es poeta, y poeta con toda la amplitud del vo- cablo, poeta exuberante de vida, de fuego en la fantasía, de frescura en el sentimiento y que, en la forma, acierta casi siem- pre con exquisiteces de expresión. Byron en Grecia, combatien- do por el derecho y cantando á la libertad, me cautiva más que Byron, cantor de sus pasiones íntimas, individuales. Siem- pre que leo versos de vale enamoradizo, qué echa á. los cuatro vientos los desdenes ó las sonrisas de una dulcinea, me digo: —¿Y á mí qué me cuenta usted? Cuéntesela á ella. — Hasta más arriba de la coronilla me tienen esos nenes.

Casi apostaría que si un vate de esos pregunta á su ado rado tormento si ha soñado con sus versos amorosos, la chica ^:o vacilará en contestarle:— Claro que no, porque nunca tengo pesadilla.

Yo sé bien, señor Chocano, que hombre que tiene por oficio ó afición escribir versos, no puede libertarse de caer en ese ridículo . ¡ Y bastante pecador que yo fui allá en mis moce - dades! Por lo mismo que yo pequé, no quiero que otros pe- quen pintando mujeres, como dijo un poeta rancio, con

barba esdrújula, boca seguidilla, nariz romance, cara redondilla, pecho hermoso en plural, ojos sonetos, y, en fin, un todo de los más perfetos.

Por eso en la edad de la experiencia y del arrepentimiento, aconsejo, en cabeza de usted, á la juventud, que no malgaste su talento y sus horas en naderías frivolas, sino que america- nice su estro empleándolo en más levantados ideales^ y que revistan siquiera novedad. Huele á rancio eso de estai- siem- pre á vueltas y tornas con los labios de coral, y los ojos de gacela, y el cabello de ébano, y la frente de plaza de toros. Quede todo eso para poetas chirles.

¡El amor! El amor es un poema cuyo primer verso lo escri- bió Dios en el Paraíso con la sugestión de la serpiente. Por millones y millones de siglos que la humanidad esté destinada

á vivir, nadie alcanzará á formular el último verso del poema. Alpha y Omega. Sólo á EL, que escribió el primer verso, está reservado el verso final.

Los versos de usted en AZAHARES son muy bonitos, muy armoniosos, muy ricos en imágenes... pero son lectura para damiselas soñadoras y nerviosas. A mí nada me dicen que no me tenga por muy sabido; son para mí chachara celestial, música de organito callejero. ¿Que ama usted? Que sea muy en hora buena, como se lo diría á cualquier prójimo qufe me detuviera en plena calle para comunicarme la nueva de encon- trarse chiflado por unos ojos negros, azules ó verdes, que hom- bre enamorado no atina á diferenciar colores. ¿Que es usted amado? Me alegro por usted, y que sea por muchos años. ¿Que se casa y apechuga con ese gran divisor que se llama suegra? Hombre, ya eso es grave, muy grave. Sin embargo, le repetiré lo que un mi amigo, poeta de Bogotá, dijo á otro mi amigo, poeta de Buenos Aires, que le pedía órdenes para Espafla;

¡Oh distinguido vate!

Si en España se cruza

con alguna bellísima andaluza,

no vaya á cometer un disparate;

mas si quieren del Hado los decretos

que con ella claudique,

cuando lo verifique,

sírvase presentarla mis respetos.

Hallará usted, mi joven amigo, mucho de prosaísmo en esta mi manera de estimar la poesía, (no diré si espiritualmente amatoria ó sensualmente erótica), sembrada de besos, como los que prodiga usted en AZAHARES. Son besos al aire, y sin consecuencias. Bese usted mucho así, mientras Dios lo man- tenga en estado de crisálida ó soltería.

En síntesis. Prefiero en usted el poeta objetivo, trascend)en- tal, razonador, filosófico, que se inspira en ideales que á la humanidad toda interesan, el poeta del Sermón de la Montaña, por ejemplo, deslumbrador, varonil, impetuoso, al poeta de



las veleidades y afeminamientos amorosos. Soporto á Heine y á Becquer por la singularidad de la ironía, y porque cantan amores que en nada se parecen á los de la comunidad de la especie humana. No son dos plañideras, sino dos leones exacer- bados por la pasión.

La Verdad y la quinina se parecen en que ambas son amar- gas, pero provechosas.

Mil perdones por mi llaneza un tanto patriarcal, y créame su admirador y amigo.