A Rafael Altamira

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Universidad de Oviedo. (España)

Mi buen amigo: Al fin recibí ejemplar del drama realista y sensacional que tanto ha alborotado en la patria de usted. ¿Quiere usted conocer mi modesto juicio? Pues ahí va sin más preámbulos, á riesgo de que me salga usted después con lo de que al colchón le falta lana. Contentaríame con que esta mi carta fuese para su criterio

como la hija de María Ignacia, que, de puro fea, caía en gracia.

Me explico los arrebatos entusiastas del éxito. Don Benito Pérez Galdós tuvo el talento y la fortuna de acertar con el momento sociológico para el estreno de Electra. Recrudecida con el secuestro de una joven, en un monasterio de Madrid, la lucha contra la reacción ultramontana y contra los jesuí- tas, el drama tenía que producir el efecto de una granada de lydita que hace explosión.

Juicios diversos sobre el merecimiento literario de Electra habían llegado hasta mí antes de la lectura. Para unos, sin desconocer lo correcto é intencionado del diálogo, que pluma de maestro es la que entinta Galdós, resultan largos, pesados y hasta soporíferos los dos primeros actos. Para otros, huelga en el drama un i>ersonaje, Cuestas, que reclama su partija de paternidad en la joven, que no extrema oposición al monjío, siquiera para contrastar con la tenaz insistencia y mojigate- ría do Pantoja, y, que por fin, exclama:— Ahí queda eso.—Y hace la morisqueta del camero muriéndose rei>entinamente, previo testamento en el que deja á la chica por heredek-a de sus bienes. Para no pocos, la Electra de los dos primeros actos es una muchacha más ó menos extravagante, con vistas al his- terismo, pues ya en el tercer acto, es decir, en horas, cambia


por completo la niña traviesa y, en el laboratorio de Máximo, exhala multo adore di femúia que dicen los italianos. Yo no entro ni salgo en estas ni otras críticas. Para mí el gran lunar de Electra está en el desenlace, que estimo de lo más absurdo é ilógico que á un escritor de probado talento pudo ocurrírsele. Yo creía, antes de leer Electra^ ser, en literatura, como un co- ronel de mi tierra á quien le preguntó una buena moza, dis- cípula de piano de mi contemporáneo y camarada el maestro Cadenas, si le gustaba la música, y él la contestó:— 'Señorita, toque usted sin recelo, que un veterano como yo no se asusta de nada.— Pues, amigo Altamira, la última escena del drama me hizo dar diente con diente de puro susto. La verdad es que me pilló el parto sin alhucema, que es como decir á usted que no estaba en mis libros ni sospechaba posible ese desenla- ce. No cabe en mí dudar de que faltóle esfuerzo al autor para crear un desenlace que cupiese en la esftera de la vida social, de lo humano, de la actualidad, de lo posible, y recurrió á lo sobrenatural, al milagro, á la aparición de una ánima ben- dita del Purgatorio. Quizá se dijo el señor Galdós: Si algunas veces dormitaba Homero, ¿por qué yo no he de echar un sueño enlero?

Pasaron, y sin duda para nunca volver, los tiempos en que venían espíritus del otro mundo á arreglar en éste asuntillos que dejaran pendientes al emprender el viaj.e! eterno. Al ver la última escena, eché de menos la fórmula de cajón ó de ru- tina que usaron, en clías ya remotos, nuestras abuelas, para hacer charlar hasta por los cotíos á las penas 6 difuntos impalpa- bles que diz que se les aparecían á media noche:— Anima ben- dita, en nombre de Dios te ruego que me digas lo que se te ha perdido en mi casa.— Después de tal súplica, el espíritu del otro mundo no se hacía el remolón, y se espontaneaba y desembuchaba el entripado.

El ánima de la madre de Electra (la cual madre fué so- bre la tierra una madamita gran devota de Venus, y hembra de mucho cascabel y mucho escándalo) para sacar á su hija de atrenzos (y al autor también) emprende viaje desde el otro ba- iTío, no en tortuga-coche, sino en tren rápido, se le aparece á la jovenzuela y la dice:— Déjate de pensar en monjío, y no


seas Cándida, niflita. Puedes sin escrúpulo casarte con Máximo, que no es tu hermano, ni por la sábana de arriba, ni por la sábana de abajo. Yo te lo aseguro, y súfkit.—Elecira. se echa entonces en brazos del novio; exclama éste, por vía de mor 2ile]Si :— Besurrexit ; cae el telón,., y á multiplicar se ha dicho.

¿Puede ser bello un desenlace tan rebuscado, tan exótico, tan inverosímil, tan falso, en los días que vivimos? ¡Ahí ¡Pa- dre y maestro Boileau! ¿por qué cuando Galdós escribía esa escena, tu espíritu no murmuró á su oído aquel tu precepto inmortal: — Bien n'est beau que le vraie?

(,A qué buscar belleza en la mentira, si en campo de verdad crece espontánea? ha escrito un i>oeta catalán, amigóte de usted y también mío, Melchor de Palau, como si hubiera presentido á Eleclra.

Y no se arguya que el recurso empleado por Galdós 'que debe de tener aficiones espiritistas) lo ha usado, entre otras eminencias de las letras, el gran Shakes¡>eare ; y que el inol- vidable Zorrilla llevó también á la escena la sombra de doña Inés, en su Don Juan Tenorio; mas tuvo el buen sentido de bautizar su drama con el calificativo de drama fantástico, y bien se sabe que en el terreno de la fantasía y dfc la leyenda rancia, caben los milagros y todas las ánimas benditas del Pur- gatorio, y hasta las del Limbo. Pero exhibirlas en el drama social, íntimo, contemporáneo, en que campean tipos, costum- bres y hasta personas que nos son más conocidas y familia- res que el agujero de la oreja... vamos, eso es, en un hombne de reconocido ingenio, aberración que no alcanzo á explicarme.

Si Electro^ <;omo ideal del autor, es un arma de combate contra los abusivos avances de la clerecía jesuítica, contra el fanatismo y contra la superstición, mal se comprende que, como regalado manjar contra la última, se le ofrezca al espectador una supersticiosa aparición. Las apariciones, como los milagros, en el siglo xx, están mandadas recoger por la policía.

Francamente, amigo don Rafael, y sintetizando mi opinión, concluyo diciendo á usled que Electra me ha parecido poquita cosa para el exitazo que ha alcanzado.

Sabe usted que soy muy suyo admirador y amigo que le besa la mano.