A fuego lento: 06

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Capítulo VI[editar]

Los socios del Círculo del Comercio acordaron dar un baile en honor de Baranda, no sin pocas y acaloradas discusiones. Rivalidades de partido y rencillas personales. El presidente era liberal y los vocales de la junta, conservadores.

-No es al político -decía gravemente en la junta extraordinaria-a quien vamos a agasajar, no. Es al hombre de ciencia.

-No me parece bien -argüía un vocal- que festejemos a un sabio con un baile.

-¿Sabe S. S. de otro modo de festejarle? -repuso el presidente.

-Podíamos darle una velada literaria, una función teatral...

-¡Como no represente S. S.! ¿Dónde están los cómicos?

-Si hay alguien aquí que represente -gritó atufado el vocal- no soy yo sin duda.

-¿Qué quiere decir S. S.? ¿Que soy un farsante? ¡Hable claro S. S.!

Y la discusión tomó un sesgo personal. De todo se habló menos de lo importante, y, claro, se vaciaron algunas botellas.

El edificio, sucio y destartalado, daba sobre el Parque. En la planta baja había una tienda mixta con una gran muestra en que rezaba: «Máquinas de coser. Soda cáustica. Coronas fúnebres. Queso fresco». Se entraba por un zaguán lóbrego que conducía, subiendo una escalera de pino, ancha y crujiente, al Círculo.

Lindaban casi con la biblioteca la cocina y el común, sin duda para desmentir la tradición española de que estudio y hambre son hermanos. En las primeras tablas del armario -el único que había- un Larousse, al que faltaban dos tomos, mostraba su dorso polvoriento y desteñido junto a una colección trunca también pero empastada, de la Revista de Ambos Mundos. Seguían otros libros.

Un volumen II de History of United States, con láminas; dos tomos de Les françois peints par eux memes, comidos de polilla; un Diccionario de la Academia (primera edición); una Historia del Descubrimiento de América, en varios tomos, editada en Barcelona, y La vida de los animales, de Brehm, traducida en español e incompleta. En los demás tableros se amontonaban desordenadamente viejas ilustraciones a la rústica, folletos políticos y monografías en castellano y en francés sobre la tuberculosis, la sífilis, el uso del le y el lo, el alcoholismo y la lepra.

La llave del armario la tenía el cocinero. En el centro de la sala había una mesa con los periódicos del día, locales y de la capital, tinteros y plumas despuntadas.

El salón principal estaba amueblado con muebles de mimbre. En la pared central, sobre una consola, un gran espejo manchado devolvía las imágenes envueltas en una neblina azulosa. Del techo pendía una gran araña de cristal con adornos de bronce, acribillada de moscas. En un ángulo, un piano de cola enseñaba su dentadura amarilla y negra. No lejos estaba la sala de juntas, con su gran mesa ministro, encima de la cual, y en ancho lienzo, se pavoneaba, vestido de general, el Presidente de la República.

A la entrada, una cantina, provista de brandi, ginebra, anís del mono, cerveza, champaña y otros licores, exhalaba un tufo ácido de alambique. Era del general Diógenes Ruiz, un héroe que se había distinguido en la acción de El Guayabo. En el fondo del Círculo había un billar y no lejos varias mesitas para jugar a las cartas, al dominó, a las damas y al ajedrez.

Se adornaron los balcones de la calle con palmas y gallardetes, al través de los cuales brillaba una hilera de farolillos multicoloros.

A eso de las diez empezó a llegar la gente. Dona Tecla, adormilada, con su expresión de idiota, entró, pisándose las faldas, del brazo de don Olimpio, penosamente embutido en una levita color de pasa, del año uno. Delante de ellos iba Alicia vestida con gracia y sencillez, escotada, con una flor roja en el seno. Sus ojos se habían agrandado y ensombrecido; su seno y sus caderas flotaban en una desenvoltura de hembra que ya conoce el amor. Su boca, más húmeda, sonreía de otro modo, con cierta sonrisa enigmática y maliciosa.

Garibaldi se había cortado las uñas, y mostraba una camisa pulquérrima, aunque de mangas cortas.

Petronio, de americana, lucía una esponjosa flor de púrpura que acentuaba lo cetrino de su faz hepática. Portocarrero iba también de americana con zapatos amarillos muy chillones.

Se hubiera creído que todos, por lo macilentos, terrosos y sombríos -la risa fisiológica no se conocía en Ganga-, acababan de salir del fondo de una mina de cobre.

Las señoritas, muy anémicas y encascarilladas, y en general muy cursis, con peinados caprichosos y trajes estrafalarios, hechos en casa por manos inexpertas, parecían unas momias rebozadas.

En la colonia extranjera, compuesta de hebreos, alemanes y holandeses, no faltaban garbosas mujeres, de exuberantes redondeces y cutis blanco levemente encendido por el calor. Los judíos, fuera de los indígenas, eran los únicos que se adaptaban a aquel clima sin estaciones, de un estío perenne. La esbeltez de Baranda, vestido de fraque, contrastaba con el desgaire nativo de los gangueños.

A las once en punto rompió la orquesta: el piano, una flauta y un violín. Las parejas se movían lentas y melancólicas, muy ceñidas, al son de la danza, no menos melancólica y lenta.

Petronio -el árbitro de la elegancia gangeña, como su tocayo lo fue de la Roma neroniana- contaba al doctor la vida y milagros de cada concurrente.

-Esa es la viuda del general Borona, que murió en la batalla de Tente-tieso. Se deja querer. Aquélla... ¡Ah, si usted supiera su vida! Que se la cuente Porto. ¿Porto? ¡ven acá! -gritó cogiéndole por el saco en una de las vueltas que dio junto a él-. Cuéntale al doctor la historia de Anacleta.

-¡Oh, no! ¡La pobre!

-¡Qué pobre ni qué niño muerto!

-Déjame acabar esta pieza y vuelvo.

Y continuó bailando sin protesta de su compañera que permaneció sola, recibiendo empellones y codazos, en medio de la sala, mientras él departía con Petronio.

-¿Doctor? ¡Un trago! -le dijo Garibaldi, cogiéndole por el brazo y llevándosele a la cantina.

-¿General? ¡Dos ginebras! A no ser que el doctor quiera otra cosa.

-Ya usted sabe que yo no bebo. El alcohol me hace daño.

-Bueno. Entonces tomaremos champaña. ¡Y de la viuda nada menos! Una copa de champaña no me la rehusará usted, doctor.

Alicia seguía de lejos con la mirada fija y ardiente al médico.

-¡Ah, sinvergüenza! ¿Conque vienes a amarrártela y no me avisas? -exclamó Petronio, apareciéndose en la cantina-. A ver, general Diógenes, un anís del mono, para empezar.

Mientras le servían echó a Baranda una mirada aviesa de envidia.

-Perdone, mi querido doctor, si no hemos podido hacer algo digno de usted. En estos pueblos todo se dificulta. Usted, habituado a la vida de París... -le dijo el Presidente llevándosele del brazo a la sala.

-¡Oh, no! Me parece bien. A la guerre comme à la guerre -frase esta última de la que el Presidente se quedó en ayunas, no sin enrojecérsele el rostro de vergüenza. El Presidente no sabía francés y, temeroso de que Baranda fuese a entablar toda una conversación con él en aquel idioma, se escabulló sin más ni más.

El cielo se ennegreció de pronto y al cuarto de hora llovía a cántaros. La lluvia reventaba en la calle sonante y copiosa. Y el baile seguía, seguía, fastidioso, igual, soñoliento.

Baranda, sentado junto a Alicia que no quiso bailar en toda la noche, observó que de todos los ojos convergían hacia él, como hilos invisibles de araña, miradas aviesas, interrogativas, recelosas o francamente hostiles.

De todos quien le miraba con más insidia era don Olimpio, que ya andaba a medios pelos.

La inapetencia de aquellos borrachos crónicos repugnaba cuanto oliese a comida. Así es que cuando el doctor preguntó al Presidente por el buffet, éste hubo de decirle, todo confuso, que le harían, si lo deseaba, unos pericos (huevos revueltos) o una taza de chocolate, porque buffet no le había. A lo cual, a eso de las tres, accedió Baranda.

Una ráfaga de viento, colándose por el balcón, apagó las lámparas. Y aprovechándose de la confusión general, Petronio, Garibaldi y Portocarrero, que ya estaban ebrios, empezaron a pellizcar en los muslos a las mujeres que gritaban sobresaltadas y risueñas. La broma, por lo visto, no las desagradaba del todo.

A las cinco terminó el baile. En el zaguán se arremolinaba una muchedumbre heterogénea de curiosos. A don Olimpio tuvieron que llevarle casi a rastras a su domicilio. Tan gorda fue la papalina. Petronio y comparsa salieron dando voces y tumbos, sin despedirse de nadie.

Ya en la calle, y camino de la farmacia de Portocarrero, a donde se dirigían para empalmarla, iban dando de puntapiés y pedradas a los sapos que, con la lluvia, habían salido de sus charcos para pasearse por la ciudad. No llovía. Una luna pálida, sin vida, clorótica como los gangueños, difundía sobre el villorrio dormido y mojado una luz espectral.