A fuego lento: 25

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Capítulo XIII[editar]

El Círculo Voltaire estaba en la rue Laffite. Desde lejos se le distinguía por los dos grandes faroles que esclarecían la entrada. A la izquierda de la puerta principal había una sala de recibo que se poblaba, al caer la tarde, de cocotas que iban en busca de sus amantes o de jugadores gananciosos.

Traspuesto el vestíbulo y empujando una mampara de cristales, se llegaba a un salón oriental tapizado de rojo y rodeado de columnas. En el centro se erguía, sobre empinado pedestal, una estatua de bronce con un candelabro de cinco bujías, ceñida en la base por un diván circular de cuero junto a cada columna había un jarrón con plantas tropicales. A la izquierda se abría una sala con una mesa de cuatro asientos, provista de carpetas y avíos de escribir, y no lejos, en una mesa arrimada a la pared, se amontonaban los periódicos del día. Sobre aquella mesa sólo se escribían angustiosas epístolas en demanda de dinero. No había que preguntar: cada carta era un sablazo.

A la derecha, en sendas mesitas, se jugaba al ecarté, al ajedrez y a los dados. En el fondo, separada del salón por otra puerta de cristales, estaba la sala del baccarat, muy lujosa, con grandes medallones en las paredes, que representaban simbólicas mujeres desnudas. Del techo colgaban dos enormes lámparas de bronce erizadas de innúmeros globos eléctricos.

A un lado y otro se extendían largos divanes de cuero castaño en que se echaban a dormir algunos jugadores recalcitrantes, perdido el último céntimo. Pasada la puerta, a mano izquierda, estaba el cajero, un judío obeso, de ojos saltones y adormilados, que apenas podía moverse. Tenía al alcance de la mano una caja cuyas gavetas abiertas, como el teclado de un armonium, contenían ordenadamente fichas de cinco y veinte francos y embutidos de oro y plata. En una ancha cartera negra depositaba los billetes de quinientos y mil francos que recibía a cambio de placas.

En torno de la mesa del baccarat, empujándose sobre los que jugaban sentados, se revolvía febril una muchedumbre cosmopolita: generales sur-americanos, viejos con la Legión de Honor y otras condecoraciones, banqueros, cómicos, literatos, corredores de bolsa, duques entretenus y vagos que vivían del sable. El tipo judaico predominaba.

-Un louis tombe! -voceaba uno.

-Quart au billet -decía otro.

-Cent louis à cheval -decía una voz catarrosa.

Y el croupier repetía las posturas. Luego agregaba gangosamente:

-Lés jéux sont faits? Faités vos jéux, messieurs, faites vos jeux! Les jeux sont faits? Rien ne va plus!

Y con la raqueta, semejante a un lenguado de ébano, pasaba de las manos del banquero a las del punto los naipes.

-¿Carta? -decía el banquero.

-Carta -contestaba uno de los paños.

-No -respondía el otro.

-Siete -replicaba el banquero tirando las cartas sobre el tapete y queriendo disimular el regocijo que chispeaba en sus ojos.

-Bon partout -agregaba el croupier barriendo con la hoz las pilas de fichas rojas, blancas y verdes de los puntos, que ponía luego en orden, no sin escamotear de cuando en cuando alguna que se deslizaba por la bocamanga de su fraque.

Un criado de librea pasaba de tarde en tarde un cepillo por el tapete para limpiarle de la ceniza de los cigarros.

El banquero, en cuya cara fangosa había algo de una quimera meditabunda de Notre-Dame, estaba de buenas.

Ganaba más de cien mil francos.

Algunos jugadores, levantándose de pronto, tomaban la puerta. Otros se quedaban allí rondando a los que ganaban para darles un sablazo, o jugando mentalmente. En muchos semblantes, pálidos y ojerosos, se reflejaba una ansiedad taciturna. En otros, una indiferencia de camellos. Nadie hablaba. Todos estaban pendientes de las cartas que, en su vertiginoso y monótono vaivén, se llevaban capitales enteros, sin un grito, sin una protesta, sin una convulsión...

La noche volaba en medio de este torbellino calenturiento, de este obstinado retar a la fortuna, ciega y caprichosa, tan goyescamente simbolizada por Jean Veber en una mujer desnuda y cínica, con un ojo vendado, como caballo de picador, sujeta de una cuerda por un mendigo astroso que lleva una rueda en un brazo. Y esta mujer, en cueros y borracha, con un plumero rojo en la cabeza y un palo atravesado sobre los hombros, baila al son de una murga de míseros idiotas...

-La banque est brulée! -gritó el croupier.

Todos los jugadores se levantaron.

-Combien la banque, messieurs?

-Cinquante louis -dijo uno.

-Cent -dijo otro.

-Trois cents!

-Cinq-cents!

-Six cents!

-Mille!

-Mille louis -pregonó el croupier-. Personne dessus, messieurs?

Y como nadie respondiese, añadió:

-Adjugée á mille louis.

Mientras el banquero cambiaba billetes por fichas y el croupier barajaba, como un prestidigitador, los naipes, un viejo gordo iba leyendo en voz alta el nombre de los jugadores inscritos en una pizarra. Entre esos nombres figuraba el de Petronio que acababa de llegar con Marco Aurelio, El alcohol y el libertinaje le habían aviejado. Sus ojeras eran más violáceas y su arco zigomático más hondo. Velaba sus pupilas una sombra siniestra y su labio inferior caído temblaba. A menudo se llevaba una mano a la pantorrilla porque imaginaba que un bicho repugnante le subía por ella.

Según contaba Marco Aurelio, muchas noches se figuró ver perros, gatos y ratones. Su inapetencia era tal que, con todo de ser las dos de la mañana, aún no había comido.

De su lío con la vieja austriaca sólo le quedaban quinientos francos. Estaba entrampado hasta los ojos y ya no podía pasar por los bulevares porque en todos ellos debía algo. Calándose el monóculo y mostrando a Marco Aurelio cinco fichas verdes, le dijo:

-¡Mis últimos cartuchos!

-Faites vos jeux, messieurs -gritó el croupier-. Faites vos feux! -y empezaron a llover sobre la mesa placas de todos colores y billetes de banco. El tapete semejaba una ensalada de remolachas, patatas y pepinos.

Petronio pidió un cognac. Luego encendió un cigarrillo.

-Nueve -dijo el banquero.

-Bon -respondió uno de los puntos arrojando las cartas con violencia al centro de la mesa.

-Exquis! -añadió el otro punto.

Petronio se quedó mirando fijamente, con una mirada de odio profundo, al banquero que sonreía con aquella boca que le cogía de oreja a oreja, mientras el croupier recogía las posturas.

-J'ai la guigne aujourd'hui -dijo uno de los jugadores.

-Faites vos jeux, messieurs! Faites vos jeux! Les jeux son faits? Rien ne va plus! Rien tombe! -gritó el croupier.

-Ocho -dijo el banquero, cada vez más sonriente.

-Bon partout -respondió el croupier segando de nuevo aquel campo de fichas.

-¡Mal rayo te parta! -gruñó Petronio.

-Cet homme là est extraordinaire. Quelle veine! -exclamó uno de los puntos.

-Jamais j'ai vu une chose pareille! Il a passé... Combien des fois il a passé? -preguntó otro.

-Ce soir-ci? -dijo una voz-. Sais pas. Mille fois je pense.

-Faites vos jeux, messieurs! Faites vos jeux!

Los jugadores, lejos de retraerse y esperar a que pasase la racha, triplicaban las posturas, como hipnotizados por el banquero y atraídos por las fichas, los luises y los billetes que se acumulaban, creciendo, delante del croupier. Era curioso observar la timidez con que jugaban cuando ganaban y el atrevimiento con que apostaban cuando perdían. ¿Era el placer áspero que despierta exponerse a un peligro?

-¿Cuánto hay en banca? -preguntó Petronio con voz aguardentosa.

-Sesenta mil francos -respondió el croupier.

-Quinientos luises -añadió Petronio, no sin sorpresa de los circunstantes.

-A qui la main? -preguntó uno.

-A moi -respondió Petronio con desdén.

-Carta -dijo el banquero.

-Carta -pidió uno de los puntos.

-Carta -añadió Petronio, temblándole las manos.

-Cuatro -respondió el banquero.

-Dos -dijo uno de los puntos.

-Baccarat -dijo Petronio, casi tan bajo que apenas se le oyó.

Al ver que no daba señales de vida, el banquero y el croupier le interrogaron simultáneamente con los ojos.

-Monsieur?... -osó decir el croupier.

Los jugadores se miraban los unos a los otros estupefactos.

-No tengo dinero -respondió Petronio tras una larga pausa.

Un rumor de colmena corrió entre la muchedumbre atónita.

-Pues cuando no se tiene dinero -dijo el banquero, en voz alta- no se juega.

-Pero ¡se mata! -rugió Petronio descerrajándole un tiro a boca de jarro y emprendiendo la fuga. La multitud le rodeó tratando de desarmarle. A la detonación acudió la policía. No faltó quien, aprovechándose de la confusión, robase del tapete algunos luises. Petronio, viéndose perdido, volvió el arma contra sí perforándose el cráneo.