A fuego lento: 26

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Capítulo XIV[editar]

Cuanto ganó don Olimpio en Ganga, vendiendo comestibles averiados, iba pasando a manos de la Presidenta...

Doña Tecla nada veía. Su anemia cerebral iba en aumento. Se figuraba que el único lazo que les unía era la animosidad que sentían por el médico. ¿Por qué le aborrecían? Porque el doctor no se recataba para decir a quien quisiera oírle que la Presidenta era una tía y don Olimpio, un zoquete. Además, don Olimpio no olvidaba ni el desdén con que contestó a su brindis la noche del banquete en Ganga ni el haber seducido en su propia casa a Alicia.

Todo, no obstante, se lo hubiera perdonado si Baranda hubiera sido una medianía. ¿Quién era don Olimpio? Un pobre diablo salido del fondo de una aldea que no figuraba en el mapa, como quien dice. Si no hubiera visto nunca al médico de cerca, de juro que hubiera formado en el número de sus admiradores. Pero el hecho de rozarse con él, de frecuentar su casa, de saber, por la misma Alicia, ciertas intimidades que le pintaban como hombre apocado e irresoluto, suponía que le autorizaban a tratarle de tú por tú. Esta pretensión igualitaria no pasaba de mera pretensión, porque en presencia del doctor no se atrevía a desplegar los labios. Habituado, por otra parte, al despotismo de aquellos países, que a la larga envilece y familiariza el espíritu con los medios violentos, no se postraba, en rigor, sino ante el palo y la amenaza.

Un hombre tolerante, que no andaba a cintarazos, le parecía tonto de capirote, por intelectual que fuese. El desdén silencioso del médico le mortificaba, le hería en el amor propio. Se desquitaba a su modo, propalando malignamente que Baranda era un cirujano de pacotilla.

-En Ganga -decía para probarlo- operó cierta vez a una señora y luego de cosida tuvieron que abrirla de nuevo. ¡Porque se dejó olvidado un bisturí en el vientre de la víctima!

El hecho era cierto: sólo que el cirujano a quien aludía no fue Baranda.

Nadie daba crédito a estas paparruchas; pero la calumnia corría. La venganza que urdía la Presidenta y él era obligarle a abandonar a Rosa. Con insinuaciones primero y sin ambages después, influían en el ánimo de Alicia para que no le dejase a sol ni a sombra.

-Tú no debes permitir eso, hija mía. Figúrate que se le antoje testar en su favor. Nada, que te quedas en la calle. Ustedes no tienen hijos...

-Eso -agregaba don Olimpio-. No tienen hijos. De modo que no tienes derecho sino a la cuarta marital. Poca cosa.

Alicia se quedaba meditabunda. Luego exclamaba:

-Quien tiene la culpa de todo es ese correveidile de Plutarco. ¡Le odio! ¡Le odio! ¿No sabes, hija, que quiso violarme en el buque cuando me trajo a París? Y en cuanto a la Rosa... ¡A esa la arranco yo los ojos! ¡Ah, estas francesas, estas francesas!

La Presidenta, más astuta que don Olimpio, pudo apreciar el efecto de su malévola sugestión.


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La escena entre el doctor y Alicia, a raíz de esta conversación, empezó siendo dramática y acabó en idilio.

-Como me sigas embromando -gritaba el médico- te planto en medio del arroyo. Como suena. ¿Dónde está la ley que me obligue a seguir viviendo contigo? A ver ¿dónde?

Alicia, temerosa de que el doctor pusiese en planta lo que decía y sorprendida por aquella energía inesperada, rompió a llorar.

-¡Me dices eso porque no me quieres! ¡Porque nunca me quisiste! ¡Porque soy pobre y no tengo a nadie en el mundo!

Después de un silencio entrecortado de sollozos continuaba:

-Me parece que lo que te pido nada tiene de absurdo. ¡Porque te amo, sí, porque te amo! -y se le echaba encima a besarle-. ¡Porque estoy celosa!

Baranda, a su pesar, enternecido, la calmaba:

-Vamos, no llores.

-Estoy enferma, me lo has dicho muchas veces haciéndome trabar frascos y frascos de bromuro y de cuanta droga hay en la botica. ¿Qué culpa tengo de estar enferma?

Luego añadía jeremiqueando:

-Bueno. Si no quieres dejarla, no la dejes. Yo no puedo ni quiero obligarte. ¡Cuánto me has hecho padecer! ¡Cuánto he llorado por ti! ¡Y dices que me vas a plantar en el arroyo! ¡Qué desgraciada soy! ¡Qué desgraciada!

De sobra sabía el efecto que semejantes reproches, velados por una ternura, tal vez ficticia, tal vez sincera, pero transitoria y superficial, producían en el alma, naturalmente sensible, de su marido. Era artera y perspicaz, como todas las histéricas, y sólo el miedo al castigo ponía dique a sus arrebatos.

-Te prometo -continuó-, te prometo enmendarme. Pero ¡no seas tan duro! ¡Y no me dejes tan sola!

Y la escena acabó en una cópula sobre el diván, en una cópula de gallo, rápida y desabrida.

Alicia pudo entonces convencerse de que todo había concluido, de que ya no le inspiraba el amor más mínimo, la más ligera ilusión. Lloró en silencio, con lágrimas ardientes, y pensó en su madre cuyo recuerdo no podía consolarla porque nunca la había visto. Luego la entró una curiosidad irresistible de saber quién fue y cómo era físicamente y si había tenido más hijos. De súbito la asaltó una sospecha. ¿Sería su padre don Olimpio, aquel viejo repugnante y lujurioso? ¡Ah, no! No se hubiera atrevido a querer seducirme. ¿Era el primer caso, después de todo, de que un padre -y un padre natural- tratase de corromper a su propia hija? El hombre es capaz de todo. Impúber, se masturba o se pervierte en el dormitorio de los colegios con los condiscípulos, sin menoscabo de violar gallinas, gatas y perras... De hombre, no respeta edad, ni categoría social, ni parentesco, ni lazos de amistad como haya una falda por medio.

-¡Ah, qué nauseabundo es el hombre! ¡Qué nauseabundo! -exclamaba haciendo una mueca de asco.