A fuego lento: 30

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Capítulo XVIII[editar]

¡Con qué malignidad femenina se comentó en la tertulia de la Presidenta el episodio del Bosque! Alicia se jactaba de haber abofeteado en público a la querida de su marido (eran sus palabras).

-Si todas las mujeres fueran así -hablaba la Presidenta-, ya se tentarían los hombres la ropa antes de meterse a seductores.

Mistress Campbell, que había vuelto del Cairo, sin decir agua va, condenaba con dureza la conducta del doctor. No transigía con el vicio, como ella llamaba al amor de las otras mujeres; pero eso no la impedía entregarse con las depravaciones de una troteuse del bulevar, al hombre que la gustaba.

Nadie podía sospechar que, al través de aquella cara de una pudibundez botticellina, se escondiese un pensamiento tan corrompido. Al fin, por enredarse con alguien, se enredó clandestinamente con Marco Aurelio, Marcuos Aureliuos, como ella decía pronunciando a la inglesa. Pero de quien estaba enamorada era del médico. Se disputaban a menudo porque la vieja tenía la pretensión de no querer pagar con largueza a aquel libertino los placeres que la proporcionaba. La Presidenta era quien instigaba al hijo para que la explotase.

-Hubiera dado cualquier cosa -dijo la de Yerbas- por haber presenciado la escena del Bois. ¡Lo que gozo yo cuando humillan a esas mujeres sin pudor, perturbadoras de la paz de los hogares!

-Si yo fuera gobierno -objetaba la inglesa- las mandaba azotar desnudas en la plaza pública, para que sirviera de escarmiento.

-Y yo -agregó Alicia-. Pero las azotaba sin piedad.

Los ojos azules y malignos de la inglesa reían con candelillas de sádico regocijo.

-¿Y qué tal es esa... Rosa? -preguntó la Presidenta.

-¡Cualquier cosa, hija! -dijo Alicia con desdén.

-Es muy hermosa -rectificó Nicasia-. Es muy blanca, de pelo muy rubio, como el oro, y unos ojos dulces y expresivos. Hay que ser justa.

-No lo crea usted -continuó Alicia-. Es un tipo vulgar. Una de tantas francesas que vemos por ahí.

-Yo no la conozco -saltó la inglesa-; pero si es así, no revela el doctor tener muy buen gusto.

-No sabemos -dijo maliciosamente la Presidenta- sus habilidades. Puede que no sea bonita y, sin embargo...

Y las más libidinosas alusiones empezaron a llover sobre Rosa, cuyo único delito consistía en ser guapa y en haber logrado lo que las otras no: poseer al médico. Marco Aurelio no podía menos de burlarse en sus adentros de los alardes de moral intransigencia de aquellas mujeres, empezando por la inglesa y acabando por su propia madre, sobre todo cuando recordaba a mistress Campbell en camisa dando suelta a sus genésicas aberraciones.

-Estuve la otra noche en la Comedia a ver Cyrano de Bergerac -dijo la Presidenta, dando otro giro a la conversación.

-¿Qué es eso de Ciriaco? -interrumpió doña Tecla.

-Un drama, hija, un drama. Creo que a su marido no le gusta -añadió dirigiéndose a Alicia.

-No sé -contestó ésta.

-No recuerdo quién me contó que dijo que todo él era pura hojarasca.

Para el doctor -era verdad-, el Cyrano no pasaba de ser un drama lírico insustancial, a la manera de los de Leopoldo Cano y otros dramaturgos españoles de la propia laya. -Hay allí -observaba- unos astros que pacen en unas praderas, que, por contraste, sugieren la imagen de unos bueyes que alumbran. ¡Cuánto ripio sonoro y hueco!

Don Olimpio habló de una compañía dramática que estuvo en Ganga y que acabó casi pidiendo limosna por las calles. Doña Tecla y Alicia rieron. La Presidenta alababa el Cyrano, no porque fuese capaz de apreciarle, sino por seguir la corriente y por ir en contra de la opinión de Baranda.

-¿Y usted, don Olimpio -preguntó la inglesa-, ¿piensa permanecer mucho tiempo aún en París?

-Lo ignoro, mi señora. El cambio en Ganga está al 1.500. No sé adónde vamos a parar. La culpa, en parte, la tiene ese cochino gobierno italiano, que nos obliga a pagarle a tocateja más de diez millones de liras; de lo contrario, nos bombardea. La agitación en Ganga es grande. Todo el mundo está dispuesto a dejarse ametrallar antes de consentir en semejante infamia. ¡Diez millones de liras! Si fueran liras de poetas, tendríamos de sobra con que pagar... Cuando se es débil, no cabe más remedio que bajar la cabeza y decir amén. Pero ¿de dónde va a sacar nuestro pobre país esa enorme suma? El café está por los suelos, la exportación de ganados no aprovecha sino a unos cuantos agiotistas. ¡No sé, no sé! Si las cosas siguen así, querida Tecla, no tendremos más recurso que volvernos para allá.

-En seguida -respondió doña Tecla-. No anhelo otra cosa.

La Presidenta, poniéndose pálida, exclamó con cierta inquietud:

-No, ustedes no pueden vivir en los trópicos después de haber vivido en París. Ganga, ¡qué horror! Esa crisis pasará, don Olimpio. En aquellos países, usted lo sabe, hay que contar siempre con lo imprevisto. Puede que dentro de unos días reciba usted un cable anunciándole la normalidad en los negocios.

-¿Quién sabe?

-¿Y le gusta a usted París? -continuó la inglesa, sin haber entendido la mayor parte del palique de don Olimpio, que hablaba en un francés imposible.

-Sí -contestó con desabrimiento-. ¡Qué corrupción, mi señora, qué corrupción! En nuestro país ¡qué han de verse las cosas que se ven en Francia! ¡Aquí no hay hogar, ni familia, ni nada! ¿Qué mujer casada no tiene un amante?

-Verdad -asintió doña Tecla.

-Nosotros estaremos más atrasados, pero tenemos más moralidad.

-Cierto -recalcó doña Tecla.

Alicia hizo un gesto de burlón escepticismo.

Don Olimpio no había visitado un solo museo, ni conocía de París más que algunas calles; no leía periódicos porque no les entendía y, con todo, daba su opinión tan campante sobre la complicada vida parisiense.

La Presidenta, volviéndose a Alicia, la interrogó por lo bajo:

-Supongo que eso se habrá concluido. Después de lo del Bosque...

-¡Qué ha de concluirse! Yo, por de pronto, estoy satisfecha. ¡Ay, hija, usted no sabe el gozo que se siente después de haber abofeteado a un enemigo!

-Me lo imagino -repuso la Presidenta-. Y su marido, ¿qué dice de todo eso?

-¡Qué ha de decir! Sufre y calla. Es un calzonazos.

-Pero ella ¿no la pegó a usted?

-¿A mí? ¡Si me tiene un miedo cerval!

-Y del anónimo ¿no ha sabido usted nada?

-Nada. Eso no da resultado. -Después añadió:

-Y cada vez que me la encuentre, haré lo mismo. ¿Qué puede suceder? ¿Qué me lleven a la Comisaría? No me importa. Estoy dispuesta a todo.

-¡Qué mujercita, qué mujercita! -exclamó la Presidenta dándola una palmadita en el hombro.

Alicia despreciaba a la Presidenta, en cuyas adulaciones no creía.

-¡Mire usted que liarse con ese sapo de don Olimpio! -pensaba para sí; pero la convenía su amistad para sus fines ulteriores. No ignoraba que todo aquello lo hacía, no por ella, sino por despecho. A la única que estimaba realmente era a Nicasia, incapaz de nada indigno. Censuraba al médico por sus relaciones ilícitas con Rosa, pero reconocía su talento y sus otras buenas cualidades. Era también la única que se conservaba irreprochable en aquel mundo de mentiras, de rivalidades ruines y de supercherías.

En ambas había cierto fondo análogo de honestidad; pero Nicasia era muy superior moralmente a Alicia. Nadie pudo señalarla un amante, un solo desliz desde la muerte de su marido a quien guardó fidelidad absoluta. Vivía con modestia y orden de lo poco que la dejó el difunto, que colocó en una compañía de seguros a cambio de una renta vitalicia. No tenía hijos ni ambiciones, y su temperamento equilibrado y frío era su mejor custodia.