A la vacuna

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A la vacuna


Poema en acción de gracias al rey de las Españas por la propagación de la vacuna en sus dominios, dedicado al señor Don Manuel de Guevara Vasconcelos, presidente gobernador y capitán general de las provincias de Venezuela


 Vasconcelos ilustre, en cuyas manos
 el gran monarca del imperio ibero
 las peligrosas riendas deposita
 de una parte preciosa de sus pueblos;
 tú que, de la corona asegurando
 en tus vastas provincias los derechos,
 nuestra paz estableces, nuestra dicha
 sobre inmobles y sólidos cimientos;
 iris afortunado que las negras
 nubes que oscurecían nuestro cielo
 con sabias providencias ahuyentaste,
 el orden, la quietud restituyendo;
 órgano respetable, que al remoto
 habitador de este ignorado suelo
 con largueza benéfica trasmites
 el influjo feliz del solio regio;
 digno representante del gran Carlos,
 recibe en nombre suyo el justo incienso
 de gratitud, que a su persona augusta,
 tributa la ternura de los pueblos;
 y pueda por tu medio levantarse
 nuestra unánime voz al trono excelso,
 donde, cual numen bienhechor, derrama
 toda especie de bien sobre su imperio;
 sí, Venezuela exenta del horrible
 azote destructor, que, en otro tiempo
 sus hijos devoraba, es quien te envía
 por mi tímido labio sus acentos.
   
 ¿Venezuela? Me engaño. Cuantos moran
 desde la costa donde el mar soberbio
 de Magallanes brama enfurecido,
 hasta el lejano polo contrapuesto;
 y desde aquellas islas venturosas
 que ven precipitarse al rubio Febo
 sobre las ondas, hasta las opuestas
 Filipinas, que ven su nacimiento,
 de ternura igualmente poseídos,
 sé que unirán gustosos a los ecos
 de mi musa los suyos, pregonando
 beneficencia tanta al universo.
 Tal siempre ha sido del monarca hispano
 el cuidadoso paternal desvelo
 desde que las riberas de ambas Indias
 la española bandera conocieron.
   
 Muchas regiones, bajo los auspicios
 españoles produce el hondo seno
 del mar; y en breve tiempo, las adornan
 leyes, industrias, población, comercio.
 El piloto que un tiempo las hercúleas
 columnas vio con religioso miedo,
 aprende nuevas rutas, y las artes
 del antiguo traslada al mundo nuevo.
 Este mar vasto, donde vela alguna
 no vieron nunca flamear los vientos;
 este mar, donde solas tantos siglos
 las borrascas reinaron o el silencio,
 vino a ser el canal que, trasladando
 los dones de la tierra y los efectos
 de la fértil industria, mil riquezas
 derramó sobre entrambos hemisferios.
   
 Un pueblo inteligente y numeroso
 el lugar ocupó de los desiertos,
 y los vergeles de Pomona y Flora
 a las zarzas incultas sucedieron.
 No más allí con sanguinarios ritos
 el nombre se ultrajó del Ser Supremo,
 ni las inanimadas producciones
 del cincel, le usurparon nuestro incienso;
 con el nombre español, por todas partes,
 la luz se difundió del evangelio,
 y fue con los pendones de Castilla
 la cruz plantada en el indiano suelo.
 Parecía completa la grande obra
 de la real ternura; en lisonjero
 descanso, las nacientes poblaciones
 bendecían la mano de su dueño,
 cuando aquel fiero azote, aquella horrible
 plaga exterminadora que, del centro
 de la abrasada Etiopía transmitida,
 funestó los confines europeos,
 a las nuevas colonias trajo el llanto
 y la desolación; en breve tiempo,
 todo se daña y vicia; un gas impuro
 la región misma inficionó del viento;
 respirar no se pudo impunemente;
 y este diáfano fluido en que elemento
 de salud y existencia hallaron siempre
 el hombre, el bruto, el ave y el insecto,
 en cuyo seno bienhechor extrae
 la planta misma diario nutrimento,
 corrompiose, y en vez de dones tales,
 nos trasmitió mortífero veneno.
 Viéronse de repente señalados
 de hedionda lepra los humanos cuerpos,
 y las ciudades todas y los campos
 de deformes cadáveres cubiertos.
 No; la muerte a sus víctimas infaustas
 jamás grabó tan horroroso sello;
 jamás tan degradados de su noble
 belleza primitiva, descendieron
 al oscuro recinto del sepulcro,
 Humanidad, tus venerables restos,
 la tierra las entrañas parecía
 con repugnancia abrir para esconderlos.
 De la marina costa a las ciudades,
 de los poblados pasa a los desiertos
 la mortandad; y con fatal presteza,
 devora hogares, aniquila pueblos.
   
 El palacio igualmente que la choza
 se ve de luto fúnebre cubierto;
 perece con la madre el tierno niño;
 con el caduco anciano, los mancebos.
 Las civiles funciones se interrumpen;
 el ciudadano deja los infectos
 muros; nada se ve, nada se escucha,
 sino terror, tristeza, ayes, lamentos.
 ¡Qué de despojos lleva ante su carro
 Tisífone! ¡Qué número estupendo
 de víctimas arrastran a las hoyas
 la desesperación y el desaliento!
 ¡Cuántos a manos mueren del más duro
 desamparo! Los nudos más estrechos
 se rompen ya: la esposa huye al esposo,
 el hijo al padre y el esclavo al dueño.
 ¡Qué mucho si las leyes autorizan
 tan dura división!... Tristes degredos,
 hablad vosotros; sed a las edades
 futuras asombroso monumento,
 del mayor sacrificio que las leyes
 por la pública dicha prescribieron;
 vosotros, que, en desorden espantoso,
 mezclados presentáis helados cuerpos,
 y vivientes que luchan con la Parca,
 en cuyo seno oscuro, digno asiento
 hallaron la miseria y los gemidos;
 mal segura prisión, donde el esfuerzo
 humano, encarcelar quiso el contagio,
 donde es delito el santo ministerio
 de la piedad, y culpa el acercarse
 a recoger los últimos alientos
 de un labio moribundo, donde falta
 al enfermo infelice hasta el consuelo
 de esperar que a los huesos de sus padres,
 se junten en el túmulo sus huesos.
 Tú también contemplaste horrorizada
 de aquella fiera plaga los efectos;
 tú, mar devoradora, donde ejercen
 la tempestad y los airados Euros
 imperio tan atroz, donde amenaza,
 aliado con los otros tu elemento
 cada instante un naufragio; entonces diste
 nuevo asunto al pavor del marinero;
 entonces diste a la severa Parca
 duplicados tributos. De su seno,
 las apestadas naves vomitaron
 asquerosos cadáveres cubiertos
 de contagiosa podre. El desamparo
 hizo allí más terrible, más acerbo
 el mortal golpe; en vano solicita
 evitar en la tierra tan funesto
 azote el navegante; en vano pide
 el saludable asilo de los puertos,
 y reclamando va por todas partes
 de la hospitalidad los santos fueros;
 las asustadas costas le rechazan,
 Pero corramos finalmente el velo
 a tan tristes objetos, y su imagen
 del polvo del olvido no saquemos,
 sino para que, en cánticos perennes,
 bendigan nuestros labios al Eterno,
 que ya nos ve propicio, y, al gran Carlos,
 de sus beneficencias instrumento.
   
 Suprema Providencia, al fin llegaron
 a tu morada los llorosos ecos
 del hombre consternado, y levantaste
 de su cerviz tu brazo justiciero;
 admirable y pasmosa en tus recursos,
 tú diste al hombre medicina, hiriendo
 de contagiosa plaga los rebaños;
 tú nos abriste manantiales nuevos
 de salud en las llagas, y estampaste
 en nuestra carne un milagroso sello
 que las negras viruelas respetaron.
 Jenner es quien encuentra bajo el techo
 de los pastores tan precioso hallazgo.
 Él publicó gozoso al universo
 la feliz nueva, y Carlos distribuye
 a la tierra la dádiva del cielo.
   
 Carlos manda; y al punto una gloriosa
 expedición difunde en sus inmensos
 dominios el salubre beneficio
 de aquel grande y feliz descubrimiento.
 Él abre de su erario los tesoros;
 y estimulado con el alto ejemplo
 de la regia piedad, se vigoriza
 de los cuerpos patrióticos el celo.
 Él escoge ilustrados profesores
 y un sabio director, que, al desempeño
 de tan honroso cargo, contribuyen
 con sus afanes, luces y talento.
 ¡Ilustre expedición! La más ilustre
 de cuantas al asombro de los tiempos
 guardó la humanidad reconocida;
 y cuyos salutíferos efectos,
 a la edad más remota propagados,
 medirá con guarismos el ingenio,
 cuando pueda del Ponto las arenas,
 o las estrellas numerar del cielo.
 Que de polvo se cubran para siempre
 estos tristes anales, donde advierto
 sobre humanas cenizas erigidos
 de una bárbara gloria los trofeos.
   
 Expedición famosa, tú desluces,
 tú sepultas en lóbrego silencio
 aquellas melancólicas hazañas,
 que la ambición y el fausto sugirieron;
 tú, mientras que guerreros batallones
 en sangre van sus pasos imprimiendo,
 y sobre estragos y rüina corren
 a coronarse de un laurel funesto,
 ahuyentas a la Parca de nosotros
 a costa de fatigas y desvelos;
 y en galardón recibes de tus penas
 el llanto agradecido de los pueblos.
 Con destrucción, cadáveres y luto,
 marcan su infausta huella los guerreros;
 y tú, bajo tus pies, por todas partes,
 la alegría derramas y el consuelo.
 A tu vista, los hórridos sepulcros
 cierran sus negras fauces; y sintiendo
 tus influjos, vivientes nuevos brota
 con abundancia inagotable el suelo.
 Tú, mientras la ambición cruza las aguas
 para llevar su nombre a los extremos
 de nuestro globo, sin pavor arrostras
 la cólera del mar y de los vientos,
 por llevar a los pueblos más lejanos
 que el sol alumbra, los favores regios,
 y la carga más rica nos conduces
 que jamás nuestras costas recibieron.
 La agricultura ya de nuevos brazos
 los beneficios siente, y a los bellos
 días del siglo de oro, nos traslada;
 ya no teme esta tierra que el comercio
 entre sus ricos dones le conduzca
 el mayor de los males europeos;
 y a los bajeles extranjeros, abre
 con presuroso júbilo sus puertos.
 Ya no temen, en cambio de sus frutos,
 llevar los labradores hasta el centro
 de sus chozas pacíficas la peste,
 ni el aire ciudadano les da miedo.
 Ya con seguridad la madre amante
 la tierna prole aprieta contra el pecho,
 sin temer que le roben las viruelas
 de su solicitud el caro objeto.
 Ya la hermosura goza el homenaje
 que el amor le tributa, sin recelo
 de que el contagio destructor, ajando
 sus atractivos, le arrebate el cetro.
 Reconocidos a tan altas muestras
 de la regia bondad, nuestros acentos
 de gratitud a los remotos días
 de la posteridad trasmitiremos.
 Entonces, cuando el viejo a quien agobia
 el peso de la edad pinte a sus nietos
 aquel terrible mal de las viruelas,
 y en su frente arrugada, muestre impresos
 con señal indeleble los estragos
 de tan fiero contagio, dirán ellos:
 «Las virüelas, cuyo solo nombre
 con tanto horror pronuncias, ¿qué se han hecho?»
 Y le responderá con las mejillas
 inundadas en lágrimas de afecto:
 «Carlos el Bienhechor, aquella plaga
 desterró para siempre de sus pueblos».
 ¡Sí, Carlos Bienhechor! Este es el nombre
 con que ha de conocerte el universo,
 el que te da Caracas, y el que un día
 sancionará la humanidad y el tiempo.
 De nuestro labio, acéptale gustoso
 con la expresión unánime que hacemos
 a tu persona y a la augusta Luisa
 de eterna fe, de amor y rendimiento.
 Y tú que del ejército dispones
 en admirables leyes el arreglo,
 y el complicado cuerpo organizando
 de la milicia, adquieres nombre eterno;
 tú, por quien de la paz los beneficios
 disfruta alegre el español imperio,
 y a cuya frente vencedora, honroso
 lauro los cuerpos lusitanos dieron;
 tú, que, teniendo ya derechos tantos
 a nuestro amor, al público respeto
 y a la futura admiración, añades
 a tu gloriosa fama timbres nuevos,
 protegiendo, animando la perpetua
 propagación de aquel descubrimiento,
 grande y sabio Godoy, tú también tienes
 un lugar distinguido en nuestro pecho.
 Y a ti, Balmis, a ti que, abandonando
 el clima patrio, vienes como genio
 tutelar, de salud, sobre tus pasos,
 una vital semilla difundiendo,
 ¿qué recompensa más preciosa y dulce
 podemos darte? ¿Qué más digno premio
 a tus nobles tareas que la tierna
 aclamación de agradecidos pueblos
 que a ti se precipitan? ¡Oh, cuál suena
 en sus bocas tu nombre!... ¡Quiera el Cielo,
 de cuyas gracias eres a los hombres
 dispensador, cumplir tan justos ruegos;
 tus años igualar a tantas vidas,
 como a la Parca roban tus desvelos;
 y sobre ti sus bienes derramando
 Con largueza, colmar nuestros deseos!