Aben-Humeya: 11

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Escena VIII[editar]

El ALFAQUÍ, el PASTORCILLO.


PASTORCILLO.- (Mostrando contento.) ¡Ya estoy aquí!


ALFAQUÍ.- Bien venido seas, hijo...


PASTORCILLO.- He tardado mucho... ¿no es verdad?...; pero no ha sido culpa mía... Hasta he tenido que correr porque no estuvieseis con cuidado.


ALFAQUÍ.- Ya se te conoce; vienes muy cansado...; vamos, ven aquí, cerca de mí... Yo no tengo más consuelo en el mundo que verte estos cortos momentos.


PASTORCILLO.- Ni yo sé cómo he podido venir... Fui hoy al pueblo con otros pastores... iban a celebrar la Nochebuena, y se empeñaron en que me quedase con ellos... ¡tenían unos instrumentos tan lindos!, pero yo me escapé sin que ellos me viesen, para traeros estas frutas...



(Saca del zurrón un panecillo y unas frutas secas, que coloca sobre una pena, a la entrada de la gruta.)


ALFAQUÍ.- ¡A las claras estoy viendo que el Dios de Ismael no me ha abandonado, pues que te envía a socorrerme como un ángel consolador!


PASTORCILLO.- Mi padre fue quien me mandó que lo hiciese así, encargándomelo mucho a la hora de su muerte.


ALFAQUÍ.- ¡Yo le debo la vida, hijo mío!... era el único amigo que ya me quedaba... Obedecía al precepto de Dios, y no temía la ira de sus enemigos.


PASTORCILLO.- Algunas veces le acompañaba yo cuando venía aquí... ¿Lo habéis olvidado?


ALFAQUÍ.- No por cierto... Y también es necesario que no olvides tú los consejos que te daba tu padre...


PASTORCILLO.- ¡Olvidarlos yo!... Así que veo a un castellano, vuelvo al otro lado la cara... Hoy mismo he dado un gran rodeo por no pasar por la plaza... ¡había en ella tantos soldados!


ALFAQUÍ.- Han llegado sin duda desde la última vez que te vi...


PASTORCILLO.- De seguro... ¡y si supierais las voces que corren!... Dicen que vienen a impedirnos el cantar nuestros romances tan bonitos, y hasta el bañarnos... Yo lo siento por los demás; ¡pero por mí!... yo cantaré en la cresta de los montes y me bañaré en el río.


ALFAQUÍ.- ¡Qué feliz eres, hijo, de no sentir aún el peso de nuestras desdichas!...



(Vense aparecer sucesivamente algunos MORISCOS que van bajando a la cueva.)


PASTORCILLO.- ¿No es verdad que esos soldados me harían mucho mal, si supieran que vengo aquí?... Pero no importa; ¡yo no os he de abandonar en mi vida!


ALFAQUÍ.- No, hijo; no vuelvas más... Yo nada tengo ya que esperar del mundo; ¡y tú puedes disfrutar todavía de tiempos más felices!... Alza la cabeza... ¿por qué lloras?


PASTORCILLO.- Si lo estoy viendo... ya no me queréis como antes... ¡Dejaros yo morir! (Se echa en sus brazos.)


ALFAQUÍ.- No es eso, hijo mío; vendrás cuando quieras... pero deja a lo menos que se vayan esos castellanos... ¡Aun no los conoces tú bien!... ¿A dónde vas?



(El PASTORCILLO hace como que ha oído ruido, y da algunos pasos; pero al ver a los MORISCOS, vuélvese asustado y se esconde en lo hondo de la gruta.)


PASTORCILLO.- ¡Ah!...


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