Acerca del Convenio Militar con los Estados Unidos

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ACERCA DEL CONVENIO MILITAR CON LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989


Hace poco más de cuatro años, señor Presidente, en este mismo recinto ante la presencia de la mayoría de los estimados colegas que ahora también van a escucharme hablando en nombre del sector a que pertenezco, formulé objeciones de todo orden al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca subscrito en Quitandinha en setiembre de 1947 y enuncié que nosotros, recogiendo fielmente la tradicional opinión del Partido Nacional – la mitad sino más de toda la ciudadanía – nos opondríamos a su adopción.

No evoco porque sí vanidosamente este recuerdo que me enaltece: lo traigo a la tabla con superior intención patriótica. Apartándome del criterio de muchos de mis correligionarios, concuerdo en alguna parte con quienes, postuladores de la aprobación del Convenio que está a consideración del Senado, sostienen que en el fraseo de sus once artículos no hay otra cosa más que una complementación previsible y lógica del Pacto de Río de Janeiro.

“Aquellos polvos trajeron – efectivamente – estos lodos”: Quitandinha marca el pasaje definitivo de la “buena vecindad” que honestamente auspiciada por Roosevelt tanto había contribuido a una sincera y creciente aproximación de las Américas, a la subordinación de la nuestra – fragmentada – a los designios y dictados del Pentágono.

La Buena Vecindad era asistencia recíproca impuesta por la convivencia sin necesidad de preceptivas solemnes, deducida de los deberes morales o si se quiere, según el dicho de San Pablo, de las leyes escritas en el corazón (“Jus in corda scriptum”).

Pero, con habernos inferiorizado con relación al estado anterior de libre y honesta “buena vecindad”, no se puede desconocer, sin embargo, que en el Pacto de Río de Janeiro se guardaron las formas confraternales. Fue igualitario y multilateral; los gobiernos lo acordaron actuando en nombre “de sus pueblos”; no hizo discriminaciones.

Ahora, en cambio, este Convenio que tenemos en discusión – no en balde han transcurrido cinco años ya del anterior y en ese lapso crecieron vertiginosamente los poderes del Pentágono – se ha propuesto sólo a determinados países de Iberoamérica, seleccionados por el proponente en uso de su derecho de preferencia, y además, por otra parte, aquí hallamos que no solo se ha olvidado el educativo y promisorio inicio de la fórmula de Río: “Los gobiernos en nombre de sus pueblos”, sino que hasta se ha dejado de lado la clásica referencia a las “altas partes contratantes” para aludir a las Repúblicas que pactan y, escuetamente – diría con impaciencia – sólo se habla ya de los “gobiernos” puestos de acuerdo.

¿Y cuáles, señor Presidente, cuáles después de todo han sido los “gobiernos” de Iberoamérica seleccionados por Washington para contratantes?

¿A qué normas pudo haberse ajustado Estados Unidos para operar su selección? No se podría suponer, desde luego, que semejante preferencia fuera impuesta por razones de homenaje a la democracia. Nadie ignora, en efecto, que hoy dejan mucho que desear, en tal sentido, las hermanas repúblicas de Colombia y Perú que han formado entre las seleccionadas. Tampoco cabe presumir que la elección ha sido determinada por la conveniencia de prestar ayuda militar a los pueblos de Iberoamérica más necesitados de ella.

Por de pronto, en poco más de diez años, hemos gastado creo que más de cuarenta millones de pesos en equipos y en armamentos y aunque por supuesto, no ignoramos los díceres circulantes de que en este período nos llenamos de “fierros viejos”, quiero creer porque tengo personal estima y un alto concepto de nuestra oficialidad del Ejército, Armada y Aviación que con esos “fierros viejos” nos defenderíamos resueltamente si la emergencia se produce.

Pero, hay más; Brasil, especialmente Chile y México no se han despreocupado nunca del deber de estar en condiciones de afrontar la situación bélica que pudiera tocarles y, en cambio, después de terminada la guerra del Chaco, no sé que Paraguay y Bolivia hayan hecho otro tanto, y ¿por qué, entonces, estos países no entraron en la selección y sí aquéllos?

Sea lo que fuere – en otro momento ahondaremos si es posible esta averiguación – lo cierto es que nosotros estamos considerando dicho Convenio, lo que vale tanto como decir que nuestro gobierno pertenece al número de los de Ibero-América que han atraído la preferencia de Washington.

¿Pero, esa es la verdad pura o solamente formal? ¿Es la verdad de fondo o la impuesta por otra circunstancia? ¿Es cierto que la preferencia de Estados Unidos se inclinó espontáneamente a ofrecer a nuestro gobierno su “generosa ayuda militar consagrada en sus leyes de 1948 y 1951, como lo hizo – pongamos por caso, con Turquía, Grecia, Irán, Irak, etc.?

Yo no dudo que tanto el señor Ministro de Relaciones Exteriores como nuestra Comisión de Asuntos Internacionales se sientan impulsados a contestarnos afirmativamente y de inmediato a la pregunta formulada. Lo que no creo, perdónaseme si me equivoco – es que quien se encargue de la respuesta esté en condiciones de certificar, ahora mismo, documentalmente, su dicho, y, desde luego, lo que quiero saber sobre el particular es toda la verdad, nada más que la verdad plena que se evidencia con pruebas.

Acerca de las negociaciones seguidas en cada uno de los países de Iberoamérica seleccionados por el Pentágono para suscribientes de este Convenio, han venido circulando y repitiéndose tantos infundios e informaciones fantásticas que ya no se sabe a qué atender. Sin ir muy lejos, recuerdo que días atrás se expresó en este Senado que Ecuador, el Ecuador de don Galo Plaza, lo había ratificado y puesto en consecuencia en vigencia y, sin embargo, si yo he de atenerme a la versión que poco antes me proporcionó personalmente un ilustre hijo de aquella República, Oficial superior de su Ejército y ex Ministro de Relaciones Exteriores - nombro al Gral. Chiriboga - este Convenio no sólo no ha sido allí ratificado, sino que duerme – acaso el sueño eterno – en las carpetas de una de las Cámaras del Parlamento.

Pero, vean, los señores senadores, después de todo, el motivo y la importancia de mi pregunta anterior.

Cuando en la Cámara de Diputados de Chile se discutía el mismo instrumento internacional que allí – como se sabe – resultó aprobado para, según me parece – no llegar a aplicarse, el Diputado de la mayoría, señor Juliet, en la sesión del jueves 19 de junio, dirigiéndose al Diputado señor Martones, contrario a la aprobación, que le había interrumpido, le expresó textualmente: “Debo decirle a su señoría que Estados Unidos ha ofrecido esta ayuda militar hasta hoy, a seis países”. Replicó el señor Martones, “a siete” y de inmediato le contestó el señor Juliet (textual): “a seis países americanos, porque Uruguay, esa gran República hermana, presidida desde hace muchos años por la majestad de su régimen democrático inalterable, respetuoso del orden y de la tradición, y fiel a su Constitución forjada en el respeto de los derechos del hombre, ese pueblo orgullo de América, gobernado por un Consejo Ejecutivo Colegiado, donde tienen cabida representantes de la mayoría y de la oposición, solicitó según me han informado de Estados Unidos, que se le hiciera extensiva la oferta de estos convenios de ayuda militar, ya propuestos a otros seis países”.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. - ¿Me permite, señor Senador? Simplemente para afirmar que ese señor Representante está mal informado, que eso no fue así.

SEÑOR FERREIRO. – Vamos a hablar después, con mayor amplitud del asunto.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Me lo explico, porque es una información que viene de otro país.

SEÑOR FERREIRO. - Después vamos a aclarar el punto, pero desde luego será con documentos que se aclare definitivamente la duda.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Tengo la documentación en mis manos.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. – La prueba documental, parece que el señor senador tampoco la exigió a la persona cuya cita acaba de leer.

SEÑOR FERREIRO. - No se concibe que se la pidiera. ¿Por qué se la voy a pedir a él? Es una versión, simplemente. Yo no aseguro nada.

Desde luego, se ve que es un amigo del Uruguay, y además partidario del Convenio. Continúo, señor Presidente.

Esto podría no ser cierto, y así lo desearía de alma, pero la verdad es que me ha impresionado profundamente y desde ya me reservo el derecho de ver los medios de averiguarlo.

Yo no dudo, señor Presidente – no soy tan ingenuo – de que este Convenio saldrá al fin aprobado de nuestro Senado. Me he resignado a pensar que de todas las argumentaciones en contrario que con brillo y elocuencia lo han hecho sus opositores, el voto de la mayoría se inclinará a su favor. Y la derrota que preveo no me desespera, por cierto. Pienso que otra muy mayor – aleccionadora – están sufriendo por lo mismo los técnicos del Pentágono y los funcionarios diplomáticos y del Servicio de Inteligencia del Departamento de Estado de Washington, especializados en los “Asuntos de la América Latina”.

Este Convenio de Gobiernos que no hablan según la fórmula de 1947 en nombre de los pueblos que representan, les está demostrando a ellos desde hace un año, que todavía es muy difícil que se quiebre nuestra unidad sustancial y que un atentado contra la misma puede alcanzar repercusiones insospechables en contra de los propios Estados Unidos.

Orgullo de auténtico cuño americanista, produce seguir la vía crucis que hasta aquí ha andado penosamente los seis o siete formularios del ante-proyecto de Washington. En México, el propio Gobernante – caso de excepción – se apresuró a rechazar el negocio, no bien le fue propuesto. Por entre nosotros circuló la versión difundida por las agencias telegráficas, de que el motivo de tal negativa rotunda se debía a unas próximas elecciones presidenciales, pero la verdad es otra y la puso en transparencia en su número de 29 de febrero de 1952 la “Revista Internacional y Diplomática” de su Capital, que en artículo titulado “Por qué México no aceptó la ayuda militar de los Estados Unidos”, dijo así: “No vamos a descubrir probablemente ningún secreto si decimos por qué razones México no aceptó firmar el pacto o convenio de ayuda militar que le proponían los Estados Unidos. Ni se trata de una desvinculación con nuestros poderosos vecinos, ni de un deseo de hacernos los “quijotes” y aparecer ante el mundo como “líderes” de tal o cual posición “anti” o “pro”. Nuestro país está acostumbrado desde hace mucho tiempo a tomar sus actitudes con apego al más estricto derecho internacional y teniendo en cuenta solamente los sagrados intereses de la patria.”

“Con estos antecedentes, vale decir que nuestro país no podía firmar un pacto en el que no cabía la discusión de sus términos. Se trataba lisa y llanamente de suscribir unas condiciones fijadas “a priori” por el Congreso de los Estados Unidos y que no pueden ser modificadas sin la conformidad del referido órgano legislativo.”

“México, al encontrar insuficientemente claras algunas de sus cláusulas, no podía estampar una firma que a tanto comprometía, al pie del citado documento. Si añadimos a esto que el Congreso de los Estados Unidos, según parece, se reservaba el derecho de modificar posteriormente algunos detalles de la ayuda militar propuesta, se comprende claramente que la actitud asumida por México es lógica y normal.”

“Una vez más el Presidente Miguel Alemán y sus colaboradores han demostrado seguir una política independiente que se apega en todo a la tradición de nuestras relaciones internacionales.”

“Y (concluye) no lo han hecho para ser aplaudidos por éstos o aquéllos. Sólo el interés de México ha sido tenido en cuenta.”

En Brasil todavía está en veremos la aprobación del Convenio que el Poder Ejecutivo remitió al Parlamento para su debida ratificación, hace medio año.

En Ecuador se reproduce el caso ya informado del Brasil, con la diferencia, según la versión que de fuente insospechada vino a mis oídos y de la cual ya me hice eco, de que el Convenio no saldrá más de las Carpetas de la Comisión Parlamentaria donde reposa.

En Colombia, no tengo certeza, pero admito que si lo adoptó el Poder Ejecutivo haya sido aprobado por su Parlamento, desde que éste, según he sabido, está integrado exclusivamente por legisladores del Partido gobernante. (Para más aclaraciones véase el último libro de Arciniegas “Entre la Libertad y el Miedo”).

En Perú son de admisión las mismas conjeturas expuestas con respecto a Colombia. En Chile, un Parlamento que recién termina su período legislativo en marzo de 1953 lo aprobó durante la Presidencia del señor González Videla. Su sustituto en el Gobierno, el General Ibáñez, que entonces era miembro de ese Parlamento, dijo allí, combatiéndolo con toda franqueza: “Y porque deseo que se mantengan siempre esas buenas relaciones con la más poderosa democracia continental, porque deseo que el pueblo de Chile no llegue a odiar al pueblo norteamericano, me opongo a la aprobación de este Convenio, mal concebido, peor redactado, que hiere el sentimiento nacional, pone en peligro nuestra soberanía y es degradante para nuestras fuerzas armadas.” Fue terminante el General Ibáñez.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – En palabras.

SEÑOR HAEDO. - ¿Cómo en palabras?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Lo que dicen también los señores senadores que se oponen al convenio, pero le pediría, como lo expresaba hoy el señor senador Chiarino, que ese gran ausente viniera a Sala en lugar de decirnos palabras enfáticas de personas que por intereses a, b ó c quizá de carácter político adjetiven el convenio, les pediría a los señores senadores que dijeran dónde están esas cláusulas por las cuales nos comprometemos a cosas tan graves.

SEÑOR HAEDO. - ¿El señor Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay cree que el actual Presidente de Chile dijo todas esas cosas sin sentido de su responsabilidad, sin fundamentarlas, sin conocer el convenio?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Es lo que yo le pregunto.

SEÑOR HAEDO. – Es lo que dice el Ministro de Relaciones Exteriores.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Lo que dice el ministro, no es eso, sino que esas palabras tienen que estar comprobados por los hechos, y que los hechos las niegan.

SEÑOR FERREIRO. – Hay un discurso extenso, fundado, y lo que hago en este momento es dar textualmente una conclusión del mismo.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – La mejor prueba es que ahora que ha asumido el gobierno ha declarado que lo respetará y cumplirá el convenio degradante.

SEÑOR FERREIRO. – No se adelante, señor senador.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Era mera literatura electoral; pasadas las elecciones cumplirá el convenio porque así lo ha declarado públicamente.

(Murmullos – Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR FERREIRO. – El hoy Presidente Ibáñez fue terminante.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Si ustedes estuvieran en el gobierno también harían este Convenio.

SEÑOR HAEDO. – No lo haríamos.

(Campana de Orden)

SEÑOR FERREIRO. – Necesito seguir mi discurso, señor Presidente.

Fue terminante el general Ibáñez; ¿y habrá todavía en Washington – ahora también digo Montevideo – quien aguarde las gestiones de Chile para que este Convenio que se aprobó se cumpla prácticamente?

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Recibirá todas las armas que pueda, porque en Chile los chilenos cuidan mucho la independencia de su patria y esas armas les hacen falta.

(Campana de orden)

SEÑOR FERREIRO. - ¿Las recibirá como nosotros? ¿Las pagará?

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. - Todo país que cuida su independencia reclama armas para defenderla.

SEÑOR FERREIRO.- Con siete millones de dólares adquirimos por valor de diecisiete millones en el año 1941. Ahí está la solución.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. - ¿Me permite, señor senador, una interrupción?

Es para señalarle al señor senador la diferencia que hay entre la posición chilena y la del Partido del señor senador.

En Chile, la defensa nacional es sostenida por el general Ibáñez. En nuestro país, el Partido del señor senador – todo está documentado y aún en este debate – no quiere que se compren armas.

SEÑOR HAEDO. – Eso no es cierto en absoluto.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. - Permítame, señor Senador.

Anuncio en el Senado – aunque se me dice que no es cierto – que leeré juicios y palabras que documentan mi afirmación.

SEÑOR FERREIRO. – Actúo desde hace bastantes años en el Senado y tengo de testigo al señor Senador Batlle Pacheco para que exprese si alguna vez me he opuesto a que se compren armas.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. – El señor Senador me ha concedido una interrupción y le solicito que me permita continuar.

Afirmo que está documentado en este debate que el Partido del señor senador no quiere que se compren armas. No quiere que usemos armas, que se nos presten, no quiere la preparación militar del país y sostiene – lo que está también documentado – que nuestra gran fuerza es la debilidad.

Esta es la posición del Partido adversario. Esto no ocurre en Chile, donde todo los Partidos están dispuestos, como en todos los países del mundo, a realizar la defensa nacional.

En cuanto a lo particular del señor senador Ferreiro, con lealtad reconozco que su posición no es la de su partido en este debate y que ya he anunciado.

SEÑOR BOVE ARTEAGA. - ¿Me permite, señor senador?

Por varias y repetidas veces, el señor senador González Conzi ha dicho las mismas palabras y debo manifestarle que no es esa exactamente la posición del Partido Nacional.

El señor senador González Conzi afirma que el Partido Nacional no quiere la defensa del país. Dicho señor Senador afirma que el Partido Nacional no quiere que el Estado compre armas. Apelo al señor Ministro de Defensa Nacional para que manifieste lo que sostengo, lo que he sostenido y lo que sostiene el Partido Nacional. Nosotros queremos la defensa del territorio nacional. Si para la defensa del territorio nacional necesita el país comprar armas, queremos que se compren, pero no por este tratado militar. Podrá el Estado y el país comprar armas al margen de un convenio y de un pacto militar cuyas cláusulas nosotros no aceptamos.

Así que la afirmación del señor senador González Conzi de que el Partido Nacional se opone a la defensa del territorio haciendo aparecer a este Partido como un Partido antipatriótico, que parecería que no quiere al país, a su patria, no es cierto, y yo no admito, aquí en el Senado, las expresiones del señor senador González Conzi.

SEÑOR SENADOR GONZÁLEZ CONZI. - El señor senador Ferreiro me había concedido una interrupción que no terminé.

Había anunciado que del debate surgía la afirmación que he hecho, y anuncio que lo probaré documentalmente. Ahora sí me alegro con la rectificación que hace el señor senador Bove Arteaga porque conceptuó que en materia internacional todos los partidos de un país deben llegar a esta coincidencia afirmativa: el propósito de hacer todo lo posible para defender la integridad del país.

SEÑOR BOVE ARTEAGA. - Pero por otra vía.

SEÑOR FERNÁNDEZ CRESPO. - Quien puede dudar que el Partido Nacional…

(Murmullos – Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR PRESIDENTE. - Se ruega a los señores senadores no interrumpir sin autorización del orador.

SEÑOR GONZÁLEZ CONZI. – Muchas gracias señor senador Ferreiro, por la interrupción.

SEÑOR FERREIRO. - Usted se las merece.

Señores senadores: yo no les voy a sacar a estas conclusiones objetivamente anotadas todo el sabroso jugo que ofrecen al que las examina con criterio bien sentado y libertad de opinión. Prefiero que las balancee cada cual por su parte íntima y abiertamente, pero déjeseme que diga, antes de pasar a otro tema, que estoy personalmente deslumbrado y conmovido ante semejante desfile de pueblos de mi raza insobornables, clarividentes, irreductibles en su lucha por el común anhelo de unión y libertad.

(Apoyados - ¡Muy bien!)

A otra cosa. ¿Cuál ha sido el recorrido seguido por este convenio hasta llegar a nuestras mesas, señor Presidente?

Dada su trascendencia innegable; reconocido el hecho de que debe producir repercusiones en todos los órdenes de la vida nacional; que nuestras riquezas, nuestra libertad de comercio, nuestros recursos humanos van a quedar comprometidos por él en más o menos – no interesa ahora la precisión - ¿Se puede sostener que hizo un tránsito cabal y anduvo caminos claros en todas sus jornadas o se ha de admitir que las cosas pasaron de otro modo?

Decididamente yo me inclino a lo último y voy a justificarme con toda la amplitud documental que ahora está a mis alcances.

No necesito agregar que estoy dispuesto a rectificarme, en seguida, de cualquier dato equivocado siempre y cuando, naturalmente, se me señale el error manifiesto.

Vayamos al grano. Las negociaciones relacionadas con el convenio se han cumplido entre nosotros en dos etapas distintas y entre sí separadas por el cambio de régimen institucional. En la primera etapa, creo que toda la tramitación habida si no fue secreta, se cursó en silencio deliberado o prudente entre los Ministros de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional.

A estar a informaciones rendidas en oportunidad ante nuestra Comisión de Asuntos Internacionales por titulares de esas carteras, y aquí va la prueba implícita, pero terminante, de lo que afirmamos el 5 de noviembre de 1951, el Ministro de Relaciones, señor Domínguez Cámpora, se dirigió por oficio al de Defensa Nacional, señor Celiar Ortiz, planteándole el problema de conveniencia de la negociación. El 26 de noviembre o de diciembre del mismo año, no aseguró aquí la fecha, el Embajador de los Estados Unidos, por intermedio de nota “aide memoire”, documentó una conversación anterior con el Ministro de Relaciones, ignoro si el doctor Domínguez Cámpora o el doctor Castellanos, relativa a lo mismo.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – El doctor Domínguez Cámpora hasta el 1º de marzo; muchas gracias.

SEÑOR FERREIRO. – El doctor Domínguez hasta el 1º de marzo; muchas gracias.

El 30 de enero de 1952. - El Ministro de Defensa Nacional, señor Celiar Ortiz, se dirigió al de Relaciones, doctor Domínguez Cámpora, manifestándose de acuerdo con su propósito de proseguir y concluir el negocio. Días antes, el 16 de enero, el Ministro de Relaciones Exteriores había solicitado a la Embajada de Washington que se sirviera explicar nuestra demora en la formalización del Convenio por las razones de política interna influyentes en el momento. Mediaba como motivo determinante de esta aclaración otra comunicación de la Embajada de Estados Unidos de fecha que ignoro, pidiendo el más pronto pronunciamiento sobre el negocio.

Y bien; en esta primera etapa de su largo recorrido ya puede verse, señor Presidente, por la documentación que dejo acusada rápidamente, que este Convenio con Estados Unidos no anduvo nunca por las vías que camina el pueblo serena o tumultuosamente, pero siempre de todos modos libre, responsable y soberano.

SEÑOR BAYLEY. - ¿Me permite?

Parece que todo ese proceso que articula el señor senador Ferreiro con tanta minuciosidad, lo que demuestra es precisamente lo laborioso de la etapa preparatoria, que no es etapa en que corresponda intervenir el pueblo, sino que lo hará en las de ratificación o conclusión por medio de los organismos representativos, que son en este momento el Senado y lo será luego la Cámara de Representantes. Estimo que no está haciendo un cargo al proceso de elaboración o preparación del Tratado, sino que está haciendo su elogio, el señor senador.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Terminó el señor Senador?

SEÑOR BAYLEY. – Sí, señor senador; muchas gracias.

SEÑOR FERREIRO. – Bien; esa es una interpretación de los hechos y yo no he hecho ninguna; señalo las fechas que anduvo ese recorrido.

SEÑOR BAYLEY. – recorrido amplísimo.

SEÑOR FERREIRO. – Amplísimo, pero secreto, oculto; nunca se dio ningún comunicado a ningún diario.

SEÑOR BAYLEY. – Preparatorio, de elaboración o gestación de un articulado concreto a someter luego a la consideración de los órganos representativos de la soberanía popular, como el Parlamento.

SEÑOR FERREIRO. – Me obliga el señor senador a adelantarme a los hechos que relato, pero voy a complacerlo. La primera nota del Embajador de los Estados Unidos es un “aide memoire” a consecuencia de una conversación o conferencia verbal con el Ministro de Relaciones Exteriores, ofreciendo el convenio, no el 26 de noviembre como dije yo, poniendo las cosas en duda deliberadamente, sino el 26 de diciembre y estábamos ya en el trámite del convenio desde los primeros días de noviembre, entre nuestros Ministerios.

SEÑOR BAYLEY. – Si el señor senador fuera tan gentil que abusando de su derecho de admitir interrupciones permitiera que el que habla hiciera una o más o completar su pensamiento, yo le diría al señor senador que no es extraño que en materia de derecho público tan importante como la conclusión de un Tratado, lo que se llama en derecho común, que regula solo intereses privados, etapa preparatoria o de conversaciones preliminares o cambio de ideas conducentes a la preparación de un simple contrato de derecho privado, tenga, en el dominio de los órganos de derecho público, un proceso de elaboración relativamente extenso, sin necesidad de que se considere llegado todavía el momento de dar intervención a aquellos organismos de derecho público que, según las normas que rigen las relaciones también de derecho público, han de intervenir. Me parece advertir, por lo tanto, y termino de abusar de la amabilidad del señor senador – que cuanto más se pormenoriza en la etapa de elaboración y de preparación del Tratado, más elogia la cautela, el tino, el ánimo de previsión, de estudio, de contracción de los organismos públicos que después habrán de dar los representativos de la voluntad popular el resultado de todo ese cambio de deliberaciones o de opiniones propias del trabajo de las etapas preparatorias, para que lo conozcan, estudien y juzguen.

Muchas gracias.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Cuando se elaboran actos de esta índole, inclusive cuando se elaboran constituciones, se procede así también.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Me permite, señor Ministro?

Quiero puntualizar bien: seguramente no he sido claro en lo que quise adelantarme o en lo que voy a decir.

De acuerdo con los datos que tengo, no sé sin son los únicos que existen en el archivo del Ministerio, de acuerdo con esos datos, el ofrecimiento del Convenio es de 26 de diciembre, y resultaría que entre los Ministerios habría canje de comunicaciones desde el mes de noviembre. Ése es el problema.

SEÑOR BAYLEY. - ¿Me permite?

SEÑOR FERREIRO. – Voy a terminar.

SEÑOR BAYLEY. – Si me permite, voy a hacer una acotación que le va a halagar, aunque sé que el señor senador no es un hombre vanidoso.

SEÑOR FERREIRO. – Como soy, vanidoso, se la permito.

SEÑOR BAYLEY. – Quiero decirle, señor senador, que me bastó el solo anuncio de que usted – como suele hacerlo respecto de todos los problemas de interés – se ocuparía en serio del Tratado para prestar una gran atención a los datos que el señor senador iba suministrando. Ahora, luego de escucharlo, pienso que si el señor senador Ferreiro, con ese espíritu de pormenorización total nos ha dado tantos datos sobre las etapas de preparación del Tratado, se impone extraer la conclusión de que también dentro de esas etapas de preparación, los organismos y autoridades intervinientes fueron sumamente estudiosas, prolijas, cuidadosas. Todo ello resultado de esta intervención del señor senador Ferreiro de una gran pulcritud y justeza en las referencias concretas que formula.

Muchas gracias.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. - ¿Me permite, señor senador?

Ya que tomé una intervención para mí mismo inesperada, debo dar una explicación. Yo he asistido a estos debates con la idea de que si mi intervención en el asunto pudiera ser en mi concepto necesario y útil, habría de tomar parte en él. Creo que no será ni necesaria, ni útil y, al contrario, que puede resultar para usar una palabra un poco pedante, super fatatoria.

Pero, por despuntar el vicio, hice una interrupción y quiero concretarla, abusando de la gentileza del señor senador.

Yo dije esto en concreto: que no puede sorprender que haya habido reserva en las etapas iniciales de la gestación de este asunto ni puede ser ello motivo de crítica, porque eso es lo normal en toda la gestación de los asuntos públicos y, muy especialmente, en materia internacional.

Pero eso es lo normal en la gestación de todos los asuntos públicos. Por ejemplo, cuando se han gestado reformas constitucionales, ha habido, también, quienes han criticado las reservas de las conversaciones iniciales. A mí me han parecido razonables, lógicos y normales y estoy seguro que ésa debe ser también la opinión de doctor Manini Ríos.

SEÑOR MANINI RÍOS. - ¿Sobre la reforma electoral, también? ¿En el caso, por ejemplo, de la supresión de la representación proporcional?

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Todos los asuntos públicos en este país como en todos los países del mundo, en estos momentos, como en todos los momentos de la historia de la humanidad pasados y futuros, tienen una etapa de gestación reservada donde las partes conversan entre sí sobre la conveniencia de llevarlo adelante, hasta darle una forma adecuada si coinciden en esas conveniencias, como para presentarlas al debate público. Eso es todo y ya la respuesta para el doctor Manini Ríos.

SEÑOR MANINI RÍOS. – Quiero que me aclare un poco más, señor Ministro sobre eso de la supresión de la representación proporcional.

SEÑOR PRESIDENTE. – No se puede interrumpir sin el consentimiento del orador, señores senadores.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Y qué marcha tuvo el convenio en su segunda y última etapa o recorrido?

En seguida se verá, señores senadores, que, de no haber sido porque ahora contábamos con la Institución del Consejo Nacional de Gobierno, y había que estar a lo controvertido y resuelto en sus sesiones, esa marcha no hubiera sido menos sigilosa y asordinada que la anterior. Apenas constituido el Consejo Nacional de Gobierno, este asunto primero se planteó en su seno, si no me equivoco, en presencia del señor Ministro de Defensa Nacional, nuestro estimado colega hasta hace pocos días antes, señor Arroyo Torres. Mi versión sobre el particular, vuelvo a repetirlo, está sujeta a rectificación porque no he tenido a la vista el acta respectiva.

Según creo, el señor Presidente Martínez Trueba, en nombre de la comisión del mismo Consejo que había ya examinado el problema promovido, indicó la conveniencia de oír sin compromiso alguno, a los negociadores que vendrían desde los Estados Unidos y que, para nada, se refieren allí a lo ya actuado en la primera etapa ni a ningún posible compromiso anterior, ni legal, ni moral de negociado.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – No existía ningún compromiso, señor senador.

SEÑOR FERREIRO. – Pero, señor Ministro, si he citado los documentos.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Lo que usted ha citado, lo ha citado bien, con precisión, pero son las conversaciones previas entre el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Defensa Nacional y con intervención evidentemente, del Presidente de la República.

SEÑOR FERREIRO. – Se dio cuenta en el Consejo Nacional de Gobierno y el señor senador Chiarino ha manifestado, si no entendí mal, que el doctor Vargas – no lo tengo presente – el doctor Chiarino está en Sala y me puede rectificar si estoy equivocado – ignoraba todo lo relativo al Convenio.

SEÑOR CHIARINO. – Yo no lo he dicho, señor senador.

SEÑOR FERREIRO. - Alguien lo dijo.

SEÑOR GAMBA. - Lo dijo el señor senador Chouhy Terra.

SEÑOR HAEDO. – El señor Consejero Echegoyen expresó, en primer término, que consideraba equivocado el procedimiento seguido. El Consejo Nacional de Gobierno autorizó la realización de conversaciones de ayuda militar entre el Uruguay y los Estados Unidos, pero “ignorando que éste último presentaría un proyecto de convenio internacional, pues en ese caso debía haber tenido intervención inicial la Cancillería y el Consejo Nacional de Gobierno en sus respectivas competencias.”

SEÑOR FERREIRO. - Eso es evidente.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. - ¿Me permite, señor senador? Porque yo fui quien planteó el asunto personalmente en el Consejo Nacional de Gobierno.

Yo llevé al Consejo la información completa y manifesté que se trata de un préstamo de uso que podía hacer el gobierno americano de acuerdo con la ley americana.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Está en las actas?

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Sí, señor senador. Después lo llevé, juntamente con el Ministro Dr. Castellanos, la proposición de la Comisión y ésta fue votada por el Consejo Nacional de Gobierno.

SEÑOR FERREIRO. – Eso fue después.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Fue inmediatamente, señor senador.

SEÑOR HAEDO. – En la primera sesión, el señor Ministro dijo que no había convenio.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Yo sé lo que dije.

SEÑOR HAEDO. - Yo también lo sé. Estaba tramitándose el convenio.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. - ¿Me permite o me van a dominar a gritos? (Hilaridad)

Llevé el asunto al Consejo Nacional de Gobierno para contestar a Estados Unidos de si estaban dispuestos a estudiar el mismo.

SEÑOR FERREIRO. – Pero eso se lo había dicho…

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Permítame, señor senador, o entonces hablan ustedes?

SEÑOR FERREIRO. – Discúlpeme, señor Ministro.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Cuando me hice cargo del Ministerio de Defensa Nacional vino el requerimiento del gobierno americano de que contestáramos y, además, la advertencia de que había que contestar rápidamente en razón de que vencía el año fiscal americano y el convenio, se tenía que saber si entraba en conversaciones para hacer las reservas.

Llevé el problema doctrinario al Consejo Nacional de Gobierno para saber si desearía el gobierno uruguayo entrar en conversaciones en base de la ley del gobierno americano y aclaré que el convenio trataba de colocarnos en situación de poder cumplir las obligaciones de la Carta de Río de Janeiro. El Consejo, por unanimidad, resolvió que se contestase al gobierno americano que estábamos dispuestos a entrar en conversaciones e inmediatamente este gobierno manifestó que estaba dispuesto a enviar una delegación presidida por el Almirante de la Escuadra del Sur. Llevé, además, al Consejo la idea de nombrar una comisión para entrar en conversaciones con el gobierno americano. La llevé primero a la Comisión de Defensa Nacional, luego al Consejo de Gobierno y éste votó la Comisión presidida por el doctor Domínguez Cámpora y, como titulares, el Inspector General del Ejército y el Inspector General de Marina.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Los propuso el señor Ministro al Consejo Nacional de Gobierno?

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Sí, señor senador.

Cuando se inició la discusión del Convenio en el Consejo de Gobierno, la minoría, el Partido Nacional, se colocó en situación de disconformidad con el Convenio. El doctor Echegoyen hizo una exposición manifestando que la comisión había ya entrado a negociar el convenio y, en su pensamiento, el doctor Echegoyen no creyó que la comisión iba a entrar a discutir las cláusulas especiales del mismo. Esa es la historia de ese asunto.

SEÑOR HAEDO. – La versión que tengo no es la misma, señor Ministro y la abonan…

SEÑOR FERREIRO. - Y la que yo tengo tampoco.

SEÑOR HAEDO. - …las manifestaciones expresas del señor Consejero Echegoyen.

Las primeras manifestaciones que se hicieron en el Consejo de Gobierno referían simplemente a autorizar conversaciones sobre ayuda militar entre el Uruguay y los Estados Unidos. En ningún momento se dijo que los Estados Unidos ofrecían y tenían pronto un proyecto de convenio…

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – No lo había en ese momento, señor senador.

SEÑOR HAEDO. – Se estaba tramitando.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – No, señor senador.

SEÑOR HAEDO. – Había sido ofrecido el texto y lo tenían la cancillería y el Ministro de Defensa Nacional. Por eso, el señor Consejero Echegoyen dice, con la precisión que lo caracteriza, “pero ignorando que este último (Estados Unidos) presentaría un proyecto de convenio internacional”.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – A la Comisión.

SEÑOR HAEDO. – A quien sea, al Consejo, que es el que tiene que resolver. ¿Cómo lo va a presentar a la Comisión y no al Consejo? Eso es lo que reclama el señor Echegoyen cuando dice que “si se hubiera hablado de un convenio” y que, por lo tanto, “debía haber tenido intervención inicial la Cancillería y el Consejo Nacional de Gobierno en sus respectivas competencias, el Poder Ejecutivo habría adoptado entonces, después de conocerlo, las disposiciones que a su juicio correspondieran y no se habría producido el ilogismo de que un proyecto de tratado sea considerado por una comisión nombrada por el Poder Ejecutivo sin que el Consejo de Gobierno tenga noticia de su existencia, anomalía que se señalaba en este Consejo cuando llegó la noticia de tal hecho.” La precisión del lenguaje del doctor Echegoyen es terminante.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Si usted acepta entrar en conversaciones sobre un asunto concreto, usted acepta en principio el hecho. Eso quiere decir que aceptan en principio el tratado. Después, pudieron tener dudas sobre la factura.

SEÑOR HAEDO. – Se aceptó conversar con Estados Unidos sobre adquisición de armamentos.

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Y naturalmente, que tenía que hacerse por medio de un tratado.

(Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR FERREIRO. – Reclamo el uso de la palabra, señor Presidente.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. - ¿Me permite, señor Presidente, para una cuestión de orden?

SEÑOR HAEDO. – El Ministro no puede hacer mociones de orden.

SEÑOR FERREIRO. - ¡Cómo va a hacer el Ministro mociones de orden!

(Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR PRESIDENTE. – No puede anticiparse la Mesa, sin saber qué es lo que va a proponer el Ministro.

SEÑOR FERREIRO. – Reclamo el uso de la palabra, señor Presidente.

SEÑOR PRESIDENTE. – El señor Ministro de Defensa Nacional ha pedido la palabra.

SEÑOR ARRILLAGA SAFONS. – Para hacer una moción de orden, cosa que no puede.

SEÑOR BAYLEY. – La Mesa no puede tolerar las interrupciones del señor Senador Haedo cuando no se las ha concedido el orador.

SEÑOR PRESIDENTE. – Tiene la palabra el señor Ministro de Defensa Nacional.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Yo, señor Presidente, que tengo una función de colegislador, creo que tengo el derecho de que se me ampare en él para poder cumplir con mi deber. No soy un don Tancredo, aquí, en el Senado. Soy el primero en respetar en el uso de la palabra al señor senador Ferreiro y no lo voy a interrumpir, pero exijo que la Mesa no deje interrumpir a sus compañeros que me aluden personalmente y que yo no puedo contestar.

(Interrupciones – Campana de Orden)

SEÑOR FERREIRO. – Con mucho gusto le cedo la interrupción.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – No deseo interrumpirlo, pero, pido que los que lo interrumpan no hagan alusiones personales porque, entonces, tenemos que contestarlas.

SEÑOR PRESIDENTE. – El señor senador Haedo como el señor senador Rodríguez Larreta, hablaban mientras sonaba la campana de orden, por tanto la Mesa no acepta el cargo que le formula el señor Ministro de Defensa Nacional.

SEÑOR BAYLEY. – El señor senador Haedo habla, como le es habitual, sin permiso del orador.

SEÑOR PRESIDENTE. – Puede continuar el señor senador Ferreiro.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. - ¿Me permite, el señor senador Ferreiro ahora, en este intervalo, una interrupción?

SEÑOR FERREIRO. – Sí, señor.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Creo que vale la pena precisar los términos de la incidencia que acaba de suscitarse.

Yo no tuve, naturalmente, en la gestación de este asunto la misma intervención que los señores Ministros de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional, pero, por razón de mi cargo, alguno me cupo, de considerable entidad, y conozco bastante a su respecto.

Creo que ha habido una serie de malos entendidos recíprocos en los planteamientos, derivados del calor y la vehemencia con que unos y otros hablaban, sin llegar a entender bien lo que unos y otros dicen.

La gestación de este asunto puede resumirse así: a fines del año pasado, la Embajada de los Estados Unidos en nuestro país propuso, por la vía de la Cancillería uruguaya al Gobierno Uruguayo, el conversar sobre acuerdos para ayuda militar. “Acuerdo” era la palabra que entonces se empleaba, no se hablaba de “tratados”, no se hablaba de “convenios”, pero ya podía presumirse que todo acuerdo ha de objetivarse siempre en uno de estos documentos internacionales que llevan los nombres de “convención”, “convenio”, “tratado”, “pacto”, etc., es decir, una cosa articulada con forma jurídica, mediante artículos sucesivos.

Instalado el Consejo Nacional de Gobierno, el señor Ministro de Defensa Nacional dio cuenta de estos antecedentes, es decir, de la sugerencia de la Embajada Americana para que se entrara en esas conversaciones, y del apremio con que insistía en ese momento para que se le diera respuesta porque se aproximaba el término de la vigencia de la ley de Estados Unidos que autorizaba la formalización de acuerdos de este género.

En ese momento, el Consejo Nacional de Gobierno, por unanimidad, nombró una Comisión para que se entendiera con los representantes de los Estados Unidos sobre este asunto.

Hasta este momento, no hay ningún proyecto de Tratado. Lo aclaramos bien: hasta este momento no hay ningún proyecto de Tratado.

Constituida la Comisión, es en el seno de la misma que se lleva un proyecto del Convenio que se estudia, que se analiza, que se modifica y, terminada la elaboración, se lleva a conocimiento del Consejo Nacional de Gobierno.

Lo que el señor Echegoyen objetó, no es que en la etapa inicial en que el Consejo resolvió, no se le hubiera dicho al Consejo que había un proyecto de Tratado, porque en ese momento no había un proyecto de Tratado.

SEÑOR FERREIRO. – Había.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. - En ese momento, no. Lo que el señor Echegoyen objetó es que cuando en la Comisión surgió un proyecto de Tratado, la Comisión no se apresurara a decirle al Gobierno: lo que tenemos a estudio es esto. Pero esa observación del doctor Echegoyen es de procedimiento y no tiene fundamento muy substancial.

Cuando el gobierno, por ejemplo, designa una Comisión para que estudie con una Comisión argentina las posibilidades de aprovechamiento del Salto Grande del Uruguay a los efectos de la producción de energía eléctrica, pudo no haber – y de hecho en el episodio que cito, no había – un proyecto de Convenio entre las dos naciones.

(Apoyados)

La Comisión mixta elaboró un Proyecto de Convenio, como término de su trabajo, y lo elevó a sus respectivos gobiernos. Pues bien, la situación que aquí se ha planteado es idéntica. Podría decírsele a esta Comisión que desde el momento en que sus conversaciones empezaron a tomar la forma de un documento internacional, debió llevar el asunto a conocimiento del Poder Ejecutivo. Es un problema de procedimiento. Esperó a terminar su trabajo para entonces dar cuenta de él. Lo mismo hizo esta otra comisión. La situación, repito, es idéntica.

Esta es la síntesis de la incidencia que con tanto calor se debatió hace un instante.

Nada más y muchas gracias.

SEÑOR FERREIRO. – Voy a referirme a las palabras que acaba de pronunciar el señor Ministro del Interior para expresarle, en primer lugar, que ha dicho las cosas a la inversa de lo que establecen los documentos.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – No.

SEÑOR FERREIRO. – Ahora soy yo el que habla.

He citado una comunicación de la Cancillería del Uruguay, creo que del 15 de enero, a la Embajada uruguaya en Washington dándole explicaciones por la demora en que se está incurriendo, a raíz de otra comunicación que no conozco de la Embajada norteamericana en el Uruguay reclamando que de una vez se entre a las negociaciones.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Entrar en conversaciones, señor senador.

SEÑOR FERREIRO. – No hago cuestión.

SEÑOR BONINO. - Al fin y al cabo, no tiene mayor importancia.

Cuando el señor Martínez Trueba, Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Consejo de Estado, habló en el Consejo en pleno, manifestó, según mis noticias – el señor Ministro estaba presente y puede rectificarme si estoy equivocado – cómo se planteaban las negociaciones que resolvería el Consejo. Si se contestaba “No queremos”, no había nada más. Y eso no es exacto puesto que ya entonces había un compromiso con Washington.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – No había compromiso, señor senador, había conversaciones.

SEÑOR FERREIRO. – Permítame seguir con mi exposición, señor Ministro.

Dije que en caso afirmativo los negociadores vendrían de los Estados Unidos y que para nada se refirió el informante a lo ya actuado en la primera etapa ni a ningún posible compromiso ulterior, ni legal ni moral.

También entiendo que entonces el señor Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Castellanos, leyó al Consejo un documento emanado de la Embajada de los Estados Unidos de 26 de diciembre – ya me referí a él aunque poniendo en duda la fecha – en el cual se concreta el ofrecimiento de este Convenio de Ayuda Militar. Al señor Ministro, doctor Pittaluga, se le preguntó por la Comisión de Asuntos Internacionales cuál era la fecha de este documento, porque ésta quedó un poco extrañada por el desajuste que había en las comunicaciones cambiadas por los Ministerios de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional, entre la del 5 de noviembre y esta nota de 26 de diciembre que aparece como oficial.

El señor ministro de Relaciones Exteriores no supo qué contestar en la Comisión. Estuvo dudando si era del 26 de diciembre o del 26 de noviembre; pero, en el informe de la Comisión se establece, con toda precisión, que es del 26 de diciembre. Sin embargo, desde los primeros días de noviembre se estaban cambiando notas entre los Ministerios sobre las gestiones que correspondían para ir a las negociaciones.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. - ¿Me permite, señor senador?

SEÑOR FERREIRO. – Sí, señor ministro.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Si mi memoria no es flaca – y si lo es, recurro a la memoria que dijo tener de elefante el señor senador Haedo…

(Hilaridad)

… fue nada más que un error. En un apunte que tenía en ese momento, leí una fecha por otra. El señor senador Haedo me hizo la misma advertencia que me hace usted ahora, y no es exacto que no supe qué responder, pues dije que era un error la lectura e informé sobre la fecha en forma precisa.

SEÑOR FERREIRO. – Pero desde el 5 de noviembre había comunicaciones intercambiadas entre los Ministerios de Relaciones Exteriores y de Defensa Nacional.

SEÑOR BAYLEY. - ¿Me permite, señor Presidente?

Que lo refiera “el elefante” y luego que le explique al Senado de dónde saca que los elefantes y él tienen buena memoria.

(Hilaridad).

SEÑOR FERREIRO. – Aquí sólo quiero recalcar por otros motivos que debió escapar entonces al contralor del Consejo Nacional el hecho de que desde un mes y medio antes, según lo informado por el actual Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Pittaluga en nuestra Comisión de Asuntos Internacionales ya se corrían trámites acerca del Convenio entre nuestros Departamentos de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional.

Sea lo que fuere, el Consejo resolvió entonces, por la unanimidad de sus miembros, autorizar el establecimiento de negociaciones encaminadas a la negociación que le proponía, sin que ello importara, desde luego, ningún compromiso de seguro ajuste.

Por otra parte, en tal ocasión, según entiendo, nadie se manifestó en su seno concretamente informado del alcance y condiciones de la propuesta de Estados Unidos.

Algunos días después, creo que en los últimos del mismo mes de marzo, el Consejo volvió a tomar nuevo contacto con este negocio, pero al solo efecto, según mis actuales noticias, de designar, a propuesta del señor Ministro de Relaciones Exteriores, al ex Ministro y ex Embajador en Washington, doctor Domínguez Cámpora, jefe de la delegación oriental encargada de sostener las conversaciones con los estadounidenses sobre los tópicos del Convenio.

Por las informaciones rendidas por los señores Ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa Nacional ante nuestra Comisión de Asuntos Internacionales sabemos, además, que los otros dos miembros de dicha delegación fueron los señores Inspectores del Ejército y la Armada. El señor Ministro, según consta en las actas del Consejo, propuso tres. Se ignora, hasta ahora – yo por lo menos lo ignoro aunque procuré por todos los medios averiguarlo – si a esta delegación se le dieron instrucciones para guía o pauta a seguir en sus trabajos. La Comisión Mixta Oriental – Americana celebró alrededor de 20 reuniones habiendo comenzado a sesionar el 31 de marzo. Debemos creer, por razones obvias, que existen actas de cada una de esas reuniones pero, la verdad, es que no sólo no se han publicado, sino que tampoco han venido al Parlamento conjuntamente con el Convenio, como estimo correspondía, al igual que las instrucciones a que refería anteriormente.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. - ¿Me permite, señor Senador?

SEÑOR FERREIRO. – Sí, señor Ministro.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – La misma pregunta que hace ahora el señor Senador la hizo el señor Consejero Echegoyen al cual se entregó lo que había sido producto de esas conversaciones. No se levantaron actas, sino que se fueron presentando y articulando distintos proyectos, y todos esos antecedentes fueron llevados por el Ministro al Consejo Nacional y a la Comisión de Asuntos Internacionales en donde se pudo seguir, claramente, cómo se iba estructurando este Convenio, hasta su parte final.

SEÑOR FERREIRO. – Me permito preguntar al señor Ministro si se les dieron instrucciones a los delegados.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Sí, señor Senador, se les dijo cómo debían actuar; por de pronto, con el anteproyecto del Convenio a la vista; creo que se les insinuó o se les aconsejó que en tales o cuales cláusulas del Convenio expusieran tal criterio. Yo no estaba en la Cancillería, todavía. Por otra parte, entiendo que es materia del Consejo Nacional el haber interpretado la oportunidad de dar o no esas instrucciones.

SEÑOR FERREIRO. – Pero es lógico que las instrucciones las dé el Ministro.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Usted se refiere a las instrucciones previas, señor Senador.

SEÑOR FERREIRO. – A las que deben llevar los delegados o enviados a una negociación en el exterior.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Estamos en lo mismo, señor senador, (sobre lo que no pude intervenir por razones obvias) en lo que tiene relación con el pedido de interpelación presentado por el señor senador Manini Ríos; el que tiene responsabilidad, el que puede dar las instrucciones, no es el Ministro. SEÑOR FERREIRO. - Las directivas las da o debe dar el Consejo; las instrucciones, el Ministro. De eso estoy absolutamente seguro.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – El señor Senador Ferreiro está utilizando – no sé si por la hora o por el cansancio – una distinción demasiado sutil entre instrucciones y directivas.

Lo que interesa fundamentalmente – y creo que es lo que pregunta el señor senador – es saber si la delegación uruguaya llevaba o no instrucciones o directivas del Consejo Nacional.

SEÑOR FERREIRO. – Voy a decir al señor Ministro que entiendo por directivas las líneas generales, inmutables, sobre cuyas bases cada Ministerio, detalladamente, da las instrucciones, lo que es de su entera responsabilidad.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Entonces, señor Senador, no nos podremos poner de acuerdo.

Comprendo que no se pueda criticar una actitud, pero tomando una, la lógica obliga a seguir todas las consecuencias de la premisa formulada.

Se puede discutir que este convenio, en vez de haber sido tratado únicamente por la Comisión, debió haber sido tratado con intervención de la Cancillería o del Consejo Nacional de Gobierno.

Estamos de acuerdo, pero lo que entiendo, señor senador Ferreiro, y no podrá negármelo con la sinceridad que siempre está en usted, que si el Consejo interpretó bien o mal, que para los efectos de este Convenio y para que no hubiera ninguna intervención oficial y para que tuviera absoluta libertad de acción de rechazarlo o no, pasara a esa Comisión, la conclusión de ese presupuesto es que no podía haber ninguna intervención, ninguna del Consejo.

SEÑOR FERREIRO. - Entiendo que el Poder Ejecutivo no puede delegar sus funciones.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Es otro punto.

SEÑOR FERREIRO. – Pero el señor Ministro con el criterio que está sustentando parecería que tiene sentido darle carta blanca a esas delegaciones y traigan una cosa bien hecha o el fracaso, no es posible darles instrucciones.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Lo que quiero decirle al señor senador, es que fue resuelto por la unanimidad del Consejo.

SEÑOR FERREIRO. – No discuto; desde luego no entro en ese aspecto. Bien, no hubieron instrucciones.

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Que yo entienda, no.

SEÑOR FERREIRO. - ¿No se hicieron Actas?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Actas formales, no.

SEÑOR FERREIRO. ¿En qué sentido, formales?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – Se ha expresado la forma en que trabajaba la Comisión que de las conversaciones mantenidas en vez de hacer actas, se hacían las enmiendas que se proponían a distintos artículos; es decir, que se presentaba un convenio sustitutivo del otro, y así seis, siete u ocho, no me acuerdo cuántos: todos están en manos de la Comisión.

SEÑOR FERREIRO. - ¿De qué Comisión?

SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES. – De Asuntos Internacionales.

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – Cuando se designó la Comisión durante el Ministerio del doctor Castellanos, hubo acuerdo en que él se pondría en contacto con el doctor Domínguez Cámpora que era el Presidente y yo le di las instrucciones a los dos Inspectores del Ejército y de la Armada. Le dije al doctor Castellanos que en este convenio – y perdóneseme que sea un poco amplio – que no obstante la importancia militar, el aspecto internacional privaba; que el problema internacional era primero: si no habían problemas de soberanía, de independencia, podríamos entrar al pacto militar porque el problema internacional era el paso previo para entrar en conversaciones de carácter militar.

Me pareció entonces que el carácter internacional privaba sobre el carácter militar, no obstante ser un pacto militar. Las instrucciones al Presidente Domínguez Cámpora las daba el doctor Castellanos y las instrucciones de carácter militar a los Inspectores del Ejército y la Armada, Yo.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Al doctor Domínguez Cámpora no se le han dado instrucciones?

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. – El Dr. Domínguez Cámpora entró en contacto con el Dr. Castellanos, no con el doctor Pittaluga.

SEÑOR FERREIRO. - ¿Existen en el archivo del Ministerio esas instrucciones?

SEÑOR MINISTRO DE DEFENSA NACIONAL. - No soy funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores; di instrucciones a los Inspectores como Ministro de Defensa Nacional.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Pueden haber sido instrucciones verbales.

SEÑOR FERREIRO. - ¡¿Cómo van a ser instrucciones verbales?!

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Pudo haberse hecho un gran tomo.

SEÑOR VIÑA. – Se le tiene gran confianza; sobre todo al Dr. Domínguez Cámpora a quien se le dejó el campo libre.

SEÑOR FERREIRO. – Reclamo el uso de la palabra.

SEÑOR PRESIDENTE. – Está en uso de la palabra el señor Senador Ferreiro.

SEÑOR FERREIRO. - Continúo.

Puede bastar un solo detalle para evidenciar la intención recta y justificada de mi observación. El Convenio no contiene cláusula alguna que preceptúe o disponga que las diferencias que surjan entre las partes contratantes sean resueltas por arbitraje. Ahora bien; por imperio de la Constitución (Artículo 6º) nuestros negociadores de cualquier tratado están obligados a proponerlo.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Esto está implícito en todo convenio; esos son convenios internacionales, los que crea la UN, los que crea la Organización de Estados Americanos, y allí están establecidos los procedimiento por los cuales se debe solucionar…

SEÑOR FERREIRO. – Lea el artículo 6º que he citado; verá que eso no sirve para contestar mi pregunta. Preceptivamente establece que hay que proponer; no dice que hay que exigir. De modo que hay que hacer una constancia, averiguando si ha sido el resultado de la proposición.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. - ¿Me permite? Es para repetir unas palabras ya que mi intervención fue un poco fuera de reglamento y, por tanto, tal vez un poco fuera de la versión taquigráfica. Tanto en la Carta de las Naciones Unidas como en los Estatutos de la Organización de Estados Americanos están previstas las formas y procedimientos según los cuales deben resolverse los conflictos de los Estados Americanos, y entre ellos figura el arbitraje.

No hace falta que ningún tratado establezca ninguna disposición al respecto, porque eso ya está resuelto en convenios especiales que abarcan todas las situaciones posibles.

SEÑOR FERREIRO. – Pero los ex colegas del señor Ministro, mis colegas, que el otro día se opusieron terminantemente al plebiscito, en forma especial, porque violaba la Constitución, no pueden compartir su criterio, y la Constitución establece que de todas maneras hay que proponer la cláusula.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. – Ya está cumplida con una disposición genérica y básica que sirve para todos los casos.

SEÑOR FERREIRO. - Ahora se aplica un criterio de manga ancha y antes el más estricto posible.

SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR. - Es el más estricto criterio. La República Oriental del Uruguay ha conseguido mucho más de lo que la Constitución decía. Ha conseguido que estas cláusulas queden inscritas genéricamente en un Tratado que tiene validez sobre todos los tratados.

SEÑOR BONINO. - ¿Me permite, señor senador?

La argumentación que hace el señor Senador Ferreiro no es de recibo; sobre todo hay que tener en cuenta, como lo hemos sostenido, que este Convenio no es más que una consecuencia del Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro, y justamente en este tratado, como después en la Carta de Bogotá, se establece precisamente el régimen que preconiza el artículo 6º de la Constitución. El convenio militar no hace más que hacer efectivos los elementos del Tratado de Río de Janeiro; donde debe estar la cláusula impuesta por la Constitución es en ese tratado internacional, no en un simple convenio que es la ejecución práctica de ese tratado.

El señor Senador Ferreiro vuelve a incurrir en el mismo error en que han incurrido algunos de sus compañeros de bancada.

SEÑOR HAEDO. – La disposición del Tratado de Río de Janeiro…

SEÑOR FERREIRO. – No tiene nada que ver.

Continúo desarrollando el tema.

¿Y cómo se sabe si aquí lo hicieron o no, sin tener a la vista las actas de sus deliberaciones? ¿El Senado seguirá ignorándolo?

Concluyendo, señor Presidente, después de la relación de hechos hasta aquí articulados, le puedo informar sin que nadie ose tachar mi palabra de ligera o tendenciosa, que tampoco en su segunda etapa de recorrida, el convenio que tenemos en discusión ha andado su camino por sus mejores vías, las más libres y claras que en una democracia orgánica – o que se precisa de serlo – se frecuentan.

Hoy creo, sinceramente, que a no haber sido por la interferente institución del Consejo Nacional de Gobierno con su fecunda organización bipartidaria y por ello amiga de la publicidad, este Convenio habría llegado a nuestro ámbito calladamente, calzando sandalias de tela o de goma. Así anduvo en la primera etapa de su recorrido sigiloso. ¿Y eso corresponde, acaso? ¿Es justo y adecuado el principismo de una organización estatal que reconoce y respeta los derechos del hombre y del ciudadano?

Señor Presidente, yo conservo de antiguo una impresión tocante, acaso imborrable, que sentí leyendo un discurso propagandístico de Jorge Elzear Gaitán, el excelso tribuno popular colombiano, sacrificado a los Hados de la República en 1948.

Su recuerdo me penetra y me obsesiona desde hace rato y creo que con oportunidad que puede reclamar la meditación de los que me oyen.

Allí decía Gaitán – téngase presente que sintetizo – que en Colombia había prácticamente dos Estados dentro de una organización: uno prebendado y otro subyugado; uno, el “país político” y otro, “el país nacional”, y, a renglón seguido, expresaba: “El país político ha asumido todas las funciones de la vida colectiva, y se ha reservado el suministro exclusivo de dirigentes, una de cuyas responsabilidades consiste en impedir las filtraciones de las clases menesterosas y en abatir o subyugar a cuantos pretendan inmiscuirse en la rectoría grande o pequeña, sin provenir de la clase seleccionada, y si alguno pasa, ha de ser sumiso, obediente e impersonal para no lastimar los altos y sagrados intereses”.

SEÑOR BAYLEY. - ¿Me permite una pequeña interrupción?

A propósito de esa cita, deseo expresar dos palabras. No concibo que espíritu tan fino como el del señor senador Ferreiro, ni ningún senador de la República pueda creer, sin caer en un profundo pecado de antipatriotismo, que el Uruguay pueda ser Estado “prebendado” ni “subyugado”. Son calificativos que, para nuestro país, son absolutamente fuera de recibo, absurdos, intolerables.

No creo que el señor Senador pueda pensar que el Uruguay pueda estar en esa alternativa de ser “prebendado” o “subyugado”.

SEÑOR FERREIRO. – Le pido que me escuche, señor Senador.

Descartados los detalles de ambiente local, yo pienso que también a nosotros, señores senadores, nos está correspondiendo todavía ahora la aplicación de este amargo juicio diferencial.

SEÑOR BAYLEY. – No apoyado.

SEÑOR FERREIRO. - ¿En qué aspecto? ¿Sobre cuál extremo? Precisamente nos cuesta poco fijarnos. Creemos que con la organización estatal, hoy vigente, las oligarquías partidarias murieron definitivamente en nuestro país. Creemos – caso todavía excepcional en el mundo – que la República ha llegado al fin a ser administrada por la mayoría de sus hijos. Creemos, asimismo, que el modo y forma ya hecho costumbre entre nosotros, de resolver en lo interno cualquier agravio del Estado en base a las disposiciones legales preexistentes, anula, si no descarta, toda intención de finalidad persecutoria, especialmente, política.

Pero todo eso que no podríamos nunca dejar de ponderar, regocijados patrióticamente al paso que tenemos que señalarlo, no es, ni podría ser, óbice para apartarnos del camino de la verdad. En tal sentido, ahora, con pruebas a la vista, yo tengo que expresar que en materia internacional el país pretende seguir viviendo como hace medio siglo: impermeable y ajeno a la premisa y exultante opinión popular. En este país, señor Presidente, y tratándose del Convenio que examina el Senado, no ya lo correcto, sino lo simplemente correspondiente sería que ahora tuviéramos que reconocer que antes de acordado, cuando todavía estaba en los trances de posible negociación, ya era sabido en la formulación propuesta por Estados Unidos, por los legisladores que todos pertenecemos al “país nacional” definido por Jorge Elzear Gaitán.

Los hechos antes articulados lo evidencian. Ninguno de los que aquí nos sentamos en representación privilegiada de la Soberanía, nada sabíamos hasta ahora mismo de las obligaciones que sólo por autoridad legislativa podrá serle impuesta a la misma. Más que en mí mismo, más que en mi sector bizarro y huraño a toda connivencia con el Poder Ejecutivo, yo pienso aún sin quererlo en los compañeros de la mayoría, porque tampoco a ellos nadie les pidió opinión ni asesoramiento sobre el Convenio que, sin embargo, han de votar - ¡duro trance! – en forma extorsiva, rígidamente como soldados.

Eso – ya lo he dicho antes – podría explicarse y hasta ser loable entre nosotros en un lejano pasado. Hoy no puede tener justificación alguna. Para la gente sensata, ahora es lugar común en materia de política internacional que los Gobiernos previamente hacen “política nacional”.

En el caso concreto, lo que habría sido adecuado y no se hizo, es antes de comprometerse en cualesquiera negociaciones, llamar en consulta a los “líderes” de los Partidos que actúan en nuestra vida pública y consultarlos sobre lo propuesto, tomando en cuenta sus diversas opiniones en cuanto correspondiese, o – y esto me parece más fácil, más práctico, más adecuado – traer el problema todavía en agraz a la consideración y deliberación de alguna de las Comisiones Legislativas de asuntos internacionales, para que sus integrantes, miembros de todos los sectores de opinión, fijasen los puntos de vista de cada cual, sin compromisos, abierta y francamente, sobre los temas planteados en el Convenio.

¡Cuánto habría ganado la República si hubiera seguido cualquiera de esas conductas de prudencia y respeto a la soberanía! ¿Por ventura se va a ignorar después de todo, en Estados Unidos, que más de un tercio del Parlamento Nacional no ha concurrido a la aprobación del Convenio?

SEÑOR BAYLEY. – Menos de un tercio.

SEÑOR FERREIRO. - ¿De este mismo hecho, no se apresurarán a deducir los aprovechadores de río revuelto, la conclusión falsa pero impresionante de que una gran parte del Pueblo Oriental está integrada por enemigos del admirable Pueblo Norteamericano?

Una observación más. Comparando cuidadosamente los textos del Convenio que tenemos en discusión y del ante-proyecto de Washington que sirvió de pauta a la Comisión Mixta, se comprueba en seguida que ambas piezas son iguales entre sí, en general, y que sólo formalmente se diferencian por el uso de algunas locuciones.

Ahí creo que podría fijarse – dicho sea de pasada un indicio serio de la verdad contenida en aquella afirmación de que antes me hice eco, vertida en la Cámara de Diputados de Chile por el señor representante Juliet, según la cual nuestro Estado no fue seleccionado por Estados Unidos para contratante , sino sus Gobernantes se adelantaron a ofrecerse…

Si se tiene presente, en efecto, de un lado: el hecho positivo a que ya aludí de las muy pocas y sólo formales modificaciones que diferencian el Convenio del anteproyecto, y de otra parte: la información del señor Ministro de Relaciones Exteriores en nuestra Comisión de Asuntos Internacionales, de que la Comisión Mixta realizó alrededor de veinte sesiones para poder llegar al puerto final, salta a la vista la evidencia de que en ellas nuestros pilotos o expertos navegaron con timidez, muy despacio, con exceso de cuidado.

Al referirme a lo actuado por éstos, yo vengo descontando, por otra parte, es cierto, sus éxitos materialmente visibles a simple vista, con relación a las remisiones precisas a la Constitución de cada Estado adicionadas a lo dispuesto en el anteproyecto. ¿Pero, qué se iba a hacer? ¿Qué se podría pretender en contrario? ¿Acaso estas admisiones no son “de cajón”? ¿Por ventura, Estados Unidos al formular su anteproyecto no las daba por establecidas implícitamente?

A mí me han movido a risa, señor Presidente – lo confieso – semejantes puntualizaciones y casi he estallado cuando he visto durante el transcurso del debate en que estamos, el hecho de que, seriamente, en este Senado instituido por la Constitución y por ella consagrado órgano de gobierno y autoridad se nos haya venido a iluminar con la aclaración de que en el convenio está precisado que todo lo que a él concierne se hará siempre dentro de los cánones de la ley fundamental.

Pero, señores senadores: eso va sin decir, es obvio; sólo en burla basada en un concepto tan injusto como infamante de la conciencia cívica nacional se ha podido tener interés en incluirlo en el Convenio.

El Partido Colorado “Batllismo” que ha venido enteramente dispuesto a votar por su aprobación y que en base a escrúpulos de orden constitucional se negó a acompañar el proyecto de plebiscito consultivo propuesto y defendido por mi ilustre y querido colega Haedo, ¿ha podido acaso necesitar que tan inconducentes puntualizaciones fueran expresadas para entender de antemano que el Convenio no puede exceder – en ningún sentido - a lo preceptuado por los regímenes constitucionales de las partes contratantes?

Por lo demás, señor Presidente, después de todo no me siento íntimamente abrumado por la desesperanza. Sé que este Convenio, que para nosotros es impiadoso en sus preceptos, podrá y espero que habrá de quedar modificado, con ventajas para la República por cualesquiera otro que sea suscripto por algún Estado de Ibero-América. La salvación – pienso, y no debo ocultarlo – nos vendrá del poderoso y amigo Brasil: la inmensa y potente República del Norte que todavía – según es sabido no se adecuó a las premiosas exigencias estadounidenses. Creo y aguardo ansioso, que su Convenio si llega a ser como hoy es de esperarse aprobado, va a modificar enteramente en beneficio de todos los otros Estados Ibero-Americanos, lo que pactó cada uno de sus gobiernos “seleccionados” con más ínfulas de altura que respeto a las opiniones de la Soberanía.

La salida de escape para llegar a esa nueva situación, la proporciona, como es sabido el artículo 10 del ante-proyecto que dice: “En consideración a que el presente convenio ha sido negociado y concertado sobre la base de que el gobierno de los Estados Unidos de América hará extensiva a la otra parte signataria los beneficios de toda disposición de otros convenios similares celebrados con el de cualquier otra República americana, se entiende que el Gobierno de los Estados Unidos de América no opondrá objeción alguna a enmendar el presente Convenio de modo que se ajuste, en su totalidad o en parte a las disposiciones correspondientes de cualquier otro convenio semejante de ayuda militar o de otros convenios que las enmienden concertados con una República americana”.

Yo veo, por este rumbo, la luz para mi esperanza, señor Presidente, y algo más, una justificada excusa de momento para no decir enseguida punto por punto, lo que me sugiere un contrato que de todos modos, aunque aprobado, deberá quedar todavía en “veremos”.

Sin embargo, ahora no puedo retraerme hasta el grado de no expresar claramente lo que en uso del derecho que me acuerda la investidura que sin merecerlo, tengo de ser miembro de este Senado…

SEÑOR BAYLEY. – No apoyado.

SEÑOR FERREIRO. - … corresponde a mi convicción y a mis sentimientos de patria.

Para mí no estaríamos hoy apasionadamente engolfados, así lo creo, en la triste e insoluble división que promueve este Convenio cuyo final alegre o melancólico correrá, al fin y al cabo, a expensas de otros Estados, si antes de comprometerse la mayoría a su andamiento se hubieran revisado cuidadosamente los antecedentes internacionales de nuestra pública actuación.

No voy a hacer historia, señor Presidente. Ni necesito, ni quiero ir muy atrás en la prueba del culto unánime de los orientales al americanismo y a la democracia como formas de connivencia y organización consustanciales con nuestra tierra.

Con sólo haber recordado que, con previa y legal resolución del Parlamento, el Gobierno de este país contrató en 1941 con el Gobierno de Estados Unidos un acuerdo de “Ayuda Militar” que, sin rozar nuestra Soberanía, nos vino a favorecer cordialmente o de igual a igual; ahora, de haberse repetido la solución, yo pienso que también hubiéramos podido andar juntos todo el camino.

SEÑOR BAYLEY. – Es igual.

SEÑOR FERREIRO. – Entonces a nuestro Parlamento, incitado por el Poder Ejecutivo, le tocó autorizar mediante ley que éste contratase…

SEÑOR BAYLEY. – Como ahora.

SEÑOR FERREIRO. - … con el Gobierno de Washington y de acuerdo a las condiciones preestablecidas, la adquisición de un armamento que se enajenaría según las ventajosas bases fijadas por el Congreso de aquel país en la “Lend-lease bill” (Ley de Préstamo y Arriendo).

No vino a esta altura del Senado en aquella ocasión ningún convenio sujeto a la ratificación de un Estado y no del otro que obligase por lo mismo a que decidiéramos sobre lo que ya no tenía nada que pensar nunca más el Parlamento de los Estados Unidos.

Procediendo de igual a igual…

SEÑOR RODRÍGUEZ LARRETA. – Eso era bastante.

SEÑOR BAYLEY. – No era tan bueno como ahora.

SEÑOR FERREIRO. - … entonces nuestro Parlamento se limita a votar la correspondiente autorización por ley de 13 de diciembre de 1941 y nada más tuvo que ver sobre el asunto. El Poder Ejecutivo suscribió un contrato de igual a igual con el de Estados Unidos, y todo listo.

SEÑOR BAYLEY. – Como ahora.

SEÑOR FERREIRO. – Pero ahora se nos ha exigido otra cosa. Ahora, se nos avasalla gruesa y abiertamente reclamándose al Pueblo Oriental por la vía de sus representantes directos que rechacemos o aprobemos lo que ofrece o propone en uso de sus atribuciones puramente ejecutivas el Presidente de los Estados Unidos.

SEÑOR BAYLEY. – No es exacto.

SEÑOR HAEDO. – Apoyado. - ¡Muy bien!

SEÑOR FERREIRO.- Este es un planteamiento para nosotros intolerable. No lo aceptamos por principios, por orientalidad, aunque materialmente nos trajera ventajas.

SEÑOR HAEDO. - ¡Muy bien!

SEÑOR FERREIRO. – Termino. He procurado mantenerme en esta exposición estricta y cordialmente en el tema – como lo merecen todos – mis colegas oyentes. Cuando se llega con vida, límpidamente vivida a cierta edad, lo único que importa indispensablemente, sobre todo cuando se mira a los hijos, es permanecer fiel – alocadamente fiel, si es preciso – a los designios que nos orientaron en la adolescencia y juventud “en el buen tiempo pasado”.

Por eso mismo, porque nunca y en ningún caso estaría yo dispuesto a acompañar causa alguna que supedite lo nuestro a lo ajeno, votaré en contra – de alma – la aprobación de este Convenio y, desde ahora, me resigno a pensar con Weigand, el gran Mariscal de Francia de la primera guerra mundial, que en el mundo político los hombres generalmente se preocupan de atender más que a su propio país a lo que quieran – o se supone desean – los directivos circundantes. Yo, señor Presidente, estoy y quiero vivir y morir con el Uruguay y nada más que con el Uruguay.

(¡Muy bien).- (¡Muy bien!).


Cámara de Senadores, 12 y 13 de noviembre de 1952.