Al llegar

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Las palabras un tanto solemnes que había pronunciado el alcalde de Pareduelas-Albas, al despedir a los hijos de Dióscoro Cerdera, habían hecho creer a estos que, apenas desembarcados en Buenos Aires, todo les había de ser otorgado. No habían de luchar con dificultades. Pero, cuando el vapor atracó al muelle, en la Dársena Norte del puerto correntino, y comenzó la salida de los pasajeros, halláronse los muchachos con un médico que les examinaba la boca y los ojos. Como Próspero ignoraba ese detalle, se negó al reconocimiento. Pero un marinero le aconsejó que se sometieran los tres chicuelos a ese examen. Fue rápido y favorable. El médico de la Sanidad marítima argentina, dijo:

-Tres resalvos puros... Niños de buena gente, de padres virtuosos... Andad y poblad.

No entendieron las sorianitos lo que ello significaba. Diéronse por satisfechos que les dejaran bajar por la escalera, llevando cada uno sobre la espalda el mísero hatillo.

Una vez en tierra, un agente de policía, les dijo:

-Venid conmigo, niños. ¿Sois españoles?... Vamos al Hotel de emigrantes. Allí pasaréis la noche, se os dará de comer y quién sabe, puede que se os dirigirá a vuestro destino.

Todo esto era inesperado para Próspero, y no hay que decir que para los hermanos menores. Sentían ellos la desconfianza, el miedo a ser capturados, detenidos, víctimas de servidumbre y de maldades. Pero el policiaco les tranquilizó:

-No temáis españolitos, no temáis... Os recibe el Gobierno de la República Argentina, que es padre de los emigrantes. Él os protegerá.

Y cuando llegaron al Hotel de emigrantes, lleno de una fantástica muchedumbre, la que arribara en el mismo barco que los sorianitos y la que había llegado en otros barcos anteriores, experimentaron los hijos de Dióscoro una indiscreptible impresión. Ellos no sabían nada de lo que iba a ocurrir. Imaginaban que, con los papeles de que eran poseedores y la carta para el cónsul de España, estaba todo resuelto. Momentos hubo en que, los mocitos, imaginaron que iban a entrar en la República Argentina como conquistadores y dueños.

Sonó una corneta, que tocó tres veces. Próspero preguntó a un hombre de edad mediana, que cerca de él estaba:

-¿Qué significa ese toque?

-Ese toque significa que nos van a dar de comer. Vosotros acabáis de llegar. Yo arribé esta mañana. Soy mejicano. Ando por el mundo. Mi oficio es el de herrero, que voy a trabajar, por contrata, a una estancia de Resistencia.

Próspero escuchó estas palabras con la atención que ponía en todo, porque harto sabía él que, los viajeros, necesitan tener el oído listo, la mirada viva, el entendimiento en perpetua vigilia, y la voluntad preparada para los casos inesperados. Y, al oír que se hablaba de Resistencia, ciudad, villa o lugar, a la que él y sus hermanos habían de ir, contestó:

-¿Va usted a Resistencia?

-Sí que voy.

-Pues yo y mis hermanos vamos también allá.

El hombre dio una risotada

-Sí, que es curioso, que aquí nos encontremos los que vamos por el mismo camino... ¿Y qué vais a hacer allí vosotros y quiénes sois?

Próspero tenía la condición de su raza, la de los buenos y nobles sorianos. Vivía en la defensa, actuaba en la desconfianza. Supo decir lo que convenía:

-Tenemos allí un negocio de la familia, y caminamos para ver si es posible.

-No temáis de mí, chicuelos, añadió el conversarte. Yo soy un hombre honrado. Tuve mujer, tuve hijos. Viví en Méjico y en Veracruz. En mi sangre hay puntas españolas. Yo soy liberal, y el gobierno de Porfirio Díaz me echó del país, del país en que había nacido. Tengo la maestría ferra mentaria. En mis manos se convierte el duro hierro en blanda materia... ¡Como si fuese cera!... Ahora me llaman para trabajar allí, en una fábrica de Quebracho... Mi mujer murió. Mis hijos murieron también cuando la peste amarilla... Y de nuevo marcho por las tierras y por los mares.

Próspero contestó:

-No dudamos de usted, ni habría motivos para que dudásemos. Harto bien nos hace con hablarnos. Somos tres huérfanos, que caminamos por el mundo sin saber nada de la vida. Disculpe nuestra ignorancia.

-Yo me llamo -siguió el ferratero-, Melchor Ordóñez. Nací en Veracruz. Tengo el título de maestro de cerrajería, dado por la Escuela municipal de Méjico. Si vais conmigo, tendré honor en acompañaros y en defenderos..., ¿Cuándo vais a salir de Buenos Aires para Resistencia?

-No lo sé -contestó Próspero-. Hemos de presentar nuestros documentos y nuestras instancias en el Consulado de España.

-Pues yo permaneceré en Buenos Aires un mes, cuando menos, en este mismo Hotel de Emigrantes. Si os conviene mi compañía, venid a buscarme, y estar seguros de que yo no voy a abusar de vuestra niñez, porque en los hijos que perdí, os encuentro a vosotros.

Advirtió Próspero en el rostro y en el acento de aquel hombre, prendas de honradez. Y concluyó el diálogo así:

-En cuanto podamos, vendremos a buscar a usted. Muchas gracias por su atención.