En la baraúnda

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El Director del Hotel de Emigrantes ha tenido siempre amor probado para los españoles, y más si son niños. Cuando supo que tres muchachitos de Soria hablan llegado, les llamó a su despacho y les preguntó el motivo del viaje.

Próspero se halló con sus hermanos en una oficina rutilante de luz. Eran las nueve de la noche. Habían comido bien los hijos de Dióscoro, habían recibido la atención cristiana de los servidores de aquel centro de fraternidad universal. Estaban propensos a toda benevolencia y a toda confianza.

El Director les preguntó:

-¿De dónde venís?

-De Soria venimos -contestó Próspero-, es decir, venimos de Pareduelas-Albas, que es un lugar de Soria.

-¿Y a dónde vais, tan pequeños y tan sin amparo?

-Vamos a Resistencia.

-¿Tan lejos?

-Creo que está lejos -contestó Próspero-, pero medios nos darán para llegar.

-¿Los tenéis ahora?

-No los tenemos. Una cantidad corta guardo yo en mi bolsillo... Pero el Cónsul de España tiene orden de entregarnos todo lo necesario para llegar al término del viaje.

El Director, tan benévolo, tan psicólogo, tan conocedor de los ensueños de los emigrantes, se permitió dudar.

-¿Vais a trabajar, en Resistencia?

-Claro, que vamos a trabajar, pero antes vamos a cobrar dinero que allí nos espera.

-¿Sois herederos?

-Lo somos -repuso Próspero.

-¿Cómo os llamáis?

Y, Próspero dijo nombres y apellidos, y expuso claramente el motivo del viaje.

El Director tocó un timbre. Acudió uno de los funcionarios a sus órdenes. Habló el jefe con el empleado, sin que los niños supieran lo que había pasado en el misterioso diálogo.

Un minuto después llegaba a manos del funcionario del Hotel de Emigrantes una carpeta. El Director examinó rápidamente los papeles que allí se contenían, y dijo a Próspero:

-Sois el hermano mayor. Sois el representante de la familia. Vuestro pariente Roque Lanceote os ha dejado su fortuna. Los antecedentes que aquí tenemos de ese hombre son buenos. Trabajó por la honra y la gloria de la República Argentina, luchando con los indios y ganándoles tierras. No puedo consideraros como a la muchedumbre de emigrantes que aquí llega. Por ser tan niños, me asombra vuestro valor. Por ser tan desprovistos de apoyo, os ofrezco el del Gobierno de la República Argentina. Agentes a mis órdenes os conducirán a Resistencia, y allí encontraréis quien os defiendan contra las maldades de los hombres, que en todas partes las hay.

Y luego, el Director, organizó el viaje de los tres sorianitos. Iban a ser conducidos especialmente por un empleado del Hotel de Emigrantes.

Próspero, lleno de emoción ante aquella benevolencia, exclamó:

-¿Qué debemos pagar?

El Director repuso, sonriente:

-¿Traéis mucho dinero?

-Unas monedas de nuestra tierra, muy poco... Porque ya sé que aquí todo cuesta muy caro -contestó Próspero; y sacando de su cartera un billete de banco, unas monedas de oro y unos duros, los arrojó sobre la mesa del Director.

-Guarda, niño bueno -contestó el Director-, guarda ese dinero con el celo con que lo has conservado en tus bolsillos desde que saliste de la gloriosa tierra de Soria. Guárdalo para siempre y que sea la base de tu caudal y el de tus hermanos... Aquí no hay que pagar nada... Aquí se recibe a los emigrantes con amor y con simpatías. Y vosotros venís provistos de una abundancia de energía que a mí me enamora.

Próspero besó la mano del alto empleado. Alejose con los hermanos en busca del dormitorio.

Y aquel funcionario eminente de la República Argentina, pensó:

«Esto es lo más noble que España envía a su antigua colonia.»

Los tres días que los niños pasaron en Buenos Aires, enseñáronles respecto a la vida mucho más de los que antes habían sabido. Ellos no habían estado en Madrid ni en ninguna gran ciudad españolas. Partieron de su aldea de Pareduelas-Albas directamente a Cádiz. Sólo habían permanecido en esa capital unas horas; de suerte que, en su magín, no había la comprobación de que existiesen sobre la tierra centros populosísimos. Así fue abrumadora la impresión que recibieron los hijos de Cerdera, cuando, al salir un día del Hotel de Emigrantes, en el momento del crepúsculo vespertino, se encontraron en la Avenida de Mayo. Inmensa circulación, millares de automóviles y de coches de caballos, tranvías que cruzaban vertiginosamente, numerosísimas tiendas de todos los artículos necesarios a la vida y hasta de los innecesarios, que responden sólo a las exigencias del lujo, anuncios de luminaria eléctrica... todo, en fin, lo que caracteriza a la gran capital argentina. Cogidos de las manos iban los tres hermanitos, temerosos de perderse en la bullanga. Miraban a derecha e izquierda con desconfianza. Creían que no les era dable el derecho de gozar de aquella magnificencia, y que alguien iba a arrojarlos de la calle y aún a recluirlos. Media hora después, Próspero dijo a Generoso y a Basilio:

-Vámonos, volvamos a nuestro albergue, aquí nos pueden pasar cosas malas.


Y obedientes a la orden del que, más que hermano, era padre y tutor, retrocedieron hacia el río, acogiéndose al amparo de la providente casa de los expedicionarios, buscadores de trabajo.