Algo en prosa y en verso/Discurso que lei en la Academia Española

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Algo en prosa y en verso de Ramón de Mesonero Romanos
Discurso que lei en la Academia Española
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DISCURSO

QUE LEÍ

EN LA ACADEMIA ESPAÑOLA

EL DÍA DE MI RECEPCÍON.

(17 DE MAYO DE 1838.)

 Excmo. Sr.:

Si el ardiente deseo que me anima de expresar á la ilustre Academia mi respeto y gratitud por el singular honor que acaba de dispensarme, no moviera mi pecho é impulsara mi natural cortedad á dirigirla mi voz en este momento, tarde ó nunca me hubiera decidido á verificarlo, por el íntimo convencimiento en que estoy de lo disonante que forzosamente ha de parecer, en un recinto y ante una asamblea acostumbrados á escuchar las más profundas observaciones en boca de los ingenios más ilustres del país.

Sin embargo, la consideración que dejo expresada, y la persuasión de que el verdadero saber se hermana naturalmente con la tolerancia y la benevolencia (de que tanto necesito en esta ocasión), disipan del todo mis temores, y me determinan, en fin, á cumplir un deber grato á mi corazón, fácil, por consecuencia, á mi pluma.

Pero la obligación que en este momento desempeño no puede limitarse á expresar, siquiera débilmente, el movimiento de gratitud que enseñorea mi alma. En este punto, fácil me sería dejar correr el discurso y amontonar páginas que, cuando no otra cosa, llegaran á demostrar á esta ilustre corporación que no acaba de permitir á un ingrato la entrada en su recinto; más difícil, empero, es el deber que estoy llamado á desempeñar: trátase de demostrar, en presencia de tan respetable auditorio, alguna parte por lo menos de la suficiencia que debiera tener para hacerme digno de él, y aquí es donde el ánimo desmaya y se detiene prudentemente la pluma, como reconociendo su pequeñez para tamaña empresa, como avergonzándose de su propio atrevimiento.

Con efecto, Excmo. Sr., y protestando de antemano contra la necesidad de ocupar por tanto tiempo la atención de V. E. hacia mi propia persona, séame lícito, por lo menos, aspirar á interesar la indulgencia de la Academia, con una declaración que pueda servir en adelante de excusa de mis cortos servicios á la misma, de testimonio de mi justa y no afectada modestia.

Guiado únicamente por un amor irresistible hacia las buenas letras, pero careciendo absolutamente de la educación literaria que debe formar la base del sólido saber, me veo como por casualidad y acaso sin intención, en el caso de otros muchos jóvenes que, sin la debida meditación, nos hemos arriesgado á la ardua empresa de continuar el cultivo de nuestra literatura patria, sin tener en cuenta que recibimos esta hermosa planta robusta y lozana, de manos de tantos y tan distinguidos sabios como hasta el día la hicieran florecer, y que acaso en las nuestras, inexpertas, se ve expuesta á perder su brillo antiguo, ó á tomar desgraciadamente una torcida dirección.

El genio creador, este sublime destello de la divinidad, repartido casi por iguales porciones á todos los países, á todas las edades, no escasea, es verdad, en la generación presente, ni debe suponerse agotado con los trabajos de los hombres que pasaron; pero este mismo genio, cuando no se halla ayudado y desenvuelto por el estudio; cuando no se le sabe dirigir por la estrecha senda de la razón, llegaría á ser más bien un arma mortífera para las letras, un torrente devastador en que venga á peligrar hasta la misma virtud.

De aquí la razón por la cual es preciso no fiarse únicamente á aquel magnífico presente de la naturaleza, sino ayudándole con el apoyo del estudio, revistiéndole con las armas tutelares de la razón, á fin de que, por tan envidiable conjunto, pueda resultar el hombre superior capaz de cumplir el alto destino que la Providencia quiso señalarle: el de ilustrar á sus semejantes, y procurar la mejora de su condición y de su carácter.

Hubo un tiempo en que la sencillez de las costumbres y la ignorancia casi general en la especie humana, hicieron más fácil al escritor la noble tarea de reducir á doctrina el espíritu sublime de la filosofía y la virtud; un gracioso apólogo, un canto popular y sencillo, una lección moral, apenas disfrazada bajo una ligera acción; tales y tan inocentes medios pudieron bastar en la infancia de las sociedades para combatir el vicio, para interesar á los hombres y hacerles amable la virtud. Pero á medida que la humanidad fué adelantando en la noble conquista de la civilización, á medida que sus conocimientos fueron extendiendo los límites, creció y se desarrolló con más fuerza la exigencia del hombre, su arrogancia, sus dudas; y vino, por lo tanto, á ser más ardua la empresa de comunicar dirección conveniente á una masa, no ya apacible y sencilla, sino audaz, incrédula y desdeñosa.

Muy diversos caminos siguieron las letras para contribuir por su parte á tan importante fin; la elocuencia, apoderándose de las severas armas del raciocinio, aspiró á convencer con el argumento y la reflexión; la historia, descubriendo las páginas del libro del tiempo, se sirvió para el mismo objeto de las lecciones de la experiencia; la poesía apeló al entusiasmo generoso, para ensalzar y proponer por modelo las acciones de los héroes; el teatro, en fin, y la novela fabulosa, ofrecieron al pueblo situaciones análogas á su vida social; fisonomías iguales á su propia fisonomía; un espejo, en fin, en que, pudiendo ver reflejados sus propios movimientos, aprendiese á corregirlos, no por persuasión ajena, sino por propia convicción y desengaño.

Bajo este punto de vista, no puede negarse al teatro y á la novela una importancia suma en la educación moral de las modernas sociedades, un lugar distinguido en el magnífico cuadro de las conquistas de la humana inteligencia. Y pues el giro de mi discurso me ha conducido naturalmente hacia aquel ramo de la literatura á que más se inclina mi afición, pido á la Academia se sirva permitir que me detenga algún tanto en él, descartando, para no ser tan molesto, la parte relativa al teatro, y limitándome únicamente á emitir mi pobre opinión respecto al otro extremo de la literatura, que tan importante supongo, y que expresamente conocemos bajo el título de Novela.

En tres diversas clases puede dividirse la composición que desde los principios de la literatura, tuvo por objeto reproducir en un cuadro de invención los diversos matices del humano carácter y las vicisitudes de la vida social. La novela fantástica ó maravillosa; la novela de costumbres, y la histórica ó tradicional. Procuraré coordinar, aunque sea débilmente, algunas de las ideas que sobre estos tres géneros he llegado á formar, aspirando, por consecuencia de mi discurso, á averiguar cuál de ellos reúne condiciones preferentes para el objeto á que está destinado.

La novela fantástica que, al renacimiento de las letras en la moderna Europa, pretendió cautivar la atención del vulgo, realzando la condición humana con formas maravillosas, creando á su antojo seres ideales y sobrehumanos, tuvo, sin duda alguna, por objeto principal, materializar las tradiciones de los pueblos, excitar su entusiasmo, halagar sus preocupaciones, y apoderarse, en fin, de su ánimo por los mismos medios que el poema heroico lo había conseguido en otros siglos.

Los idiomas modernos, aún no acabados de formar, oponían á las formas poéticas su rudeza natural; la religión cristiana con su severidad filosófica había sustituido al Olimpo de los griegos; los pueblos modernos, acostumbrados á un estado de perpetua guerra, tributaban al valor una adoración entusiasta; y guiados por un espíritu caballeresco y galante, doblaban únicamente la cerviz ante el sublime espiritualismo de la fe, ante las galas brillantes de la hermosura.

Á falta de Homeros que con divino plectro pudieran ensalzar los combates de los pueblos, pudieran lamentar los amores y desgracias de los héroes, las novelas caballerescas vinieron á llenar este vacío, y á ofrecer al pueblo, bajo formas gigantescas, aquellos objetos de su admiración y de su entusiasmo; personificando en sus andantes caballeros el valor indomable que desprecia y acomete los peligros más inauditos; la religiosidad de la creencia que domina y dirige los atrevidos deseos del corazón, y aquella pura llama que el amor enciende en los pechos generosos, y viene á purificarlos del aliento emponzoñado del vicio.

La exageración, empero, de aquellas fábulas llegó á su colmo, en manos de la osada medianía; y como de ordinario acontece, no tardó en ceder á su propio peso, convirtiendo en ridículo aquello mismo que en su origen pudo mirarse como sublime. Las generaciones siguientes, más ilustradas y filosóficas, no se prestaron ya tan dócilmente á los extravíos del ingenio; quisieron averiguar la razón por qué así se abusaba de su credulidad y buena fe; buscaron, aunque en vano, en todas aquellas composiciones la verdad como medio, la moral y la filosofía como fin; hasta que, impulsadas por un hombre superior en quien parecían haberse reunido todo el estudio, toda la filosofía de los siglos posteriores, reconocieron al fin su error, lanzaron de su imaginación aquel pertinaz ensueño, aquellas fantásticas visiones, aquellos misteriosos emblemas; vieron en su lugar el mundo positivo, con sus ridiculeces y sus vicios, su virtud y su flaqueza; y siguiendo maquinalmente el estandarte de la verdad desplegado ante sus ojos por aquel genio sublime, la Europa entera pronunció con veneración el nombre de Cervantes, y recibió lecciones de cordura de la boca del más ingenioso loco.

Una vez desterrada de la literatura la novela maravillosa, convirtióse la atención de los autores hacia la pintura sencilla de los usos populares, de los caracteres comunes en la sociedad, y la novela de costumbres, con su ingeniosa trama, su verdad é intención filosófica, logró muy pronto clasificarse entre los ramos más importantes de las buenas letras, y uno de los que más favorecen el desarrollo del ingenio y el cultivo del idioma, sin afectación y sin descuido.

Á la irresistible simpatía que naturalmente excita un cuadro verdadero, una acción fácil y verosímil, personajes semejantes á los que existen en toda sociedad, escenas y diálogos llenos de animación y movimiento; ¿cómo habían de resistir en siglos más adelantados las narraciones extravagantes, los personajes mitológicos, los héroes y gigantes invulnerables, los mágicos palacios, y toda aquella batahola de duendes y fantasmas que campeaban en los libros heroicos, envueltos en la densa nube de las retóricas figuras y de un estilo hinchado y campanudo?

Sin embargo, la novela, purificada ya de todos aquellos errores, y reducida á su verdadera condición de retratar á la sociedad tal cual es, no tardó en caer en nuevos extremos, que llegaron á hacerla perder, en el concepto de los sabios, del alto puesto á que parecía destinada en el reino de las letras. Estos extremos fueron, por un lado el estilo picaresco, y por otro el estilo sentimental. Los que tuvieron por conveniente seguir el primero de estos estilos, viéronse precisados á escoger, por lo regular, para sus cuadros, argumentos tan viles, personajes tan groseros, que todas las sales del ingenio no fueran bastantes á borrar la repugnancia que tales actores y tales escenas debian producir en el ánimo del lector. Los que, por el contrario, se propusieron reducir la novela al estrecho límite de una fábula de amor, y describir el sentimentalismo de una pasión exagerada luchando contra la adversidad, ó corriendo frenética hacia una perfección inconcebible, hubieron de fingir para ello una sociedad tan ideal, de escoger caracteres tan falsos y adoptar un lenguaje tan exótico y plañidero, que nos parecería increíble hoy, á no haberlo todavía alcanzado á ver, que tan soporiferas composiciones fuesen un tiempo autorizadas por la moda y leidas con entusiasmo.

La novela de costumbres contemporáneas, bastardeada ya de esta manera, y desacreditada en la república de las letras, por culpa de los autores malignos ó sentimentales, hubo de ceder el cetro á la novela histórica, que la brillante pluma de sir Walter Scott trazó atrevidamente en nuestros días, abriendo un ancho campo, en donde los ingenios aventajados pudieran alcanzar nuevos laureles. Mas desgraciadamente para los que le siguieron, el descubridor de tan peregrina senda siguió por ella con paso tan denodado, que consiguió siempre dejar muy atrás á los que pugnaban por imitarle. Y estos, pretendiendo suplir con la exageración lo que les faltaba de ingenio, convirtieron muy luego en ridículas caricaturas, modelos por cierto más dignos de respeto.

¡Suerte lamentable de los grandes ingenios, la de verse seguidos por infinita turba de serviles imitadores, los cuales, abultando los defectos y no acertando á reproducir las bellezas naturales de su modelo, llegan á hacer insoportable hasta el género mismo de composición que aquél supo inventar ó ennoblecer!

Hemos observado á la novela fantástica ceder al peso de su propia exageración; vimos á la novela de costumbres reducida al estrecho límite de una fábula de amor, ó prostituida hasta el inmundo lodazal de las cárceles y zahurdas. Vemos, por último, á la novela histórica de Walter Scott, ridiculamente ataviada por sus imitadores con un falso colorido, desfigurando la historia con mentidas tradiciones; prohijando la afectada exageración de los libros caballerescos, y prestando á los personajes históricos que pretende describir, los atrevidos rasgos con que aquélla pudo realzar á sus héroes fabulosos; remedando á veces su estilo pomposo y recargado, y otras complaciéndose en dejar atrás la natural grosería de la plebe, en cuadros repugnantes por su absoluta desnudez.

La combinación, sin embargo, de estas dos clases de novela (siempre que aquélla se haga con el debido ingenio y filosofía), es la que promete, á mi entender, á este género de composición, una verdadera importancia y una gloria duradera. La novela, pues, para ser lo que la literatura quiere hoy que sea, ha de describir costumbres, ha de desenvolver pasiones, ha de pintar caracteres; si á estas condiciones generales añade la circunstancia de que las costumbres, los caracteres, las pasiones que describa, se enlacen naturalmente con los nombres históricos, vengan á formar el cuadro general de una época marcada en la historia de cada país, la novela entonces adquiere un valor sumo, y reúne las más ventajosas condiciones del teatro, de la cátedra y de la historia.

Excusado es decir cuánta observación, cuánto talento, cuánta buena fe se hacen necesarios para manejar debidamente un género que, por su verdad, su gracia y ligereza, viene á ser la lectura más popular en todos los países, el reflejo inmediato de toda sociedad. Excusado es encarecer los funestos resultados que del abuso de tan formidables armas pueden seguirse á la instrucción y la moralidad del pueblo. Demasiado lo vemos; harto los lamentamos; y en especial si, volviendo la vista á una nación vecina, hallamos, desgraciadamente, á un crecido número de ingenios, por cierto nada vulgares, sirviéndose de esta terrible palanca para derribar las opiniones recibidas hasta aquí como dogmas de moral indispensables á toda sociedad bien ordenada; pugnando por inspirar á la especie humana menosprecio de sí misma, incredulidad de lo pasado y desprecio é incredulidad hacia el porvenir; complaciéndose en exagerar el poderío del crimen, y hacer resaltar en contraste la flaqueza de la virtud; aspirando, en fin, á sublevar al hombre contra el hombre, á la sociedad contra las leyes, á las leyes contra la creencia religiosa.

Sí, señores; fuerza es repetirlo: á tal empeño, á tal formidable resultado, conspira hoy la novela en las plumas de los Hugos y Dumas, Balzac, Sand y Souliés; admiremos, señores, su peregrino ingenio y las galas abundantes de su estilo; pero si estimamos en algo las costumbres austeras de nuestra patria, si participamos y respetamos de su creencia religiosa, si nos sentimos animados de un noble entusiasmo al poder expresar nuestras ideas en el armonioso lenguaje de Cervantes, no pretendamos imitar tan inmorales extravíos; describamos nuestra sociedad, por fortuna no tan estragada y petulante; estudiemos nuestros propios modelos; venguemos, señores, el carácter nacional y las costumbres patrias, ridiculamente desfiguradas por los autores extranjeros, y demostremos á la Europa moderna que en este género de composición, asi como en otros, la nación que vió nacer al Quijote, y para la que me prometo con fundamentó reclamar algún día desde este sitio la gloria del Gil Blas[1], no renuncia tan fácilmente á aquellos magníficos recuerdos, y pretende conservar en las producciones de su literatura, aquel sello de originalidad, de filosofía y de ingenio, que un día las más aventajadas plumas extranjeras se esforzaron á imitar.
Disimúleme ya la ilustre Academia, por haber abusado tan largo rato de su cortés atención; el deseo de discurrir sobre el ramo de la literatura á que me siento más inclinado, me habrá hecho quizás exceder los límites concedidos al que por primera vez tiene el honor de pisar este recinto. Quisiera, por lo menos, haber conseguido dar á mis ideas alguna claridad é ilación; pero la ilustración de tan respetable asamblea sabrá suplir la cortedad de mi ingenio, y disimularla por la purera de mi intención.

¡Ojalá algún día, auxiliada mi débil pluma por el estudio y el amor patrio, pueda ofrecer á la Academia algún fruto que me haga merecedor del noble título con que anticipadamente acaba de honrarme!


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  1. Según hemos oído en repetidas ocasiones á nuestro querido padre, más de una vez le indicó el P. Huerta que tenía noticia de que en el archivo de Simancas existian antecedentes bastantes para probar, á su juicio, que el autor del Gil Blas fué español; pero el viaje que pensaron hacer con tal intento á dicho archivo no se realizó.