Algo en prosa y en verso/Oda

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Algo en prosa y en verso de Ramón de Mesonero Romanos
Oda

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ODA.
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No llegará, tirana,
El día en que tu pecho empedernido
Ablandes, y que humana
Al ánimo afligido
Vuelvas la paz que por tu causa ha huido?

Cede la piedra dura
Al continuo chocar; el amarillo
Oro, la faz oscura
Cede, y muestra su brillo
Al repetido golpe del martillo.

La terrible muralla
Vence la mar con su azotar constante;
Las fieras avasalla
El hombre, y penetrante
Arranca al hondo piélago el diamante.

Sólo tú, muy más fiera
Que el oro y que el diamante empedernido,
Resistes altanera
Y cierras el oído
Al eco de tu amante repetido.

Días y días vuelan,
Y tus constantes ásperos desdenes
Al triste desconsuelan;
Los tus amantes bienes
¡Qué ocultos! ¡qué negados ¡ay! los tienes!

¿Qué sirve la hermosura,
Qué te valen los dones que tan grata
Te concedió natura?
¿Qué sirve en una ingrata
La dulce risa, la color de plata?

¿Qué sirven esos ojos,
Alegres y serenos como el cielo,
Sino á causar enojos
Cuando para consuelo
De los mortales los lograra el suelo?

En vez de los favores
Que promete tu cara engañadora,
Tan sólo de rigores
La haces derramadora,
Y ¡ay infeliz del que su encanto adora!

Infeliz del que llega
Fiado en su atractivo y su dulzura;
Infeliz del que llega,
Que á muerte va segura
Cuando conozca que eres peña dura.

Yo ¡mísero! engañado
Á llegar me atreví al objeto hermoso,
Y me senté á tu lado;
Pero volví lloroso
Al escuchar tu acento rigoroso.

Mas, por desgracia mía,
Cuanto más te me escondes y desdeñas,
Cada hora, cada día,
Más y más me despeñas;
Más con tu amor ¡ingrata! me domeñas.

Y á tal punto ya llega
El duro estado de mi dura suerte,
Y á tal horror me entrega,
Que buscaré la muerte,
Por si en ella consigo enternecerte.

Quizá entonces movido
Ese tu corazón desapiadado,
Será reblandecido,
Y de piedad tocado
Pesarále tal vez no haberme amado.

Pues si sólo mi vida
Impide que mi ingrata rigorosa
Me atienda conmovida,
Ven pronto, muerte hermosa,
Y acaba ya la situación penosa.

Tal vez reanimado
Me tornara al vivir si la sentía
Cabe mi cuerpo helado,
Y entonces de alegría
Otra vez ¡cuán dichoso! moriría.

 1826.


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