Amélia

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ESTUDIO DE MUJER
I.


 Las sierras se levantan, cubiertas de verdura; el arroyo, limpio y claro, cae saltando de piedra en piedra, para correr en seguida tranquilamente por la llanura inmensa, sin que un solo obstáculo se oponga á su acelerada marcha; ningun rumor se escucha, salvo el cántico de las aves, de ruido de las piedras que ruedan barbotando desde la cima, el murmullo acompasado del agua, y el monótono grito del insecto que vive oculto entre las yerbas altas y no holladas jamás por el pié humano; algunos árboles sin corpulencia adornan el paisaje; después la Pampa siempre verde, siempre igual, se extiende hasta otras sierras que, como éstas, van preparando las inmensas alturas de los Andes, como los centinelas avanzados anuncian la proximidad del ejército; estas sierras, seguidas de llanuras más ó menos prolongadas, van alternándose desde Córdoba hasta los primeros contrafuertes de la inmensa cadena de montañas que sigue paralela á las costas del Pacífico en la América del Sud.

 En una de las soluciones de continuidad de esas primeras alturas, en una abra regada por las aguas de un pequeño arroyo, que se pierde en seguida en la cenagosa superficie de una cañada, cubierta de cortadera, de junco, de achira y otros vejetales amantes de la humedad, se alza una casita rodeada de jardines, perfectamente cuidada y limpia, que parece arrancada de la ciudad para trasportarla á lo más fragoroso de la sierra. Un hombre ya algo entrado en años, de porte distinguido y severo; una mujer joven y hermosa, y tres criados, uno de los cuales sirve de correo de aquella apartada colonia -habitan en la casa que, asentada gallardamente sobre la falda de uno de los cerros, blanca y limpísima, vista de lejos parece un dado de marfil sobre el tapete verde de la vegetación.

 Don Juan de Aguilar, casado con una mujer de quien era veinte años mayor, había sentido desde el primer instante el aguijón terrible de los celos; por esa causa resolvió ir á habitar en aquella casita apartada del mundo, en la que poseía á Amélia por entero, sin temer que le disputaran su tesoro... Mas á pesar de que á los treinta y nueve años estaba en la plenitud de su hermosura varonil; á pesar de que su reconocido talento no decaía -pudo notar á los pocos meses que su compañera amada iba demostrándole; aunque inconscientemente, cierto desvío que hacía su desesperación: este alejamiento casi imperceptible, pero latente sin embargo, comenzó pocos meses después de aquel destierro voluntario por parte de él, pero no por eso menos penoso para ella. Mil razones ocasionaban esa frialdad: Amélia echaba de menos á sus amigas, no teniendo á quién confiar todas esas pequeñeces que la mujer solo á la mujer confía; le faltaban también las tertulias, los bailes en que siempre fué soberana por su belleza y su talento, y en que todos los hombres se apresuraban á galantearla y agasajarla, dirigiéndola esas dulces frases que tan agradables son para la mujer que se estima y se crée hermosa: además, de vez en cuando acudía á su imajinación el recuerdo de cierto joven que había encontrado en el tren, en uno de sus frecuentes viajes á Buenos Airrs, de quien ella se decía, en voz baja, -tanto, que apenas se apercibió de ello- que estaba un si es no es enamorada; por otra parte habia echado de ver que don Juan era demasiado viejo para ella: ni tenían ya los mismos gustos, ni las mismas aficiones, ni las mismas costumbres; y cierto descreimiento, cierta desilusión que se notaba en su esposo, la desesperaba, á ella, que aun creía en las virtudes y en las noblezas, en las abnegaciones y en los heroismos; á ella, que aun veía el mundo á través de un cendal color de rosa; á ella que en su rápido paso por en medio de la sociedad no había perdido aún sus alas de ángel....

 Además, don Juan había tenido que confesar á Amélia un desliz de su juventud: la niña no supo sin dolor que su esposo tenía un hijo de la misma edad de ella, y á quien profesaba aquel un cariño entrañable, tanto que no titubeó en llamarle á su lado, para que fuese á compartir su soledad durante algunos meses. Arturo -el jóven en cuestión- era militar, y poco tiempo después de obtener los despachos de teniente primero, había pedido una licencia temporal para ir á abrazar á su padre. Con este motivo, Amélia vió aun más claramente la distancia que existía entre don Juan y ella: aquel hijo la robaba una parte del cariño del hombre á quien había sacrificado sus mejores años, alhagada quizás por el brillo de su inteligencia, y por sus triunfos de político ...

 El teniente Aguilar debía llegar de un momento á otro.


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II.


 La mañana del día en que don Juan esperaba á Arturo, estaban Amélia y él en el pequeño jardín del frente de la casita blanca, contemplando la riente salida del sol, que, dorando la cumbre de los cerros vecinos, los hacía destacar magníficos sobre el fondo azul del cielo. La joven, preocupada al parecer, contestaba á su esposo con monosílabos, de tal manera que este echó de ver su cavilación, tanto más cuanto que de algunos dias á esa parte iba apercibiéndose de la tristeza que demostraba, cuya causa no podía permanecer oculta para él, acostumbrado á conocer á los hombres y á arrancarles sus más ocultos pensamientos, solo con estudiar la expresión de las líneas de su rostro. Por otra parte hacía tiempo que deseaba provocar una explicación franca entre su esposa y él.

 - Estás triste, Amélia - dijo - ¿por qué?

 - No estoy triste, -contestó la joven con acento titubeante.- Solo que la mañana me produce cierta laxitud, cierta melancolía que no logro comprender...

 Don Juan miró á su esposa, estuvo un momento en silencio, luego cobró fuerzas, como si le costara lo que iba á decir, y murmuró:

 - Dime, Amélia, pero con la franqueza más absoluta: ¿no has sentido nunca pesar por haberte unido á mi? ¿no has echado nunca de ver la enorme diferencia que hay entre nuestras edades? no te has dicho jamás que serías más dichosa junto á un hombre, cuyo espíritu juvenil se adaptase más al tuyo?...

 La niña le miró con sus grandes ojos negros ...; comprendía el por qué de aquellas preguntas; sabía que era su deber contestar á ellas sin ambajes ... Se puso pálida, inmensamente pálida, y suspiró más que dijo un , que no tuvo eco en las profundas cavidades de la sierra ...

 Don Juan se levantó del banco de madera en que estaba sentado; dió algunos pasos por la enarenada calle del jardín, y en seguida, deteniéndose frente á su esposa, clavó en ella sus miradas, brillantes por las lágrimas que afluian á sus párpados.

 - ¿Eres desgraciada? preguntó sin embargo, con acento al parecer firme y sereno. ¿Qué deseas?

 - Nada deseo. Pero eres cruel al esconderme en estos apartados sítios; eres cruel al confinarme en estas sierras, lejos de mi familia, de mis amigos, de todo lo que amo, en fin; eres cruel, cuando me pides que te ame á tí solo, que piense solamente en tí, que te tenga por única compañía ... Yo creí que ibas á hacer que compartiese tus triunfos, que viviese con tu vida agitada de hombre necesario, que brillase reflejamente por el brillo de tus triunfos, de tus victorias, de tus laureles... Pero me he equivocado: al casarme contigo se han apagado en tí, según parece, todas las aspiraciones, todos los deseos de renombre, de gloria, y te has apartado de los centros en que resplandecías por tu saber y tu inteligencia, para encerrarte y tenerme encerrada en un circulo de montañas que no puedo trasponer; para hacer que no oiga más que el sonido de tu voz, que va siendo antipático á fuerza de ser único ... y -quiero confesártelo, aunque me cause cierto rubor, solo porque me has exigido la franqueza- yo no me hubiese unido jamás por amor, á un hombre como tú ... sinó por ambición. No te quise nunca, como amante, y sin embargo esperaba la felicidad al lado tuyo: la felicidad en la gloria, en el orgullo, en la aureola que tu nombre colocaría al rededor del mio ... Soy ambiciosa - ¿á qué negarlo?- y tú no tienes el derecho de pasar por sobre mis ambiciones, de malograr mis deseos de brillo y esplendor ...

 Estaba soberbia; con ese esfuerzo sus mejillas pálidas antes, se habían puesto rojas; ya no hablaba: las palabras escapábanse de su boca, como el torrente que se desprendía, saltando, desde lo más alto de las sierras ...

 Don Juan callaba. Él había adivinado esa explicación, y la esperaba tranquilo al provocarla.

 - Escucha, dijo. -Quiero que no me taches de tirano. Cuando te traje á estos sitios estaba enamorado de tí, como lo estoy ahora. Yo pensaba en lo que piensas tú, en tus largos dias de soledad; no dejé de comprender que la distáncia que mediaba entre los dos era inmensa, y temblé... temblé porque te podia ver, joven é inesperta, á merced de los ataques de aquellos para quienes la honra de la familia es una palabra vana; temblé, porque temia el instante en que te apercibieras de que en tu corazón no existe el amor para mi... ¡temblé, porque estaba celoso!...

 - ¡Celoso! exclamó Amélia. Solo se está celoso cuando no se tiene confianza en la mujer que lleva el nombre de uno; solo se está celoso cuando, como Vd lo temió, se teme que la esposa se olvide de todo ... Al tener celos, si bien demuestra Vd que me ama mucho, insulta mi entereza de mujer, y se rie de mis fuerzas para combatir mis pasiones... Pues bien ¿sabe Vd lo que sus celos y el confinamiento en que me tiene, han conseguido?... ¿No? Pues no callaré tampoco; quiero decirle la verdad, toda la verdad: Me han hecho recordar uno de esos insustanciales amoríos que se tienen en la niñez, una de esas pasiones efímeras que nacen en un minuto para borrarse en una hora; y hoy -sin que sean parte mis esfuerzos para remediarlo- no puedo rechazar la imágen de un hombre que pasó ante mi vista como una sombra, como un fantasma, cuyo nombre nunca supe, cuya vida no conozco, pero de quien sé que me ama como yo le amo!..

 Don Juan se había puesto pálido como un cadáver, sus ojos brillaban y su lábio inferior temblaba convulsivamente; sin embargo, tuvo fuerzas para ofrecer á Amélia su mano derecha y decirle con voz conmovida:

 - Oh, sí: tú eres la mujer que yo he soñado, la mujer amante de la verdad, de corazón limpio y puro... He hecho mal en estar celoso de tí, cuando eres capaz de tener semejante franqueza conmigo... Me has destrozado el corazón, pero no has querido engañarme: tengo ahora plena confianza en tí; mis celos se han desvanecido... Mañana abandonaremos estos lugares solitários y tristes, y brillaré y triunfaré de nuevo, y tú brillarás y triunfarás conmigo ...

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III.


 Pocos instantes despues un hombre vestido de militar se acercaba á la casita blanca al gran galope de su caballo. En cuanto llegó á la puerta echó pie á tierra y entró rápidamente, haciendo resonar la espada que llevaba á la cintura en las piedrecitas de las calles del jardín. Don Juan, al verle, se adelantó hácia él con paso acelerado.

 - ¡Es mi hijo! exclamó.

 Amélia, que no veía al recien llegado, oculto aún tras de los árboles, abandonó tambien su asiento; pero no bien pudo mirar el rostro del joven, abrió los ojos desmesuradamente, se puso pálida, del color de la cera, y lanzó una exclamación, mitad suspiro, que no fué oida por su esposo.

 En su corazón revivieron todas sus acalladas pasiones: el apuesto militar que á ella se acercaba, era el hombre que se aparecía en todos sus sueños, aquel cuya imágen llevaba grabada en el alma, aquel á quien amaba sin conocerle, sin saber siquiera su nombre!.... ¡El hijo de su esposo! ¡Su hijo, por lo tanto!... Imposible describir la tempestad que este descubrimiento levantó en su pecho herido .... Sin embargo pudo sobreponerse á su conmoción: y avanzó al encuentro del joven, séria, casi ceñuda .....

 Este no la había olvidado tampoco; al verla palideció ligeramente; y sonrió con tristeza, al escuchar estas palabras de boca de su padre:

 - Arturo, te presento mi esposa.

 Las manos se estrecharon ligeramente.

 - Señora .....

 - Señor ....

 No dijeron más. Ambos recordaban su encuentro, ambos temían el abismo que se abría bajo sus pies... Sin embargo, Amélia era una mujer honrada; Arturo era un hombre noble. Aquel encuentro les lastimaba, les hería, les hacía sufrir tormentos inauditos, les obligaba á recordar la dicha soñada... pero tenían que acallar su corazón, que ahogar sus sentimientos, para no herir de muerte á ese pobre hombre que no adivinaria -á su parecer- el drama que estaba desarrollándose ante sus ojos ... Pero don Juan era demasiado perspicaz para no comprender que algo oculto había en esa turbación. Lo comprendió, y temió, porque recordaba las revelaciones que le había hecho su mujer. Sin embargo, pudo conservar su entereza.  - Supongo, Arturo, que esta primer visita será larga, dijo con acento reposado.

 El jóven titubeó, miró á Amélia, luego á su padre, y murmuró bajando la vista:

 - Te escribí diciéndote que pasaría en tu casa un mes; pero, desgraciadamente, mi estadía al lado tuyo no puede ser más que de horas: asuntos urgentes reclaman mi presencia en Córdoba.

 Estas palabras confirmaron más á don Juan en sus sospechas.

 - ¿Qué asuntos? preguntó. Sé perfectamente que nada te llama á la vieja ciudad, é ingratitud tuya sería no pasar con nosotros algunas semanas siquiera. Temes, sin duda, aburrirte; pero te aseguro que al lado de Amélia los dias parecen instantes, las horas soplos .....

 Amélia creyó ver una ligera ironía en las últimas palabras de su marido; alzó la cabeza con orgullo, miró á don Juan firmemente, y dijo sin vacilaciones, con voz entera y ademán resuelto:

 - Sí, Arturo: aquí tiene Vd. su hogar. Al lado de su padre..... y de su madre, hallará el cariño que tánta falta le ha hecho en el mundo, cuando solo, sin família, sin esos amores grandes y puros que solo se disfrutan bajo el techo paterno no, ha echado Vd. de menos la casa en que corrió su niñez y el cariño de la madre que le ha faltado. Olvide sus penas anteriores: Juan le ama entrañablemente, y yo, por mi parte, le ayudo á quererlo ..... Sea Vd. nuestro hijo, siquiera por algunos dias .....

 Una lágrima asomaba á los ojos de don Juan, que comprendió todo aquel heroismo ..... Arturo, pálido y tembloroso, no acertaba á decir una palabra.

 - ¿Se queda Vd? preguntó Amélia.

 - Quédate, Arturo, murmuro don Juan.

 - ¡Me quedo!... contestó el joven con voz ahogada.


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IV.


 Entónces comenzó el martirio. Ellos se amaban, y aquella vida en común; aquellas entrevistas repetidas hasta lo infinito; aquellas ocasiones en que ambos se hallaban lejos de todas las miradas indiscretas; aquella pasión desbordante, á que solo esfuerzos sobrehumanos podian poner valla; aquel rostro austero de don Juan, cuyos ojos graves se clavaban en su esposa y su hijo, como una eterna prohibición, como una eterna amenaza, —era algo que les enloquecía, que les mataba lentamente...

 En varias ocasiones, cuando Amélia sentada al piano ejecutaba una de esas melodías apasionadas y tiernas, en las que ponía toda su alma con sus pesares infinitos, don Juan, tirano por su temor y sus celos, deseando que Arturo no rodase al abismo arrastrándolos consigo, le decía con voz firme:

 - Ve á dar vuelta las hojas de la música, para que tu madre no tenga que interrumpirse....

 Y esa palabra madre la repetía con incansable afán cien y cien veces en cada hora, como si quisiese dar á Arturo un apoyo para que se detuviera en la resbaladiza y peligrosa pendiente.... Y el joven obedecía la indicación de su padre, y allí, junto al piano, apartando los ojos de la mujer amada, aspiraba su fresco perfume, nuevo Tántalo de amor...

 Don Juan solía dejarlos solos intencionalmente. Entonces no se miraban tampoco, no querían mirarse, porque sabían que una chispa basta para encen­der la hoguera devoradora.

 Amélia por su parte, muda y triste, pálida como el mármol, febriciente, lloraba en el silencio de la noche; sus deberes de esposa por un lado, su corazón ardiente por el otro, reñían en su pecho atroz batalla. Pensaba en aquel hombre que sufría carcomido por los celos, soñaba con la dicha desaparecida para siempre, y en medio de su soledad, cuando todos estaban lejos de ella, cuando ni un rumor despertaba los écos adormidos de los cerros, daba suelta á sus lágrimas candentes de mujer infeliz. Deseaba la muerte como término de sus pesares; quería huír de aquellos sítios, arrojar á Arturo de aquella casa, fulminar á su marido con todas las ácres palabras que su encono contra la suerte hacía asomar á sus lábios, correr al través de los campos , y quitar de sobre su pecho el enorme peso que la ahogaba... Encontrábase en un estado extraño: nada la agradaba, nada era capaz de sacarla de su atonía; porque todos los objetos, todas las personas, todos los paisajes, se le presentaban vagos, túrbios; no veía más que la gallarda figura de Arturo, con su traje de colores salientes, con su barba sedosa que apenas sombreaba el rostro, con sus grandes ojos llenos de tristeza.... Él, solo, era huminoso: parecía rodeado por una aureola; lo demás se apagaba, se disolvía....

 Don Juan, casi frio, pero lleno de dolor, con su naturaleza privilegiada, con su fuerza de voluntad nunca desmentida, contemplaba aquellas escenas mudas, las estudiaba, las sentía.... Por la noche, á la hora de retirarse, besaba á Amélia en la frente: lo mismo hacía con Arturo. Después, cada uno iba á su habitación, donde los tres se entregaban á sus meditaciones, ó dejaban libre curso á las lágrimas...

 Esto duró una eternidad.


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V.


 Un mes pasó Arturo en casa de su padre. Durante todo él, la joven fué poco á poco palideciendo; sus ojos estaban rodeados por un círculo azul, y sus manos temblaban como si la infeliz mujer fuera presa de la fiebre. Don Juan mústio y aflijido, no hallaba voz en su garganta. Arturo encontrábase en un prolongado suplicio.... Un silencío triste y pesado reinaba en la casita blanca, que se vé en medio de los sierras como una paloma acurrucada en su nido de yerbas verdes; las penas más terribles habíanse apoderado de aquellos tres corazones, y la desconfianza y la envidia reinaban en ellos... Alguna vez, cuando las miradas de don Juan se encontraban con las de su esposa, ésta clavaba sus ojos en él, como asegurándole el triunfo.... ¡Jamás batalla semejante tomó por campo el corazón del hombre!...

 Por fin, un dia el joven militar ensilló su caballo, preparándose á partir. Amélia, hecha un mar de lágrimas, pálida y casi moribunda, contemplaba los preparativos. Don Juan, á su lado, cabizbajo, taciturno y melancólico, habíale ofrecido el brazo para sostenerla...

 El joven terminó, y acercándose á su padre le abrazó bañado en llanto. El hombre de mundo, el hombre acostumbrado á todos los combates de la vida, el político endurecido, no pudo tampoco ocultar su emoción.... Arturo, ahogado, se apartó por fin de él, y saludando á Amélia con una inclinación de cabeza, iba ya á subir á caballo, cuando don Juan le detuvo:

 - ¿No abrazas á tu madre? preguntó.

 Y como él titubeara:

 - No quiero que partas de aquí, dijo, sin ir convencido de que Amélia es tu madre ... ¿Entiendes?

 Y un lijero rayo de encono brilló en sus pupilas: el hombre celoso despertaba.

 Arturo, temblando, abrazó á Amélia, montó á caballo y se alejó á la carrera, creyendo que el aire faltaba á sus pulmones.

 La joven, casi desvanecida, tuvo que apoyarse en el pecho de su esposo, que mojó con sus lágrimas... Sentía un sacudimiento extraño en todo su organismo, algo como si un veneno poderoso corriese por sus venas.


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VI.


 - Prepárate, dijo don Juan, dos dias después. Mañana abandonaremos para siempre estos sitios.

 - Déjame aquí, murmuró la joven. Déjame aquí... sabes que en otra parte sufriría mucho! ...

 - ¿Y aquí, sufres?

 Ella calló, pero llevóse el pañuelo a los ojos, enrojecidos ya.

 - Entonces ¿no me he engañado? ¿le amas? preguntó él con voz apenas perceptible.

 Ella siguió callando. Don Juan no volvió á hacerle ninguna pregunta.

 Y ambos permanecieron en la casita blanca, sin olvidar jamás aquellas escenas, pero sin recordarlas nunca en alta voz.

 Una muralla elevóse entonces entre los dos; muralla infranqueable, terrible, erizada de obstáculos.

 Don Juan parecía olvidado de que era el esposo de Amélia.

 Esta, agradeciéndolo desde el fondo de su corazón, no dejaba de extrañarlo.

 Por fin un dia le preguntó:

 - ¿Ya no me amas? ¿Ya pasó tu apasionado cariño de otros dias?

 El la miró tristemente, con esa mirada pálida y envejecida que tenía de algún tiempo á esa parte.

 - Eres una heroina, dijo, eres una santa, y como á tal te admiro y te idolatro. Pero.. amas á mi hijo, y me parecería un crimen exijirte que no solo aparecieses como mi esposa ante el mundo, sinó también que lo fueras en la soledad.

 - ¡Y sería un crímen! exclamó Amélia irguiéndose en su asiento.


 Córdoba, 18 de Abril de 1887.


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