Noches de estío

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CRÓQUIS


I.


 ... Con su canto acompasado y monótono, el vonciglero grillo rompe el silencio de la noche; solo su voz adormecedora es lo que se escucha. Después, todo es silencio...

 La luna -paseante angusta- recorre con lentitud su camino, iluminado cariñosamente al mundo que duerme, y sin hacer caso de las estrellas que palidecen de envidia al verla tan hermosa.

 Abajo, en la tierra, la brisa cansada de revolcarse en el polvo, bajo el ardiente rayo del sol, no tiene ya fuerza bastante para agitar las hojas de los árboles, ni deseos de entonar su cántico armonioso al deslizarse blandamente sobre la perfumada yerba de la llanura extendida....

 No es tarde aún. Hace tres horas apenas que el sol poderoso se ocultó en el occidente, presentando á los ojos asombrados del hombre: el cielo convertido en una áscua roja y chispeante, en un infinito piélago de fuego.

 Es el momento del descanso primero: todos los rumores se acallan, todas las aves duermen en sus nidos, todas las flores yacen mústias, agostadas ...

 Dentro de poco, cuando la luna haya dado algunos pasos más, comenzarán á oirse esos rumores vagos, misteriosos, esas indecisas armonías de la naturaleza, notas suaves, cadenciosas, acordes, ideales , que luego susurran como un recuerdo lejano en el oido del músico y del poeta, que vanamente se esfuerzan por repe­tirlas, porque son intangibles, celestiales, infinitas, porque se desvanecen sin dejar rastros, porque el arte del músico y del poeta es demasiado pequeño para poder copiar esa mágica sinfonía que comienza á altas horas de la noche, para ir en crescendo hasta llegar al portentoso coro de la aurora, en que cada ser microscópico, cada yerba, cada grano de arena, cada irisada gotita de rocío, tiene una nota propia y original con qué saludar la llegada de las primeras claridades del nuevo dia...

 En vano la vista se afana por divisar lo que deja en una semi-oscuridad maravillosa la luz diáfana de la luna, que parece una plateada gasa extendida sobre el universo que duerme.

 Los cerros lejanos aparecen como una masa confusa, y la imaginacion nunca en reposo les presta caprichosas formas; hasta llega á dotarlos de extraños movimientos.


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II.


 Es media noche, es la hora fantástica.

 Mil ruidos se escuchan ya distintamente; -á lo lejos los perros aullan en son triste y medroso; la aguda voz del gallo vigilante, rasga el silencio de la tierra; el concierto de las ranas ha empezado; una lanzó su grito lastimero, y como si esa fuera la señal dada por la batuta del director, hace rato que resuena en medio de la noche el formidable coro que forman todas ellas con su tétrico cud cud; mil insectos sin nombre alzan también su canto en la calma augusta de la naturaleza, emitiendo notas indescriptibles, -santa y selvática armonía que nos hace soñar, con los ojos abiertos, en mundos mejores, en cosas imposibles.

 El descanso primero ha terminado.

 La brisa olvida sus pasados pesares, y fresca y húmeda como un beso virginal, pasa susurrando amores por las hojas de los árboles que el rocío rejuvenece ya; dicta al oido de la flor poco antes agostada, sublimes estrofas que la hacen erguirse en su tallo, llena de hermosura; riza las aguas tranquilas del arroyo que la luna platea, y va á agitar las plantas aromáticas que crecen en las hendiduras de las piedras de los cerros vecinos, que les prestan gustosas su fragancia embalsamada.

 ¡La brisa de las noches del estío!....

 Llega hasta mí, cargada de perfumes no aspirados jamás; juguetea plácida con mis cabellos; reanima mi cansado espíritu, y deposita en mi frente un ósculo cargarlo de esencias embriagadoras!... ¡Bendita sea la brisa de las noches, que me hace levantar la vista hácia la infinita bóveda azul, en que titilan las estrellas con resplandor confuso!...

 ¡Las estrellas!... no solo lucen en el cielo, perdidas en la inmensidad; también la tierra las tiene: son estrellas aladas: aparecen á nuestra vista, cruzan ráudas ante nuestros ojos, brillan un instante y luego se apagan, para brillar de nuevo y apagarse otra vez; en los árboles, entre las altas yerbas, en la atmósfera en que cuelga su cendal la pálida Hécate, súrgen de pronto como un fuego fátuo, para extinguirse en seguida. ¿Son estrellas? Son exhalaciones: pasan con la rapidez del relámpago, y dejan en el aire, tras de sí, una estela luminosa. ¿Son exhalaciones?

 No: son la luz misma; la llevan en su ser; ella es su vida; su vida y la luz no terminan al mismo tiempo: la luz las sobrevive; no es su vida, es su alma; no es su alma, es más... He visto esas luces sirviendo de pendientes á mi amada; eran brillantes mas espléndidos que los brillantes mismos; eran séres, era la naturaleza viva, palpitante aún, sirviendo de adorno á la hermosura; era una criatura bella, iluminando el rostro de una criatura más bella aún; era la luz, esclava de la mujer, que es también luz....

 ¡Las luciérnagas! Ved cómo se incéndian y se apagan, y filosofad en seguida.

 ¿No es la luciérnaga imágen de nuestra felicidad?... Mirad cómo resplandece aquella durante su rápido vuelo; pronto; ¡ay! ocultará sus fosforescentes fulgores bajo sus negras alas. ¿Volverá á brillar?

 .... ¡Quien sabe! Puede que el infeliz insecto, caido sobre el polvo del camino, carezca ya de fuerza suficiente para agitar de nuevo sus alas; puede que no torne á darnos ocasion de admirarlo, al cruzar la atmósfera entibiada, durante las plácidas y dulces noches del estío!...


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III.


 No ya -como en la tarde- los objetos cortan con toda energía su perfil sobre el azul del ciclo; no para este paisage son apropiados los firmes y duros toques del agua fuerte: la poética acuarela, con sus melancólicas indecisiones, con su luz vaga, con sus colores tímidos, puede pintar mejor estos claros de luna en que todo es tierno, dulce, misterioso, en que los suaves resplandores del astro de la noche vencen á las sombras sin combatir con ellas, así como nos vence con una mirada de sus ojos amantes la mujer que adoramos de rodillas....

 Los cerros lejanos, como esfumados sobre la tela celeste del firmamento, desvanecen sus contornos que se hacen intangibles...

 En esta hora todo tiende al azul; ellos -los cerros del color de la esmeralda durante las horas llenas de luz del medio dia- también son azules bajo el cariñoso rayo de la luna... El azul tiene algo de vago: es azul el cielo, la vaguedad infinita; es azul la onda de los rios; es azul la pupila de los niños; el tranquilo espejo de los lagos; el mar visto de lejos; las montañas perdidas en el confín del horizonte; algunas nubes; el velo con que vestimos á los ángeles soñados en los dias de la infancia; la luz de la luna... A esta hora la tierra es azul, y todo en ella es indeciso, todo impele al ensueño, todo presta alas al espíritu que -olvidando lo real- quisiera emprender el vuelo por ignotas regiones, embriagándose en las armonías admirables de la naturaleza... ¡Hora divina de la vaguedad que encanta! ¡La vaguedad es el placer, y tú no te muestras avara de ella!...




 ¡Pero no más!... Rómpase la lira que no puede cantar tanta belleza! ¡Arrojad, oh pintores, la paleta que no tiene tintas para copiar estas noches con todo su plácido esplendor! ¡No volváis á tomarla hasta que podáis reunir á los colores mágicos que cada objeto adquiere, esos mil ruidos, esas mil notas desprendidas de un himno grandioso, lanzadas al azar, sin obedecer á regla alguna; hasta que podáis, en fin, darnos lo real, con toda su melancólica poesía! ¿De qué sirve el arte, si no alcanza á copiar las magníficas galas de la naturaleza que -como la bellísima ninfa, dormida en medio de la selva umbrosa,- no nos oculta ninguno de sus encantadores secretos? ...


 Córdoba, Febrero 1887.


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