Amor, matrimonio y divorcio/Divorcio

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Amor, matrimonio y divorcio (1922) de Luz Mjar
Divorcio


III


DIVORCIO




 Hemos dejado sentado en nuestro sintético estudio precedente que las bases racionales del matrimonio, atendiendo la dualidad psicofísica del ser humano, son dos: el instinto de reproducción, depurado de la ciega animalidad, ennoblecido, electivo i personificado, con miras a la selección de la raza, i la necesidad individual de una inteligencia comprensiva, de una asistencia solícita, i de una afectividad dulce, que embellezca las horas de la existencia en la sociedad conyugal.

 Si tales son los fines del matrimonio, es consecuencia lógica que su condición primordial sea la libre voluntad de los contrayentes, i habiéndolo reconocido así desde la remota antiguedad, se exigió el consentimiento de los cónyuges, mas luego los legisladores sometiendo la mujer al dominio absoluto del hombre, incurrieron en grave falta de lógica, pues si para una sociedad de dos es requisito ineludible el consentimiento de ambos, se reconoce implícitamente la dignidad, libertad, capacidad e igualdad de cada uno, i no cabe por lo tanto subordinación de una de ellas.

 Pero no fundamentando las legislaciones los principios filosóficos, sino la fuerza, siendo el hombre el más fuerte, se hizo jefe despótico en el matrimonio, i aunque la evolución social ha ido atenuando el rigor del dominio, aun en muchos códigos i en el nuestro, la mujer permanece sometida a la autoridad del marido, despojada de la capacidad jurídica de que goza de soltera, queda considerada en la condición de los menores, los locos i los fatuos... Debe obediencia al esposo, habitat donde él tenga por conveniente, entregarle la administración de sus bienes, i soportar que disponga de los gananciales aun cuando ella contribuya a su adquisición con su esforzado trabajo, como ocurre a menudo. En cambio, la mujer no puede ejecutar ningún acto civil, no tiene facultad para vender sus propios bienes, ni aun para comprar otros, sin el consentimiento del marido. Le debe eterna fidelidad i en caso de infracción, el marido puede matarla autorizado por la lei que le absuelve; pero ella está obligada a soportar las infidelidades diarias, el maltrato i hasta los golpes, sin apartarse jamás del hogar conyugal, pues en caso de hacerlo el marido puede pedir el depósito de la mujer, i ésta someterse a tan depresiva condición o perder el derecho a la pensión alimenticia.

 Antiguamente que la mujer vegetaba en la ingnorancia i la inacción, que su papel se desarrollaba en la tranquilidad del hogar, siendo su ideal la obediencia al marido, la resignación a los sufrimientos i el amor a los hijos, tal estado de cosas podía subsistir sin grandes trastornos individuales i sociales. Mas hoi que la mujer cultiva su inteligencia, lucha por la vida, trabaja eficientemente, produce, forma su carácter en el esfuerzo, se nutre de principios científicos, libera su conciencia, se dignifica, refina i ennoblece sus sentimientos, ama i vive la libertad por las nuevas modalidades que inpone la vida moderna, la organización actual del matrimonio, resulta anacrónica, absurda, perjudicial, fuente de graves conflictos domésticos que proyectan funestas consecuencias a la moral social.

 I no sólo desde el punto de vista de la evolución femenina, también por parte del hombre, vemos que sus pasiones se elevan, que su ideal de esposa implica complejas i nobles actividades, encontrando insuperables obstáculos a la realización de sus aspiraciones en las seculares leyes de la sociedad conyugal.

 Por tales causas vemos que los matrimonios desgraciados aumentan en la vida contemporánea, tanto por culpa de las mujeres como de los hombres; unas veces por defectos i vicios, por deficiencias de educación, otras por efecto de la misma condición humana, que no tienen en cuenta las leyes, debiendo ser la base fundamental de la legislación.

 La más ligera mirada observadora a la vida del hogar, nos hace ver mil conflictos desastrosos en los matrimonios: aquí es la esposa vana, frívola exigente, que lucha por tener siempre en el hombre un rendido servidor que se sacrifique por satisfacer sus caprichos, que renuncie a su personalidad por complacerla, mientras ella en el fanático culto de la egolatría, no se cuida de la salud, de la educación, ni de la vida de los hijos: todo marcha en desorden; la vanidad i el despilfarro hacen escasa la renta mas ingente i desmiembra el capital produciendo una angustiosa situación económica al esposo, que se encuentra defraudado en sus mas legítimas ilusiones de felicidad, completamente decepcionado, en tenebrosa soledad moral, explotado egoístamente i sacrificado a la estolidez i frivolismo de su consorte.

 En otras casas, es por el contrario el hombre la causa de la desgracia de la mujer: despojado del barniz de educación en la confianza familiar, muéstrase brusco, grosero, imperioso; pretende hacer de la mujer sólo un objeto de placer i una esclava humilde; menospréciala hastíase de ella, derrocha en degradante libertinaje el dinero que debía emplear en el bienestar de la familia...

 I aun cuando no sea por graves defectos morales i vicios oprobiosos, basta la incompatibilidad de los caracteres, por nobles que sean las personas, para producir graves desaveniencias en el matrimonio, destruyendo la armonía i solidaridad.

 I el hogar en que por cualquier causa las relaciones de los cónyuges se desenvuelven en la indiferencia, la frialdad, el desprecio, las discordias, mas o menos violentas, presenta un medio sumamente inmoral a los hijos, quienes testigos de la división de los padres tienen que adherirse a uno de ellos, sustituyendo su respeto i ternura filial hacia el otro por el resentimiento i la amargura, que en la tierna edad generan funestos efectos en la formación del carácter.

 Por otra parte, la unión de los seres que no se estiman ni aman es inmoral, es una prostitución legalizada, pero deprimente para los cónyuges i perjudicial para la generación.

 Las gentes vulgares pueden resignarse por materiales conveniencias, a continuar un matrimonio sin amor; mas las mentalidades selectas que ensoñaron una ternura exquisita i espontánea en la amplia libertad, no pueden resignarse a la fidelidad obligada, a la mera función biológica, a las egoístas conveniencias sociales.... No; su altivez i dignidad protestan imponiéndole la separación cuando el amor se extingue i el matrimonio se convierte en una esclavitud odiosa.

 Aun cuando el afecto i fidelidad perdure en uno de los dos, ese es, precisamente, el mas interesado, por delicadeza i respeto a la libertad, en no aceptar el sacrificio del ser amado.

 Contemplando estos altos principios de moral es que los países mas adelantados han establecido el divorcio, que en tal caso es garantía de moralidad, no fuente de corrupción como pretenden sus detractores.

 Cuando no existe el amor verdadero entre los cónyuges, i la felicidad del bien amado no constituye el ideal de la vida, la fidelidad es expugnable, no son suficientes a guardarla el austero deber ni los respetos sociales: la necesidad de amar muéstrase generalmente mas imperiosa en los cónyuges defraudados, i el adulterio es inminente. La afrenta, la venganza, los hijos sin honor ni derecho al pan de los padres, abandonados a los azares i miserias de la vida, estigmatizados por la sociedad, son el corolario fatal de la indisolubilidad del matrimonio.

 El moralista más austero, el mas ardiente fanático del matrimonio indisoluble, no pueden dejar de confesar que la monogamia, el amor único, no es sino una de las tantas mentiras convencionales de la civilización, i que el hombre, sobre las leyes i la moral monógama, ha sido siempre i es polígamo, que los pocos casos de monogamia son debidos no a la imposición de las leyes, sino a los grandes i verdaderos amores i al temperamento casto de algunos.

 El divorcio, pues, no va a aumentar o proteger la sensualidad humana; va a librar a los cónyuges que no se aman de una esclavitud dolorosa i degradante, para que en lugar de incurrir en adulterio, puedan contraer matrimonio con la persona con quien crean ser felices, garantizando los derechos de los hijos anteriores, i haciendo nacer los de la nueva unión con honradez, en condiciones de llevar una vida digna, útil i, feliz.

 Además, la indisolubilidad del matrimonio es causa de que el hombre apenas se casa, olvide toda cortesía hacia la esposa, considerándola como una propiedad suya que solo la muerte puede quitarle, i cuando no se convierte explícitamente en el amo duro, exigente i despótico, porque su educación i nobles sentimientos se lo impidan, sufre siempre, aun sea inconscientemente, los efectos de este criterio disminuyendo su propia dicha, porque desaparece el deseo de agradar para obtener la correspondencia, i excluye del trato la dulzura i delicadeza que poetizan el amor i embellecen la vida; modalidad factible de perpetuarse cuando la mujer no sea propiedad del hombre, cuando pueda romper el matrimonio con la facilidad que el noviazgo, pues entonces el hombre para merecer la ternura de la esposa i retenerla a su lado, la rodeara de las exquisitas atenciones i afectuosa estimación que hoi, a pesar suyo, olvida por el secular concepto de propiedad. Teniendo que pasar algo parecido respecto de la mujer con el hombre.

 Creo, pues, que la facilidad del divorcio ennoblecerá las relaciones sexuales de los cónyuges, resguardando la dignidad de cada uno i produciendo una mayor moralidad i finura en las costumbres para conservar la unión feliz por el verdadero amor, la estimación i los méritos personales.

 El concepto de que no es la lei la que obliga a la fidelidad sino el afecto recíproco, hará que el principal objetivo de la vida íntima de los seres cultos, de refinados sentimientos, sea inspirar i conservar un verdadero amor, alimentándolo con la ternura constante i las solicitudes delicadas, que matizan de belleza i poesía la monótona existencia, obligando al ser amado a la gratitud i la correspondencia en medio de la mas ámplia libertad.

 La apasionada oposición que los católicos i el clero, hacen al divorcio, fundándose en la indisolubilidad del matrimonio, no tiene defensa histórica ni dogmática, pues en el pueblo judío existió siempre el divorcio, i Jesús lo radificó, según el versículo 15 del capítulo 7 del libro de los Corintios, que dice: "Pero si el infiel se aparta, apártese: no es el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso". Declarada la disolubilidad del matrimonio en caso de infidelidad, nada mas lógico en la superior cultura actual, que devolver a los cónyuges la libertad cuando lealmente la solicitan, antes que mancharse con el perjurio i la traición, o seguir la farsa de un amor que ya no sienten.

 La iglesia católica tambien ha disuelto siempre el matrimonio permitiendo nuevo casamiento; la única diferencia es que la disolución civil se llama divorcio i la católica nulidad; que el divorcio civil es accesible a los cónyuges de la mas modesta condición económica, mientras la nulidad religiosa sólo pueden alcanzarla los ricos con grandes donativos para el Tesoro de San Pedro.

 Basándose la unión en el consentimiento libre de los contrayentes, opino que debe bastar la voluntad de uno solo de los cónyuges, para que haya causa de divorcio, pues haciéndolo depender de la de ambos, por espíritu de hostilidad i venganza uno puede oponerse, haciendo ineficaz la lei. Lo que si juzgo prudente, es que no se declare el divorcio hasta despues de cierto tiempo de la demanda i de la separación, para que en dicho plazo los interesados reflexionen i serenadas sus pasiones, se retracten o rectifique en su solicitud. Ellen Key, fija este plazo en un año, i el Congreso Internacional Femenino reunido en París en 1900, aprobó un proyeeto que concede el divorcio a solicitud de uno solo de los cónyuges, a condición de que insista tres años seguidos.

 Siendo el divorcio una imperiosa necesidad, que implica problemas tan importantes como los de la felicidad i libertad individual, los de la moral privada i pública, i los de la selección de la raza, creemos que la próxima legislatura aprobara la lei que ha sido ya sancionada en la cámara de senadores.

 I no se alarmen las conciencias timoratas; piensen con Max Nordau: "El divorcio hara del adulterio un crimen abominable, que sólo será cometido por las naturalezas más corrompidas i vulgares", i con Ellen Key: "El verdadero vínculo no radica en la lei, ni en el deber, ni en teorías sociales o dogmáticas, sino en la misteriosa simpatía que enlaza a los dos seres que viven reunidos, fundiéndolos en uno solo"