Amor, matrimonio y divorcio/Matrimonio

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Amor
Amor, matrimonio y divorcio (1922) de Luz Mjar
Matrimonio



II


MATRIMONIO




Todos los instintos humanos coadyuvaron al establecimiento del matrimonio en la remota época prehistórica de la aurora de la civilización: el instinto genésico unió al hombre i a la mujer, i los instintos de sociabilidad i conservación de la especie, los obligó a dar estabilidad a su unión sirviendo simultáneamente al bienestar individual i al de la comunidad.

Por otra parte, el egoísmo del hombre i el instinto de propiedad, contribuyeron también a consolidar el matrimonio, considerando a la mujer como cosa del varón que la robé, adquirió en la guerra o la compró.

Sin ceremonial al principio, constituído sólo por la unión sexual, a medida que emergen los poderes religiosos i políticos, organizando instituciones, sométenle a reglas para que tenga sanción legal, reputándose como ilegítima i afrentosa para la mujer la unión no precedida del ceremonial impuesto.

Y en todos los pueblos, ya por la costumbre, ya por la lei positiva, la mujer quedó subordinada al hombre, erigido en su dueño i señor, que tenía sobre ella derecho de repudio, de vida i muerte, como en Roma.

I aún más: considerada incapaz, inmoral, mero instrumento de placer, a falta de esposo, se la sometió a la autoridad del hijo mayor.

Aunque según el derecho romano, era requisito del matrimonio el consentimiento libre de los contrayentes, era el jefe de familia quien elegía el esposo, sin preocuparse de consultar a la mujer, la que encontrábase de un momento a otro, con un amo a quien rendir ciega obediencia, i un marido quien complacer incondicionalmente.

La que digna i altiva se resistía a entregarse sin amor, sufría horribles represiones, desde los golpes crueles, la privación de alimento i el corte del cabello, hasta la reclusión perpetua en el convento, habiendo imperado tal sistema hasta mediados del siglo pasado. "El amor se cría" replicaban los viejos a las objeciones de sus hijas, i eran conducidas al altar como víctimas al sacrificio.

I no sólo los padres, también los reyes disponían de la mano de las jóvenes, i cuando una mujer heredaba un feudo, la vendía al que diese más.

Se violaba así la más noble lei de la naturaleza: la del amor electivo, que es el único que debe regir la unión de los seres racionales.

En tales condiciones el matrimonio no era sino una forma jurídica que sancionaba las relaciones sexuales de los cónyuges haciendo del marido un amo, i de la mujer un instrumento de sensualidad, una reproductora de la especie, una bestia de carga... La necesidad del amor electivo quedaba latente, i surgía en la primera oportunidad ocasionando sufrimientos íntimos, sacrificios, luchas, rebeldías infidelidades i adulterios, q’ eran castigados en la mujer con la pena de muerte, como hasta el día lo autorizan muchos códigos, inclusive el nuestro, que absuelve al marido que mata a la mujer sorprendida infraganti. (1)

Dando una ojeada a la evolución histórica jurídica del matrimonio en la civilización cristiana, vemos que en los primeros siglos la intervención del sacerdote no tenía más objeto que implorar la bendición divina sobre los cónyuges, no implicando sanción legal, habiendo sido sólo el concilio de Trento (1521) el que prescribió y reglamentó la consagración de la iglesia, que desde entonces tuvo carácter legal, no sin controversias i oposición del mismo clero.

En cuanto a la condición civil de la mujer en el matrimonio en nuestros días, aunque la lei fuese reconociéndole algunos derechos, todavía en muchos países civilizados i entre nosotros, es despojada de toda capacidad jurídica i subordinada al marido.

Los principios de libertad, han abolido el inicuo derecho de los padres de casar a las hijas contra su voluntad, i hoi la mujer posee el derecho de elección de esposo.

Pero si es verdad que ya no sufre la imposición inapelable de los padres, no está libre de la sugestión de la familia, i del medio, que restringen su voluntad incitándola al matrimonio de conveniencia.

Efectivamente, desde los primeros años se falsea el concepto del matrimonio en hombres i mujeres, fundándolo no en el amor sino en el interés. La mujer, si es pobre, debe buscar en el enlace conyugal el mejoramiento económico, la salvación de la miseria; si es rica, el administrador de sus bienes, el compañero de diversiones, el nombre que aumente su prestigio. El hombre se casa por el placer, para tener quien le cuide, por conveniencia social, por acaparar una fortuna.

Son la familia i el círculo de relaciones quienes forjan el ideal de esposo de la mujer, con tanto más afán cuanto mayor es su mérito, dándole toda las condiciones que la vanidad i el egoísmo consideran indispensables para la felicidad, i omitiendo las modalidades íntimas que forman la vida afectiva; i como una mujer desprecie los convencionalismos sociales, i elija un hombre sin prestigio i posición, con quien crea ser dichosa en la armonía de un noble amor, es anatematizada como loca, como víctima de la impetuosa pasión ciega, que la lleva a proceder contra la sabia razón.

Con tal criterio, imperan los matrimonios de conveniencia por parte de ambos sexos, en los cuales no interviene absolutamente el amor.

Ahora bien: contemplando los matrimonios de conveniencia desde el punto de vista biológico, no pueden ser mas perjudiciales para la selección de la especie: no se violenta impunemente la naturaleza.

Goethe llama al amor "afinidad electiva" comparándola con la propiedad química de dos cuerpos que se combinan para una nueva formacion, i Max Nordau, acogiendo con entusiasmo este concepto agrega: "El matrimonio se parece a un vaso en que dos cuerpos diferentes, dos individualidades químicas están encerradas juntas. ¿Poseen afinidad electiva? El vaso está lleno de vida. ¿No la tienen? El vaso contiene muerte."

"El instinto de reproducción es en sí ciego, —afirma el mismo autor,— necesita un guía seguro, el amor, para obtener su fin natural, que es al propio tiempo la conservación i el mejoramiento de la especie. Si falta ese guía, si el apareamiento viene determinado, no por atracción recíproca, sino por la casualidad o por interés extraño a su fin fisiológico, el producto del crecimiento, frente a una grande desemejanza en los padres, es siempre un producto indiferente o malo. Los hijos heredan los defectos paternos i los aumentan; en cambio, las cualidades de los padres se debilitan o neutralizan; de aquí resulta una raza inarmónica, desgarrada, interiormente retógrada, condenada a rápida extinción.

En el matrimonio de conveniencia, los esposos quedan extraños uno a otro, cuando no se aborrecen; la necesidad insatisfecha de amar exacerba el ánimo; acumula tedio en la vida, que pretenden disipar en un torbellino de frívolas perniciosas diversiones: la moda, el teatro, los bailes, el juego, el amor clandestino, el libertinaje oculto, arrastran al matrimonio fuera del hogar dejando a los hijos abandonados a manos mercenarias,a allegados indiferentes i hostiles... creciendo así en la orfandad moral, sin ternura, sin estímulos nobles, presencian la honda disidencia de los padres, claudicaciones i bajezas por acaparar más dinero que calme la sed ardiente de diversiones.

De aquí la debilidad de carácter de las nuevas generaciones, la relajación de la moral, el epícureismo creciente, que hace de la vida una orgía repugnante, destruyendo los hermosos ideales de perfeccionamiento de las mentalidades superiores.

I bien claro nos muestra la sociología que la relajación de las familias es la génesis de la disolución social.

Es preciso, pues, "levantar el estandarte del hogar", —como dijera Roosevelt— combatir el matrimonio de conveniencia, ennoblecer el amor, i fundar en el nuevo hogar.

Pero esta reforma sólo puede efeetuarla la culture perfectiva i la liberación de la mujer, que dándole la conciencia de su dignidad i de sus altos destinos sociales, la obligan a abolir el matrimonio de conveniencia, haciéndola comprender que no es sino la prostitución legalizada, en la que los hijos respiran un ambiente de inmoralidad e hipocresía, haciendo de los nobles sentimientos palabras vanas, doradas etiquetas en ánforas de vicios, injustias i crímenes...

Es un error inmenso creer que la liberación femenina traerá la disolución de la familia; no, ahora que la mujer sufre una esclavitud mas o menos dorada, es que los vínculos familiares estan relajados i la moral claudicante.

Porque en la intensa i compleja vida moderna, porque en el desarrollo gigantesco de las actividades humanas; porque en las nobles luchas de todos los individuos al amparo de la democracia; porque en los principios de libertad e igualdad; porque en la obra grandiosa de la educación contemporánea, ya la mujer no puede seguir siendo en el hogar la odalisca voluptuosa ni la paciente bestia de carga, la hermosa figura de salón ni la simple reproductora de la especie... es necesario capacitarla para que tome el puesto que le corresponde en la evolución alcanzada.

Hoi la esposa debe ser la mejor amiga i compañera del hombre, que le iguale en cultura, le supere, si es posible, en moral, posea sus mismos derechos, colabore en sus trabajos, le esclarezca las dudas, le dé sabios consejos, le fortalezca en la desgracia, participe de sus emociones intelectuales i estéticas i actúe, en fin, en todas las modalidades de su vida en las múltiples esferas de la Ciencia, la Belleza i el Bién.

Sólo así: en la equivalencia de aptitudes; en el respeto i consideración que merecen la igualdad i el derecho; en la simpatía intensa que genera la similitud psíquica, puede depurarse el matrimonio de la servidumbre, el interés i la sensualidad animalesca, dignificando la maternidad, elevándola de mera función fisiológica a creadora nobilísima de nuevos seres sanos, fuertes, inteligentes, virtuos, aptos, brillando en el hogar una radiante aurora de justicia i felicidad que ilumine la marcha de la especie humana.