Blasones y talegas: 2

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- II -[editar]

Toribio Mazorcas (a) Zancajos, era en figura, en carácter, en alcurnia y en y dinero el viceversa de su convecino don Robustiano: chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico. Fuese en sus mocedades a probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco a poco la taberna llegó a ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas. Entonces se vino a la Montaña con ánimo de no volver a salir de ella, y a los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que, con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo durante una de sus primeras breves visitas a él (generalmente se daba una vuelta por la tierruca cada cuatro años). Al hallarse viudo y rico, pasóle por la mollera la idea de volver a casarse más a su gusto; pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le quedaba, muchachón de dieciocho años, fresco, rollizo, esbelto, buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle a Andalucía a continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, o casarle de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera al traste en pocos días con las botas amontonadas a fuerza de sudores, y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios, se decidió... por enviar a Antón (así se llamaba el chico) a Santander a un colegio «de los caros», con el fin de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él al plan de restauración que se proponía con respecto a su descendencia. El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía, y guiado sólo de su afán de salir a ver mundo y gastar como un señor algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como su padre quería. Pero antes de un mes se convenció que no estaba ya su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente levita. Con ella era una facha que excitaba la risa en los paseos, mientras que un traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y se decidió a no salir más de él, ni de su condición de labrador, como sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía rodearle la posición de su padre.

Como éste, y tal vez por la propia causa, no mecía gran cosa con las mozas del aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua compañera, le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander, sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde sus principios» y sin carecer de un interesante personal, sabían ser «amas de su casa», Y he aquí el camino por el cual encarriló el demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir a parar con sus pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que a la hija del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba bien lejos de presumirse tamaño desaguisado a su estirpe solariega.

Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato Verónica, del gusto del joven Antón, así en cuanto a lo físico como a la moral del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en el teatro o en los salones de nuestras cultas capitales una mujer desagradable a los ojos de un hombre avezado a saborear los afeites y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto y era, relativamente a lo que le rodeaba, una filigrana, una cosa fina, materialmente hablando; y en siendo una cosa fina en estas aldeas, ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la envidia de los aldeanos. Lo fino es para ellos el prototipo de lo bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no piojo resucitado, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables; cualidad que basta y sobra para inspirar a las gentes sencillas una más que regular consideración, por lo que hace a sus prendas morales, ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de apreciarlas con su falta de mundo.

Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen de las aristocráticas, concluyó por cobrar a la hija de don Robustiano un verdadero interés.

Tanto, que habló a su padre del asunto; y como la feliz casualidad de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia en la Iglesia y los blasones del palacio, por más que muchas veces se hubiese reído de las hinchadas presunciones de su noble convecino, lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas con la mejor voluntad.

Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque don Robustiano se había quedado en la sacristía a saludar al señor cura. Iba, como de costumbre, a un paso más que regular y sin otro pensamiento que el de llegar a casa cuanto antes, pues en fuerza de vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta a la luz y al aire de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando se halló frente al hijo de Mazorcas.

Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por fuera, como a la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa, bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo negro y lustroso.

Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse acera, dijo con voz no muy segura:

-Muy buenos días, señora doña Verónica.

Esta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que llevaba, contestó con la mayor indiferencia:

-Buenos días, Antón.

Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vio alejarse algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de no volver a hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la solariega, atreviéndose a llamarla bastante recio:

-¡Doña Verónica!

No hubiera hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia, lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo a pique de llegar a carrera. Pero Antón se había resuelto a no dejar la empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fue dable:

-Tengo que pedir a usted un favor.

Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos convulsas y pálidas como la muerte,

-¿Un favor... a mí? -dijo, entre desabrida y asustada.

-A usted, sí, señ... -respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.

Dio nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró a Verónica y después a los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego a cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin, logrando tragar el tarugo, rompió a hablar de esta manera:

-Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me contribuye, porque se lo merece, quería decir a usted ahora lo que... vamos, lo que ya la hubiese dicho más de cuatro veces al habérseme acomodado tan buena proximidad como ésta... La verdad es, señora doña Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis medios me lo permiten, quería transigir a mi gusto y proporcionarles comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de personal... Vamos al decir..., que si... yo...

Y aquí volvió a anudársele la garganta.

A Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más lívida y descompuesta.

Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso algún tanto, continuó:

-Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que esto sea menosprecio y me esté mal en decirlo, creo que... vamos, no son quién para mí las mozas del lugar, llamado a contraer enuncias el día de mañana... Porque, doña Verónica, a mí me dio Dios un corazón muy blando de su natural y un poco de sentido acá a mi manera, y pienso que con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si a mano viene, declinar a una miaja de finura y cortesía que le consuele en una inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto; pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar a una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como a los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las circunstancias del temor de Dios y de la buena ley, a mí, creo que bien puedo, sin ofender a nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No es verdad doña Verónica?

-Me parece que sí -tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía adónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.

Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de seda, continuó:

-Pues bueno; en contingencia de estas razones, y sin más ites ni consonancias, sépase usted, doña Verónica que lo que yo quiero con todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.

Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre, jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron un poco a producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel gélido organismo.

Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo, como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y, lectores, preciso es confesar que la hija de don Robustiano le iba el rubor a las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas coloradas!

Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero que siempre conservaba respetuosamente en la mano:

-¡Doña Verónica, dígame usted que sí... o me solivianto!

No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es indudable que la palabra y también algo la acción que la acompañó, acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca cerrada y los ojos echando lumbre, fue cosa de un solo instante.

Pero don Robustiano la vio, y en el acto dedujo, así de su huida como de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario. En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó a hacer el molinete con su bastón, Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro y, apartándose a un lado, saludó respetuosamente a don Robustiano; pero éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando inalterable y silencioso hacia su casa.

Al entrar en ella, y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento melodramático:

-¡Sol de mi estirpe!, ¿habrá osado mirarte frente a frente ese baldragas?

Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible y bondadoso hasta el extremo de que a su lado no hubiera habido un pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del Ayuntamiento, nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que oyera anteponer un don al nombre de un plebeyo; que viera vestido con una prenda dos dedos más larga que la chaqueta a un rústico labrador; que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al pasar con la debida consideración, o que tal otro se había reído del marabú de su hija o del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se atreviera alguien a sostener que cuatro miserables onzas de oro valían más o eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que, como una provocación a su augusta pobreza, osara un villano meterle por los ojos el brillo de su riqueza improvisada..., ya se ponía trémulo e iracundo, y era capaz de arrojar un sillón a la cabeza del provocador. Por eso odiaba a muerte a Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el flamante edificio abundancia y alegría por todas partes, La contigüidad de esta casa a la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano, era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo a su rancia dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo, más que por Zancajos, por don Toribio, que por añadidura era bromista y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan irritantes provocaciones el fanático solariego?

Júzguese ahora de lo que pasaría por sus adentros cuando sorprendió a Verónica con el hijo de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.

No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba a quitarse el sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias, tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible a Verónica.

Esta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón en rincón desde que había llegado a casa, acudió al llamamiento de su padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el delantal.

-Míralos frente a frente -le dijo don Robustiano señalando a los dos retratos de la pared.

Verónica, obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera más.

-Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto -pensó don Robustiano-. Y añadió en voz alta:

-Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas... Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo esto es muy grave, Verónica, y me vas a decir lo que significa.

Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.

-¡Qué significa todo eso, repito! -añadió don Robustiano.

-Nada, señor padre -contestó al fin la hija tartamudeando.

-¡Ira de Dios! ¿Cómo que nada?

-Nada, señor padre.

-¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo pregunto, te pones encarnada?

-Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que conmigo le sucede...

-Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué ha sucedido en la calleja?

-Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su merced se quedó hablando con el señor cura..., y viniendo sola, al llegar a la esquina del solar de Toribio, pasó su hijo y me dio los buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera..., cuando va y me llama con la mayor cortesía...

-¡Fuego divino!

-¡Señor, que me asusta su merced!

-¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ese!... ¡Cortesía ese cerdo!...

-Sí señor, con mucha cortesía...

-¡Acaba!

-Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por arriba, y de que su riqueza por abajo..., y que yo... y mis prendas...

-¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de decirte galanteos..., a ti, a la nieta de cien nobles?

-¡Jesús-María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...

-¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?

-Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué..., porque la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.

-¡Pero te faltó!

-No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de llamarme doña Verónica.

-Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... pero vamos adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja a que te manifestó algunas pretensiones.

Verónica al oír esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí:

-¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!

- ¡Señor -respondió ésta casi llorando-, puedo jurar a su merced que ni siquiera me tocó en el pelo de la ropa!

-¡Qué ropa, ni qué pelo, ni qué doscientos mil demonios! Te detuvo, osó mirarte a la cara, hablarte, decirte chicoleos como a una tarasca bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; a ti, mi hija, la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo yo!, y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni para los sacrílegos... Verónica, tu madre, que murió al echarte al mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna de estas siete comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse a mí; tu madre, digo, no te dio ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena, con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de Napoleón: «charmante femme»[1] la dijo al pasar, y ella, indignada, aunque sin comprender la frase, a la vergüenza de aceptarla prefirió caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver delante... Vete, vete lejos de mí...; y cuenta que no te pongo a pan y agua... porque eso no sería penitencia para ti.

Verónica, sin esperar a que le repitiera su padre la orden, sin alzar la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se detuvo hasta la cocina.

Cuéntase que don Robustiano, al quedarse solo, cayó de hinojos ante los retratos de sus dos antepasados, y, rodándole las lágrimas por sus enjutas mejillas, ofreció a las roídas imágenes su vida inmaculada en reparación del crimen de su hija, según él, primera demagoga en aquella larga y copetuda familia.


  1. Pronúncielo el lector como está escrito, que así hacía don Robustiano.
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