Blasones y talegas: 3

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- III -[editar]

Cuatro días necesitó Verónica para poder darse cuenta de los extraordinarios sucesos que le habían ocurrido en media hora. Al cabo de ese tiempo, y cuando ya el recuerdo de los anatemas de su padre no la hacía estremecerse, analizando en todos sus detalles la escena con Antón en la calleja, llegó a sacar en limpio:

Que su vanidad de noble no se resentía ya al considerar la falta de etiqueta cometida por el plebeyo Mazorcas, en el hecho de haberla detenido y requerido de amores a la faz del sol;

Que había hecho muy mal en aturdirse tanto como se aturdió al escuchar las manifestaciones de aquél, y mucho peor en no haberle respondido con un poco de agrado;

Que Antón era un buen mozo, con los ojos así y las narices de tal modo y la boca de cuál otro;

Que todo esto lo había visto ella sin saber cómo, pues juraría que no había mirado una vez siquiera al mozo durante su conversación con él, ni hasta entonces se había parado jamás a considerarle tan al pormenor;

Que al paso que se borraban de su memoria con la mayor facilidad las iracundas expresiones de su padre, las respetuosas y suaves de Antón se le habían grabado en ella a mazo y escoplo;

Que cuanto más examinaba éstas, más las quería examinar, y cuanto más quería examinarlas, más le latía el corazón y le zumbaban los oídos; y por último,

Que Antón la había dicho que consistía su felicidad en casarse con ella, lo cual significaba que la quería de veras.

En seguida se atrevió a pensar:

Que casarse con Antón equivalía, porque Antón era muy rico, a vestir y comer todo cuanto apeteciera; a salir de estrecheces y privaciones; a reír como todo el mundo; a ser el ama de una casa llena de ropa nueva y firme, y, sobre todo, a dar fomento, expansión y cuerpo a aquel inexplicable sentimiento que por primera vez experimentaba en su vida; aquel rarísimo no sé qué que la hacía encontrar algo en el ruido del follaje, en el curso del agua, en el contacto del aire y, en la luz del sol; algo que hasta entonces había pasado en la naturaleza inadvertido para ella;

Que una vida, como la suya hasta allí, consagra da al recuerdo triste, monótono y miserable de su rancia progenie, era una abnegación estúpida y sacrificio estéril; al paso que compartida con la de un hombre honrado, cariñoso y pudiente, tenía que ser más útil, más placentera y más grata a Dios que se le había dado.

En fin, por pensar en todo, hasta pensó:

Que era una solemne majadería creer que valía más cuantos más timbres tenía su ejecutoria,

Como se ve, la hija de don Robustiano empezaba, aunque un poco tarde, a pagar su tributo a las leyes de la Naturaleza; que Dios no formó a la mujer con el solo destino de vegetar como un helecho.

Aparte de los pensamientos que la hemos descubierto, otros síntomas exteriores mostraban bien a las claras el cambio radical operado en ella en tan breve tiempo. Una mirada viva e insinuante brillaba en sus ojos, antes yertos y apagados; animaba su boca, de ordinario marmórea y mal cerrada, el alegre perfil de la sonrisa, y el color de sus labios y mejillas no era ya el de los fúnebres blandones, sino el de las rosas de mayo. Tampoco le causaban tedio las faenas domésticas: al contrario, se aficionó de repente al trabajo y se apasionó del aseo y del orden; y siempre en actividad y movimiento, la antigua rigidez de su talle se trocó en agradable y hasta elegante flexibilidad.

Dormía poco y soñaba con Antón; y no bien oía su cantar en la calleja, ya estaba atisbando por las rendijas de las ventanas para ver y oír si la cantaba a ella y si el que cantaba era él... Por de contado que para esto, y hasta para pensar, se ocultaba de su padre, que desde la escena consabida la trataba con la severidad más implacable.

Entretanto Antón, a quien dejamos más atrás saludando a don Robustiano después de haber declarado su atrevido pensamiento a Verónica, al ver cómo ésta le abandonó a lo mejor, cuando él aguardaba de sus labios una palabra digna del emperejilado discurso que ya conocemos, sintió crecer más y más su entusiasmo por la solariega, y juró que había de llevar adelante la empresa, o de «finiquitar» en ella.

En consecuencia de sus firmes propósitos... Pero atiendan ustedes, y perdonen, que donde hay hechos están de más los comentarios.

Era una tarde del mes de agosto. Pesados, plomizos nubarrones avanzaban casi tocando las cumbres de las altas montañas que limitaban el horizonte de la casa de don Robustiano; las hojas de los castaños que la circundaban no se movían; los vencejos se cernían y revoloteaban sobre el campanario de la aldea, como si jugaran a las cuatro esquinas; el aire que se respiraba era tibio; el calor, sofocante. De vez en cuando se rasgaban los nubarrones, y una rúbrica de fuego, precursora de un sordo y prolongado trueno, daba fe de que se estaba armando por allá arriba el gran escándalo: los obreros se apresuraban a hacinar en la mies la hierba segada y seca; el ganado suelto se arrimaba a los bardales de las callejas, y los perros, con las orejas gachas y rabo entre piernas, a un trote menudito tornaban a sus corraladas respectivas a roer un hueso el que había tenido antes la suerte de robarle, o a lamerse las patas o echar una siesta los menos afortunados, al amparo de una pértiga o de un montón de junco seco, mientras pasaba la ya próxima tormenta.

Don Robustiano y Verónica contemplaban estos síntomas con un miedo cerval, y al oír el cuarto trueno cerraron todas las puertas y ventanas de la casa. Siguiendo la costumbre establecida en ella en lances de tal naturaleza, Verónica corrió a buscar el libro del Trisagio y la vela de los truenos -cuya virtud consistía en ser una de las empleadas en alumbrar el Monumento de Semana Santa-, y entregó ambas cosas a su padre. Este sacó de un haz de pajuelas una a medio quemar, y se dirigió con ella a la cocina, seguido de Verónica, que no se atrevía a estar sola en ninguna parte de la casa. Arrimó con mucho tiento la pajuela a las brasas y después a la vela, y ésta quedó encendida a vueltas de tres estornudos del pobre señor, a cuyas narices llegaba sofocante y nauseabundo el humo del infernal amasijo.

Y porque no se me tache de demasiado minucioso, al llegar aquí, por algún lector impaciente, debo advertir:

1.º Que don Robustiano había jurado no admitir en su casa, rancia y apegada a los viejos usos, los fósforos de cerilla, ni siquiera los de cartón, por ser uno de los modernos inventos que más caracterizaban el espíritu de la época.

2.º Que si encendió la pajuela de las brasas y la vela en la pajuela, y no la vela en los tizones directamente, fue porque siendo la llama de éstos más fuerte que la de la pajuela, derretía la cera que le aproximaba mientras a fuerza de carrillo prendía el pábilo, y la cera costaba cara.

Queda, pues, demostrado que los pormenores consabidos no están a humo de pajas y sin su razón de carácter en el sitio en que los puse. Y ahora prosigo.

Encendida la vela, puso don Robustiano delante de la llama, trémula y escasa, la palma de su mano a guisa de pantalla, y marchó carrejo adelante a paso de procesión, siempre seguido de Verónica, hasta su alcoba, en la que había, como se recordará, una imagen de Santa Bárbara. Hincáronse ante ella padre e hija, después de colocar la vela en un candelero de metal amarillo; abrió don Robustiano el libro de oraciones, y dijo santiguándose:

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-Amén -contestó desde la puerta de la alcoba una voz robusta.

-¡Jesús, María y José! -gritaron padre e hija, pensando que algo sobrenatural ocurría allí.

Y cuando se atrevió don Robustiano a mirar hacia atrás se halló con su vecino Zancajos apretándose los ijares y riendo a más mejor.

-¡Bárbaro! -rugió colérico el solariego poniéndose en pie.

-¿Qué será esto? -pensó Verónica al ver en su casa y tan inesperadamente al padre de Antón.

-¡Tú solo eres capaz de eso, animal! -añadió don Robustiano echando espumarajos por la boca.

-¡Ja, ja, ja! -reía cada vez con más ganas el intruso.

-¡Toribio!

-¡Ja, ja, ja!

-¡Zancajos de los demonios! ¿Vienes a provocarme a mi propia casa?... Y ahora que me acuerdo, ¿cómo has entrado en ella, bandido?

-Aprovechando la salida de la obrera o sirvienta..., o lo que sea esa bruja chismosa que está siempre metida aquí... Llegaba yo con ánimo de visitar a ustedes; vi que se abría la puerta y me colé, porque dije: si dan en no abrir, por más que yo llame no asomo al corral en todo el santo día de Dios.

-En mi casa no entra nadie sin mi permiso.

-Lo sé muy bien, señor don Robustiano.

-Entonces...

-Pero hay casos...

-Acabemos: ¿qué morcilla se te ha roto aquí? ¿Qué tienes que decirme?

-Poco y bueno.

-¿Bueno y tuyo?¿Y qué haces callado?

-Esperando a que usted me deje hablar... Como se me ha hecho un recibimiento tan suave...

-El que merece un hombre que se introduce como tú en el hogar ajeno.

-¡Ja, ja, ja!

-¿Otra vez, Toribio?

-Perdone usted, don Robustiano, que soy muy tentado de la risa...

-¿Acabas o no? ¿Qué es lo que tienes que decirme?

-Si doña Verónica nos dispensa el favor de dejarnos solos un instante...

-Mejor será que la dejemos nosotros a ella. Así como así, ya que el diablo te pone a mis alcances, no quiero que te vayas sin llevar las orejas calientes a propósito de cierto asunto. Vente conmigo.

-Adonde usted quiera, don Robustiano.

Toribio Mazorcas se puso en seguimiento del solariego, que le condujo al salón de Ceremonias, cerrando, cuando en él estuvieron, la puerta, a la cual se pegó por fuera Verónica como una lapa, no tanto por el miedo que tenía, como hemos dicho, al quedarse sola durante la tormenta, cuanto por escuchar la conversación por el ojo de la cerradura.

Vestía Zancajos un rico traje oscuro, de corte medio entre el de caballero y el de hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro que salía después sobre el pecho y bajaba en dos grandes ramas a perderse en uno de los bolsillos del chaleco; calzaban sus enormes pies brillantes botas de charol, y llevaba en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro.

Ninguna de estas prendas pasó inadvertida para don Robustiano; antes al contrario, las examinó de reojo, una a una y sintió con indignación herirle las pupilas los rayos de tanto lustre, porque los consideró, según costumbre, como un insulto a su descolorida pobreza. Y como en situaciones análogas era cuando más irritada se erguía su vanidad, tomó asiento con aire majestuoso en el sillón de los blasones y dejó delante de él y de pie al rico Mazorcas que, como hombre de buen humor, se reía de aquellas debilidades.

-Habla -le dijo el solariego ahuecando la voz.

Mas antes que Toribio desplegase los labios, dejóse oír un trueno horrísono que hizo temblar el pavimento.

-¡Santa Bárbara bendita! -exclamó don Robustiano cubriéndose la cara con las manos.

-Que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita
en el ara de la Cruz
líbranos. Amén, Jesús.

concluyó Verónica desde su escondrijo, dando diente con diente.

-Esto pasará, don Robustiano -dijo Mazorcas.

-¡Ya habría pasado si nos hubieras dejado rezar el Trisagio en paz y en gracia de Dios!

-Si es por eso, ya lo estarnos rezando, que precisamente me lo sé de memoria desde que era tamañico... Y si no, escuche y perdone:

El trisagio que Isaías
escribió con grande celo,
le oyó cantar en el cielo
a angélicas jerarquías...

-¡Toribio!... No te burles de las cosas santas, ya que las mundanas te merecen tan poco respeto.

-Yo no me burlo, señor don Robustiano; que, a Dios gracias, soy hombre de mucha fe.

-En fin, alma de Satanás, ¿qué es lo que quieres?

-De hacerlo saber trato..., y en pocas palabras.

-Dios lo quiera.

-Yo, don Robustiano, aunque hombre de baja estola, como ustedes dicen, sin más educación que el dalle y el ariego, supe, a fuerza de sudores y paciencia, ganarme honradamente, en Andalucía, un caudal más que regular.

-Y a mí, ¿qué me importa eso?

-Algo puede importarle.

-Ni tanto como una castaña, menos que un alfiler, para que lo sepas, ¡farsantón!

-No hay que tomar así las cosas, don Robustiano, que yo vengo de paz; en casos como éste es cuando debe hablarse con toda claridad, y lo que dejo apuntado no va en otro concepto. Digo que soy bastante rico, y añado que soy viudo, que pico en viejo y que por aquello de que «el joven puede morir, pero el viejo no puede vivir», y por lo de que «antes va el carnero que el cordero», todos mis haberes han de pasar bien aina a manos del único hijo que tengo.

-A propósito: ese hijo es un facineroso.

-Creo que está usted equivocado, don Robustiano: Antón es un gran sujeto, nada tonto y muy cariñoso.

-Repito que es un bandido.

-Sostengo que usted le calumnia.

-Me ha inferido un agravio.

-Eso ya es otra cosa; y si fuera cierto, podía usted contar con que el ser mi hijo no le libraría de que yo le virase la jeta de un sopapo. Conque dígame usted cómo le ha agraviado.

-Osando elevar sus ambiciones hasta mi hija.

-Eso no es agravio.

-¡Impío!

-Lo dicho. Y tan no lo tengo por tal, que hablarle a usted de este asunto es lo único que aquí me trae.

-¡Hola!...; según eso, ¿vienes tú a remachar el clavo?

-¿Quiere usted dejarme acabar de explicarme?

-Sigue, sanculote; acaba, francmasón.

-Agradeciendo, señor don Robustiano. El caso es que tanto yo como mi hijo, ya que los medios lo permiten, nos hemos propuesto dar en él que es joven, robusto y generoso, base, cimiento y entronque a una familia a la usanza de las ricas del día; queremos que fenezcan la chaqueta y los terrones en mi generación y que de ella en adelante aparezcan otras más lucidas; vamos, que, a ser posible, nazca desde hoy la gente de mi casa con la levita puesta, como el otro que dice.

-Y ¿piensas, ganapán, groserote, que a un señor le hace la levita? ¿Piensas que basta rascarse la boñiga de las manos y echarse un puñado de onzas en el bolsillo y una cadena de oro al cuello, para quedar convertido en un personaje de calidad? Pero, señor, ¡a esta canalla del día, a esta caterva de jacobinos se le figura que hasta la ley de Dios está también al capricho de sus infames ambiciones!

Y al decir esto estalló un trueno aún más fuerte y prolongado que el anterior. A sus vibraciones temblaron hasta los viejos cuadros de la pared. Don Robustiano se encogió como un ovillo, y el mismo Zancajos no se creyó muy seguro bajo aquellos carcomidos techos.

-¿Lo oyes, Voltaire?... ¡Hasta la cólera divina te amenaza! -exclamó don Robustiano abriendo los ojos después que cesó el trueno.

-Lo que yo oigo -respondió con sorna Toribio- es que truena, y lo que veo es que esto se tambalea, lo cual lo mismo puede significar una amenaza para mí que un aviso para usted.

-¿Un aviso para mí?; revolucionario, ¿para mí? Y ¿por qué?

-Porque esto se va, don Robustiano, y es una lástima que por una vanidad mal entendida se queden ustedes a la luna de Valencia el día de mañana, o aplastados debajo de un montón de escombros, como sabandijas, que aún será peor.

-¿Qué quieres decir, bandolero?,

-Que nosotros, no los impíos como usted cree (y yo se lo perdono), ni los bandoleros, ni los jacobinos, sino los hombres de bien, creyentes y laboriosos, que a fuerza de trabajo hemos hecho una fortuna; que nosotros, repito, somos los llamados a afirmar estos escudos que se caen de rancios, y estos techos minados por la polilla; a hacer producir esos solares yermos y a llenar de ruido y de alegría el hueco de estos salones ahumados, que ya no tiene nada que hacer de por sí desde que feneció la reina Maricastaña.

-¡Jesús..., Jesús mil veces! Y no hay un rayo que... ¡Dios me perdone! Una centella... ¡Ave María purísima!... Pero sigue, sigue, Robespierre; continúa, desollador: quiero ver hasta dónde llega tu sacrílega osadía.

Todo esto lo dijo don Robustiano revolviéndose iracundo en el sillón, castañeteando los dientes y apretando los puños.

Zancajos continuó después de sonreírse:

-Yo, como ya he dicho, tengo mucho dinero.

-¿Otra vez las talegas, fanfarrón? ¿Otra vez provocas, jandalillo aceitero?

-Digo que tengo mucho caudal.

-¡Y dale!

-Que tengo muchos monises, pero nada más.

-Ya se te conoce.

-Y quisiera, a costa de lo que me sobra, adquirir lo que me falta; quisiera hallar para mi hijo una colocación que no se pareciera en nada a estas mocetonas rústicas de la aldea; ni tampoco a las pisonderas relamidas, damiselas de la ciudad...; quisiera, pinto el caso, una solariega pobre...

-¡San Robustiano bendito!

-Una solariega pobre que se hallara dispuesta a apuntalar las fachadas de su palacio con los montones de ochentines ganados en la taberna de Sevilla.

-Te veo, Iscariote.

-Ella sería siempre una señora; descansaría a la sombra y sobre bien mullidos sillones, y dejaría oscuro al sol con las galas que Antón la echara...

-Sigue, sigue...

-Saldría a ver un poco el mundo, si le daba la gana; educaría a sus hijos en el temor de Dios y a la altura de las necesidades del día...

-¡Echa, echa, hijo de una perra!

-Y con tal que quisiera bien a su marido y se creyera muy honrada con él...

-¡Vamos... con franqueza, hombre, pide por esa boca!

-En conclusión, don Robustiano: mi hijo y yo hemos pensado para el caso en doña Verónica, cuya mano vengo a pedirle a usted para Antón.

Verde, amarilla, azul..., de veinticinco colores se puso la cara del orgulloso solariego al oír las últimas palabras de Zancajos, y ya se disponía, no sé si a tirarle con un mueble o a llamar en su auxilio todas las furias del averno, pues de ambas cosas tenía trazas, cuando el salón, que poco a poco había ido quedándose medio a oscuras con la intensidad del nublado, viose súbitamente iluminado por una luz fatídica y fosforescente: los próximos castaños doblaron rugiendo sus pesadas copas; se abrieron con estrépito las puertas del balcón; estalló en los aires un trueno despatarrado, es decir, según el diccionario montañés, agudo, estridente, como si el cielo fuera una inmensa lona y la rasgasen a estirones desiguales dos gigantes enfurecidos; las nubes se desgajaron, y el huracán, arrollando con su ira potente mares de agua y pedrisco, inundó con ello valles, callejas y tejados...; y del achacoso palacio lanzó un quejido lúgubre, aterrador, como si, rindiéndose a la pesadumbre de los años y al furor de la tempestad, gritase a sus cobijados: «¡Sálvese el que pueda, que yo me hundo!». Todo esto junto sucedió en brevísimos instantes.

Verónica, que aguardaba con afán la respuesta de su padre a la demanda de Toribio, lanzó un grito, don Robustiano dos, y Zancajo un ¡zambomba! que valió por diez; y acto continuo los tres personajes, atropellándose unos a otros, salieron despavoridos al corral.

Allí, guarecidos de la lluvia, bajo la teja-vana, estuvieron largo rato esperando a que se desplomaran los últimos restos de la grandeza de don Robustiano. Qué angustias pasaría este desdichado en aquella situación, durante la cual no se atrevió a abrir los ojos, no hay para qué decirlo. Si el techo se hundía, ¿qué iba a ser de él?; ¿dónde iba a parar su pobre, pero altiva independencia?

Pasó media hora, y pasó también el furor de la tormenta. Don Robustiano empezaba a creer que el crujido que les hizo huir del salón no procedía de ninguna lesión grave sufrida por su palacio, y ya se iba serenando su ánimo, y hasta se había atrevido a abrir los ojos, cuando después mirar y remirar el edificio, exclamó señalando a un punto del tejado:

-¡Qué horror!

-Hace media hora que lo estoy viendo yo -dijo Mazorcas-. ¡Y si fuera eso solo!...

-Pues ¿qué mas hay, hijo de Lucifer?

-Mire usted debajo del alero, junto a la puerta del balcón.

-¡Dios de bondad!

Lo que veían don Robustiano y Toribio era una enorme quebradura en la cumbre del tejado y una grieta tremenda en la pared de la fachada principal.

La pobre Verónica lloraba; su padre hacía pucheros. El rico Mazorcas, profundamente conmovido, se atrevió a decirles:

-Ya no deben ustedes pensar en dormir en esta casa, y para remediar el mal en parte, les ofrezco la mía de todo corazón.

-¡Primero la cárcel! -replicó iracundo el fanático solariego.

-Muy mal pensado don Robustiano: es mucho más cómoda mi casa, donde nada les faltará a ustedes mientras ésta se repara...; y pongo también para ello mi dinero a su disposición.

-¡Yo no pido limosna!

-Ni yo se la ofrezco a usted, señor don Robustiano.

-Aún me queda por ahora esa glorieta.

-Es cierto; pero ese garito no tiene desahogo suficiente, ni siquiera el preciso abrigo.

-Y a ti ¿qué te importa?

-Nada, si usted quiere; pero, francamente, me da lástima verle a usted, en una situación como ésta, andarse todavía reparando en pelillos y respirando por esa condenada herida de señorío.

-¿Aun tienes humor para provocarme, carbonero?

-No, señor; lo que tengo es afán de que usted comprenda para in saecula que por aquella grieta de la pared se ha largado ya la poca grandeza que en casa le quedaba.

-¡Vete tú de ella, corsario! ¡Sal de mi corralada, salteador!

-Sí que me marcho, y sin enfadarme, don Robustiano; y en prueba de ello, otra vez le ofrezco, sin plazo, ni réditos, el dinero necesario para reparar los estragos de la tempestad.

-¡Primero la unción que tu dinero!

-¡Bah!... Piénselo usted en calma...; y no olvide tampoco mi otra proposición, que usted me dará las gracias algún día... y usted también, doña Verónica.

-Señor padre, dígale su merced que sí -se atrevió a murmurar la pobre muchacha en tono suplicante, aludiendo, en verdad sea dicho, más a la proposición matrimonial que a la otra.

-¡Un rayo que le parta! -gritó convulso don Robustiano-. ¡Dejadme en paz!

-Voy a complacerle a usted. ¡Salud, don Robustiano! Adiós, doña Verónica.

-Vaya usted con Él, don Toribio -respondió afectuosamente la solariega.

-¡Don... alforjas!, ¡don marrano!, digo yo, ¡hembra perversa! -exclamó don Robustiano fuera de sí al oír a su hija dar semejante tratamiento a un hombre tan vulgar como Zancajos.

Entretanto, éste salió del corral entre risueño y apenado: risueño, porque para un carácter como el suyo siempre ofrecían un deleite sabrosísimo las rabietas aristocráticas de don Robustiano; apenado, porque como hombre de buen sentido y excelente corazón, se condolía de la tenacidad del señorón que se sacrificaba lastimosamente, con cuanto le pertenecía, en aras de una mal entendida dignidad, rechazando obstinadamente a la fortuna que llamaba a las puertas de su casa.


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